Sin eco

Anne Holt · Capítulo 13 de 75

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Sin eco

Capítulo 12

12

 

Thomas tenía ganas de orinar. Si pensaba en otra cosa a lo mejor conseguía llegar a

casa antes de que se le escapara el pis. Aunque tenía siete años y medio, a veces se lo

hacía encima. El día anterior había visto a un hombre que tenía la nariz azul. El tipo

era viejísimo y apestaba tanto que su olor llegaba hasta detrás de la caseta del

transformador donde Eirik, Lars y Thomas se habían escondido. Los chicos se reían,

gritaban y miraban la nariz enorme y azul del hombre. Cuando este cruzó la calle

Suhm junto a la gasolinera Thomas tenía una mancha húmeda en el pantalón y un

charco amarillo a los pies. Se fue corriendo a casa perseguido por las risas de sus

amigos y casi le atropellan.

Ahora estaba frente al portal con las piernas cruzadas. Su madre prefería que

llevara la llave colgada al cuello, pero su padre le había regalado por Navidad un

chisme de esos que tienen los porteros, un gancho metálico para las llaves que se

enganchaba a la trabilla del pantalón. Thomas tenía que ponerse de puntillas para que

el cordón del que colgaba la llave llegara hasta la cerradura. Por fin abrió la puerta y

Thomas entró en tromba en el portal.

—Salsa, soniquete, salmorejo.

Eso solía ayudar, pensar en largas retahílas de palabras difíciles que empezaran

con ese. Había colgado en su cuarto una lista de palabras nuevas para aprendérselas.

Antes de llegar a la puerta de su casa se paró de golpe. La bruja había salido.

Thomas Gråfjell Berntsen no pasaba por delante de Tussi Gruer Helmersen si podía

evitarlo. La única persona a la que Thomas tenía miedo de verdad era la señora

Helmersen, del segundo. Una vez esta le había empujado por la escalera. No es que

se hiciera mucho daño, pero desde entonces había tenido pesadillas con sus ojos

amarillos. Si le pillaba por sorpresa, algo cada vez más infrecuente, al pasar le

pellizcaba la mejilla con fuerza, haciendo como que le saludaba.

Thomas ya no aguantaba más, se había escondido detrás del cubo de la basura y

no se atrevía a moverse. Se le saltaron las lágrimas. La señora Helmersen iba en bata,

a pesar de que hacía bastante frío, así que no tardaría en subir. Thomas cerró los ojos

y sollozó, apretando los dientes: «¡Vete, vete!».

Pero la señora Helmersen no se movía, solo subía y bajaba la cabeza, como si

estuviera buscando a alguien.

—Gatito. ¡Gatiiiiito! Ven, minino.

La señora Helmersen no tenía gato, odiaba a los gatos. Thomas sabía que se había

quejado de Helmer a la comunidad de vecinos. Helmer era un gato rojizo que le había

regalado su abuela por Navidad dos años antes. En realidad él había querido un perro,

pero estos no estaban permitidos.

—Así me gusta, gatito —oyó decir a la señora Helmersen—, bébetelo todo.

Thomas contuvo la respiración y se asomó por detrás del cubo de la basura. La

señora Helmersen estaba inclinada sobre Helmer, que bebía leche de un platito. Por

fin se enderezó, no parecía una persona sino un robot, sus movimientos tenían un aire

mecánico, daban miedo. A Thomas le castañeteaban los dientes, pero no quería salir

de su escondite hasta estar seguro de que la señora Helmersen hubiera subido a su

casa.

Por fin se sintió más o menos seguro. Cuando se acercó a Helmer el pantalón le

rozaba la entrepierna. El gato seguía lamiendo el platillo blanco decorado con flores

azules. Recogió al gato.

—¿La señora Helmersen te ha dado de comer?

El roce de la suave oreja del gato contra su boca le hizo romper a llorar. Cuando

llegó a su piso y se quitó la ropa mojada todavía tenía frío. Sabía que debía lavarse,

pero prefería esperar a mamá. Se acurrucó en la cama y se tapó muy bien con el

edredón junto con Elmer, que gimió bajito. Thomas se quedó dormido.

Cuando despertó poco antes de las cinco, cuando mamá entró en casa, Helmer

había muerto.