Sin eco

Anne Holt · Capítulo 53 de 75

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Sin eco

Capítulo 49

49

 

La casa de la calle Bidenskap estaba en obras. Un andamio la cubría desde la calle

hasta más allá del tejado. La estructura metálica estaba cubierta por un plástico verde

que hacía ruido con las sacudidas del viento nocturno. Sebastian Kvie echó una

mirada bajo el grueso plástico y comprobó que el andamio estaba montado y la

instalación de las ventanas nuevas iba a buen ritmo. Había restos de cascotes de color

rosa por todas partes y en la semioscuridad los marcos recién pintados de un blanco

impoluto eran muy visibles. Sebastian había tenido suerte. En ese mismo instante

ideó otro plan. En lugar de llamar a la puerta y confrontar a Claudio con todo lo que

sabía, escalaría hasta su apartamento para ver si era posible entrar por la ventana. No

tenía muy claro lo que iba a hacer. Se había tomado seis pintas de cerveza y dos

aguardientes a los que le había invitado un amigo por ser su cumpleaños.

Resumiendo: su confrontación con el jefe iba a ser un acto impulsivo. Pero era un

impulso muy bueno, pensaba Sebastian. Había llegado la hora de hacer algo para que

Claudio confesara sus fechorías. La policía andaba perdida, lo había leído en el

periódico. Les daría algo que contar.

—Madre mía —hipó Sebastian satisfecho.

La cubierta de plástico le impedía ver adónde iba. En cuanto empezara a escalar

todo sería más fácil. Al menos sabía cuál era el apartamento de Claudio. En una

ocasión había acompañado a Brede a recoger algo en casa de su socio. En vista de

que Claudio vivía en un quinto sin ascensor, Sebastian se había ofrecido a subir

corriendo mientras Brede le esperaba en el coche.

Aunque los empleados de la constructora habían quitado la escalera de la calle y

la habían dejado en el primer rellano del andamio, era fácil subir. Sebastian iba al

gimnasio dos veces a la semana, no tenía intención de echar tripa de cocinero antes

de cumplir los treinta. Los travesaños crujieron bajo sus pies e intentó mantenerse lo

más quieto posible. Tan solo el continuo roce del plástico se sobreponía al rumor de

algún coche que pasaba por la calle Ullevål, cien metros hacia el nordeste. Se detuvo

ante unas ventanas cubiertas de un grueso plástico. Después siguió subiendo.

Al llegar al quinto estaba sin resuello. Los latidos restallaban en sus oídos y

cuando se dio cuenta de que la cubierta de plástico solo estaba sujeta con pequeñas

pinzas de nailon a la estructura metálica y se podían desprender con un simple roce,

se asustó. Por alguna razón hasta aquel momento había pensado en el plástico verde

como si fuera una pared sólida. Ya no parecía tan seguro. Sebastian se tambaleó. De

la ventana más alejada salía luz. Sebastian se agarró con fuerza a la barra e intentó

deslizarse por la tabla pero produjo un feo ruido de metal contra metal. Arriba aún no

habían reemplazado las ventanas. Aplastó la nariz contra un cristal y en la oscuridad pudo distinguir el contorno de una encimera y, al fijarse mejor, descubrió una nevera.

Según sus cálculos ese debía de ser el apartamento de Claudio. Apretó el puño contra

el marco de la ventana. No cedió.

—¿Qué coño me imaginaba? —murmuró y deseó no haber subido.

Ahora el viento soplaba más fuerte y tenía frío. La ventana siguiente era más

grande. Pasó sobre una barra metálica perpendicular que le llegaba a las rodillas e

intentó sacar del bolsillo la navaja suiza. Estaba seguro de que estaba allí. Siempre la

llevaba encima; había sido de su abuelo materno y la usaba casi a diario.

Tuvo el tiempo justo de intuir una sombra en el interior de la habitación antes de

precipitarse al vacío. Puede que la ventana no se abriera con mucha fuerza, pero fue

de repente. El marco impactó contra su hombro izquierdo y Sebastian cayó con todo

su peso. Su torso pasó por encima de la barra, hacia el plástico, y arrastró tras él las

piernas. Se golpeó la cabeza contra el pasamanos del piso siguiente y se rompió el

brazo cuando intentó protegerse en el tercero. En el segundo piso del edificio de la

calle Bidenskap habían sujetado el plástico con especial cuidado y su caída se frenó

un poco. Después el plástico se desprendió por completo y Sebastian cayó contra el

asfalto con el hombro por delante.

—Santa Maria —exclamó Claudio, y bajó corriendo en pijama por las escaleras

mientras gritaba—: ¡Un accidente! ¡Un accidente! ¡El ladrón se ha caído de mi

andamio!

Levantó el plástico. Un hilillo de sangre le caía por la comisura del labio a

Sebastian. El joven estaba inconsciente, tal vez muerto.

—¡Respira! —le dijo Claudio histérico al vecino que iba en bata con un teléfono

inalámbrico en la mano derecha—. ¡Respira, Sebastian! ¡Tenemos que llamar a una

ambulancia!

—Ya he llamado a todos los sitios posibles —susurró el vecino—. ¿La ha

palmao?

—¡No! ¡Te digo que respira! Él… vi a alguien en mi ventana, fuera de mi

ventana, y…

Claudio señaló agitado hacia los pisos de arriba, como si el vecino no supiera

dónde vivía.

Una joven de unos veinte años, con un piercing en la nariz y en los dos labios,

cruzó la calle y se inclinó curiosa sobre Sebastian. El sonido de las sirenas se

aproximaba cada vez más.

—Joder, qué pálido está —dijo impresionada—. ¡Vaya! ¿Se ha caído?

Echó la cabeza hacia atrás y tiró de la cubierta de plástico.

—¡Fuera! —gritó Claudio—. ¡Apártate!

Una ambulancia, un coche de policía y dos camiones de bomberos dieron la

vuelta a la esquina prácticamente a la vez. La calle quedó bañada en luz azul y

pareció que todo el mundo estaba despierto. Los vecinos de las fincas adyacentes se

asomaron a la ventana y enseguida se formó un corrillo de ocho noctámbulos en torno a Sebastian. El joven respiraba pero seguía inconsciente.

La policía tardó cinco minutos en constatar que no había ningún incendio, mandar

los camiones rojos de vuelta y dispersar a la gente. Tan solo Claudio y el vecino en

bata pudieron permanecer en el interior de la zona acotada con cinta de plástico roja y

blanca. Otro coche patrulla aparcó en medio de la calle y un policía uniformado de

treinta y tantos años hizo un aparte con Claudio.

—¿Has sido tú quien ha llamado?

—¿Está vivo?

Claudio se desprendió de la mano que le sujetaba con firmeza y corrió hacia

Sebastian. Tres hombres vestidos con batas blancas estaban inclinados sobre el joven.

El policía intentó apartar a Claudio con la ayuda de un colega.

—¿Vive? —repitió Claudio dando golpes descontrolados a su alrededor—.

¿Sebastian está vivo?

Sebastian recuperó la conciencia. Abrió los ojos, pero enseguida se hizo evidente

que tenía problemas para fijar la vista. No emitió ni un gemido, no se quejó, se limitó

a mirar en derredor como si no pudiera explicarse por qué había tanta gente. Entonces

vio a Claudio.

—Él me empujó —susurró en voz alta. El personal de la ambulancia se quedó

petrificado—. Claudio me tiró.

Cerró los ojos y el personal de la ambulancia le puso un collarín.

—¿Vives aquí?

El policía ya no era tan amable. Claudio asintió, tragó saliva y volvió a asentir

mientras apuntaba hacia arriba, como si viviera en el cielo.

—Vayamos a tu casa —dijo el policía con firmeza.

—¿A mi casa?

—Sí. ¿Cómo te llamas?

Claudio le dio apático su nombre y su dirección, algo por lo demás innecesario.

Apenas se dio cuenta de que el policía lo repetía todo en su transmisor.

La ambulancia subía por la calle Wessel y pronto se perdería de vista.

Claudio ya no sudaba. Le castañeteaban los dientes y le temblaba todo el cuerpo.

—No quiero subir —gimió—. Podemos hablar aquí.

Eso no era lo que quería la policía.

—¿Aquí?

El policía de más edad apuntó hacia las dos ventanas del salón de Claudio. Estaba

sin resuello después de casi haber arrastrado al italiano los cinco pisos. Uno de sus

compañeros estaba apostado en la puerta, como si quisiera impedir un posible intento

de fuga, aunque Claudio Gagliostro no parecía estar para esos trotes. Se encontraba

sentado con aire apático sobre una silla de madera y vestía un pijama a rayas

horizontales que, en esas circunstancias, le daba un aire de presidiario.

—Mmm, sí.

—¿Qué ha ocurrido?

Claudio no respondió.

—¡Hola!

—Estaba durmiendo.

Claudio tiró del pijama de franela, como para demostrar que lo que decía era

verdad.

—Estaba durmiendo —repitió—, y oí unos ruidos. La empresa que… Nos

dejaron una nota en el buzón advirtiéndonos de que prestáramos atención a los

ladrones mientras estuviera montado el andamio. Me despertaron unos ruidos y vine

aquí para ver qué pasaba. Abrí la ventana y…

Tomó aire y movió la cabeza de forma casi imperceptible.

El policía asomó la cabeza por la ventana abierta sin tocar nada.

—¿Sabes por qué el chico dijo que le habías empujado?

El hombre hablaba por la ventana y Claudio no estaba seguro de haberle

entendido bien.

—Le conozco —dijo en voz alta—. ¡Sebastian trabaja conmigo!

—Estas cajas de vino —dijo un policía de civil desde el pasillo. Asomó un

momento la cabeza y miró a Claudio sin presentarse—. ¿Por qué tienes tanto vino

aquí?

Claudio se aferró a la esperanza. La pared del pasillo estaba casi empapelada de

cajas de vino. Tal y como estaban, con un poco de suerte podían pasar por un

elemento decorativo. Las cajas eran de madera y varias de ellas eran muy antiguas.

—Creo que nos vamos a pasar por la comisaría, Caglistro.

El policía de la ventana fue hacia él mientras hablaba en voz baja por el

transmisor que llevaba fijado a una correa a la altura del hombro.

—Gagliostro —murmuró Claudio—. ¿Puedo… cambiarme?

—Por supuesto.

Un cuarto de hora más tarde Claudio Gagliostro iba en un coche patrulla camino

de Grønlandsleiret 44. Aún no sabía si se le acusaba de algo. Se había puesto un

pantalón vaquero y una camisa de lino que ya estaba húmeda en las axilas. Los

calcetines eran demasiado gruesos para unos zapatos tan elegantes, pero no notaba la

presión en los dedos de los pies. Consultó la hora y esperó que le dejaran dormir al

menos un par de horas antes de que el lunes fuera una realidad. Lo que no sabía era

que la policía había obtenido los permisos necesarios del juez de guardia y estaban a

punto de registrar su casa de arriba abajo.