Sin eco
Capítulo 28
28
Thomas cuidaba muy bien a Tigretón. Esta vez no dejaría que la señora Helmersen
pillara a su gato. A Helmer le dejaban salir solo, pero Tigretón no salía hasta que
Thomas volvía del colegio. Entonces se comía los sándwiches que su madre le había
dejado preparados en la nevera y le daba un poco a Tigretón. No tenía permiso, pero
al gato le gustaba tanto el foie gras que no podía resistirse.
Siempre tenía miedo cuando llevaba en brazos a Tigretón por la escalera y debía
pasar por delante de la puerta de la señora Helmersen. Podía aparecer en cualquier
momento, casi parecía oler su presencia. Muchas veces la mujer asomaba la cabeza
para ver quién era aunque fuera de puntillas con todo el cuidado del que era capaz.
Thomas estaba en el descansillo del tercero y se asomó cauteloso por encima de
la barandilla. No podía perder a Tigretón. Solo oía el tráfico de la calle Kirke. Se
quitó las botas de agua, chirriaban mucho y prefería llevarlas en una mano mientras
apretaba a Tigretón contra su cuerpo con la otra.
Cuando iba por la mitad del tramo de escalera vio que la puerta de la señora
Helmersen estaba entreabierta. Quiso darse la vuelta, pero cargaba con tantas cosas
que Tigretón se escurrió. El gatito bajó suave y torpe los escalones y desapareció en
el piso de la señora Helmersen.
Thomas sintió que se le saltaban las lágrimas y que tenía ganas de hacer pis
aunque acababa de ir al baño. Se quedó paralizado en la escalera, sin atreverse a
respirar. No ocurrió nada.
A lo mejor la señora Helmersen no estaba en casa, a lo mejor había salido a dar
un paseo y se había olvidado de cerrar la puerta. Papá solía llamarla vieja bruja senil
cuando creía que Thomas no podía oírle. Senil quería decir olvidadiza, y alguien
olvidadizo bien podía dejarse la puerta abierta. A Thomas le pasaba con frecuencia y
eso que él no tenía nada de senil.
Bajó de puntillas los últimos escalones y se acercó a la puerta.
—Hola —susurró—. Tigretón…
Ni Tigretón ni la señora Helmersen emitieron sonido alguno. Thomas empujó la
puerta, solo un poco, y se abrió. Olía raro. No mal, en realidad, sino a muchas cosas.
Comida, perfume, cosas viejas. Olía un poco como la abuela, pero no tan bien como
ella.
Aunque Thomas tenía miedo, resultaba emocionante estar en el piso de la señora
Helmersen. Nunca había visto nada parecido. En el recibidor había tantas cosas que
casi tuvo que encogerse para no rozar nada. Había cuatro espejos con grandes
marcos. Casi no podía distinguir el papel pintado, porque donde no había espejos
había fotos. Y lámparas de esas que estaban fijas en la pared y tenían dos brazos y pantallas de tela con ribeteados y pequeños pompones que a mamá le parecían
horribles.
Las puertas del salón también estaban entreabiertas, al menos lo suficiente para
que Tigretón pudiera pasar. Thomas metió la cabeza en la gran habitación.
—Tigretón —dijo feliz. El gatito estaba sentado en lo alto de una vieja cómoda
lamiéndose. Thomas corrió en zigzag entre pesadas mesas y sillas imposibles de
mover y cogió su gato—. Tigretón —susurró con la cara metida en su cálido pelaje.
Miró a su alrededor.
Nunca había visto tantos medicamentos. Salvo en la farmacia, claro, había ido un
par de veces con la abuela. En casa, papá y mamá tenían los medicamentos en un
armarito en el cuarto de baño. Estaba cerrado con llave y en la puerta había dibujada
una serpiente que subía por una especie de espada. Todo esto no cabría en el armarito
de papá. Cajas, tarros y envases estaban apilados sobre la cómoda en la que Tigretón
se había sentado. Thomas tuvo miedo de que se hubiera tragado algo, pero parecía
que todos los botes estaban cerrados. Miró a su alrededor. En un rincón, junto al
televisor, había otra mesa llena de medicamentos, y en la mesa del comedor y encima
del aparato de radio. Por todas partes.
Thomas no quería estar allí. El olor era demasiado fuerte y la señora Helmersen
podía regresar en cualquier momento. Volvió hacia el recibidor y fue entonces cuando
se fijó en las fotos. No eran como las fotos de familia enmarcadas que colgaban en la
entrada, eran fotos de gente recortadas del periódico. Reconoció a algunos. Thorbjørn
Jagland había sido primer ministro cuando él era pequeño. La foto no era
especialmente bonita y alguien había escrito algo sobre su cara que Thomas no pudo
descifrar. El príncipe Haakon parecía recortado de una revista, era una foto en color y
llevaba esquíes.
Thomas deseaba marcharse, ya no tenía ganas de hacer pis pero Tigretón tenía
que salir. Por un momento dudó de si debía cerrar la puerta, pero era mejor dejarla
abierta. Tal vez la señora Helmersen la hubiera dejado así a propósito.