Sin eco

Anne Holt · Capítulo 54 de 75

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Sin eco

Capítulo 50

50

 

Durante unos breves instantes sintió que estaba consciente. Se veía desde fuera, a

vista de pájaro, como si estuviera subida a la pared de enfrente y se contemplara a sí

misma sin mucho interés. El suelo era verde. Intentó agarrarse a la hierba, pero solo

consiguió rozarse los dedos hasta hacerse sangre. Algo le decía que el verde era

hormigón, pero no era capaz de mantenerse despierta el tiempo suficiente para saber

dónde se encontraba. Su cerebro iba de un lado a otro dentro del cráneo. Al principio

le resultó bastante agradable, pero luego tuvo miedo de que se le escapara la masa

encefálica. Se metió un dedo en cada oreja y los sacó muy deprisa. Gritaban. Sus

dedos habían gritado e intentó concentrarse en sus huellas dactilares. Se los metió en

la boca para consolarlos.

—Éxtasis —le dijo uno de los funcionarios de los calabozos al otro—. Joder, no

me explico cómo se atreven.

Era la mañana del 20 de diciembre y la policía había llevado a cabo un control de

alcoholemia masivo en Sinsenlokket. Cuando Vilde Veierland Ziegler se cayó del

asiento del conductor los policías se preguntaron cómo había sido capaz siquiera de

mantener el coche en la carretera.

Los calabozos estaban a tope. Un agente de tráfico que estaba de guardia sudaba

la gota gorda metido en un cuartito mientras intentaba acelerar la gestión de las

multas de los que ya tenían sanciones anteriores. Algunos tenían, literalmente, la

gorra en la mano y la cabeza gacha. Otros gritaban llamando a su abogado.

—El médico llegará enseguida —le gritó el guardia a Vilde; luego se dirigió a su

colega—. No vale la pena perder el tiempo haciéndole un análisis de sangre; con

grabarla en vídeo será suficiente.

Vilde conducía. Rugía y sostenía entre las manos un volante imaginario. De

pronto apareció la cara de Claudio, que se hizo gigantesca. Puso los limpiaparabrisas

en marcha e intentó pensar en Sindre. La imagen se le escapó. Claudio se hacía más

grande. Sus ojos rezumaban flemas negras que se deshacían para caer por sus mejillas

como si fueran asfalto caliente.

Vilde gritó.

Su grito ahogó los demás ruidos de los calabozos y otros detenidos se unieron a

ella. Una cacofonía de chillidos, aullidos y lamentos desgarradores se estrelló contra

los muros de hormigón y obligó a los escasos guardias a pedir refuerzos a gritos. El

jefe de guardia agarró el teléfono mientras ladraba a dos aspirantes a policías en

prácticas:

—Localizad al psiquiatra de guardia, joder. El coyote de la celda veinte tiene que

salir de aquí cuanto antes. —Echó un vistazo a su reloj, ni siquiera eran las nueve de la mañana—. Feliz Navidad —gimió desabrochándose el botón del pantalón—. Feliz

Navidad de los cojones.