Sin eco

Anne Holt · Capítulo 37 de 75

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Sin eco

Capítulo 34

34

 

Estaba claro que la ignoraban de forma estudiada, sin fisuras, y unánimemente. Al

menos nadie parecía haberse dado cuenta de que llegaba con la reunión ya empezada

y que se sentaba al final de la enorme mesa dejando tres sillas libres entre ella y los

demás. Hanne Wilhelmsen intentó reprimir un suspiro de desánimo. Por primera vez

pensó que no se merecía el trato que le estaban dispensando, con independencia de lo

que hubiera hecho.

Llegar tarde a la revisión del caso Ziegler no había sido oportuno, pero esa

mañana levantarse con Harrymarry en casa había sido como hacerse cargo de un

bebé. A las siete y media la mujer se había pegado un atracón de cordero guisado, que

era la única conserva que quedaba en el piso. A Hanne la había despertado

Harrymarry vomitando con la cabeza metida en el retrete.

—Jesús, ¡qué bueno estaba! —exclamó Harrymarry secándose la saliva con la

manga del pijama que había pertenecido a Cecilie.

Hanne tuvo que dedicar media hora más a repasar las normas básicas: nada de

drogas, nada de robos. Nada de rebuscar en armarios ni cajones, salvo los de la

cocina. Come lo que te apetezca pero ten cuidado con tu estómago. Cuando Hanne

salió de la ducha Harrymarry le dirigió una sonrisa triunfal.

—Bonito jersey, eh.

Le llegaba por las rodillas, su cabeza asomaba como la de un pollo de un huevo

enorme, y era el regalo que Cecilie le había hecho a Hanne por su treinta cumpleaños.

—La herida del pecho muestra que la cuchillada tuvo una trayectoria ascendente.

Hanne intentaba concentrarse en la presentación de Severin Heger. A la hora del

almuerzo tendría que ir a casa corriendo para ver cómo iban las cosas.

—Lo que puede significar dos cosas —continuó Severin agitando un rotulador en

el aire delante de la pizarra—. El asesino era más bajo que Brede Ziegler, que medía

uno ochenta y dos o… —dibujó una escalera y trazó una silueta en el primer escalón

— Ziegler estaba en el primer escalón y el asesino aquí abajo.

Sobre el papel apareció otra silueta provista de un cuchillo que por su tamaño y

forma más bien parecía una espada.

—La presencia de pruebas se ha visto muy alterada por el ascenso de las

temperaturas que se produjo la noche del crimen. Es cierto que la escalera no tiene

ninguna función…

—¿Para qué se usa? —interrumpió Silje Sørensen—. Tengo que confesar que ni

siquiera sabía que existía. Resulta raro, ¿no?, que tengamos una especie de puerta

trasera que nunca usamos.

—… pero está claro que la visita mucha gente —continuó Severin sin responderle.

Silje ocultó el anillo del solitario entre los labios y bajó la mirada.

—Precisamente aquí hay un muro —prosiguió Severin dibujando la escalera en

perspectiva aérea—, y puede hacer las veces de refugio cuando el viento sopla

desde… —dibujó una flecha procedente de la calle Åkeberg—, lo que es poco

frecuente. Pero el lugar estaba plagado de huellas de todos los tamaños y formas.

También dejaron sus huellas muy claritas, por así decirlo, los dos estudiantes que

fueron corriendo para ver si era verdad el soplo de que había un hombre muerto en la

escalera.

Guardó silencio con la mirada perdida, como si se planteara repetir la

recriminación que acababa de dedicar a los dos estudiantes de la academia de policía.

Después tomó aire y movió la cabeza de lado a lado.

—Había algunos restos de nieve que nos han ayudado algo. Resumiendo… —

Dibujó tres suelas de zapato en fila; en una escribió el número 44, en la siguiente el

38 y en la última el 42. Dio golpecitos a la primera con la punta del rotulador—. Esta

huella es la de Ziegler. Estas dos… —golpeó la pizarra con la palma de la mano y se

volvió hacia los presentes— son probablemente las más recientes de las que había por

la zona. Un zapato de mujer del número treinta y ocho y una bota del cuarenta y dos

que probablemente sea de hombre.

—Un hombre menudo —murmuró Billy T.

—O un adolescente que aún no ha terminado de crecer.

—O una mujer con los pies grandes. —Silje, atrevida, volvió a probar suerte y

miró primero a Billy T. y luego a Severin Heger.

—O una niña con zapatos prestados —dijo Klaus Veierød malhumorado—.

¿Quiénes frecuentan ese parque? Putas y otros despojos humanos. No se preocupan

mucho de llevar cosas de su talla.

—Las huellas de los zapatos de mujer pueden corresponder a un peso de unos

setenta kilos, las de las botas más grandes bastante menos. Afortunadamente

teníamos las huellas de Brede Ziegler como referencia.

—Una mujer gorda y juguetona —concluyó Billy T.—. Y un hombre delgado y

menudo, menuda pareja.

—¿Dos autores? ¿De pronto estamos hablando de dos asesinos?

Silje Sørensen se colocó el pelo detrás de la oreja.

—¿Es que no me escucháis cuando hablo? —Severin se sentó y tamborileó con

los dedos sobre la mesa—. El lugar del crimen era un jodido caos. Montones de

huellas y muchísima mierda. No sabemos si estas huellas son relevantes, pero de todo

el batiburrillo que me han pasado los técnicos he podido rescatar estas. Son las que

tienen más probabilidades de ser del domingo 5 de diciembre por la tarde. Quizá

acertemos, pero también podemos errar el tiro.

—¿Les hemos preguntado a los testigos qué pie calzan? Inquirió Hanne

Wilhelmsen con tranquilidad, sin dirigirse a nadie en especial.

Nadie contestó, nadie la miró. Por fin Karianne Holbeck negó despacio con la

cabeza y se sonrojó. Billy T. levantó la mano para indicarle a Severin Heger que

continuara.

—En todo caso, el dato más llamativo sobre este caso lo tenemos casi desde el

principio —dijo—. Brede Ziegler fue víctima de dos agresiones. La primera, la

cuchillada, le mató. La otra, el envenenamiento, le podría haber costado la vida

también. —Se levantó y se sacó una caja vacía de paracetamol del bolsillo. La

desplegó y se la mostró a todos—. En Noruega, la mayoría de las casas tiene una de

estas cajas. Pero ¿alguna vez habéis intentado comprar dos cajas en la farmacia? No

se puede. Solo te despachan una. Y es que es un veneno, amigos. Como podéis ver…

—golpeó con el índice las letras negras sobre fondo naranja—, quinientos

miligramos. Esa es la dosis de paracetamol que contiene cada pastilla. Yo suelo

tomarme dos, y eso equivale a un gramo, ¿verdad?

Los presentes asintieron en silencio atentos a sus palabras. Las cuentas salían.

—Casi nadie lee las contraindicaciones y advertencias que acompañan a los

medicamentos que tomamos. Escuchad: «Las dosis indicadas no deben excederse sin

prescripción médica. La ingesta de dosis elevadas durante períodos prolongados

puede provocar serios daños hepáticos». Desde luego. Si te metes esta caja, las veinte

pastillas, puedes morirte. Eso son diez gramos de paracetamol. Si has ido a otra

farmacia para agenciarte otra caja ya puedes ir despidiéndote de tu familia. Si lo

mezclas con grandes dosis de alcohol u otras drogas, necesitas menos. Te bastará con

una caja.

En algunas épocas Hanne se tomaba una caja de paracetamol a la semana. Se

llevó la mano al hígado en un gesto inconsciente.

—Si tras la ingesta de grandes dosis de este veneno no recibes tratamiento de

forma inmediata no hay nada que hacer. Te mueres de todas todas. Brede Ziegler

estaba hasta arriba de paracetamol y además tenía cero coma tres miligramos de

alcohol en sangre cuando murió. Lo que puede indicar que se tomó una copa de vino

aquella tarde.

—¿Qué dice la autopsia? —preguntó Hanne Wilhelmsen.

Severin no contestó, se limitó a mirar a Billy T.

—Por lo que he podido ver —prosiguió Hanne—, no hay nada en el contenido

del estómago de Brede Ziegler que indique que bebió vino poco antes de morir. Lo

que nos lleva a una conclusión bastante lógica: se corrió una juerga tremenda la

noche anterior, de ahí que aún tuviera alcohol en la sangre la noche del domingo. Tal

vez estuviera con alguien, puede que con el asesino o, al menos, con uno de ellos. Se

me hace raro que Brede Ziegler bebiera vino el domingo por la tarde o por la noche.

Debía de dolerle bastante el estómago. Aunque es cierto que algunos datos del caso

indican que Ziegler tenía un umbral del dolor muy alto, no es normal beber vino

cuando uno tiene dolor de estómago. ¿Verdad que no? ¿Sabemos dónde estuvo Brede

Ziegler el sábado por la noche?

El silencio era total. Billy T. no había mirado a Hanne desde que esta llegara.

Ahora miraba fijamente en dirección opuesta. El rostro de Karianne Holbeck adquirió

un fascinante tono lila.

—Tenemos… sobre todo hemos…

Intentó que Billy T. le echara una mano. El comisario se rascó la oreja y observó

las suelas de zapato dibujadas en la pizarra.

—No sabemos dónde estuvo Brede el domingo por la tarde antes de que le

mataran —balbuceó Karianne—. Aun así nos hemos concentrado en averiguar eso,

¿no? Es un misterio, nadie le vio, nadie sabe dónde estaba. Lo único que sabemos es

que salió de su casa a las ocho menos cinco de la tarde. La alarma lo registró. Esa

noche las cámaras de vídeo no funcionaban. Hubo un problema al cambiar la cinta y

por eso no sabemos nada de quién entró o salió del edificio a partir de las cinco de la

tarde y hasta bien entrada la mañana del lunes. Nos hemos centrado en el domingo,

¿no? Es más importante, ¿verdad? Es lo más importante: averiguar dónde estuvo y

qué hizo el domingo por la tarde. Justo antes de su muerte. —Había ido levantando la

voz y al llegar a la palabra «muerte» le salió un gallo—. ¿Billy T.?

Karianne no recibió ayuda alguna.

—El cuerpo tarda más o menos una hora en metabolizar de cero coma uno a cero

coma quince grados de alcohol en sangre —dijo Hanne con voz neutra.

No debería darles lecciones. Billy T. se removió incómodo en su silla. Karianne

podía ponerse todo lo colorada que quisiera, que ese caso se hubiera llevado de culo

no era culpa suya, sino de Billy T.

—Puede variar algo —continuó Hanne—, dependiendo del metabolismo de cada

uno, la tolerancia al alcohol y cosas así. Las declaraciones que he revisado no dan

pistas sobre la relación que Brede Ziegler tenía con el alcohol. En todo caso era un

hombre maduro y podemos asumir que tenía una cierta tolerancia. Digamos que, por

poner un ejemplo, a las cinco de la mañana del domingo… —Ladeó la cabeza y se

quedó pensando. Silje Sørensen era la única que la miraba. El resto parecían estatuas

de sal y miraban para otro lado. Por un momento dudó de que la estuvieran

escuchando—. A las cinco de la mañana del domingo podía tener dos coma cinco

miligramos de alcohol en sangre. En otras palabras, estaba como una cuba. En ese

caso, tendría alcohol en sangre hasta bien entrada la noche. Eso refuerza tu teoría,

Severin. Quiero decir que el paracetamol le habría matado. Y además nos hace

parecer unos idiotas por no haber averiguado qué hizo la noche del sábado, la del

viernes, la del jue… Toda la semana anterior a su muerte.

Como nadie dijo nada, pasó de todo y siguió hablando.

—Podemos hacernos algunas composiciones de lugar. Por un lado podría tratarse

del asesinato más premeditado de la historia. Alguien le ha suministrado a Ziegler un

montón de paracetamol, se impacienta porque lleva un tiempo morir por esa causa y

le acuchilla para acelerar el proceso. Bueno. —Se acercó a la pizarra y arrancó la hoja

con las suelas dibujadas—. Cada uno de vosotros tendrá su opinión sobre la probabilidad de que así fuera. Por mi parte descarto esa teoría ahora mismo. Sería

demasiado absurdo. La combinación de un crimen planificado con otro

desencadenado por una impaciencia casi infantil no cuadra. Pero si…

Silje Sørensen sonreía. Hanne posó la mirada sobre sus labios y notó que su

enfado iba en aumento. Una cosa era que Billy T. tuviera razones de sobra para estar

cabreado y otra era poner a todo el Cuerpo en su contra. Estaba claro que Silje había

sido inmune. Su sonrisa transmitía una mezcla de interés sincero y admiración.

Hanne se giró de golpe y dibujó dos figuras asexuadas sobre el grueso papel.

—Resulta muy llamativo que dos personas hayan deseado a la vez la muerte de

Ziegler. Pero teniendo en cuenta su exposición mediática y la cantidad de

desdichados que este cocinero ha dejado tirados en la cuneta… —Se detuvo y

chasqueó los dedos de la mano izquierda—. ¡Hola! ¡Eh!

Solo Silje la miraba. Hanne dejó que pasaran varios segundos. Por fin Severin

Heger se volvió hacia ella. Nadie más.

—Vale —dijo Hanne en tono arisco—. Sigue tú, Billy T. Yo me callo.

Se tomó su tiempo para sentarse. Al llegar a su sitio, en el extremo de la mesa,

sola, con tres asientos vacíos entre ella y Klaus Veierød, se cruzó de brazos y miró a

Billy T. con los ojos entornados.

—Bueno, bueno —dijo Severin Heger con fingida jovialidad—. Echemos un

vistazo a nuestros sospechosos.

—Pero oye, Annmari —dijo Silje provocando que la abogada policial levantara la

vista de sus notas por un momento—, si Hanne tiene razón y se trata de dos asesinos

distintos… ¿El responsable del envenenamiento puede ser condenado por asesinato?

Brede Ziegler murió apuñalado; entonces el envenenamiento solo sería un intento de

asesinato, o…

—Ya haremos las disquisiciones legales más adelante —la interrumpió Billy T.—

¡Klaus! ¿Has averiguado si alguien echa de menos un cuchillo de esos, un Masa… un

Masa no sé qué?

—Pero ¿no íbamos a revisar…? —recordó Silje—. ¿No íbamos a echar un vistazo

a los sospechosos y…?

—¿Lo has averiguado?

Billy T. hizo un gesto en dirección a Klaus Veierød, quien negó con la cabeza con

aire incómodo.

—De momento no hay nadie que eche en falta un cuchillo así. Al menos nadie de

Entré. He comprobado otros once restaurantes, y nada. Todo parece indicar que el

cuchillo del crimen es el mismo que Brede Ziegler compró el sábado. Pero no

podemos olvidar que también hay un buen número de particulares que tienen un

cuchillo de esos. Se vende sin restricciones. Es carísimo, pero puede comprarse.

—Así que tenemos un veneno accesible en todos los hogares y un cuchillo que

cualquiera puede comprar —dijo Billy T. cabreado—. Genial. ¿Alguien más tiene

información relevante que compartir conmigo?

Severin le puso la mano en el hombro y Billy T. se zafó.

—Podemos echar un vistazo a los sospechosos —repitió Severin y dibujó tres

casillas en la pizarra—. Vilde. V-i-l-d-e.

—Está empezando a darse cuenta de que va a heredar una pequeña fortuna —dijo

Karianne Holbeck—. La joven viuda ha hablado con un abogado y por lo visto hay

algún problema con el contrato comercial del que hablábamos antes. Vilde parece

tener más derechos que lo que pensamos en un principio.

—Lo sé —dijo Billy T.—. He hablado con Claudio Gagliostro.

—La verdad es que fui yo quien le aconsejó a Vilde que se pusiera en contacto

con un abogado —dijo Karianne en voz baja—. Estaba tan desesperada y…

—A lo mejor podrías esperar a hacerte mayor para dar consejos a todo el mundo

—dijo Billy T.—. Un abogado es lo último que nos faltaba en este caso, joder.

Además, ya he hablado con Karen Borg.

Fue al pronunciar el nombre de la abogada cuando miró a Hanne por primera vez.

Su gesto victorioso revelaba que no era el único de sus antiguos amigos que le daba

la espalda. En realidad Karen no había mencionado a Hanne para nada. Su grupo de

amigos había dejado de hablar de su desaparición hacía ya mucho tiempo. Karen ni

siquiera sabía que Hanne había vuelto a Noruega.

—Me soltó el mismo mantra que los demás testigos de este caso: el secreto

profesional. —Torció la boca en una mueca muy poco favorecedora. En los últimos

días su bigote se había hecho más visible y Hanne vio que ahora tenía una franja gris

bajo la nariz—. En resumen: Vilde Veierland Ziegler lo hereda todo. El importe neto,

como lo llamó la abogada Borg, será una cantidad considerable.

—Bien, bien, sospechosa número uno. —Severin Heger puso un signo de

exclamación a continuación del nombre de Vilde—. ¿Móvil? Sí. ¿Coartada?

—Dice que salió de copas con una amiga —dijo Karianne—. Lo hemos

verificado. Estuvieron en Smuget desde un poco antes de las nueve hasta la

medianoche. Luego fueron al sótano de Tostrup. Su amiga se marchó a casa a la una

menos diez y Vilde se quedó.

—Vale —dijo Severin más tranquilo—. Tiene coartada. ¿La hemos comprobado a

fondo?

—Bueno, a fondo… —dijo Karianne dibujando deprisa sobre una hoja en blanco

—. Hablé con la amiga y lo confirmó todo.

—¿Lo confirmó? —gritó Billy T.—. ¿Qué coño quiere decir eso? La amiga… la

supuesta amiga, ¿ha prestado declaración en comisaría?

—La llamé por teléfono.

—¿La llamaste?

Karianne tiró el bolígrafo y se puso a gritar también.

—¡Vale ya, Billy T.! ¡Deja de hablarme como si fuera una inútil con la que te ha

tocado cargar! A lo mejor todo nos resultaría más sencillo si tuviéramos un jefe que

supiera hacer su trabajo. Por ejemplo: ¿has contado a alguien antes de esta reunión que hablaste con Karen Borg? Has dicho de pasada que tienes la declaración de

Gagliostro, pero ¿dónde está? Entre mis papeles no, eso seguro. Tampoco he visto el

informe sobre tu visita y la de Severin a la calle Niels Jul. ¿Me has dado una sola

razón para centrar la investigación en una jovencita a la que los demás hasta ahora no

le hemos podido atribuir otro móvil del asesinato que el valor sin especificar de un

piso hipotecado? Estás tan concentrado en tus cosas que no muestras el más mínimo

interés por lo que hemos averiguado los demás. Ayer, por ejemplo…

Se dirigió a los otros como si estuviera testificando en una secta secreta para

policías fracasados.

—Mi grupo averiguó que el cuadro de Alexander Schultz, ese que mamá

Johansen estaba tan agradecida de que su hijo se lo descolgara por motivos estéticos,

fue vendido poco después en una subasta de Blomqvist. Ciento noventa y nueve mil

coronas. Lo vendió Brede Ziegler. Te dejé el informe en tu mesa y ni siquiera lo has

comentado. ¡Menudo jefe! ¡Vaya fuente de inspiración!

Miraba desquiciada a Billy T. y ya no estaba colorada. Sus mejillas estaban

blancas como el papel y sus ojos húmedos. Le temblaban los labios, como si fuera a

echarse a llorar en cualquier momento. Pero continuó. Su enfado no era solo una

reacción ante la actitud desabrida del comisario en la última hora. Billy T. llevaba

más de medio año portándose mal con ella, y Karianne Holbeck había llegado al

límite.

—¡Todo en esta investigación es un escándalo! Yo lo sé, tú lo sabes. Todos los

que estamos aquí lo sabemos. Joder, falta poco para que lo sepa todo el mundo. ¿Lees

la prensa, Billy T.?

Que Karianne Holbeck dijera un taco era casi tan sorprendente como que

estuviera insultando a un superior delante de todo el mundo. Severin Heger estaba

boquiabierto. Klaus Veierød frotaba las suelas de sus zapatos contra el suelo y se

rascaba una verruga del pulgar izquierdo, que empezó a sangrar. Silje Sørensen

arrugaba la nariz y miraba con cierta satisfacción a Hanne Wilhelmsen, que seguía

sentada con los brazos en cruz sin decir palabra. Annmari Skar tenía pinta de querer

recoger sus cosas y largarse. El resto tenía la cabeza baja a la espera de que amainara

la tormenta.

—Está claro que no —gruñó Karianne y le puso delante la edición del día del

periódico VG.

Toda la portada estaba presidida por la declaración de una «fuente policial

solvente»: «¡Estamos dando palos de ciego!».

—Nos ponen en ridículo. Y quiero decir a todos. Y con razón, si me permites

decirlo.

Karianne se dejó caer sobre su silla, sin resuello y pálida como un cadáver.

Hanne Wilhelmsen era la única que miraba a Billy T. Parecía mayor, como si una

masa fofa le hubiera recubierto la cara y los hombros, que se veían más redondeados.

Su caja torácica parecía más pequeña embutida en un jersey que le venía estrecho. Hanne intentó captar su mirada, como había hecho siempre cuando las cosas eran

como debían ser y eran uno para todos y todos para uno. Quería una tregua. Quería

algo más y sabía que sería imposible, pero una tregua les ayudaría a los dos, sobre

todo a él. Aquí y ahora era él quien la necesitaba a ella. No miraba a ninguna parte,

tan solo al frente, en medio de un silencio que parecía imposible en una habitación

con diez policías y una abogada policial. Todos intentaban cogerle el pulso a una

investigación que se les había ido de las manos hacía mucho. Habían pasado diez días

desde el asesinato de Brede Ziegler y si seguían así el caso no se iba a resolver, no de

esa manera. No bajo el régimen amenazante de Billy T. y sus métodos erráticos.

Hanne Wilhelmsen era la única que miraba a Billy T. Él no levantó los ojos para

encontrarse con los de ella.

Pasaron más de treinta segundos, un minuto.

Hanne se levantó despacio. Pasó por detrás de Severin Heger, Klaus Veierød y

Billy T., pegada a la pared para no rozar a ninguno de ellos. Se inclinó hacia la oreja

de Silje Sørensen. La joven agente escuchó muy concentrada, asintió y salió de la

sala a toda velocidad. El portazo resultó brutal en el silencio opresor y les obligó a

todos a cerrar los ojos. Cuando los abrieron vieron a Hanne sentada en el respaldo de

una silla en la cabecera de la mesa. Tenía los pies en el asiento, los codos apoyados

en las rodillas y miraba fijamente a Severin Heger.

—He revisado toda la documentación de este caso —dijo en voz baja—. He leído

todas las declaraciones, los informes, he mirado todos los listados. He estado en la

calle Niels Juel, mi informe es el documento 16-2 del caso. No lo digo para quitar

méritos a nadie, lo digo para daros ánimos. Aquí hay mucha y muy buena labor

policial. El error es… está… —El respaldo del asiento crujió, pero siguió sentada.

Formó un círculo con las manos y se las puso ante la cara—. El problema es el

enfoque del caso. Este caso es distinto a todos los demás. Bueno, supongo que todos

los casos son únicos.

Intentó sonreír pero nadie le respondió con una sonrisa.

—Vosotros… Nos hemos centrado en el motivo. Y eso suele funcionar, pero en

un caso en el que nos tropezamos con un motivo a cada paso que damos, tal vez sea

buena idea cambiar el punto de vista. En lugar de preguntarnos por qué para

averiguar quién, deberíamos preguntarnos: ¿por qué precisamente en ese lugar? De

esa manera nos acercaremos a la pregunta quién desde otro ángulo.

—¿Qué? —dijo Karl Sommarøy chupando su pipa apagada, y soltó el cuchillo

con el que siempre jugueteaba.

—Debemos preguntarnos: ¿por qué mataron a Brede Ziegler junto a la comisaría?

¿Qué estaba haciendo allí? Nada parece indicar que le trasladaran allí después de

muerto. Murió allí, en ese momento, en la escalera trasera de la comisaría. O sea que

fue hasta allí, entró en un parque en el que muy pocos de nosotros pondríamos un pie

después del anochecer. Cruzó ese parque una noche de domingo en que, por lo que

parece, tenía dolor de estómago. ¿No es jodidamente extraño?

La siguiente en rendirse fue Karianne Holbeck. Arrugó la nariz y ladeó la cabeza.

—Raro, sí… Pero seguro que hay una explicación lógica que averiguaremos

cuando sepamos quién le mató. ¿No crees?

—¡Seguro! —Hanne aplaudió un momento, como si no pudiera ocultar su

entusiasmo por tener público. Ya no miraba a Billy T.—. El tal Brede —continuó

saltando al suelo— es un hombre… Un hombre sin eco.

—¿Sin eco?

Karianne sacudió la cabeza en un gesto de incomprensión.

—¡Sí! Seguro que lo ves, Karianne. ¡Piénsalo! Tú has sido la responsable de

coordinar las tomas de declaración a los testigos, y lo has hecho bastante bien, la

verdad, pero tienes que… —se inclinó sobre la mesa para acercarse a Karianne y bajó

la voz— ver la imagen completa. Te sientes frustrada porque no encuentras nada

coherente. Toda la información es dispar. Algunos admiran a Ziegler, otros le

desprecian. Unos afirman que era un cínico, un alcohólico, una mala persona. Otros

dicen que era un hombre culto, educado y eficiente. Te has centrado en eso y has

dejado que te desquicie. ¡Levanta la mirada! ¿Qué perfil es el que estamos viendo?

¡El de un hombre sin resonancia! Un hombre al que… si le gritas, no obtendrás…

—Ninguna respuesta —continuó Klaus Veierød pensativo—. Pero eso no nos

aclara qué coño estaba haciendo en nuestra escalera trasera una fría noche de

domingo.

—Puede que no —dijo Hanne—. Pero tal vez sí. Lo que quiero decir es, ante

todo, que ha llegado el momento de sacar conclusiones. Por lo menos sobre qué clase

de tipo era en verdad este famoso cocinero. ¿Cómo llamamos a las personas de las

que se dicen cosas tan dispares como de Brede Ziegler?

Miró a unos y a otros y abrió los brazos en espera de respuestas.

—Un tipo interesante —dijo Karianne prudente, y Hanne se encogió de hombros.

—¿Psicópata? —añadió Severin Heger.

—Veleidoso —afirmó Klaus Veierød con algo más de entusiasmo; había

empezado a tomar notas por primera vez desde que empezara la reunión.

—Impredecible —propuso un estudiante de policía que no había abierto la boca

hasta ese momento, pero que acababa de terminar un cursillo de psicología.

—¿Adónde quieres ir a parar, Hanne?

Annmari Skar la miraba con los ojos entornados.

—Quiero llegar aquí —contestó, y volviéndose hacia la pizarra pasó las hojas

hasta llegar al dibujo de Severin de la escalera a vista de pájaro—. Quiero llegar a la

conclusión de que difícilmente Brede Ziegler estaría precisamente aquí una noche de

domingo si no fuera porque le interesaba. Era un hombre que, aparentemente, nunca

hacía nada que no fuera en su propio beneficio. Las personas que hablan bien de él

son aquellas cuya buena opinión le suponía a él un beneficio. Si tenemos en cuenta

que tenía dolor, tal vez no terrible, pero de todas formas… Por alguna razón era

importante para él estar precisamente allí. Había quedado con alguien, iba a encontrarse con alguien.

Todos se dieron la vuelta de golpe cuando Silje Sørensen volvió, sin aliento y con

una bolsa de plástico que le tendió a Hanne.

—Después —sonrió Hanne—. Siéntate mientras tanto.

—Quizá llevaran a Brede Ziegler hasta allí con amenazas —dijo Klaus Veierød

—. ¿No resulta más probable? Alguien lo obligó a ir a la fuerza, valiéndose de un

arma, o de forma indirecta porque tenía algo que podía usar contra él. ¿Quizá le

hicieron chantaje?

Hanne trazó un gran círculo alrededor del dibujo de la escalera, se volvió hacia

Klaus y le puso el capuchón al rotulador.

—Estoy de acuerdo —dijo despacio—. Pueden haberle presionado para que

viniera. Dudo que con un arma puesto que su coche estaba bien aparcado en la calle

Sverre. Parece poco probable que alguien le obligara a aparcar legalmente a cierta

distancia del parque y luego le hiciera recorrer el camino hasta la escalera de atrás,

todo sin que nadie viera, oyera ni notara nada extraño… Bueno. Pero tienes razón,

claro, pueden haberle presionado por otros medios. Quizá le dijeran que tenía que ir y

que si no lo hacía… Lo habitual en esos casos. Pero esto no cambia mi idea inicial:

iba a encontrarse con alguien. Tenía una cita, una cita a la que no quería faltar. Y

escuchad esto… Pásame mis notas, por favor. —Mientras Hanne hablaba no miraba a

Billy T. El comisario seguía contemplando absorto algo invisible para los demás

pero, al menos, no se había marchado. Klaus Veierød cogió el montón de papeles y lo

empujó hacia ella—. Aquí está —dijo Hanne cogiendo un documento—. Este es el

informe que escribí sobre mi visita a la calle Niels Juel. ¿Te llamó algo la atención en

el cuarto de baño, Severin?

—¿En el baño? —Severin pensó unos instantes y se quitó las gafas—. Yo… No

fuimos al baño. Vinieron unos de Securitas y…

—Pues yo sí que entré en el baño —le interrumpió Hanne— y encontré que era

excepcionalmente grande y lujoso y no tenía nada de interés. No había

medicamentos. Un solo cepillo de dientes, pasta y lo necesario para afeitarse. Volveré

sobre eso. Pero ¿sabéis qué? La bañera tenía una pared muy especial.

Cuando Billy T. por fin la miró sintió una punzada. Él fingía desinterés y a la vez

intentaba ocultar su mirada entornando los ojos, lo que le daba la expresión de un

niño enfurruñado.

—La pared está decorada con un mosaico bellísimo. Es una reproducción en

miniatura de la fachada de la mezquita de la calle Åkeberg. Idéntica. Hice una foto

con la Polaroid y las comparé. El parecido es asombroso. Al menos a mí me lo

parece.

—¿Y qué?

Karl Sommarøy abrió la boca y se cogió su diminuta barbilla entre el pulgar y el

índice.

—Eso digo yo —dijo Karianne con voz queda. Parecía haberse recuperado de su explosiva reacción de hacía un rato—. ¿Qué tiene eso que ver con el caso?

—Puede que nada. A lo mejor es casualidad que el tipo fuera asesinado a

cincuenta metros escasos de la fachada de la mezquita cuya copia decoraba la pared

de su cuarto de baño. Aunque tal vez no. —Apoyó las manos sobre la mesa y

prosiguió. Su voz sonaba diferente, más intensa, con más ganas de convencer—.

Brede Ziegler era un exhibicionista. Un exhibicionista presumido, superficial y muy

hábil. Si hubiera visitado a Ziegler en vida me habría quedado admirada ante la pared

del baño, le habría dicho que era una maravilla. Quizá alguien hizo precisamente eso

y él quiso enseñarle el original porque…

Ya no le prestaban atención, los había perdido. Karianne bajó la vista, Severin se

había quitado las gafas definitivamente. Klaus tiró el boli y se quedó mirando la hora.

—Vale —dijo Hanne Wilhelmsen intentando sonreír. Se dio cuenta de que solo

era capaz de esbozar una mueca poco favorecedora—. Dejémoslo estar. Pero hubo

otra cosa que me llamó la atención en ese piso. Severin, ¿qué te pareció a ti lo más

llamativo?

—Bueno, que era impresionante, claro. Impersonal pero elegantísimo. El tipo

tenía una obsesión enfermiza por el famoseo y no quería mucho a su mujer. —

Reprimió una risita—. Al menos no le había permitido dejar ninguna huella visible en

la casa.

—¡Exacto!

Hanne volvió a subirse al respaldo de la silla y empezó a balancearse con las

punteras de las botas vaqueras apoyadas en el borde de la mesa.

—Un único cepillo de dientes, nada de perfume ni de cremas depilatorias. Una

cama sin sábanas, con todo recogido como en un hotel al que no llegarán los

huéspedes hasta la semana siguiente. Según los informes, a Vilde se le comunicó la

muerte de su marido a las cinco de la mañana, por lo que se supone que quitó la ropa

de cama antes de ir a la Estación Central a coger el primer tren para Hamar.

—Te vas a caer —le advirtió Silje Sørensen a Hanne—. Me pone nerviosísima

que te sientes así.

—¿Cómo disteis con Vilde, Karianne?

—Primero llamé al fijo de su casa y no lo cogieron. Luego llamé al móvil de

Vilde Veierland Ziegler. Contestó al teléfono. Sonaba muy dormida. Le dije que

teníamos que hablar con ella de algo importante y que podíamos estar en la calle

Niels Juel en media hora. Tuve que encontrar a un sacerdote antes de ir así que nos

llevó cerca de una hora ponernos en marcha. Cuando llegamos estaba despierta y

vestida.

—¿Y por qué no contestó a la primera llamada?

Karianne miró inquieta de un lado a otro.

—A lo mejor no lo oyó. Estaba dormida y había salido de copas. No sé, estaba

dormida, cansada.

—O tal vez no estaba allí —comentó Hanne con voz queda—. Creo que Vilde no vive en la calle Niels Juel. No hay en el mundo una mujer que deje tan poco rastro.

Billy T. se movió. Giró la cabeza de un lado a otro como si acabara de

despertarse. Se rascó la barbilla y abrió y cerró la boca varias veces, como si tuviera

intención de decir algo, pero no supiera muy bien qué.

—El aire está cargadísimo aquí dentro —dijo Hanne—. Tal vez deberíamos hacer

una pausa. Pero antes… hay algo que quisiera enseñaros. Si a ti te parece bien, Billy

T.

No la miró pero asintió con un gesto mínimo.

Hanne le hizo una señal a Silje, que vació sobre la mesa el contenido de la bolsa

de plástico. Todos se inclinaron para ver los objetos. Estaban envueltos

cuidadosamente en bolsas individuales cerradas al vacío.

—Estas son las cosas que aparecieron en el lugar del crimen —dijo Silje—.

Algunas siguen en el departamento técnico, como por ejemplo las colillas, así que

para darle un toque realista he vaciado un cenicero.

Hanne soltó una risita y rozó el brazo de Silje con los dedos para darle ánimos.

Silje lucía una amplia sonrisa y miró a los demás para ver si se habían dado cuenta

del gesto de reconocimiento de Hanne.

—Es casi como un juego de mesa. ¿Qué resulta extraño aquí?

—Latas de cerveza —murmuró Karl sobando una de las bolsas—. Un envoltorio

de helado del verano pasado, colillas, condones, un pañuelo usado y asqueroso.

—El papel de regalo —dijo Karianne en voz alta—. El papel de regalo no cuadra

con el resto, ni siquiera ha perdido el color.

—Vamos a tomarnos un descanso.

Todos se volvieron hacia Billy T.

—Pero es que…

—Lo dejamos aquí, llevamos tres horas reunidos y aquí ya casi no se puede

respirar.

Karianne quiso saber cuándo volverían a reunirse.

—Mañana —dijo Billy T.—. Ya os avisaré.

El comisario les dio la espalda y salió de la sala arrastrando los pies. Los demás

recogieron sus papeles y las botellas de refresco vacías. Silje devolvió los hallazgos

del lugar del crimen a la bolsa de plástico, y Karl se citó con Klaus y Karianne para

almorzar.

No habían llegado a ninguna conclusión, no se habían repartido las tareas, apenas

habían empezado a analizar el material que, a pesar de todo, habían reunido en diez

días de dispersa investigación. Hanne se acordó de los anónimos amenazantes, de

Gagliostro y de Sindre Sand. Ni siquiera habían llegado a mencionar el curioso dato

de que Brede Ziegler tuviera dieciséis mil coronas en la cartera. Pensó en

Harrymarry. Dios sabía lo que estaría haciendo en este momento.

Silje tardaba en llenar la bolsa de plástico. Iba colocando los objetos despacio,

unos sobre otros con mucho cuidado, como si estuviera empaquetando huevos.

—En realidad no habíamos acabado, ¿no? Ni siquiera hemos mencionado…

—No —dijo Hanne Wilhelmsen, que sujetaba sus papeles con una goma para

meterlos en una bandolera de correos de los años setenta—. No, ni mucho menos.

Pero es Billy T. quien decide, es él quien está al frente de la investigación.

—Deberías ser tú —susurró Silje.

Hanne hizo como que no la oía. Tenía que ir a casa para comprobar que su piso

seguía allí. Debería haberle hablado a Billy T. de su nueva inquilina, tenía intención

de hacerlo, pero no había encontrado la manera y cada vez sería más difícil.