Sin eco
Capítulo 45
45
Vilde Veierland Ziegler escuchaba el rumor del agua con tanta intensidad que no oyó
lo que decía el camarero. Solo cuando se dirigió a ella por tercera vez levantó la vista,
desconcertada.
—Oh, perdón. Prefiero esperar a que llegue mi acompañante. Pero… —El
camarero ya se había dado la vuelta—. ¿Podría traerme un vaso de agua con hielo?
Fue Vilde quien propuso que se vieran en Blom. Era un restaurante en el que
podrían hablar con tranquilidad y sin peligro de encontrarse con algún conocido. El
resto de los comensales eran en su mayoría hombres de negocios extranjeros. Se
habían dejado caer por el restaurante de la bohemia noruega que ningún artista
noruego podía permitirse ya. No estaba muy lleno y tuvo la sensación de que alguien
había subido el sonido de la fuente que ocupaba el centro de la estancia. El ruido del
agua deslizándose era tan intenso que le impedía pensar con claridad.
Claudio llegó con cuatro minutos de retraso. Cuando se sentó fue como si alguien
hubiera apagado de pronto el sonido de la fuente.
—¿De qué vamos a hablar?
—Para empezar, ¡hola!
—Hola.
Él se retorció en su silla y evitó su mirada. Sudaba copiosamente y parecía faltarle
el aliento. Cuando por fin apartó la mirada del mantel de damasco amarillo fijó la
vista en algún lugar entre la boca y la nariz de ella.
—¿Estabas deseando que llegara este momento? —preguntó él.
El camarero apareció con una jarra de agua con hielo. Les sirvió y les recomendó
el bufet del almuerzo. Vilde pidió dos sándwiches de gambas, sin consultar con
Claudio.
—No. —Se bebió un vaso de agua entero y luego movió despacio los cubitos de
hielo de un lado al otro—. No, no lo estaba deseando, pero tengo que organizar las
cosas, puesto que Brede ya no puede decidirlo todo por mí. También para ti son así
las cosas, ¿verdad? Brede ya no decide.
—¡Escúchame! —Se pasó un pañuelo inmaculado por la frente y levantó la vista
hasta la punta de su nariz—. Tal vez debería preocuparte un poco más lo que Brede
había decidido. ¿No es lo normal que una viuda respete la última voluntad de su
marido? Brede quería que yo me hiciera cargo de Entré si a él le ocurría algo. Esa era
su voluntad.
Vilde estaba acostumbrada al trato hostil que Claudio le dispensaba. Nunca se
habían llevado bien. Poco a poco habían llegado a un acuerdo no escrito para
evitarse. Pero eso ya no podía ser. Brede estaba muerto y Claudio ya no permanecía callado en su presencia, atenazado por el miedo.
—Pues te ha venido muy bien que Brede muriera, ¿no? —Pinchó una gamba y se
la acercó a la boca—. Así te quedas a cargo de todo. Pero resulta que los dos nos
hemos llevado una sorpresa. —La gamba desapareció entre sus labios y la masticó un
largo rato. Claudio Gagliostro toqueteaba un manojo de eneldo con aspecto de no
tener apetito—. Aunque tú creas lo contrario, Claudio, no soy tonta. Deberías saber
que no voy a desprenderme de algo que es mío, quiero decir así sin más.
—No creo que seas tonta. —Echó un vistazo a dos hombres que acababan de
tomar asiento un par de mesas más allá. No estaba muy seguro de si les conocía o no,
y tampoco estaba muy claro si era más agradable tener otra cosa en la que fijar la
vista que no fuera Vilde, que se colocaba el pelo detrás de la oreja con un gesto lento
y se comía las gambas una a una sin tocar el pan—. No eres tonta —repitió—, pero
no puedes llevar un restaurante. Sencillamente no sabes nada del negocio y sigo sin
entender por qué has querido hablar conmigo.
—Precisamente por eso.
Vilde estaba desconocida. Su sonrisa arrogante endurecía su mirada. Claudio
nunca entendió por qué Brede había elegido a Vilde. Era guapa, claro, pero a Brede
nunca le habían faltado mujeres bellas. Guapas, jóvenes y habitualmente tontas. Al
principio, cuando Brede empezó a mostrar algo más que un interés distraído por la
chica, Claudio creyó que había entrado en otra etapa de su vida. Se acercaba a los
cincuenta y, como nunca había tenido la crisis de los cuarenta, Claudio supuso que su
relación con Vilde no era más que un síntoma del miedo a envejecer de Brede que
llegaba con retraso. Para él seguía siendo un enigma por qué había querido casarse
con ella. Brede tenía muy claro que no quería tener hijos. Una madrugada, después de
cerrar, mientras los dos socios se tomaban una copa en la penumbra del bar, Brede le
contó que era estéril. Entre risas le explicó que se había ocupado de ello. Su risa era
extraña, casi malvada, como si le hubiera hecho al mundo una jugarreta y por fin
pudiera contarlo.
—Precisamente por eso.
Claudio pegó un respingo y se le cayó el trozo de limón que toqueteaba.
—¿Qué?
—Pues que precisamente quería hablarte de eso. Tienes razón. No tengo ni idea
de llevar un restaurante y por eso quiero ofrecerte un trato. Digamos que un arreglo.
Claudio se reclinó en su silla y miró a Vilde con los ojos entornados. Estaba
irreconocible de verdad. Las pocas veces que había ido por el restaurante se había
comportado como una tímida adolescente, apenas habían intercambiado unas
palabras pero, por lo poco que había dicho, había llegado a la conclusión de que la
chica era casi retrasada.
—He hablado con mi abogada —dijo Vilde con voz serena—. Me lo ha explicado
todo y, como vamos a ser copropietarios de Entré, dependeré de que tú sigas con la
gestión. Es como tú dices: no tengo ni idea de restauración. —Puso un leve acento italiano y rio por lo bajo, como si por un momento volviera a interpretar un viejo y
bien aprendido papel—. Pero quiero mi parte del dinero. Yo también he trabajado
duro por ese local, a mi manera.
Volvió a reírse y Claudio se sintió desconcertado. Una ira repentina hizo que por
fin se decidiera a sostenerle la mirada. Se inclinó sobre la mesa.
—¿Qué quieres decir? —bufó—. Que tú has… por la Virgen que me da igual lo
que hayas hecho. ¿Qué es lo que quieres en realidad? ¿O tal vez debería preguntarte
qué es lo que quiere tu abogada?
Vilde adquirió un aspecto pensativo.
—Estás jugando conmigo —siseó Claudio—. ¡Joder, estás ahí sentada jugando
conmigo!
Se levantó tan bruscamente que tiró la silla. Desconcertado, se quedó mirando al
suelo.
—Relájate —dijo Vilde bajito—. No estoy jugando. Siéntate.
Claudio sintió que le tenía cogido por los huevos tan literalmente que se llevó la
mano a la entrepierna. Levantó la silla y se sentó titubeante mientras miraba hacia la
entrada.
—Necesito dinero —dijo Vilde—, y lo necesito ya. Según mi abogada, las
gestiones en el juzgado de sucesiones pueden llevar una eternidad, al menos varios
meses, y no puedo permitirme esperar.
Claudio se quedó callado. Ella le observó largo rato, como si esperara que fuera él
quien diera con una solución al problema en el que los dos se habían visto enredados.
—La abogada dice que Entré vale unos cinco millones de coronas —dijo por fin,
y lanzó un profundo suspiro—. Eso quiere decir que te puede exigir dos millones y
medio si quieres quedarte con el negocio, mínimo.
—Dos y medio… —Puso los ojos en blanco y abrió los brazos—. ¿Cómo coño
voy a conseguir…?
—Tengo una propuesta —le interrumpió ella—. Me das millón y medio ahora y
por esa cantidad te daré el dos por ciento de mis acciones. Eso quiere decir que tú
serás el jefe. Tendrás el cincuenta y uno por ciento.
—¿Millón y medio por el dos por ciento? ¿Cuando el negocio vale cinco en total?
Creo que estás…
Le volvió a interrumpir, algo más alterada esta vez.
—Firmaremos un contrato. Dentro de tres años todo será tuyo, todas mis acciones
te serán transferidas, con la condición de que me des un millón el año que viene y
otro en los dos años siguientes. Tres millones y medio en total. —Levantó su vaso
para brindar—. ¡Y, voilà, Entré será todo tuyo!
Un grupo de japoneses trajeados de gris entró en el restaurante. Todos llevaban
cartelitos con su nombre en la solapa. El camarero, que les sacaba dos cabezas a
todos, les acompañó a la mesa que Vilde tenía a sus espaldas. Ella bajó la voz.
—O podemos vender Entré ahora mismo, nos quedaría una buena cantidad a cada uno.
Le dedicó una amplia sonrisa y se sirvió más agua; los cubitos de hielo casi se
habían fundido.
Claudio no podía vender Entré, sabía que era demasiado tarde para volver a
empezar. Tenía cerca de cincuenta años y lo había perdido todo una vez. Casi acaba
con él. Había sido capaz de levantarse, seguir luchando, y por fin había empezado
algo que valía la pena. Entré era su meta y lo único que deseaba.
Claudio Gagliostro había nacido y crecido literalmente en el negocio de la
restauración. Vino al mundo en el suelo de la cocina del restaurante de su tío en
Milán. Sus padres murieron antes de que cumpliera los dos años, paradójicamente a
consecuencia de una intoxicación alimentaria. Comieron mejillones en mal estado en
una taberna de Venecia durante un viaje de novios largamente aplazado, y el pequeño
Claudio quedó a cargo del hermano de su madre. Su tío se arruinó cuando Claudio
tenía catorce años y desde entonces se había buscado la vida por su cuenta. Con una
suerte cambiante y con una moral muy marcada por haber pasado su infancia siendo
el chico más feo de su calle. Pero había tenido algo que ninguno de los otros tuvo
nunca: su viaje anual a Noruega. La madre de su madre, que era originaria de
Holmestrand, había abandonado a su marido italiano, y de paso también a sus hijos,
después de varios años de maltrato, tres años antes del inicio de la Segunda Guerra
Mundial. Su nieto era la alegría de su vida, a pesar de que una breve y cara batalla
legal le robara la posibilidad de conseguir su custodia. Su tío accedió con generosidad
a mandar a Claudio a Noruega durante las vacaciones de verano, a pesar de que él
nunca había perdonado a su madre por abandonarle siendo un niño. El niño sabía
sacar partido de su idioma de verano. Con tan solo ocho años ya se apostaba en la
piazza del Duomo para detectar con intuición y buen oído a los turistas noruegos. Era
sorprendentemente paciente porque podían pasar días entre unas víctimas y las
siguientes. El pequeño chaval moreno con la cabeza rara que hablaba un noruego
excelente era el guía turístico más caro de Milán. Tampoco se privaba de robarles
todo lo que llevaran, pero nunca le denunciaron.
Claudio Gagliostro no podía permitirse perder Entré.
—Necesito el dinero para Navidad —dijo Vilde—. No dispones de muchos días.
Cuando la miró a los ojos, sintió un escalofrío.
—Tendrás tu dinero —le dijo con desprecio—. Brede está muerto. Que cometiera
el error de casarse contigo no va a acabar conmigo. Deja que esa abogada tuya
redacte el contrato, yo te llamaré.
Cuando volvió a ponerse de pie, esta vez para marcharse de verdad, estaba más
sereno.
—Tendrás ese dinero —dijo en tono seco—, a pesar de que no te pertenece.