Sin eco

Anne Holt · Capítulo 15 de 75

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Sin eco

Capítulo 14

14

 

Entre las muchas cosas que Vilde Veierland Ziegler no le había contado a la policía

estaba que la mayor parte del tiempo vivía en Sinsen. Tenía un apartamento de

habitación y media en la calle Silo. La media habitación no era más que una abertura

en la pared tras la que cabía una cama. El piso tenía aseo, pero la ducha estaba en el

pasillo y la compartían tres estudios.

Brede le había dicho que de vez en cuando necesitaba tranquilidad, al fin y al

cabo era un artista. Al principio parecía un buen acuerdo y él le pedía un poco de

soledad con muy buenos modos cada dos semanas o así. Solo un par de días. Pero la

cosa había ido a más. Vilde se dio cuenta de que en los tres últimos meses, casi sin

proponérselo, se había ido llevando toda su ropa y objetos personales al minúsculo

apartamento. Ahora vivía allí. Seguía teniendo la llave y el código de la calle Niels

Juel, pero hacía varias semanas que prácticamente no pasaba una noche en el piso de

Brede.

Vilde no tenía ni idea de quién era el propietario del estudio en el que vivía. Brede

se había ocupado de todo. Ella no le había dado importancia a que su marido siempre

se ocupara de todo. Ahora era peor. Estaba encogida, con la barbilla apoyada en las

rodillas y no tenía ni idea de quién era el propietario de su casa. La policía

averiguaría dónde vivía en realidad, seguro. Tal vez debería mudarse a la calle Niels

Juel inmediatamente, lo había pensado en el mismo instante en que salió de la

comisaría, pero algo la hizo dudar. La calle Niels Juel parecía un escaparate, Brede

sentía un temor casi paranoico a que cambiara cualquier detalle de la decoración.

Tenía la sensación de que incluso su vestuario era un impedimento para lo que Brede

solía llamar «una impresión estética completa».

Vilde estaba mejor en Sinsen. Cuando heredara, vendería aquel piso enorme, se

compraría una casita, tal vez un adosado, en Asker o en Bærum, con un jardincito, y

aún le quedaría dinero. Estudiaría, viajaría un poco, o bastante, viajar era la mejor

manera de aprender idiomas.

Vilde se echó a llorar y se abrazó a sus rodillas mientras se balanceaba adelante y

atrás. Brede estaba muerto. La mujer policía había sido amable, pero Vilde se había

sentido como si pudiera atravesarla con la mirada, seguramente había sospechado

todo lo que se callaba y había detectado sus mentiras. Habían hecho tres descansos y

las tres veces le habían ofrecido café y medianoches. No había podido probar bocado.

Al oír el timbre se golpeó la barbilla contra las rodillas y se mordió la mejilla;

notó sabor a sangre. El despertador digital indicaba que el jueves apenas había

empezado, eran las 05.40. Se quedó quieta, seguro que era alguien que se había

equivocado, pasaba con frecuencia. Volvieron a llamar. Vilde no quería abrir. Si se quedaba muy quieta y fingía que no estaba en casa, el que la buscaba se iría.

Pero alguien había puesto el dedo en el timbre y no quería quitarlo.

Los timbrazos resonaron por todo el apartamento durante mucho rato. Vilde cerró

los ojos y se tapó los oídos. Al cabo de un par de minutos fue capaz de levantarse y se

acercó a la ventana. Despacio, con cuidado de no ser vista, miró entre el marco de la

ventana y las cortinas cerradas. Una figura masculina se tambaleaba por el sendero.

Era evidente que estaba borracho. Cuando llegó a un banco de la calle se apoyó en él

y se giró hacia la casa. Vilde se retiró a la velocidad del rayo. Había reconocido la

chaqueta del tipo, lo que no era extraño pues ella se la había regalado hacía menos de

dos años, cuando eran novios y estaban a punto de casarse.