Sin eco
Capítulo 30
30
El coche de alquiler era automático. Le resultaba extraño, incluso en Estados Unidos
solía insistir en que le dieran cambio manual. Mientras atravesaba Oslo frenaba de
golpe cada vez que pretendía pisar el embrague. Un Opel Omega cabreadísimo
estuvo a punto de chocar con ella y le pareció notar un golpe en el parachoques. Tal
vez fuera una señal, pero se negaba a volver atrás.
En la autopista E-18 circuló a ochenta en el carril que permitía ir a noventa
kilómetros por hora. No tenía prisa. Una media hora después de haber recogido el
coche en Bislett, aparcó. Evitó la plaza que estaba junto a la propiedad, reservada
para invitados, y fue unos cien metros más allá hasta una tranquila calle sin salida. En
las ventanas del chalet brillaban candelabros de muchos brazos y estrellas de plástico
entre las cortinas. Unos árboles de Navidad encerrados en mallas esperaban las fiestas
apoyados en la pared y de la chimenea de la familia Vibe salía humo.
Hanne Wilhelmsen se quedó junto a la cancela.
Había estado allí muchas veces. El camino al instituto que Cecilie recorría todas
las mañanas era el más largo del mundo; había escogido el prestigioso instituto de la
Catedral de Oslo a pesar de que la obligaba a levantarse a las seis de la mañana para
coger el tren de Drammen. En una ocasión Hanne le preguntó cómo había conseguido
la plaza. Cecilie sonrió y se encogió de hombros. El padre de Cecilie era el director
de Enseñanzas Secundarias de la región de Buskerud; Hanne nunca repitió la
pregunta.
Levantó la vista hacia la única ventana que no estaba iluminada.
Las bisagras sin engrasar gimieron por el frío. Cerró la cancela con cuidado. La
temperatura había bajado a diez bajo cero y la gravilla crujía bajo sus pies. De la
puerta colgaba un centro de acebo, con frutos rojos y una cinta estampada que daba la
bienvenida en inglés. Antes de que reuniera el valor suficiente para llamar a la puerta
esta se abrió.
—Hanne —saludó Inger Vibe con naturalidad, como si Hanne fuera a visitarla
cada dos por tres—. Te he oído en el camino. Bueno, no exactamente a ti pero…
Rio bajito, una risa que obligó a Hanne a cerrar los ojos para protegerse.
Permaneció inmóvil tanto tiempo que Inger Vibe acabó por poner la mano sobre su
brazo para conducirla hacia el interior.
—Te hemos estado esperando —dijo la madre de Cecilie—, entra.
Su espalda era la de Cecilie; la manera en que se desplazaba, con pasos cortos,
como si anduviera de puntillas sin darse cuenta, era la de Cecilie. En el salón olía a
naranjas y desde las ventanas llegaba el sonido de pequeños ángeles de bambú que
volaban en el aire caliente de las velas e impactaban de forma rítmica y casi inaudible en un colgante de bronce.
—¿Eres tú, Hanne? Siéntate.
El padre de Cecilie cerró su libro y se puso de pie. Le ofreció una mano
titubeante.
—Hace tanto tiempo…
Hanne se dejó caer en un mullido sillón. El aroma a naranjas se hacía cada vez
más intenso.
—¿Dónde has estado?
Por un momento no supo quién se lo preguntaba. Miraba a uno y a otro y sudaba.
Sobre la mesa había una fuente enorme rebosante de frutas de color intenso. Parpadeó
con fuerza y deseó que alguien redujera la intensidad de la luz.
—He venido a darte esto.
Manoseó el cierre que tenía en la nuca.
—¿Para mí?
Inger Vibe se tapó la boca con las manos, como si acabara de tocarle la lotería. Su
gesto molestó a Hanne y cuando le entregó el colgante lo hizo con más brusquedad de
la que era su intención.
—Se la regalé a Cecilie hace muchos años, en un cumpleaños. Creo que lo
apreciaba y…
—Lo llevaba siempre —dijo Arne Vibe—, siempre.
—No está bien que lo lleve yo, era de Cecilie, os lo podéis quedar.
Nadie le dio las gracias. Intercambiaron una mirada y Hanne se sintió insegura.
La vergüenza le hizo sudar aún más y abrió la boca para respirar mejor. Inger Vibe
fue a la cocina. Su marido daba vueltas al libro, se quitó las gafas, sonrió, pero seguía
sin decir palabra. Su sonrisa era cordial, pero a la vez era neutra, distante; Hanne tuvo
ganas de marcharse. Había cumplido con su cometido, les había dado el colgante.
Pero no era eso lo que quería.
Por fin volvió Inger Vibe. Depositó frente a ella una taza de café de fina
porcelana antigua, le sirvió y le ofreció pastas de una fuente de pie alto.
—En realidad solo he venido a daros las gracias. Para deciros… no sé muy bien
qué.
—Lo siento, ¿tal vez? —Arne Vibe había dejado de sonreír. Pero aun así su rostro
tenía un aire indulgente, al igual que su mirada, que, por primera vez, se encontraba
con la suya—. Tal vez has venido a decir que lo sientes. Eso creo.
Olía intensamente a Navidad. El sonido de los querubines de la ventana, en su
eterno baile alrededor del bronce, parecía más intenso. La nieve se acumulaba tras el
cristal. Hanne se echó a llorar. Los padres de Cecilie bebían café con leche. Se
tomaron dos tazas cada uno y Hanne seguía llorando.
—No estoy segura —dijo por fin—, tal vez.
Dos horas más tarde el matrimonio Vibe se había pasado al licor y Hanne al té.
Bebía de una gran taza decorada con una borrosa Torre Eiffel y le pareció notar que las hojas de té eran viejas. El líquido marrón sabía a cebolla, pimienta y copos de
avena. Se aferró a la taza y dobló las piernas para sentarse sobre ellas.
—¿Tienes frío? —Inger le puso una manta sobre los hombros.
—No.
—Me alegro de que hayas venido, pero tal vez podrías haber venido antes. Habría
sido mejor para todos.
Arne se inclinó sobre el apoyabrazos y le quitó la taza a Hanne de la mano. Cogió
esta entre las suyas y le acarició la palma con el pulgar. Hanne pensó que era la
primera vez que tenían contacto físico más allá de un apretón de manos.
—Nuestro problema es… —dijo Arne despacio—, es que… Nos ha resultado
difícil comprender… Nunca hemos rechazado a Cecilie, ni a ti. Al contrario.
—Es culpa mía. Todo es mi culpa, todo, siempre.
Inger Vibe se acercó al gran ventanal. Apoyó la frente en el cristal y se quedó así,
apoyada en la ventana con los brazos colgando, luego se giró:
—Es tu mayor defecto, Hanne. Así es como nos has fallado.
—Lo sé.
—No, no lo sabes, ese es el problema. Siempre crees que tienes la culpa de todo y
así te liberas de cualquier responsabilidad. Pides perdón y así lo arreglas todo. El
sentimiento de culpa ha sido tu escudo. Has sido… —Abrió los brazos en un gesto
que impulsó a Hanne a refugiarse tras su taza de té y cerrar los ojos—. Llevas
demasiado tiempo escondiéndote, te has refugiado en la culpa, te has envuelto en ella
como si se tratara de una capa oscura. Te ha servido para mantener a la gente alejada
de ti.
—Cecilie no se apartó de vosotros.
Inger sonrió y se volvió hacia la ventana. La oscuridad devolvía su reflejo
agrandado.
—Pero es que Cecilie era muy especial —dijo Inger Vibe.
Se rio con ganas, como si hubiera dicho algo gracioso, como si Cecilie fuera a
entrar por la puerta en cualquier momento. Hanne tuvo que esforzarse para no echar
un vistazo, por si acaso estaba allí.
—Es ridículo que estés viviendo en un hotel. —Su voz sonaba decidida, se alisó
la falda con la mano y observó el colgante que acababa de ponerse—. Tienes un
apartamento estupendo. ¿Quieres que te ayudemos a instalarte de nuevo?
—¡No!
Se había precipitado al responder. Tal vez Inger quisiera ser parte del proceso,
quizá fuera importante para ella recoger las cosas de su hija.
—No quiero que Cecilie desaparezca —explicó Hanne dubitativa—, quiero que
siga allí, solo tengo que…
—Tonterías. Claro que hay que recoger sus cosas. Hay ropa y otras cosas con las
que habrá que hacer algo. ¿Qué te parece donarlas al Ejército de Salvación?
—Tal vez más adelante. Antes debo…
—¿Quieres que te acompañe? —Arne seguía acariciando su mano con el pulgar.
—Tengo que irme.
Se levantó con dificultad de la mullida butaca. Se le habían dormido las piernas y
estuvo a punto de caerse. Arne la sujetó.
—Estoy bien —dijo Hanne—, ahora todo irá bien.
—Solo una cosa más —dijo Inger. Hanne ya había abierto la puerta y se
estremeció al notar la noche helada—. Acepta las cosas buenas que la vida te ofrezca.
No disponemos de muchos años, Hanne. No tenemos tiempo para desperdiciar las
cosas que de verdad importan.
Hanne se encogió de hombros y cerró la puerta sin darles un beso de despedida,
ni siquiera fue capaz de estrecharles la mano. Al llegar al coche se volvió a mirar la
casa. Aún había luz en todas las ventanas salvo en una: la buhardilla.
Era la tarde del 14 de diciembre de 1999.