Sin eco

Anne Holt · Capítulo 14 de 75

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Sin eco

Capítulo 13

13

 

Cuando vio la advertencia en el envase ya era tarde. Una hora antes se había tomado

dos comprimidos de paracetamol. Y acababa de tomarse otros dos. Su sabor agrio le

quemaba la tráquea. Volvió a leer la advertencia y meneó la cabeza.

—A ver si ese maldito diente me deja en paz.

No tendría tanta suerte. Últimamente el diente le había molestado cada vez que

comía o bebía algo frío o caliente y esa noche el dolor había llegado para quedarse.

Billy T. no quería ir al dentista. Estaba claro que podía dar el diente por perdido, el

dentista se abalanzaría sobre ese desastre y le propondría ponerle una funda. Tres mil

cuatrocientas coronas. Ni hablar. Sencillamente, Billy T. no se lo podía permitir.

Pronto tendrían que comprarle un carrito a Jenny. Y cada vez que cobraba se ponía

malo al tener que pasar las cuatro pensiones de sus otros hijos. El plus que le

correspondía por su puesto de comisario desaparecía en un agujero negro. Necesitaba

dinero, desde que tenía memoria había necesitado dinero.

El dolor le subió por el lado izquierdo de la cara y acabó en un agudo pinchazo en

las profundidades de su cabeza. Humedeció una toallita y se la colocó sobre los ojos.

Al notar el suave olor a caca de bebé la tiró al suelo.

—Mierda, ¡mierda! —le gruñó a la imagen que veía en el espejo.

El neón le hacía parecer más pálido de lo que estaba en realidad y se masajeó las

sienes mientras entornaba los ojos en un intento de borrar sus ojeras. Era más de

medianoche, y debía dormir mientras Jenny se lo consintiera.

Abrió la puerta del dormitorio con cuidado.

Jenny estaba boca arriba en su cuna con los brazos abiertos y el edredón

apelotonado a sus pies. Parecía que tomaba el sol en pijama azul. Billy T. la tapó con

delicadeza y devolvió su conejito amarillo y algo sucio a su sitio en el rincón.

Cuando volvió a meterse en la cama sin hacer ruido sintió el calor del cuerpo de

Tone-Marit. El dolor del diente no menguaba, al contrario, iba a más.

Aunque tenía cuatro hijos de antes, las dos chicas del dormitorio eran su primera

familia de verdad. Al menos desde que dejara la casa de su madre. En ese momento

habría preferido estar solo. Habría encendido todas las luces, se habría medio

emborrachado con la botella de coñac que había comprado en un viaje de trabajo a

Kiel dos años antes y aún no había abierto, habría puesto Il Trittico de Puccini a todo

volumen y habría esperado a que el dolor desapareciera.

Quería estar solo.

La vida de soltero y padre de fin de semana no presentaba complicaciones.

Después de pasar algunas dificultades con las madres de los pequeños los primeros

meses, todo había ido sobre ruedas. No se metía en cómo vivían los cuatro niños con sus respectivas madres, y estas tampoco se entrometían en lo que hacían cuando

estaban con él. Mientras sus hijos vivieran en armonía y tuvieran buena salud, no veía

motivo para alterar un arreglo que funcionaba. A veces los niños se quejaban de que

no iba a las funciones escolares y esas cosas, pero se habían ido acostumbrando. Si

los días que estaban con él coincidían con partidos de fútbol u otras actividades, se

ocupaba de llevarles, por supuesto. La verdad es que antes había llevado una vida

estupenda.

Lo de ahora era otra cosa.

Jenny no había dormido una noche seguida desde su nacimiento. Lloraba, gritaba

y había que darle de comer. Y en cuanto acababas de alimentarla, la comida anterior

empezaba a salir por el otro extremo. El apartamento era demasiado pequeño para

aislarse. Alguna vez se había quedado a dormir en casa de amigos para estar

tranquilo, pero entonces se pasaba la noche pensando que Tone-Marit tenía que

ocuparse de todo ella sola.

Estaba claro que el piso era demasiado pequeño.

No podían permitirse otro. Hacía frío en el dormitorio y se subió el edredón hasta

la barbilla. Sus pies asomaron al final de la cama y tuvo que encogerse. Jenny emitió

unos sonidos guturales y, como si se tratase de un eco, Tone-Marit soltó un quejido.

En realidad, su madre era la única mujer a la que no había abandonado. Cada vez

que tenían algún roce se limitaba a mantenerse a distancia una temporada y todo

acababa pasando. Billy T. nunca había entendido la expresión «trabajar para que una

relación funcione». Una relación no era ningún trabajo. Las cosas iban bien, o no

iban.

Lo último que le faltaba era el encontronazo con Suzanne.

Cuando el lunes anterior había vuelto a casa corriendo desde el Entré, había

sentido ganas de llorar. Echó la culpa al dolor de muelas y se fue a la cama antes que

Tone-Marit. Y no pudo dormir. Debían de haber pasado por lo menos veinte años

desde la última vez que la había visto. Se levantó con cuidado y se llevó el edredón.

Las camas de los críos eran demasiado pequeñas. Se tumbó en el sofá. El fin de

semana anterior Truls se había cargado los auriculares cuando jugaban a la Guerra de

las Galaxias. Como era el más pequeño tenía que hacer de la princesa Leia.

La había conocido dieciocho años antes, si echaba bien las cuentas. No quería

echarlas, deseaba pensar en otra cosa. Entonces él tenía veintidós años y se acercaba

el final de su primer año en la Academia de Policía. Ella lo había llamado para que la

ayudara a conseguir que la devolvieran al régimen cerrado del psiquiátrico. La habían

obligado a vivir en un piso compartido en una fase de transición. Luego,

sencillamente, había desaparecido. Por lo que pudo saber se había mudado a Francia,

pero como el asunto no le concernía, acabó por olvidarla.

Lo que más deseaba Alexander en el mundo era una PlayStation. Era el único de

su clase que no la tenía. Una PlayStation casi equivalía al presupuesto de un mes que

Billy T. tenía para sus cuatro hijos.

Cerró los ojos y apretó las mandíbulas para aliviar el dolor. Fue peor. Ahora el

dolor se había asentado en su nuca, y parecía que la mitad de su cabeza iba a

desprenderse del resto del cuerpo.

Hanne Wilhelmsen le había abandonado.

Ella le había abandonado a él, no al revés. No quería pensar. Sonó el teléfono.

Billy T. se levantó de un salto, salió corriendo al recibidor y se abalanzó sobre el

aparato antes de que pudiera sonar otra vez. Aguzó el oído por si llegaban sonidos del

dormitorio.

—Diga —siseó en el auricular.

—Hola, soy Severin.

—¿Sabes qué hora es? ¡Es casi la una, joder!

—Perdona, pero…

—Tengo un bebé, ¿sabes? ¡Claro que lo sabes!

—Ya te he pedido perdón, pero tengo que decirte algo que he pensado que

querrías saber de inmediato.

—¿Qué?

Billy T. se apretó el ojo con el pulgar.

—A Brede Ziegler lo mataron dos veces.

De la calle llegó el sonido de un brusco frenazo seguido de una fuerte colisión.

Billy T. cerró los ojos y rogó en silencio que el bebé no se despertara, pero Jenny

rompió a llorar.

—Mierda. La niña se ha despertado. ¿Qué decías?

Miró por la ventana. Un taxista le echaba una bronca a una joven que no paraba

de llorar. Dos Mercedes que se habían comido un buen trozo de sus respectivas partes

delanteras. Ahora Jenny berreaba.

—Espera un momento —ladró Billy T. al auricular.

Cuando llegó al dormitorio Tone-Marit estaba cogiendo al bebé. Soñolienta, le

pasó a la niña sin protestar antes de caer sobre la cama otra vez.

—Calla, mi niña. Papá está aquí. No pasa nada.

Apretó a la pequeña contra su pecho mientras volvía al salón y recuperaba el

teléfono.

—¿Qué decías? —murmuró.

—Que a Brede Ziegler en realidad lo mataron dos veces. ¡Ja!

Jenny emitió unos gorgoritos e intentó agarrar la nariz de su padre.

—Dos veces —dijo sin entonación—, le mataron dos veces. Vale.

—¿Recuerdas que el forense se preguntó si el tipo bebía? ¿Que tenía la cara de un

color un poco extraño?

—Más o menos.

Se acercaban sirenas ululantes y Jenny se aferró a su cuello. Empezó a llorar otra

vez. Billy T. metió un chupete en las fauces abiertas.

—No era alcohol, era paracetamol. Brede Ziegler fue envenenado, había ingerido grandes dosis de paracetamol.

—¿Paracetamol? Te refieres… al paracetamol corriente, ¿ese que venden en una

caja naranja?

—En grandes cantidades resulta peligrosísimo, por eso en la farmacia no te

venden más de un envase cada vez.

—Pero… ¿murió por eso? ¿Ya estaba muerto cuando le acuchillaron?

—No, al revés. Murió de la cuchillada, pero probablemente hubiera muerto

envenenado más tarde, salvo que le hubieran tratado en un hospital, claro.

—Joder.

—Pues sí.

—Hablamos mañana a primera hora.

—Vale, espero no haberte fastidiado la noche.

—Las noches fastidiadas son mi especialidad —murmuró Billy T., y el auricular

se le cayó al suelo.

Cuando la grúa se hubo llevado los coches de la calle y Jenny se durmió por fin

eran las cinco y diez de la madrugada del jueves 9 de diciembre. Billy T. dejó al bebé

en la cuna y fue al baño. Abrió el grifo de la bañera y decidió irse a trabajar en cuanto

se hubiera aseado. Mejor así. Si se dormía ahora sería incapaz de levantarse. Mientras

se llenaba la bañera sacó los nueve paracetamoles que quedaban en el envase y los

tiró por el retrete. Desaparecieron bajo una cascada de agua azul.

Por lo menos se le había pasado el dolor de muelas.