Sin eco
Capítulo 5
5
—Stazione termini. Il treno per Milano.
El director la había acompañado hasta el taxi, que esperaba frente al portón junto
al muro de piedra. Regañaba al conductor, preocupado por la repentina marcha de
Hanne Wilhelmsen.
—Signora, ¿por qué no se espera? Mañana hay un vuelo muy cómodo desde
Verona.
Pero Hanne no podía esperar. Ese mismo día partía un avión desde Milán al
aeropuerto de Oslo Gardermoen. El tren tardaba dos horas escasas de Verona a Milán.
Ciento veinte minutos más cerca de casa.
En el control de pasaportes se mareó. Tal vez fuera por la chaqueta que se había
puesto para el viaje. Había sido de Cecilie. Como un recuerdo nebuloso notó un
aroma que había dado por perdido. Se apoyó en el mostrador e indicó a los que la
seguían en la cola que pasaran.
El apartamento.
Las cosas de Cecilie.
La tumba de Cecilie, que ni siquiera sabía dónde estaba.
Un funcionario le devolvió el pasaporte. No pudo cogerlo, no tenía fuerzas ni para
levantar el brazo. Le dolía el codo, aplastado contra el mostrador. Contó hasta veinte,
sacó fuerzas de flaqueza, agarró el documento rojo y echó a correr. Escapó de la cola,
de la terminal del aeropuerto y del camino de regreso a casa.
Ahora Hanne Wilhelmsen estaba de vuelta en Verona. Había seguido su primer
impulso y había decidido coger un vuelo a Munich con conexión a Oslo al día
siguiente.
Durante los últimos meses, apenas había visitado la ciudad. Desde su llegada en
julio, se había encerrado en Villa Monasteria y las colinas que rodeaban el antiguo
convento. Al principio los estudiantes habían intentado animarla a ir con ellos a
Verona los fines de semana. En coche se tardaba apenas un cuarto de hora. Hanne
nunca aceptó.
La larga sucesión de los días soleados y secos del verano y el otoño hasta el
húmedo diciembre habían aplacado el dolor que la había paralizado la noche de la
muerte de Cecilie. De alguna manera Hanne había conseguido sobrevivir, pero
necesitaba un poco más de tiempo. Un día nada más. En veinticuatro horas cogería el
avión a Noruega.
Hanne regresaría al apartamento con todos los proyectos de reforma de Cecilie a
medio terminar. La ropa de Cecilie bien doblada y clasificada en su mitad del armario
del dormitorio la estaba esperando junto al caos de jerséis y pantalones de Hanne.
Buscaría la tumba de Cecilie.
Hanne estaba en la piazza Bra de Verona intentando aislarse del ruido de la
ciudad. Cuando aguzaba los oídos sin querer, solo percibía voces. El ruido del tráfico
no llegaba a la enorme plaza. Los gritos restallaban contra los antiguos muros de
mármol que rodeaban la Arena di Verona en el centro de la ciudad y volvían sobre los
cientos de puestos en que se vendían jamón y vajillas, aspiradores para el coche y
bisutería per la donna.
La mochila se le clavaba en el hombro. Caminaba sin rumbo, alejándose del
gentío, buscando la sombra, una callejuela. Tenía que encontrar hotel, un lugar donde
guardar el equipaje, dormir una noche y prepararse para el largo viaje de vuelta a
casa. Aún no estaba segura de haberlo empezado.