Sin eco
Capítulo 42
42
El patio era amplio, luminoso y bien ventilado. Las franjas de tierra, que en verano
probablemente fueran frondosas jardineras, estaban cubiertas de tela de saco y una
fina capa de nieve sucia. Aquí y allá asomaba una rama cubierta de espinos a través
de la basta tela. Hanne Wilhelmsen se quedó mirando la fachada y exclamó:
—Pues Proper Neve vive muy apropiadamente, desde luego. Estas casas están
construidas según un esquema británico. Los nacionalistas tienen cierta tendencia a
cultivar modas extranjeras, siempre que sean lo bastante selectas. ¿Empezamos por el
portal A, B o C?
—C —dijo Silje decidida—. Empezaremos por el final.
Era evidente que la gente estaba de compras. Era el último viernes antes de
Navidad y aún no eran las cinco de la tarde. Nadie contestó a la llamada de Hanne a
los primeros timbres. Después de un breve timbrazo al sexto les respondió una
profunda voz masculina.
—¿Quién es?
Le explicaron a quién buscaban.
—Tussi Helmersen —respondió el hombre—. Portal B, y buena suerte. No se
calla ni debajo del agua.
Un crujido dio a entender que el hombre era menos hablador que su vecina.
—Yesssss —exclamó Silje—. ¡Bingo al primer intento!
—Ya veremos —dijo Hanne en voz baja mientras correteaba detrás de su colega
hacia el siguiente portal.
Los nombres de los propietarios estaban escritos en blanco sobre unas pequeñas
placas negras, junto a los timbres. Tussi Gruer Helmersen debía de ser la más
veterana de todos los vecinos, su nombre estaba casi borrado y Hanne no estaba muy
segura de si ponía Gruer o Gruse.
—Gruer —dijo Silje—. Tiene que ser Gruer. Lo que es seguro es que la última
letra es una «r».
Llamó a la puerta. No contestaron. Hanne llamó y tampoco contestaron.
—Vaya —dijo Silje desanimada.
—¿Qué te esperabas? ¿Que estuviera aquí esperándonos?
Hanne probó suerte con el resto del bloque. Le respondió una voz infantil.
—Hola —dijo Hanne—. ¿Está tu mamá?
—Mmm.
—¿Qué dices, sí o no?
—Sí.
—¿Crees que podría hablar con ella un momento?
—¿Por qué?
—¿Diga?
Una mujer le había quitado el telefonillo al niño. Les abrió y cuando llegaron a la
quinta planta les estaba esperando con la puerta abierta. Un niño pequeño se escondía
tímido y curioso, y asomándose por detrás de la cadera de su madre.
Hanne sacó su placa y se presentó a sí misma y a su colega. El niño sonrió
abiertamente y soltó la pierna de su madre.
—¿Sois policías de verdad?
—Del todo —dijo Hanne y sacó un coche de policía de juguete del bolsillo de su
chaqueta—. Toma, para ti.
Silje la miró sorprendida. El niño entró corriendo en el piso imitando el sonido de
una sirena. El coche volaba por el aire como si fuera un avión.
—Siempre a punto —murmuró Hanne—. En realidad buscamos a la señora
Helmersen. ¿La conoces?
—Vaya que si la conozco…
La mujer puso los ojos en blanco, se secó las manos en el delantal y las invitó a
pasar. El salón estaba lleno de pistas que indicaban que la madre y el hijo tenían
muchas ganas de que llegara la Navidad. La mesa del comedor estaba cubierta de
papel brillante rojo y verde, tijeras, pegamento y bolsas de nueces. Cuando la luz de
la lámpara del techo le dio en la cara pudo ver que la mujer tenía purpurina en la
barbilla. El niño estaba sentado en el suelo jugando con un gatito y un trozo de una
escalera de Jacob. Había aparcado el coche de policía en una cestita navideña de
elaboración casera.
—Perdonad el desorden —dijo la madre invitándolas a sentarse—. ¿Un té? Acabo
de prepararlo así que no es molestia. Mi nombre es Sonja, por cierto, Sonja Gråfjell, y
este es Thomas.
Sonrió mirando al niño.
—Y Tigretón —dijo Thomas levantando al gato por las patas delanteras.
—Tussi Helmersen —dijo Sonja Gråfjell despacio—. Es muy curioso que me
preguntéis por ella. De hecho he barajado la posibilidad de ponerme en contacto con
la policía. Acerca de la señora Helmersen, digo. Pero resultaba un poco… tonto.
—Vale —dijo Hanne Wilhelmsen en tono confidencial—. ¿Y por qué?
—¿Que por qué resultaba un poco tonto? Bueno, sí, quiero decir que…
—No. ¿Por qué pensaste en hablar con la policía acerca de la señora Helmersen?
Sonja Gråfjell levantó la voz para dirigirse al niño.
—¡Thomas! ¿Por qué no vas a la cocina y le das a Tigretón un poco de comida y
leche? Hay una lata abierta en la nevera.
El niño protestó y se retorció sin que pareciera tener intención de marcharse.
—Thomas, ya has oído lo que te ha dicho mamá.
Se levantó contrariado, se puso al gato debajo del brazo y se dirigió a la puerta
que estaba en el extremo de la habitación.
—Mató al gatito de Thomas —dijo su madre en voz baja—. Envenenó a Helmer.
Hanne tragó saliva e intercambió una mirada con Silje, que a su vez miraba
desconcertada la puerta de la cocina.
—No, a Tigretón no —explicó Sonja Gråfjell con mucho interés—. Él es nuevo.
La señora Helmersen mató a Helmer, nuestro gato anterior. Thomas había vuelto del
colegio y… Le tiene muchísimo miedo a la señora Helmersen, esa mujer es el terror
de toda la manzana, al menos para los niños. Vio cómo le daba un platito de leche o
tal vez fuera otra cosa. Yo estaba trabajando y cuando volví a casa… Helmer estaba
muerto. Le dije a mi marido que… Bjørn, mi marido, dijo que no teníamos pruebas y
que sería… ¿Es un delito quitar la vida a los gatos de los demás?
Hablaba respirando agitadamente, como si fuera un alivio poder compartir por fin
sus preocupaciones con otros. Se pasó la mano por la frente y las miró
alternativamente en busca de una respuesta.
—Vamos a repasarlo desde el principio —dijo Hanne con una sonrisa—. Thomas
volvió del colegio y entonces ¿qué fue lo que pasó?
Les llevó más de diez minutos ordenar todos los elementos de la historia. Thomas
volvió de la cocina y enseguida le abrigaron a la fuerza y le mandaron al patio con
Tigretón.
—Es un delito seguro —dijo Silje sin mucho convencimiento—. Matar gatos,
digo.
—Puede que esté en la Ley de Protección de los Derechos de los Animales —dijo
Hanne—, además de ser una propiedad ajena. ¿Sabes dónde se encuentra ahora la tal
Tussi?
—Hace días que no la veo, espero que se haya ido de vacaciones.
Sonja Gråfjell sintió un escalofrío mientras manoseaba un angelito hecho con un
rollo de papel higiénico. Su aura, fabricada con un limpiador de pipas bañado en
dorado, cayó al suelo.
—Esa mujer es sencillamente siniestra.
—Eso pienso yo también, mamá. La señora Helmersen da mucho miedo.
Al parecer el niño no había pasado de la escalera.
—Yo creo que caza gatos. A lo mejor es una de esas… brujas que comen
animales. Saqué a Tigretón de su casa. Entró corriendo porque la puerta… —Se tragó
las últimas palabras y se puso colorado.
—Thomas —dijo su madre con la voz tensa—, ¿has entrado en casa de la señora
Helmersen?
El niño asintió con cuidado.
—Pero solo porque Tigretón se metió allí. Yo no quería que la señora Helmersen
lo capturara. Pero no estaba en casa.
El niño ya no estaba tan avergonzado. Las dos mujeres policía querían oír lo que
les iba a contar. Podía verlo en sus caras. Sonrió con aire triunfal, y al hacerlo dejó a
la vista un gran agujero en la encía superior, de donde acababan de caérsele los dos incisivos.
—La señora Helmersen tiene montones de medicinas por todas partes —ceceó
con entusiasmo—. Más que la abuela. Mucho más que en… la farmacia. Por todas
partes. En la mesa y encima de la tele y en la cómoda y en todas partes. —Soltó al
gato y dio tres pasos tentativos hacia el interior del salón sin perder de vista a su
madre—. Nosotros solo tenemos un armarito para las medicinas. Con una serpiente.
Y la serpiente quiere decir que las medicinas son peligrosas.
Thomas se bajó la cremallera del anorak. Hanne Wilhelmsen se inclinó hacia
delante y apoyó los codos en las rodillas.
—¿Estás seguro de eso, Thomas? ¿Hay muchas medicinas en casa de la señora
Helmersen?
—Sí. —Asintió enérgico con la cabeza.
—¿Están en el salón, así, a la vista?
—Mmm, como… —Miró hacia la televisión y señaló tres gorriones de cristal—.
Como esos pájaros, casi como decoración.
Hanne se levantó de pronto y fue hacia el crío. No había probado el té. Acarició la
cabeza del niño.
—Cuando seas mayor puedes hacerte policía, Thomas. Un policía de los buenos.
Muchas gracias por hablar con nosotras.
Saludó con un movimiento de cabeza a Sonja Gråfjell y le hizo una señal a Silje
para que la siguiera. En cuanto estuvieron en el patio Hanne marcó el número de la
comisaría en su móvil. Tras una breve conversación colgó y sacudió la cabeza
desanimada.
—Annmari Skar dice que no podemos abrir la puerta. No le parece que sea lo
bastante urgente. Ella sabrá. Los abogados suelen tener una noción muy extraña de
qué corre prisa y qué no.
Se sonó en un pañuelo de papel y se pasó una barra mentolada por los labios.
—Tendremos que encontrar a Tussi y pedirle permiso muy educadamente. Voy a
entrar en ese apartamento, ¿a que sí, Silje?
Le dio una palmada entre los hombros a la joven policía.
—Bueno —dijo Silje Sørensen—. No puede ser tan difícil dar con una persona
como Tussi Gruer Helmersen.
Quedaba una semana para la Nochebuena y un viento templado parecía indicar
que el veranillo de kakelinna estaba al caer.