Sin eco

Anne Holt · Capítulo 28 de 75

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Sin eco

Capítulo 25

25

 

—Me volví loca y decidí curarme.

Suzanne dejó la cuchara sobre la mesa y le dedicó una fugaz sonrisa a Idun

Franck. La redactora no había comido nada, Suzanne Klævenes seguía preguntándose

por qué la habría invitado a cenar. Habían colaborado en el libro sobre Ziegler

durante varios meses pero nunca habían intercambiado información personal más allá

de banalidades. Y ahora, cuando probablemente hubiera que cancelar el proyecto del

libro, de pronto Idun la había invitado a cenar una bullabesa. El primer impulso de

Suzanne había sido rehusar, pero Idun dijo que podrían combinar la comida con

trabajo, y además Idun tenía algo especial. Era tal y como Suzanne recordaba, o tal

vez imaginaba, que eran sus compatriotas. Era amable pero reservada, tenía una

sonrisa contenida, cercana y profesional a la vez. Era discreta en cuestiones

personales y Suzanne no tenía que estar alerta ante preguntas indiscretas. Idun Franck

no era como la mujer del control de pasaportes del aeropuerto, Tone Nosecuántos.

Había reconocido a Suzanne y se había puesto a hablar con entusiasmo de los viejos

tiempos en el instituto. Detrás de Suzanne se había formado una cola, pero no había

podido irse hasta que la mujer le había devuelto el pasaporte; así había entrado en

Noruega, literalmente, dando un tropiezo.

—En la adolescencia me puse enferma, muy enferma. Estuve ingresada en

régimen cerrado en Gaustad durante año y medio. Tuve que marcharme para curarme.

Estaba sorprendida de su propia reacción. No es que fuera un secreto que había

estado loca, todos sus amigos de Francia lo sabían, al menos todos aquellos con los

que tenía confianza suficiente como para que resultara natural hablar de algo que

había ocurrido quince años atrás. Pero cada vez hablaba de aquello con menos

frecuencia. Cuando Idun le había preguntado la razón de su traslado a Francia la

había pillado por sorpresa, y Suzanne contestó sin pensar.

—Es que soy medio francesa —explicó—, llevo el apellido de mi padre, pero mi

madre era francesa. Aunque murió siendo yo una niña tengo allí familia y amigos y

era el sitio lógico al que ir. —Se sirvió más bullabesa, se notaba que era casera y

sabía a Marsella. Secó el cucharón con una servilleta y vio que Idun apenas había

probado bocado—. Está muy buena —alabó Suzanne—. Parece que no como gran

cosa, pero no es cierto, me encanta comer. Lo que pasa es que he tenido suerte con…

¿Cómo se dice en noruego? ¿El matabolismo?

—Metabolismo. ¡Ojalá fuera mi caso!

Cuando la editorial le había ofrecido la posibilidad de hacer las fotos para el libro

sobre Brede Ziegler y su cocina, se lo pensó un día entero. La editorial había probado

suerte sin muchas esperanzas; Suzanne Klævenes hacía fotos para Paris Match y el año anterior había hecho un reportaje de diez páginas para el National Geographic

sobre los movimientos migratorios en África central. Estaba acostumbrada a grandes

encargos y a los honorarios correspondientes.

—Casa —dijo Suzanne de pronto—, ¿por qué sigo hablando de volver a casa

cuando hablo de Noruega? Dije que sí a este trabajo porque quería comprobar si me

resultaba posible estar aquí, después de lo que ocurrió. Tras la muerte de mi padre

vine en el primer vuelo de la mañana y regresé a París una hora después del entierro.

Creo que mis familiares nunca me lo perdonarán. Pero entonces aún no sabía… si

aguantaría estar en este país, si lo había superado.

—¿Crees que es posible? —Idun Franck rellenó las copas de vino y empezó a

darle vueltas a la suya—. No sé lo que te pasó y no tengo intención de preguntártelo.

Pero… esas mujeres bosnias de las que me hablaste. Violadas y… los refugiados

africanos que pierden a sus hijos por el camino, uno detrás de otro, enfermos y

hambrientos y… ¿Crees que es posible dejar atrás cosas así? ¿Están en condiciones

de seguir viviendo, de llevar una existencia plena y auténtica?

Suzanne reconoció la voz de Sarah Brightman saliendo de los altavoces. Esa

música sentimental y facilona no le cuadraba con el resto de la personalidad de Idun

Franck. No es que el piso estuviera decorado con esmero, pero la mezcla de

antigüedades con muebles de IKEA tenía estilo e indicaba un gusto formado.

—He leído en alguna parte —siguió Idun con una risita— que el hígado es el

único órgano del cuerpo que puede regenerarse por completo. Se crean tantas células

que en cinco años tenemos un hígado nuevecito, siempre que no bebamos demasiado.

—Levantó el vaso—. ¿Crees que pasa lo mismo con el alma humana? —Se levantó

bruscamente sin esperar respuesta y recogió los platos—. Tenemos que trabajar, nos

tomaremos el café en el salón. ¿Has traído las fotos?

Suzanne se sentó en el sofá de piel. Al llegar había dejado la carpeta con las fotos

sobre la mesa del salón. Le extrañó que Idun no se hubiera fijado.

—¿Dónde habré dejado el manuscrito? —murmuró Idun Franck mirando en el

revistero y detrás del televisor—. Se me debe de haber olvidado en alguna parte,

estoy segura de que lo saqué de la oficina.

La búsqueda se había vuelto absurda. Idun Franck levantó los cojines y miró en el

interior de dos jarrones vacíos. Suzanne se sirvió café de un termo de cerámica y

pensó que Idun Franck debía de ser el tipo de persona que invertía todo su sentido del

orden en el horario laboral.

—Nos apañaremos sin él —dijo Idun exhausta—. Enséñame las fotos, por favor.

Trabajaron muy concentradas durante un par de horas.

—Está claro que los alimentos y los paisajes no son problema —concluyó Idun

Franck pasándose la mano por el pelo—. Te propongo que sigas adelante; hablaré con

Claudio para que puedas hacer fotos a los platos que menciona el texto que tenemos.

—¿Eso quiere decir que habéis decidido publicar el libro? —preguntó Suzanne

tomando un sorbo de su cuarta taza de café—. Está bien que planifiquemos basándonos en lo que tenemos, pero ¿quieres que siga haciendo fotos?

—No vamos a tomar ninguna decisión sobre la publicación hasta que no esté

terminada la investigación. Pero hemos acordado avanzar todo lo que podamos con el

libro antes de tener que decidirnos. No es decisión mía, dependo de un jefe que es…

Olvídalo, lo siento. Contaré los platos que se mencionan en el texto y te daré un

listado actualizado. ¡Esa está muy bien!

Cogió una foto de Brede Ziegler en blanco y negro.

—Resulta muy… espontánea. ¿No te vio?

—No. Y estoy de acuerdo. Es buena, aunque no ha salido muy favorecido.

Suzanne recogió las fotos con cuidado de que los numerosos post-it amarillos

estuvieran pegados a la foto correspondiente. Idun agarró las notas que había tomado

a lo largo de la noche y las metió entre las páginas de la última novela negra de Unni

Lindell que estaba sobre una mesita, junto al televisor.

—Al menos esas no se me van a olvidar —dijo sonriendo vagamente—. Por

cierto… —Echó una mirada al libro, como si le recordara algo—. ¿Has hablado con

la policía?

—¿La policía? No, debo ocupar un puesto poco destacado en su lista de

sospechosos… ¿Por qué me lo preguntas? ¿Han hablado contigo?

Cerró la carpeta de las fotos y se dirigió al pasillo. Al ver que Idun no hacía

ademán de seguirla, retrocedió.

—Sí, han hablado conmigo y me he enfrentado con ellos porque querían acceder

a material que aún no se ha publicado, infringir la ley de protección de las fuentes. Ha

sido como hablar con la pared. ¿Sabías que los policías ya no parecen policías? El

policía con el que hablé dice que solo tiene nombre de pila. Parecía un… ¡neonazi!

Una cruz invertida en la oreja y…

Idun se pasó la mano por la cabeza como si se la estuviera afeitando. Suzanne

estuvo a punto de tirar las fotos al suelo y se apoyó en el marco de la puerta.

—Mon Dieu —dijo con voz queda—, de verdad que este país es como un…

pueblo.

—¿Sabes a quién me refiero?

—B.T. Se llama… Yo siempre le llamaba B.T.

—No, se llamaba Bobby o Billy o algo así. ¿Puede que sea el mismo? ¿Le

conoces?

—Era una de las personas de las que quise alejarme para curarme de mi locura.

Suzanne Klævenes fue a la entrada y empezó a abrigarse. Idun la siguió.

Las dos mujeres se quedaron en sendos extremos del recibidor, una alta, morena y

muy delgada; la otra bajita, de formas redondeadas y cabello rubio ceniza.

—Gracias por venir —susurró Idun—. ¿Quieres que llame a un taxi?

Suzanne prefirió ir caminando. Cuando llevaba recorridos treinta metros de la

calle Myklegard y se acercaba al sendero que la conduciría a través del parque hasta

Grønlandsleiret, se dio la vuelta. Todas las luces del piso de Idun estaban apagadas, solo se veía la llama de una vela en la ventana de la cocina. Por unos instantes creyó

ver la cara de Idun Franck apoyada en el cristal. Quizá la visión fuera producto de su

imaginación, pero sintió un escalofrío. Pensó que Idun Franck era la única persona

conocida a la que nunca había querido fotografiar. No lo entendía, no sabía por qué.