Sin eco
Capítulo 15
15
Tenía ganas de volverse, por un momento se arrepintió de no haber cogido la
gabardina de anchas solapas que podría haberse subido o un gorro, algo para ocultar
el rostro.
Grønlandsleiret 44 estaba exactamente igual. En alguna que otra ventana un
agente optimista que aún creía en la Navidad había encendido una vela para recordar
el adviento. Salvo por eso, todo era gris. Como siempre. La cuesta que llevaba a la
comisaría seguía igual de empinada que de costumbre, y mientras caminaba se
abrochó la chaqueta. Se detuvo frente a las pesadas y familiares puertas de acero.
Aún estaba a tiempo de darse la vuelta, pero sabía que con ello solo conseguiría
aplazar algo que acabaría llegando. Respiró profundamente, empujó la puerta y entró
en el hall. El olor le provocó un respingo.
Hanne Wilhelmsen nunca había pensado que la comisaría tenía un olor
característico, un aroma casi imperceptible de edificio de oficinas al que se le sumaba
el olor a sudor, a miedo y arrogancia, a documentos, metal y cera. Olía a policía.
Hanne se dirigió al ascensor.
—¿Hanne? ¿Hanne, eres tú?
Erik Henriksen llevaba el cabello pelirrojo de punta y la miraba con la boca
abierta.
—La misma que viste y calza.
Hanne hizo un sincero intento de sonreír; la cazadora de piel se le pegaba a la
espalda, y volvió a desear dar media vuelta y desaparecer.
—¿Dónde has… dónde has estado? Has vuelto… definitivamente, digo. ¿Cómo
estás?
El ascensor emitió un pitido y Hanne pasó por el lado de su colega mientras
rezaba para que las puertas se cerraran antes de que a él se le ocurriera seguirla.
—Hablamos —murmuró y sus plegarias fueron escuchadas.
Le pareció que el rumor de su llegada había corrido a mayor velocidad que el
ascensor. En la séptima planta tuvo la sensación de que todos la observaban. Junto a
la puerta de la cafetería había cinco personas que no hablaban ni tampoco parecían
decidirse a almorzar. Medio saludó con la cabeza a uno de ellos al pasar a su lado.
Sus miradas le quemaban la espalda mientras se aproximaba al despacho del director
de la policía. Los susurros se convirtieron en una discusión acalorada en cuanto se
alejó. Al final no pudo resistirse; se dio la vuelta de golpe y a los cinco pareció
entrarles una prisa repentina por irse de allí.
Al bajar la mirada por los pasillos del otro lado del hall de siete pisos de altura, lo
vio. Estaba en la tercera planta, zona azul. Él se detuvo bruscamente, se apoyó en la cornisa y la miró con los ojos entornados. La distancia no le permitió interpretar su
expresión.
Pero no había forma de equivocarse.
Billy T. se encogió de hombros y le dio la espalda.
Ella entró en el despacho del director para averiguar si conservaba su puesto de
trabajo.