Sin eco

Anne Holt · Capítulo 52 de 75

Páginas del PDF

Sin eco

Capítulo 48

48

 

—Papá, ¡cógeme!

Un niño de unos seis años colgaba con las rodillas dobladas de una rama que se

combaba por el peso. El niño se deslizaba despacio hacia el suelo. Un hombre de

mediana estatura vestido con un anorak rojo y gafas anticuadas le agarró de la cintura

y se lo echó sobre el hombro. Una niña vestida con un mono verde se aferraba a las

piernas del hombre y también quería que la cogiera en brazos. Unos diez metros más

allá, en el sendero asfaltado, había una mujer que sujetaba un carrito vacío y hablaba

por el móvil.

El río Aker corría, con el caudal escaso propio del invierno, por debajo del puente

Bentsebrua, y la niebla fría y gris que traía consigo se extendía por la llanura tras la

iglesia de Sagene. La zona estaba casi desierta. Eran poco más de las once de la

mañana del sábado 18 de diciembre y Hanne se detuvo de golpe.

—Mierda —dijo en voz baja.

—¿Qué?

Le había parecido buena idea ir en taxi hasta el lago de Maridal y luego pasear

por la orilla del río hasta Vaterland. Si caminaban a buen ritmo tardarían algo más de

una hora y luego podrían almorzar en el centro. Así dejarían la noche atrás, al menos

la última parte.

Cuando Nefis volvió del baño sobre las cuatro de la mañana y le informó sin

aspavientos de que había una vieja sentada en el retrete, con la puerta sin cerrar,

metiéndose un pico, Hanne se echó a llorar. Después gritó. Con la vista nublada,

Harrymarry se llevó las manos a las orejas y le dedicó una sonrisa beatífica.

Cuando Hanne había acogido a Harrymarry por tiempo indefinido dio por

descontado que le robaría. Pero, por extraño que resultara, no le había desaparecido

nada. Harrymarry se tomaba muchas libertades en cuanto a coger cosas prestadas,

pero siempre lo devolvía todo. Pero lo más importante para Hanne era que

Harrymarry entendiera que la prohibición de meter drogas en casa iba en serio.

—Soy policía. No puedes guardar ni consumir nada aquí, ¿comprendes?

Harrymarry había asentido, lo había jurado por sus muertos y había murmurado

todo tipo de promesas sagradas cada vez que durante los tres primeros días Hanne le

repitió esa norma. Por supuesto que no había cumplido su palabra, pero Hanne no lo

había descubierto hasta esa noche. Harrymarry se tapaba las orejas. Todo habría ido

bien si esa mujer turca no hubiera tenido otros hábitos en el uso del baño distintos a

los de Hanne; ¿cómo demonios iba Harrymarry a saberlo?

Nefis se lo tomó bien. Con una sonrisa tenue aceptó las explicaciones que, no sin

cierto desánimo en la mirada, Hanne adujo tartamudeando para explicar la familiar presencia de Harrymarry en la casa.

Hanne, por su parte, puso a Harrymarry en la calle con sus escasas posesiones.

Era verdad que no le había requisado la llave, pero al menos el exilio temporal

tendría el efecto de una especie de señal. Luego puso la casa patas arriba en busca de

sustancias ilegales. En la cisterna había dos dosis envueltas en plástico y detrás de la

estantería del cuarto de invitados aparecieron cuatro jeringuillas. Tiró la heroína al

retrete y lo limpió con lejía. Las jeringuillas fueron a parar al botiquín cerrado con

llave. A continuación Nefis y Hanne tomaron un desayuno a una hora

excepcionalmente temprana.

Un paseo les vendría bien.

—Mierda —repitió Hanne.

No había manera de esquivar a la familia de cuatro miembros. Eran Håkon Sand,

Karen Borg y sus hijos, y Hanne les vio antes de que ellos la descubrieran. Por un

momento se planteó arrastrar a Nefis hacia el río y buscó con desesperación algo que

pudiera justificar un repentino descenso por el césped embarrado. Pero no vio más

que un par de patos silvestres dormidos.

—Hola —dijo Håkon en tono neutro.

Pareció que iba a darle un achuchón. Dio un paso casi imperceptible hacia delante

y levantó el brazo, pero de pronto se quedó paralizado. El vaho que salía de la nariz

cubrió el extremo inferior de los grandes cristales de sus gafas. Su mirada se perdió y

se volvió hacia Karen.

—Cuánto tiempo —dijo Karen implacable, y sentó a Liv en el carrito.

Los niños protestaron y Hans Wilhelm se escondió detrás de su padre.

—¡Hola, Hans Wilhelm! ¡Cómo has crecido! ¿Me reconoces?

Hanne se puso en cuclillas, más que nada para quitarse de en medio. El crío,

tímido, miraba al suelo y no parecía querer hablar con ella. Hanne se incorporó y

señaló a Nefis.

—Esta es Nefis, una… conocida mía de Estambul. Es la… es la primera vez que

viene a Noruega.

Håkon y Karen saludaron con un reservado asentimiento de la cabeza a la mujer

del abrigo de piel vuelta, guantes rojos y un par de botas de montaña informes y

demasiado grandes.

—Tenemos que marcharnos —dijo Karen intentando pasar por su lado—. Adiós.

Hanne no se movió. Sonrió a Liv, que le devolvió una gran sonrisa y se metió una

pala sucia en la boca.

Estas personas habían estado muy cerca de ella. Håkon era distinto a Billy T., más

devoto, expresaba de un modo más directo su cariño y era mucho menos competitivo

que su fanfarrón amigo. Más clemente. Le echaba de menos. Al verle sujetando

desvalido la mano de su hijo metida en una manopla, con un anorak gastado y

ridículo, los vaqueros un poco demasiado cortos con las rodillas gastadas, las gafas

empañadas y un principio de entradas, se dio cuenta de lo mucho que lo añoraba. Le echaba en falta de verdad. Pero no como a Billy T. En su caso solo habría

reconciliación si Billy T. daba un paso y reconocía que él también tenía parte de culpa

de lo ocurrido. Los dos en la cama de Cecilie, con Cecilie en el hospital, moribunda.

Habían hecho mal y ella apenas recordaba otra cosa que el momento de después,

cuando se había frotado hasta hacerse sangre en la ducha.

Hanne era consciente de que se había portado mal con la gente de su entorno. Y

esas personas no parecían inclinadas a permitir que lo olvidara. El caso de Håkon era

distinto. Con él podía sentarse una noche para explicarle la situación, no para

excusarse, no, solo para contarle cómo habían ocurrido las cosas, por qué había hecho

lo que había hecho, a qué impulso había obedecido, a qué exigencia. Él asentiría y tal

vez se enderezaría las gafas. Håkon prepararía más café y se lo tomaría con una

cantidad muy poco saludable de azúcar. Lo tocaría, lo abrazaría, le contaría que con

frecuencia soñaba con él. Él sonreiría y todo volvería a ser como antes.

—Disculpa —dijo Karen en tono hosco—, ¿me dejas pasar?

Karen era de Cecilie, más de Cecilie que de Hanne, y Hanne se hizo a un lado sin

apartar la mirada de Håkon. Cuando él pasó a su lado le vio los ojos unos instantes a

través de los cristales mates de sus gafas. Se encogió de hombros levemente y se

acercó el pulgar y el meñique a la cara para darle a entender que la llamaría por

teléfono, un gesto imposible de detectar. Hanne no estaba segura de haberlo visto.

—Vaya amigos —murmuró Nefis—. ¿Quiénes son?

Tras la aparición de Nefis la noche anterior el piso se había vuelto italiano. El

caos se había transformado en un ambiente latino y exótico. Las rebanadas de pan

con queso de bola y el paté se convirtieron en exquisiteces. El vino de tetrabrik sabía

a sol y a cosecha especial. Hasta la llegada de Harrymarry, la noche había sido como

una recreación de Verona, pero en ese momento le pareció algo más cercano, como

tenía que ser, en casa, en Oslo, entre las cosas de Hanne y en su mundo.

Ahora no estaba segura de tener fuerzas.

Los pies se le pegaban al asfalto y le dolían los hombros. Se giró para contemplar

a la pequeña familia que se alejaba por el puente de Bentsebrua y que pronto perdería

de vista, y le pareció ver retazos de su propia y triste historia.

—Casi no les conozco —dijo—. Los traté hace mucho tiempo. Vámonos.

En menos de cinco minutos no solo había renegado de sus amigos. Las palabras

con las que había presentado a Nefis le quemaban la garganta.

—Joder —dijo echando a andar—. Joder, vaya mierda.

—Odio estas botas tuyas —dijo Nefis lanzando una mirada a las botas de

montaña que le había prestado mientras se apresuraba a seguir a Hanne—. Y tus

amigos tampoco me gustan mucho.

Hanne rogó para que Harrymarry se mantuviera alejada de su casa un tiempo.