Sin eco

Anne Holt · Capítulo 64 de 75

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Sin eco

Capítulo 59

59

 

Annmari Skar mostraba un autocontrol exagerado cuando más furiosa estaba.

Hablaba, si cabe, aún más despacio que en el tribunal, como si hablara en

mayúsculas, con palabras muy fáciles de entender. Ahora hablaba despacio,

ciertamente, pero su autocontrol no estaba a la altura de otras veces.

—¿Has entrado en el estudio de Vilde en Sinsen sin una orden de registro? ¿Te

has vuelto com-ple-ta-men-te lo-co?

Clavó su mirada en Billy T. y respiró profundamente tres veces seguidas. Se

reclinó en su asiento y esperó a que el comisario hablara. Como no decía nada, volvió

a inclinarse hacia delante y levantó la hoja azul. La sujetaba con la punta del dedo

índice y el pulgar, como si fuera un trapo maloliente.

—Me niego a firmar, yo no me dedico a hacer trampas. —Dejó el papel delante

del director de la policía con un golpe—. Y para colmo de males —continuó—, lo

primero que me encuentro esta mañana es una queja formal muy detallada de un tal

doctor Frifant o Frilynt…

—Frisak —apuntó Billy T.

—Me importa un bledo cómo se llame. La cuestión es que te has metido de forma

ilegal en la habitación de una paciente en plena noche contraviniendo las

instrucciones del hospital y sin nada que recuerde ni de lejos a una autorización. ¿Qué

me contestas?

Esto último lo dijo dirigiéndose al director de la policía. Se echó hacia atrás con

los brazos cruzados sobre el pecho. Su mirada se posó sobre la orden de registro ya

cumplimentada en papel azul. Solo faltaba la firma de la abogada. Annmari respiraba

agitada y de pronto rompió otra vez el opresor silencio de la oficina del director.

—Y es ahora —la voz le temblaba y Hanne habría jurado que tenía lágrimas en

los ojos—, ahora, hoy, cuando me cuentas que hay indicios de que Brede Ziegler

tenía un hijo. Déjame ver… —contó con los dedos haciendo grandes aspavientos—,

sábado, domingo, lunes, martes, miércoles. Cinco días. Después de cinco días y una

vista espantosa resulta que tenías datos, cuando menos, cruciales para el caso, y no se

te ha ocurrido compartir esa información conmigo, con todos nosotros, hasta ahora.

—Hablé con Karl —dijo Billy T. lacónico.

—¡Karl! ¡Karl! Ja. Soy yo la letrada encargada de este caso. Resulta que moi…

—se golpeó el esternón con el puño cerrado— tiene que aguantar las consecuencias

de tu… tu…

—¡Ya vale! —Billy T. levantó la voz y abrió y cerró deprisa sus ojos enrojecidos

—. Ni que fuera la primera vez que un investigador pide que le firmen una orden de

registro a toro pasado. ¡No creo que sea para tanto!

Annmari enterró la cara entre las manos y se balanceó de lado a lado. Se

quedaron mirándola como si dudaran si estaba llorando o pensando. A Hanne le

pareció oír una especie de ronquidos, como si la fiscal en realidad se estuviera riendo

de toda la situación. Había llegado el momento de que tomara la palabra el director

de la policía. Hans Christian Mykland no abrió la boca. No apartaba la mirada de

Annmari. Por fin se incorporó y tomó aire.

—Director, quisiera informarle sobre la vista que se celebró ayer en el juzgado y

las peticiones de prisión provisional. Fue una pesadilla.

Mykland entornó los ojos.

—Pero si fue bien… Cuatro semanas de prisión provisional con prohibición de

visitas y correo para los dos acusados era exactamente lo que habíamos pedido.

—Lo logramos por los pelos… y solo porque uno de los acusados mintió

descaradamente y el otro sudaba como si le corroyera la mala conciencia y necesitara

desahogarse. Además han apelado y a saber qué dice ahora el tribunal de segunda

instancia. Pero fue… —cogió aire y tragó con dificultad— ¡vergonzoso! Resultó

doloroso tener que defender una investigación tan mediocre y una relación de pruebas

tan insuficiente. Los abogados defensores no tardaron nada en darse cuenta de que

habíamos detenido y acusado a gente al tuntún. A partir de ahora no podemos

permitirnos más errores. Cuando tú… —su índice volvió a temblar apuntando a Billy

T.— das vueltas por ahí de noche para demostrar que Vilde es responsable del

asesinato de su marido porque en realidad era su padre, y al mismo tiempo te sientas

a mi lado en el juzgado a fin de solicitar prisión provisional para otras dos personas

por el asesinato, pierdo mi último resto de confianza en… —tomó aire— ti.

Hanne Wilhelmsen empezaba a entender por qué la había llamado Annmari.

Tenía frío y calor a la vez y cruzó las piernas para resistirse a la tentación de

levantarse y marcharse.

—Esto no es un club de aficionados —dijo Annmari, y por primera vez se oyó

algo parecido a un lamento en su voz—. Tenemos que ser profesionales. Y por el

momento no estás siendo lo bastante profesional, Billy T. Solicito que dejes de ser el

responsable de la investigación y que te sustituya Hanne Wilhelmsen.

Hanne había sido víctima de un engaño. Miró fijamente a Billy T. para darle a

entender que nadie le había informado de esos cambios por anticipado. Él tenía los

ojos cerrados y estaba irreconocible. El bigote le colgaba triste y descuidado, y era

evidente que en las últimas semanas no había tenido tiempo para afeitarse la cabeza.

Una corola de pelo entrecano le echaba diez años encima.

—Ni hablar —dijo Hanne con voz serena—. Nada que discutir, está totalmente

descartado.

Pareció que el director de la policía acababa de darse cuenta de que quien estaba

al frente de aquella reunión era él, y de que se encontraban en su despacho.

Carraspeó con el puño semicerrado delante de la boca.

—La abogada policial Skar y yo lo hemos estado pensando —dijo en voz baja—, y me parece que sería bueno que de momento volvieras a tu puesto anterior. En todo

caso estaba previsto que lo hicieras después de Año Nuevo, solo falta algo más de

una semana. No es ningún drama. Y solo es una sugerencia, Hanne, no se trata de

ninguna orden.

—Vale, pues no voy a seguir esa sugerencia. —Antes de llegar a la puerta se dio

la vuelta de repente—. ¿Sabéis cuál es vuestro problema? —Miró alternativamente a

Annmari y al director—. Cuando algo se complica tanto que empezáis a verle las

orejas al lobo, buscáis un cabeza de turco. Lo he visto en otras ocasiones, y seguro

que esta no será la última. Deberíais apoyar a Billy T. Tiene una misión complicada y

además… —blandió tres veces el índice en el aire señalando la orden de registro que

estaba en el centro de la mesa ovalada—, alguien debería firmar eso, ¡ya!

Se marchó sin mirar a Billy T.