Sin eco

Anne Holt · Capítulo 19 de 75

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Sin eco

Capítulo 17

17

 

De poco sirvió que el sol de invierno se colara de forma repentina entre la pesada

capa de nubes. La habitación seguía estando a oscuras. Una solitaria bombilla de

veinticinco vatios colgaba de un cable en el centro del techo. Thale se abrió paso

entre las cajas de cartón que cubrían el suelo y se sentó en la cama, que crujió con

fuerza.

—No entiendo por qué no vuelves a casa, este sitio es deprimente, por no decir

otra cosa. Un quinto sin ascensor y casi sin amueblar. Además huele… —olisqueó el

aire— a moho. Creo que este sitio puede ser peligroso para la salud.

Frotó la suela del zapato contra la sucia moqueta con otra mueca. Daniel soltó un

sonoro suspiro y dejó la última caja en el suelo. Estaba acalorado de tanto cargar y se

pasó el dedo por el labio superior perlado de sudor.

—Escúchame, Thale. Hubo un problema con el contrato de alquiler de la calle

Bogstad y…

—Al menos sabía que allí estabas a salvo. Era bonito, luminoso y estaba en

buenas condiciones. No entiendo que con veintidós años aguantes a una casera que

no te permite traer chicas al piso ni utilizar el baño más tarde de las nueve, Daniel. En

casa siempre serás bienvenido. Ven cuando quieras. Y te saldrá más barato. Este

cuartucho miserable es tan… Siempre eres tan poco práctico, Daniel. Siempre lo has

sido.

—Esto es barato, y es práctico gastar poco en alojamiento —dijo en un tono más

brusco de lo previsto. Prosiguió con una sonrisa—: Además, resulta patético volver a

mi cuarto de la infancia cuando ya me he marchado de casa.

Thale estaba de pie sobre la cama con los zapatos puestos para descolgar un

cuadro de una gitana que sonreía seductora tras una pandereta.

—No puedes dejar esto a la vista.

Quitó el cuadro con gesto firme sin darse cuenta de lo irritado que estaba su hijo.

Daniel no sentía especial entusiasmo ni por la zíngara ni por el alce con puesta de sol

que colgaba de la pared de enfrente, pero al menos su madre podría haberle

consultado. Se tragó una protesta y se rascó la nuca. Siempre había sido así: Thale

decidía. No es que su madre fuera especialmente peleona, pero no tenía ni un pelo de

sentimental y era muy práctica. Era como si el teatro consumiera todos sus

sentimientos, como si el resto del tiempo tuviera que reservarse para poder poner toda

su energía en la escena. Incluso cuando a los catorce años él creyó que iba a morir

Thale solo había hablado de cómo organizar las cosas. Había decidido que él se

curaría, y así fue. Organizó, mandó y manipuló a los médicos para que lo pusieran

bien, y así fue. A su madre le pareció lo más normal del mundo, lo había dado por descontado. Daniel se había preguntado muchas veces por qué su madre no se

mostraba más agradecida con Taffa. Aunque fueran hermanas, Taffa no tenía por qué

ayudarles tanto. Fue Taffa quien había pasado las noches a su lado, quien le leía y le

acariciaba el cabello a pesar de que ya estaba en el instituto. Solo en una ocasión

pudo ver auténtica angustia en la cara de su madre. Era de noche, después de la

función, y Thale entró de puntillas en la habitación del hospital pensando que dormía.

Vio su rostro a la débil luz de la lámpara de la mesilla y comprendió que su madre

estaba muerta de miedo. Cogió su mano y la llamó «Mamá» por primera y última vez

en su vida. Ella le soltó, le dedicó una sonrisa de ánimo y se marchó. Poco después

llegó Taffa y se quedó con él hasta que se durmió de nuevo.

Ahora su madre se estaba poniendo el abrigo.

—Me voy, ya que aquí no puedo hacer nada más. Pero sigo sin entender que estés

tan mal de dinero como para vivir así. ¿Además de estudiar tienes tres o cuatro

trabajos?

—Dos, tengo dos buenos trabajos a tiempo parcial.

—Pues eso. Entonces tendrías que poder pagarte un sitio decente para vivir.

Thale siempre miraba hacia otro lado cuando hablaba con él. Ya llevaba el abrigo

puesto y revolvía en una de las cajas.

—¿Estos son los libros del abuelo? —Cogió un ejemplar pequeño—. Catilina,

una obra imposible, no hay ningún buen papel femenino. —No notó que los guantes

que se había puesto debajo del brazo para pasar las páginas del libro se caían dentro

de la caja—. Esta es una primera edición, la auténtica, de 1850. ¿Sabes lo valioso que

es? Menos mal que los del tribunal de sucesiones no tenían ni idea.

Dejó el libro en su sitio y vio los guantes. Daniel tenía ganas de llorar, se mordió

la mejilla y levantó la voz.

—No venderé ninguna de las cosas del abuelo, ¿vale? Quiso que yo tuviera sus

pertenencias y luego resultó que la casa de Heggelig estaba hipotecada hasta el último

ladrillo. ¿Y qué? Al menos el abuelo tenía estos libros y se estará removiendo en la

tumba con tus palabras. Amaba su biblioteca. La amaba, ¿entiendes?

Thale abrió los brazos en un gesto desesperado.

—Te había prometido un chalet enorme, Daniel. Te traicionó, eso es lo que hizo.

En lugar de asegurar el futuro de su único nieto, eligió… jugarse… —Escupió la

palabra como si la sola idea de que su padre biológico fuera un conocido ludópata le

provocara náuseas.

—Thale, ¿por qué no salimos a comer algo y hablamos?

Daniel se pasó la mano por los ojos e intentó cogerla del brazo. Ella se zafó y se

puso los guantes.

—¿Un restaurante? ¿Ahora? No. Tengo que ir a casa a echarme un rato, sabes

bien que esta noche tengo función.

Le dio un beso al aire y desapareció sin decir nada más. Dejó la puerta abierta.

Daniel cogió la primera obra de Ibsen, sabía que era un libro valioso, pero nunca se había atrevido a averiguar cuánto le darían por él. Dios sabía cómo le hacía falta el

dinero. Lo necesitaba con desesperación.