Sin eco

Anne Holt · Apéndice

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Sin eco

Capítulo 1

Anne Holt & Berit Reiss-Andersen

 

Sin eco

Hanne Wilhelmsen - 6

 

ePub r1.0

Titivillus 28.01.16

Título original: Uten Ekko

Anne Holt & Berit Reiss-Andersen, 2000

Traducción: Lotte K. Tollefsen

 

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

1

 

Harrymarry apenas era capaz de recordar su verdadero nombre. Había venido al

mundo en la plataforma de un camión en enero de 1945. Su madre era una huérfana

de dieciséis años. Nueve meses atrás se había vendido a un soldado alemán por dos

cajetillas de tabaco y una tableta de chocolate. Iba camino de Tromsø. Finnmark

estaba en llamas. El bebé se había abierto camino a veintidós grados bajo cero y, tras

ser envuelto en una manta de lana apolillada, había quedado al cuidado de un

matrimonio de Kirkenes. Caminaban por la carretera con un niño de cinco años de la

mano, y antes de que tuvieran tiempo de darse cuenta de lo que ocurría el camión en

que viajaba la adolescente había desaparecido. La niña de dos horas no había recibido

de su madre nada más que el nombre, Marry. Con dos erres. Ella siempre tuvo

cuidado de que así fuera.

Contra todo pronóstico, la familia de Kirkenes fue capaz de mantener vivo al

bebé. Se la quedaron año y medio. Antes de que Marry cumpliera los diez había

dejado atrás otras cuatro familias de acogida. Marry era espabilada,

sorprendentemente poco agraciada y además tenía una pierna lesionada a causa del

parto. Cojeaba. Cada vez que ponía el pie derecho en el suelo se volvía, como si

tuviera miedo de que estuvieran siguiéndola. Sus dificultades para moverse

contrastaban con la velocidad a la que se largaba. Después de dos años batallando en

un orfelinato de Fredrikstad Marry se fue a Oslo a buscarse la vida por su cuenta.

Tenía doce años.

Y se apañó sola.

Ahora era la puta más vieja de las que hacían la calle en Oslo.

Era una mujer singular en más de un sentido. A lo mejor era portadora de un gen

tozudo que la había ayudado a sobrevivir más de medio siglo en el negocio, o tal vez

fuera pura cabezonería. Los primeros quince años los aguantó gracias al alcohol. En

1972 se enganchó a la heroína. Fue una de las primeras personas a las que se ofreció

la posibilidad de recibir metadona en Noruega.

—Demasiao tarde —dijo Harrymarry, y siguió su camino cojeando.

A finales de la década de 1970 tuvo su primer y último encuentro con los

servicios sociales. Necesitaba dinero para comer, unas pocas coronas, pues llevaba

dieciséis días pasando hambre y se desmayaba todo el rato, lo que no era bueno para

el negocio. Fue de un funcionario a otro y no consiguió otra oferta que pasar tres días

desintoxicándose. Nunca más se acercó a los servicios sociales, incluso la pensión

por invalidez que le concedieron en 1992 la tramitó su médico. El matasanos era un

tipo legal, tenía su misma edad y nunca le había puesto mala cara cuando se dejaba

caer por su consulta con las rodillas doloridas y llena de sabañones. Con los años también había contraído alguna que otra enfermedad venérea sin que por eso la

sonrisa del médico fuera menos cordial cuando Marry entraba cojeando en su cálida

consulta de la plaza de Schous. La pensión le llegaba para el alquiler, la electricidad y

la tele por cable. El dinero que sacaba de la calle se iba en droga. Harrymarry nunca

tuvo presupuesto para comprar comida. Cuando pasaba por dificultades se olvidaba

de las facturas. La desahuciaban. Nunca estaba en casa cuando llegaban y nunca

protestaba. Le sellaban la puerta y se llevaban sus cosas. A veces era complicado

encontrar un sitio para vivir y pasaba un invierno o dos en un albergue.

Estaba cansada, exhausta. Hacía una noche helada. Harrymarry llevaba una

minifalda rosa, medias de rejilla rotas y una chaqueta plateada de lentejuelas. Intentó

arroparse mejor pero no sirvió de mucho; tenía que meterse en algún sitio y el Hogar

del Misionero era el mejor a pesar de que no dejaban entrar a gente drogada.

Harrymarry llevaba tantos años colgada que era imposible decir si iba puesta o no. A

la altura de la comisaría torció a la derecha. El parque que rodeaba la construcción en

arco de Grønlandsleiret 44 era el área de descanso de Harrymarry. La gente bien se

cuidaba mucho de ir por allí. Un negrata podía pasarse la tarde ahí sentado con la

parienta, mientras una pandilla de críos daban patadas a un balón y reían asustados

cuando veían acercarse a Harrymarry. Los borrachos eran legales y hacía mucho que

la poli había dejado de meterse con una puta honrada.

Esa noche el parque estaba vacío. Harrymarry salió arrastrando los pies del

círculo de luz que proyectaba el foco junto a la verja de la vieja cárcel. Llevaba en el

bolsillo su bien merecido chute para pasar la noche; solo tenía que encontrar un sitio

donde metérselo. En la parte norte de la comisaría estaba su escalera, sin iluminar y

siempre vacía.

—Coño, joder.

Alguien le había quitado su escalera, el lugar donde iba a chutarse, donde

esperaría a que la heroína le pusiera a tono el cuerpo. La escalera trasera de la

comisaría, a tiro de piedra de los muros de la cárcel, era suya. Alguien se la había

quitado.

—¡Eh, tú!

El hombre no parecía haberla oído. Harrymarry fue hacia él tambaleándose. Los

altos tacones se hundían en las hojas podridas y las cagadas de perro. A lo mejor era

un tipo guapo, no se le veía bien la cara, ni siquiera inclinándose hacia él. Estaba

demasiado oscuro. Del pecho le sobresalía un enorme cuchillo. Harrymarry era una

persona con sentido práctico. Pasó por encima del hombre, se sentó en el último

escalón y sacó la jeringuilla. La cálida y agradable sensación de tener sus necesidades

cubiertas le llegó antes de sacar la aguja de la vena. El tipo estaba muerto,

probablemente asesinado. Harrymarry había visto gente asesinada antes, pero nunca a

alguien tan bien vestido como ese. Seguro que había sufrido un asalto, un atraco. O

tal vez era un maricón que se había tomado demasiadas libertades con uno de esos

chavales que se vendían por cinco veces lo que cobraba Harrymarry por una mamada.

Se puso de pie entumecida y se tambaleó un poco. Se quedó unos instantes

observando el cadáver. El hombre llevaba un guante puesto; el otro estaba a su lado.

Sin dudarlo mucho Harrymarry se agachó y cogió los guantes; le estaban grandes

pero eran de piel auténtica y estaban forrados de lana. El muerto ya no los necesitaba.

Se los puso y echó a andar para coger el último autobús rumbo al albergue nocturno.

A unos metros de allí encontró un pañuelo; esa noche Harrymarry estaba de suerte.

No sabía si era la heroína o las nuevas prendas, el caso era que tenía menos frío.

Quizá se permitiría coger un taxi. Y tal vez llamaría a la policía para decirles que

tenían un cadáver en el jardín trasero. Pero lo más importante era conseguir una

cama, no recordaba ni el día que era y necesitaba dormir.