Sin eco

Anne Holt · Capítulo 12 de 75

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Sin eco

Capítulo 11

11

 

Habían pasado varios segundos desde que se disculpara y llamara con los nudillos a

la puerta abierta. La mujer del escritorio estaba de espaldas y aún no había hecho

ademán de darse la vuelta. Debía de haberle oído.

—Disculpe —repitió Billy T.—. ¿Puedo pasar?

Vestía un jersey verde manzana y pareció contener la respiración.

—Me has asustado —dijo por fin girándose despacio—, me has dado un buen

susto.

—Lo siento.

Billy T. le tendió la mano, ella se puso de pie y se la estrechó. Su apretón de

manos fue firme, casi demasiado intenso.

—Billy T., policía. ¿Tú eres Idun Franck?

Señaló el cartel pegado al tabique de cristal que daba al pasillo.

—Sí, siéntate.

Apenas había espacio. Una de las paredes estaba cubierta por completo con

estanterías modulares cargadas hasta los topes. En el suelo, junto a la puerta, había

una pila de libros que no habían encontrado sitio en el pequeño despacho. Sobre el

voluminoso escritorio, situado bajo la ventana, había una cantidad incomprensible de

papeles entre bolígrafos y tazas llenas de lápices. Un peluche sucio de los Moomin se

sentaba en el extremo del tablero. El ala del sombrero de copa estaba deshilachada y

miraba inexpresivo un colorido póster de Gustav Klimt. Un corcho lleno de viñetas

humorísticas, un par de fotos y tres recortes de prensa colgaban torcidos sobre la

cabeza de Billy T. Idun Franck se quitó las gafas de montura dorada y las limpió con

la manga.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Brede Ziegler.

Billy T. sentía claustrofobia. Intentó agarrar el picaporte de la puerta que acababa

de cerrar.

—Puedo abrir la ventana —Idun Franck sonrió—, aquí dentro el aire se carga con

facilidad.

Una corriente de aire frío con olor a gasolina recorrió la habitación.

—No supone una gran mejoría, me temo —añadió la mujer; aun así dejó la

ventana abierta—. Supongo que sabía que se trataba de Brede Ziegler —dijo despacio

volviendo a ponerse las gafas.

—Afirmativo. Me enteré de que estabas escribiendo un libro, quiero decir un

libro sobre Ziegler.

—¿Soléis tomar declaración a los testigos en su lugar de trabajo? Esperaba recibir alguna forma de citación. Creía que habitualmente se hacía así.

Pese a la oportuna reconvención, la mujer no parecía hostil. Billy T. la observó

mientras se rascaba el muslo. Tendría unos cincuenta años. Aunque no podía decirse

que estaba gorda, era robusta. Se le marcaban los pechos bajo el jersey verde, dado de

sí, y parecía llevar un sujetador negro. Le miraba por encima de las gafas como si no

supiera qué pensar.

—Tienes razón. —Billy T. se echó a reír—. Esto es un poco irregular, pero pasaba

por aquí y pensé que podía hacerte una visita. No tienes por qué hablar conmigo si no

quieres. En ese caso se te citará más adelante, para una declaración formal, quiero

decir. Y si tú…

Se puso en pie.

—No te levantes.

Su voz le recordaba a la de su madre, no sabía si le gustaba o no. Volvió a

sentarse.

—Agente…

—Comisario —aclaró Billy T.—, pero no tiene importancia.

—No me he quedado con el apellido.

—Tampoco tiene mucha importancia, Billy T. es más que suficiente. ¿Es verdad

que ibas a escribir un libro sobre Ziegler?

Idun Franck se quitó la goma con la que se sujetaba el pelo en la nuca. Billy T.

vio que tenía muchas canas entre el rubio ceniza, pero parecía más joven con el pelo

suelto. Los pómulos no parecían tan severos bajo sus ojos inusualmente grandes.

—Más o menos —dijo, y esbozó una especie de sonrisa.

—¿Más o menos?

—Es que no iba a escribir un libro sobre Brede Ziegler, no soy escritora ni

redactora, sino editora.

—Pero…

Billy T. sacó un recorte de prensa del bolsillo de la chaqueta y lo alisó sobre su

rodilla.

—Esto es lo que publicaron en el diario Aftenposten hace tres semanas…

—Es cierto. Íbamos a publicar una biografía culinaria. Una especie de recorrido

por la vida y la obra de Ziegler, por decirlo así. Con recetas y anécdotas, su historia y

fotografías. Iba a escribirla yo de forma excepcional, pero la idea era que fuera una

especie de autobiografía, un híbrido. Varias partes del texto irían en primera persona.

¿Tiene importancia?

De nuevo alzó una comisura de la boca en un amago de sonrisa. Su cara adquirió

una expresión pícara. Billy T. notó que estaba sudando. Se quitó la chaqueta pero no

supo dónde dejarla.

—¿Conocías a Ziegler de antes? —dijo mientras dejaba caer la chaqueta al suelo.

—No, no hasta que le traté en relación con este proyecto.

—Pero ahora le conocerás bien, ¿no? Quiero decir, ¿cuánto lleváis hecho de ese… recetario?

Idun Franck se levantó bruscamente y se alisó la falda de tweed con las manos.

—Debería haberte ofrecido un café, disculpa. ¿Solo?

Cogió su taza y se marchó sin esperar a oír la respuesta. El teléfono empezó a

sonar. Billy T. se quedó mirando fijamente el aparato; el timbre era anticuado, intenso

e inusualmente desagradable, al punto que tuvo ganas de descolgar. De pronto el

teléfono enmudeció.

—¿Buscas algo? —oyó decir a su espalda.

Idun Franck estaba de vuelta con dos tazas de café. Le miraba con una expresión

entre irritada y curiosa.

—El teléfono —dijo señalando— no paraba de sonar. Iba a cogerlo pero han

colgado. Un sonido horripilante.

La risa de Idun Franck era sorprendentemente profunda y afónica. Pasó junto a

Billy T., le tendió la taza y sacó un cigarrillo de un paquete de Barclay light que tenía

en un cajón.

—¿Te importa? —le preguntó mientras lo encendía.

—No, ningún problema.

—¿Por dónde íbamos?

Idun Franck volvía a observarle por encima de las gafas. Aquella mujer

cincuentona con un poco de sobrepeso le resultaba atractiva. Le hacía sentirse

inseguro y torpe. Tenía que concentrarse para no mirarle los pechos.

—¿Le conocías bien? —repitió cruzándose de piernas—. ¿Teníais el libro

avanzado?

—Es difícil saberlo. La gente tiende a pensar que un proyecto literario es como

una carrera de fondo de esquí, por ejemplo. —Por la profunda calada que dio al

cigarrillo quedó claro que estaba acostumbrada a marcas bastante más fuertes—.

Mucha gente cree que un libro se hace poniendo un ladrillo sobre otro. No suele ser

así. El proceso es más… orgánico, podría decirse. Poco sistemático. Así que no

puedo saber… —la mirada de la editora volvió a obligarle a Billy T. a fijarse en el

peluche de los Moomin, que ahora se había caído de espaldas y observaba el techo—

si teníamos el libro avanzado.

—Vale —dijo Billy T. aclarándose la garganta—, está bien. Pero podrías decirme

si a través del trabajo que llevas hecho has sabido algo de quién… o qué… ¿Si tenía

problemas con alguien? ¿Conflictos que se salieran de lo estrictamente normal?

Idun Franck bebió un trago de café y le dio una última calada al cigarrillo antes

de tirarlo dentro de una botella de agua con gas. Se inclinó sobre la mesa y cerró la

ventana. Luego se quedó sentada con los ojos entornados como si estuviera pensando

una respuesta larga y razonada.

—Billy T. —titubeó.

Él asintió.

—Comisario Billy T. —dijo ella despacio—, te has metido en un terreno muy espinoso. Soy editora, de verdad. Seguramente sabes que tengo una responsabilidad

hacia la editorial y no puedo ir contando por ahí lo que me parezca. Me estás

preguntando por cosas que tal vez haya averiguado a través de una fuente con la que

he trabajado para elaborar un libro que no ha sido publicado.

—¿Y…?

Billy T. abrió los brazos y estuvo a punto de tirar al suelo una planta que había

sobre una mesita.

—Debo proteger las fuentes —dijo Idun Franck y sonrió—. Ética editorial.

—¡Confidencialidad de las fuentes! —La voz de Billy T. sonó aguda—. ¡El tipo

está fiambre y tú no trabajas en el diario sensacionalista VG, joder! Después de todas

las locuras que he oído, y te juro que a lo largo de los años he oído muchas, ¡vienes tú

y me dices que debes proteger la confidencialidad de las fuentes de un libro de

recetas de cocina! ¿Qué mierda de libro es ese? ¿Está lleno de recetas secretas o qué?

Idun Franck se calentaba las manos en la taza de café. Manos anchas con las uñas

cortas. En la mano izquierda llevaba un gran anillo con un motivo vikingo. Golpeaba

con él la taza siguiendo un ritmo regular y enervante.

—Creo que si lo piensas un poco entenderás el problema. Inicié una colaboración

con un hombre que iba a contarme su vida a fin de proporcionarme material

suficiente para publicar un libro. En una fase mucho más avanzada del proyecto se

decidiría qué era publicable de lo que me había contado. Todos los que nos

proporcionan material, sean escritores o no, deben tener la seguridad de que no se

publicará nada sin su consentimiento. Permíteme que me remita al párrafo 125 del

Código Penal y a la Convención Europea de los Derechos Humanos. El artículo 10, si

no me equivoco. Si, amparada por el hecho de que Brede Ziegler no va a poder

protestar, te diera información ahora… —mantuvo la respiración unos segundos—,

ninguno de mis autores volvería a confiar en mí en el futuro. Así de sencillo. Mi

relación con Ziegler era estrictamente profesional; será mejor que hables con los que

le conocían personalmente.

Billy T. había creído intuir una cierta fragilidad en la figura sentada de espaldas

que se había asustado cuando llegó.

—Uno puede juzgar mal, equivocarse —dijo recogiendo su chaqueta—, quieres

jugar fuerte. Vale. Nosotros también tenemos abogados para eso.

No había nada más que rascar. Cuando se marchaba volvió a sonar el teléfono. La

ventana se abrió sola y una intensa corriente levantó cuatro folios del escritorio. Por

un instante Billy T. percibió el perfume de Idun Franck, un aroma que llevaba

muchos años sin recordar. Le mareaba. Cuando levantó el brazo en un airado gesto de

despedida a la editora que hablaba por teléfono, estuvo a punto de chocar con un

joven. A Billy T. le pareció reconocer al chico.

—Los escritores son cada vez más jóvenes —murmuró, y se puso la chaqueta

mientras caminaba.