Sin eco

Anne Holt · Capítulo 70 de 75

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Sin eco

Interrogatorio: Idun Franck

Interrogatorio de Idun Franck como acusada.

Toman declaración la comisaria Hanne Wilhelmsen (H.W.) y el comisario en funciones Billy

T. (B.T.). La transcripción ha sido realizada por la administrativa Rita Lyngåsen. Existen en

total tres grabaciones de este interrogatorio. La toma de declaración se ha realizado el

jueves 23 de diciembre de 1999 a las 11.30 h en la Comisaría de Oslo.

Acusada: Franck, Idun. Número de identificación personal: 060545 32033.

Domicilio: Calle Myklegård, 12. 0656 Oslo.

Lugar de trabajo: La Editorial, Calle Maribo, 13. Oslo.

Teléfono: 22 36 50 00.

La acusada da su consentimiento a que se grabe el interrogatorio y a que sea transferido a

un informe. La acusación provisional se realiza en función del artículo del Código Penal

233, párrafo segundo.

La acusada (I.F.) declaró:

 

H. W.:

Como acusada en un proceso judicial tienes ciertos derechos. Quiero que se recoja en la

grabación que has sido informada al respecto. Tienes derecho a negarte a declarar. Tienes derecho a contar con el asesoramiento de un abogado durante tu declaración. Está presente tu defensora, la abogada Bodil Bang-Andersen. También has sido informada de los cargos… (Pausa, ruido de papeles). Es la hoja que tienes delante. Estás acusada de asesinato con premeditación de Brede Ziegler la noche del domingo 5 de diciembre de 1999. ¿Deseas explicarte?

 

I. F.:

(Tos). Sí, quiero prestar declaración. (Tos). Solo quiero decir que, en realidad, no

necesito abogado, quiero declarar y sé lo que hago.

 

Abogada:

Creo que no eres plenamente consciente de las consecuencias de todo esto. Estás

acusada de asesinato con premeditación. Di lo que tengas que decir y luego valoraremos la cuestión de si hay responsabilidad penal. Pido que se respete esto, Wilhelmsen. Nada de entrar a valorar una posible declaración de culpa, tan solo los hechos.

 

I. F.:

Pero si es muy sencillo… Yo he…

 

Abogada:

Creo que lo haremos así.

 

H. W.:

No hay problema, lo haremos como dice tu abogada. Pero vamos a empezar. Quisiera

continuar sin interrupciones. (Chisporroteo en el altavoz, incomprensible). Se muestra a la acusada la prueba número 64. ¿Podrías decirme qué es esto?

I. F.:

Es… ¿Me podrían dar un poco de agua? (Tintineo). Gracias. Es un pañuelo, mi pañuelo.

 

H. W.:

¿Estás completamente segura? ¿Cómo sabes que es tuyo?

 

I. F.:

El estampado. Es un estampado hindú verde y lila. Lo compré en Londres hace mucho.

Tardé un poco en darme cuenta de que lo había perdido (casi inaudible, susurra). Lo encontrasteis allí, ¿verdad?

 

H. W.:

No somos nosotros los que debemos responder a las preguntas, Idun Franck. ¿Dónde

crees que se encontró el pañuelo?

 

I. F.:

Junto a la comisaría, ¿verdad? (Silencio, pausa prolongada). Pero entiendo… (habla

ininteligible, roces) no entiendo nada. Si teníais el pañuelo, ¿por qué no me habéis detenido antes? Lo estaba esperando. La vez que tú y esa otra vinisteis a mi casa yo creí que… Han sido unas semanas horribles. Al principio solo quería desaparecer. La noche del domingo, cuando ocurrió todo, la pasé despierta y tenía decidido ir a la policía. Entregarme. Pero entonces… Era tan… injusto. Me iban a castigar por algo que… Así que fui a trabajar, y pensé que el argumento de la confidencialidad podía ayudarme a no tener que contar demasiadas mentiras. Después… (Deja de oírse la voz, pausa). Pero ayer lo entendí.

 

H. W.:

¿Qué entendiste ayer?

 

I. F.:

Que me detendrían. Thale me llamó y me explicó que habíais hablado de Daniel y de

Brede. Sabía que tarde o temprano descubriríais esa historia. Contaba con ello. Sorprendentemente, Thale estaba afectada por vuestra visita. Suele ser tan… Bueno, ella apenas… Me dio muchos detalles… Me contó toda la conversación, tuve la impresión de que palabra por palabra. Habló de huevos fritos y cacao, incluso dijo que… que te quedaste observando la foto de familia, me refiero a la del ochenta cumpleaños de papá. Entonces supe que vendríais. Recordé lo que llevaba puesto ese día, el vestido gris de seda, y el pañuelo.

 

H. W.:

De acuerdo. Volvamos al principio. ¿Estuviste con Brede Ziegler la noche del 5 de

diciembre de este año?

 

I. F.:

Sí, habíamos acordado encontrarnos frente a la mezquita de la calle Åkeberg a las once.

 

H. W.:

¿Por qué encontraros al aire libre, tan tarde, una noche de invierno?

I. F.:

Era, desde el primer momento, una cita absurda. Intenté anularla pero Brede insistió.

Estaba empeñado en que viéramos el nuevo mosaico que han puesto en la mezquita. En sus propias palabras, expresaba su… «idea de la belleza». Le dije que no me venía bien. Esa noche iba a salir. Un concierto en una iglesia. (Breve risa). A veces una casualidad parece una broma del destino, ¿verdad? No es cierto que fuera al cine. Un compañero de trabajo creyó haberme visto, pero se equivocó. Debió de confundirme con otra persona. Cuando Billy T. me preguntó dónde había estado esa noche me agarré al comentario de Samir Zeta… así tenía una coartada. Se me ocurrió en ese momento, fue pura casualidad. Yo había visto la película la semana anterior. Lo sabía todo sobre el argumento, lo que duraba, que no me dio tiempo de visitar a mi hermana y… en todo caso… (Pausa, ¿sonido de agua al caer en un vaso?). Brede no quiso aceptar que estaba ocupada. Siempre tenía que montar un número con las cosas más sencillas. «La luz de la noche le confiere al edificio más carácter» (voz impostada). Así dijo. Tenía una larga y extraña teoría sobre la situación del edificio en relación con la comisaría y la cárcel, e insistió mucho en que la luz de la cárcel bañaba la mezquita. Y además tenía una sorpresa para mí, según me dijo. Sí… así que quedamos allí. Íbamos a encontrarnos en la calle Åkeberg a las once, junto a la comisaría.

 

H. W.:

¿Y qué ocurrió?

 

I. F.:

No le vi llegar. Ya iba a marcharme a casa cuando me llamó desde la comisaría. Desde

la escalera donde le encontraron. Se había puesto a resguardo del viento. Además tenía una extraña teoría según la cual había que aproximarse al mosaico desde abajo, de manera que… Bueno. Me acerqué a él y hablamos un poco del mosaico. Pero parecía bastante apagado, casi enfermo. De vez en cuando hacía una mueca extraña, como si tuviera dolores. No me dio la charla entusiasmada que yo esperaba. Ya habíamos hablado de ese mosaico con anterioridad, y no estábamos de acuerdo. Quería utilizarlo como un hilo conductor en el libro, que fuera una especie de símbolo de su apertura hacia el mundo, el pasado, el futuro y la espiritualidad. Una estupidez, ¿no os parece? Eso fue lo que intenté explicarle por las buenas. Por alguna absurda razón creyó que me convencería si me mostraba el edificio. Es precioso pero…

 

H. W.:

Aquí hay algo que no entiendo. Tenemos motivos para creer que Brede Ziegler tenía…

tenía buenas razones para cancelar el encuentro a causa de su salud. Tú misma has dicho que parecía enfermo. ¿Por qué era tan importante para él encontrarse contigo en ese preciso momento?

 

I. F.:

Creo que… No sé si os dais cuenta de qué clase de persona era Brede Ziegler en

realidad. Tenía una necesidad extrema de… cómo lo diría… escenificar. Dirigir su propia vida. Si alguien tenía algo que objetar a su modo de pensar no era capaz de hacer como los demás. Desistir, tal vez hasta admitir que el otro tiene razón. Casi parecía una especie de afición… No, más que eso. Para ese hombre (levanta mucho la voz) tener razón era una necesidad perentoria. Ya habíamos decidido qué fotos se incluirían en el libro, por lo que ya era demasiado tarde para utilizar el mosaico como hilo conductor, se pusiera como se pusiera. Lo entendió. Brede Ziegler no era tonto. Tan solo era… Quería convencerme y tenía que ser entonces. Ese domingo. El lunes íbamos a diseñar la estrategia que seguiríamos con el trabajo que faltaba y ya sería imposible hacer grandes cambios. Creo que nada podía pararle.

H. W.:

Volvamos sobre lo ocurrido. ¿Dices que te había preparado una sorpresa?

 

I. F.:

¿La sorpresa? (Silencio). Resultó ser fatal. Era el cuchillo, el cuchillo que le mató.

(Silencio, pausa prolongada, sonidos poco claros, ¿palabras?). ¿Puedo fumar?

 

H. W.:

Se le entrega un paquete de tabaco a la acusada. Billy T., ¿podrías traer un cenicero?

Ok. Aquí hay uno. Podemos continuar. ¿El cuchillo?

 

I. F.:

La sorpresa era el cuchillo. Un regalo para mí. Lo traía envuelto en papel de regalo y

todo. No sé qué se había imaginado. Casi podría considerarse un soborno. Pensar que yo fuera a acceder a esa tontería del mosaico si me ablandaba con regalos. Todo era… (Pausa larga).

 

H. W.:

Todo era ¿qué?

 

I. F.:

Todo había empezado con un incidente un par de días antes. Suzanne Klævenes había

fotografiado algunas materias primas sobre una roca plana aprovechando la marea baja. Pescado, hinojo y… bueno. Materias primas. La foto estaba muy lograda, sobre todo por la luz. Propusimos utilizarla como la primera foto del interior, la que va pegada a… Bueno, el caso es que Brede se negó en redondo. En el extremo de la foto se puede ver el mango de un cuchillo. Y resultó ser el cuchillo equivocado. Apenas se veía, pero aun así montó en cólera y amenazó con retirarse del proyecto si no rechazábamos la foto. Perdí la paciencia, por decirlo así. Tratar con autores puede ser agotador… pero… En fin. El caso es que me dio una lección magistral sobre utensilios de cocina.

 

B. T.:

Pero eso fue unos días antes, según nos has dicho. ¿Qué pasó el domingo por la

noche?

 

I. F.:

Empezó a abrir el paquete mientras decía que los artistas siempre han de disponer de

las mejores herramientas para que su arte sea sublime. Era insoportable escucharle, ¡solo estábamos hablando de un cuchillo! Incluso llegó a decir que un gran violinista necesitaba un Stradivarius para alcanzar sus objetivos. Lo peor era que yo ya lo había oído todo antes. Pero no dije nada. Pensé que era mejor acabar de una vez y marcharme a casa. Siguió con sus chorradas mientras desenvolvía el cuchillo. Apareció una caja dorada con letras japonesas en negro. Quitó la tapa y me acercó la caja para que cogiera el cuchillo. Dijo que lo sopesara, que me fijara en lo poco que pesaba. Hice lo que me decía.

 

H. W.:

Así que tenías el cuchillo en la mano. ¿Llevabas guantes?

I.F.:

Sí, llevaba guantes. Lo que quería era marcharme, ¿entiendes? Y no quería el cuchillo

ese para nada. Pero Brede se había quitado un guante para desatar la cinta, creo. El guante se le cayó al suelo, o sobre la escalera, mejor dicho. Iba a agacharme para recogerlo, pero entonces me dio el cuchillo y yo lo cogí.

 

Abogada:

Piénsalo muy bien antes de seguir hablando, Idun. Esto es muy importante…

 

B. T.:

Abogada, por favor, no interrumpas la declaración. Puedes…

 

I. F.:

(Interrumpe, habla alto). No hace falta. ¡No empieces con eso! Lo contaré como fue. ¡Le

clavé el cuchillo! ¡Dios mío, si no hubiera sido por el maldito cuchillo, si me hubiera conformado con darle un tirón de orejas! Yo… estábamos en la escalera, le clavé el cuchillo y él emitió una especie de gorgoteo, y se desplomó. Debí de darle a un órgano vital. Por alguna razón sequé el mango del cuchillo con un pañuelo de papel. Una idiotez, puesto que llevaba guantes y yo… Lo raro fue que manó muy poca sangre, sangró muy poco. Cuando llegué a casa vi que tenía manchas de sangre en los guantes, pero nada más. Los tiré junto con la caja que también me había llevado, no sé por qué. Cuando se desplomó… le sacudí, pero era demasiado tarde. Estaba muerto. Murió casi al instante. (Pausa, carraspeo, ¿llanto?). Eché a correr, me fui corriendo a casa, sin más. (Silencio, sonido de una cerilla al encenderse). Tuvo que haber sido en ese momento cuando perdí el pañuelo, cuando le moví. Pero no me di cuenta.

 

B. T.:

Pero no acabo de entenderlo… Dices que estabas hablando con Brede Ziegler. Estabas

algo molesta con él. Iba a darte un regalo. Tienes el cuchillo en la mano y se lo clavas. Pero ¿por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¿Porque te molestaba que el hombre quisiera enseñarte una mezquita?

 

I. F.:

No puedo explicarlo, simplemente sucedió.

 

B. T.:

Supongo que habrás estado con gente que no te caía muy bien muchas veces en tu

vida, sin que por eso les hayas acuchillado. No tienes ni una triste multa por exceso de velocidad en tus antecedentes.

 

I. F.:

No, pero no creo que haya conocido a nadie en mi vida que me disgustara tanto como

Brede. Habéis hablado con Thale, sabéis lo que le hizo a mi familia.

 

B. T.:

Sí, entendemos que estuvieras enfadada con él. Pero le has dejado en paz durante más

de veinte años, ¿por qué le mataste precisamente ahora?

I. F.:

(En voz muy alta). Las cosas salieron así, sencillamente, ¡ya lo he dicho! Estaba allí,

delante de mí… Me había dado un cuchillo, era como si me lo estuviera pidiendo… (Llanto).

 

Abogada:

Propongo que hagamos una pausa. Mi cliente está completamente agotada. Necesita

recuperarse un poco.

 

H. W.:

Está bien, haremos una pausa. El interrogatorio se interrumpe a las… 12.47. SE APAGA LA GRABADORA.

 

H. W.:

Son las 13.23, prosigue el interrogatorio a la acusada Idun Franck. La acusada ha ido al

aseo, se le ha ofrecido comida pero no quiere comer. Se ha servido café. ¿Estás lista para continuar?

 

I. F.:

Estoy lista.

 

B. T.:

Volvamos sobre cómo conociste a Brede Ziegler. ¿Cuándo le viste por primera vez?

 

I. F.:

¿Cuándo le conocí? (Risas). Pues depende de a quién te refieras. A Freddy Johansen le

conocí hace ya casi veinticuatro años. Con una vez fue suficiente. A Brede Ziegler le vi por primera vez en agosto de este año, en La Editorial. No me reconoció. Tal vez no fuera extraño, veinticuatro años dejan huella y he cambiado de nombre. Estuve casada unos cuantos años. Ya os he hablado del libro. Fue idea mía ayudarle a escribirlo y a La Editorial le pareció una idea genial, pero Brede dudaba. Quería alguien de renombre y que conociera Italia. De hecho pidió que fuera el famoso autor Erik Fosnes Hansen. Como si este tuviera tiempo para algo así… hacer de negro para un… Bueno. Se lo ofrecí a un par de autores de un modo que sabía que dirían que no. Así que tuvo que conformarse conmigo. Brede no tenía ni idea de que yo era la hermana de Thale, y yo no se lo mencioné.

 

B. T.:

Pero ¿sabías que Brede era el padre de Daniel?

 

I. F.:

Siempre supe que Freddy Johansen era el padre de Daniel. Pero se esfumó, y nunca le

echamos de menos. Cuando reapareció como Brede Ziegler fue como si ya no tuviera nada que ver con nosotros. Hasta que Daniel enfermó.

 

B. T.:

¿Cómo que enfermó?

 

I. F.:

Cuando Daniel tenía catorce años se puso gravemente enfermo. Necesitaba un

trasplante de riñón para sobrevivir. Le hicieron pruebas a Thale, pero no valía como donante. (Pausa, levanta la voz). ¡Esto ya os lo ha contado Thale!

 

H. W.:

Cuéntanoslo de todas formas.

 

I. F.:

Estábamos desesperadas. Le pedí al hospital que le remitiera una solicitud a Brede

Ziegler y a la vez me hice las pruebas, pero era poco probable que fuera compatible si Thale no lo era. Pero resultó que sí era compatible. Daniel recibió un riñón mío y se curó. Pero Brede… (su voz se pierde, llanto) ni siquiera se tomó la molestia de contestar. ¡Ni siquiera se molestó en contestar! Nunca tuve en gran estima ni a Freddy Johansen ni a Brede Ziegler, pero que estuviera dispuesto a dejar morir a su hijo… (Llanto prolongado, murmullos, habla ininteligible). No podré perdonárselo nunca.

 

H. W.:

Háblanos de Daniel.

 

I. F.:

Soy su tía, es mi sobrino. Le quiero. Habéis hablado con Thale y ya sabéis que en cierta

manera lo hemos compartido. Puede decirse que lo hemos criado juntas.

 

H. W.:

Sí, lo sabemos. Pero háblanos de él, en serio. ¿Hablaste con Daniel ayer?

 

I. F.:

¿Cómo lo sabéis? Eso ha sido lo peor. Hablar con Daniel. (Llanto intenso). Voy a

perderle y él aún me necesita…

 

Abogada:

Idun, ¿eso quiere decir que anoche no pudiste dormir? Quiero que conste en la

transcripción, que mi cliente padece una severa falta de sueño. Podemos hacer una pausa si la precisas.

 

I. F.:

No, quiero contarlo… (¿Se suena la nariz?). Con frecuencia me preguntan si tengo hijos.

Y respondo que no, puesto que en realidad no tengo. Parece que no queda bien ser una tía completamente colgada de su sobrino. Pero muchas veces he pensado que Daniel nació dos veces. Primero de Thale y luego de mí, cuando le doné mi riñón. Cuando estuvimos a punto de perderle me di cuenta de que Daniel es la única persona de la que me he sentido cerca en mi vida. Siempre, desde que nació. Nunca deseé otro hijo. (Silencio). Me gustaría beber un poco más de agua, gracias. Pero eso no es todo… que le diera mi riñón, que me ocupara tanto de él cuando era pequeño. Es… Es que… Se suele decir que un niño necesita tener padre y madre. Dos progenitores, ¿verdad? Daniel no tiene padre, tiene a Thale, pero ella es… cómo decirlo… muy objetiva. Daniel me ha necesitado porque no veo el mundo solo desde un punto de vista práctico. Lo que Thale tiene de alma lo deja en sus personajes. Fuera del escenario es bastante fría. En mi casa Daniel ha podido dar rienda suelta a sus sentimientos, a su asombro. Es un chico sensible y he intentado mostrarle que

el mundo es algo más que cuestiones prácticas y el arte de la escena. (Breve risa, pausa prolongada). Os pondré un ejemplo. Daniel sabía que Brede era su padre. Thale se lo contó cuando cumplió los dieciocho. Objetivamente. Creyó que tenía derecho a saberlo, pero que no había que darle demasiada importancia. Ahora, tras la muerte de Brede, he visto que Daniel estaba desconcertado y triste. Por razones evidentes (breve risa, hipido) no he querido hablar con Daniel de la muerte de su padre. Pero he visto lo que ha influido en él. Parecía estar bastante desesperado y es demasiado joven para enfrentarse solo a esta situación. Thale no ha querido plantear la cuestión hasta que no ha surgido el tema de la herencia. (Risita). Pero he sido demasiado protectora con Daniel. Lo que ha hecho sufrir a Daniel últimamente no ha sido la muerte de su padre. Lo siente, por supuesto, la muerte de Brede le ha robado toda esperanza de tener un padre alguna vez. Pero cuando hablé con él anoche conseguí sonsacarle por qué quería vender los libros de mi padre. Poco después del entierro de mi padre Daniel me invitó a un viaje a París. Dijo que había llegado el momento de que él hiciera algo por mí. Comprendí que era importante para él que yo aceptara, pero no me pregunté de dónde había salido el dinero. Dijo que llevaba mucho tiempo ahorrando. Resulta que el dinero se lo había prestado un amigo. Al amigo acababan de darle el dinero de su préstamo de estudiante y Daniel lo aceptó alegremente. Estaba convencido de que en muy poco tiempo cobraría la herencia del abuelo. (Pausa). Daniel ha llorado mucho esta noche. Le parecía una vergüenza que la primera vez que hacía algo adulto como invitarme a mí hubiera sido con dinero prestado. No quería pedirme dinero para pagar mi regalo, a pesar de que estaba a punto de impedir que su amigo estudiara. Pero lo he solucionado esta misma mañana, le he transferido ese dinero a Eskild antes de que llegarais.

 

B. T.:

¿Daniel sabe que mataste a su padre?

 

I. F.:

No. No fui capaz de decírselo. Daniel tendrá que vivir con el hecho de que sus padres

han complicado su vida, solo espero que él… (llanto intenso) siga su camino.

 

B. T.:

Pero sigo sin entenderlo. Tenías motivos sobrados para odiar a Brede cuando dejó en la

estacada a Thale y al niño hace más de veinte años, luego tuviste más razones para odiarle cuando pasó de su hijo enfermo. Entonces ¿por qué matarlo precisamente ahora?

 

I. F.:

Le conocí y resultó ser peor de lo que pensaba. Era mi trabajo, ¿verdad? Conocerle para

hacer el libro. Se suponía que tenía que llegar a ver por debajo de su piel. Retratar al hombre. Por supuesto que nunca debería haberlo hecho. Pero sentía curiosidad. Aunque parezca mentira, en parte también lo hice por darle una oportunidad. En el fondo no creía que pudiera ser tan cínico como me había parecido a lo largo de los años. Tuve una idea estúpida… me dije que si pudiera ver las cosas desde su punto de vista, quizá le entendería. Era muy inocente pero en realidad… (Llanto). Todo fue una especie de… (pausa prolongada) ¿regalo? Para Daniel. Iba a conocer a Brede para poder transmitirle una idea de por qué su padre actuó como lo hizo. No podía creer que Daniel tuviera un padre sin ninguna cualidad positiva. Pero cuando hurgué bajo la superficie no encontré nada. Brede Ziegler solo respondía a un impulso: hacía lo que le convenía.

 

B. T.:

Bueno, así había conseguido bastantes cosas.

I. F.:

Para qué negarlo, sus logros me impresionaban. Brede estaba obsesionado con tener

éxito. Le había ido bien desde todos los puntos de vista, pero siempre lo vestía de algo… pretencioso. Por ejemplo eso de que era un artista y que el libro debía transmitir espiritualidad, belleza y no sé qué más. Parecía que ningún adjetivo le viniera grande. Al menos cuando se trataba de él mismo. Pero tengo que reconocer una cosa: en un aspecto sí que manifestaba sentimientos auténticos, o algo parecido. Cuando hablaba de Italia transmitía cierta calidez, pero, de verdad, era lo único que encontré que le importara aparte de él. ¡Imagínate! (Risa). ¡Amar un país cuando tienes un hijo que no te importa nada!

 

B. T.:

¿Sabes algo de su relación con Italia o a qué se dedicaba allí?

 

I. F.:

No, no mucho, en realidad. Tan solo que se transformaba cuando hablaba de Italia. En

cierto modo se le veía entusiasmado, sin resultar afectado. He calculado que se marchó a Italia más o menos cuando Daniel nació. ¡Ojalá se hubiera quedado! Pero volvió transformado en Brede Ziegler. Había trabajado algunos años como cocinero en un restaurante de Milán y más tarde se compró un local con el que era su socio en Entré. Me habló de algunas inversiones y de que quería instalarse cerca de Verona, en cuanto Entré fuera un éxito y pudiera venderlo con grandes beneficios. Creo que le gustaba Italia porque allí podía ser Brede Ziegler en paz, sin miedo a que Freddy Johansen le volviera a atrapar. «En Italia soy una persona más completa». Esa era una afirmación típica de Brede, como si supiera lo que significa ser una persona completa.

 

H. W.:

¿Por qué mentiste sobre tu visita a la calle Niels Juel? En la declaración que hiciste el 15

de diciembre negaste haber estado en su casa. No era cierto. ¿Por qué…?

 

I.F. (interrumpe):

¡No mentí! ¡Sencillamente se me había olvidado! He tenido tanto miedo, tanto… Se me

había borrado de la cabeza. Dije la verdad, pero no me creíste.

 

B. T.:

Volvamos a esa noche frente a la comisaría. Dices que no tenías intención de matar a

Brede. También has manifestado tu preocupación por cómo le irá ahora a Daniel. (Pausa). Creo que Ziegler tuvo que decir algo. O hizo algo… Creo que… ¿Por qué le mataste en ese momento? Tuvo que haber…

 

I.F. (interrumpe):

Por Daniel me arrepiento de veras de lo que hice. (Llanto). No sé… (sollozos y

mucosidades, habla ininteligible) cómo se lo va a tomar. ¡Al fin y al cabo he matado a su padre! (Llanto intenso, sonidos de fondo).

 

H.W.:

Aquí tienes pañuelos de papel. (Pausa). ¿Podrías contestar a la pregunta de Billy T.?

Solo nos has contado que estabais juntos, hablando, y de pronto le clavaste el cuchillo. Es importante que entendamos por qué lo hiciste. En qué estabas pensando cuando ocurrió.

I. F.:

¡Pero todavía no lo entendéis! Llevo horas describiéndoos al ser humano más

despreciable que haya conocido nunca.

 

H. W.:

Entendemos perfectamente que no te gustara, pero no entendemos por qué le mataste.

¿Te dijo algo? ¿Dijo algo que no pudiste soportar?

 

I. F.:

Sí. ¡Dijo algo! ¡Dijo algo tan cínico que perdí el control! Parece un tópico, ¿verdad? Pero

así fue. Entré en un agujero negro. Nunca creí que sería capaz de hacer algo así, ni siquiera había especulado con la idea. Si no hubiera sido por ese (eleva la voz) maldito cuchillo, me habría limitado a pegarle, le habría dado un golpe en el estómago o en la cara y nada habría…

 

H. W.:

(Larga pausa, voz baja). ¿Qué dijo Brede Ziegler antes de que le asesinaras?

 

I. F.:

(Se suena con fuerza, prosigue en voz baja). El caso es que lo recuerdo palabra por

palabra. En las dos últimas semanas, cuando estaba a punto de volverme loca, he pensado en esa conversación. Me recuerda por qué y cómo pude quitarle la vida a otro ser humano. Fue cuando me dio el cuchillo. Toda la ceremonia me resultaba pueril y quería irme a casa. En varias ocasiones me había percatado de que era miserable, pura banalidad. Así que cuando desenvolvió el paquete con mucho papel de regalo de lujo le pregunté si era la semana de los utensilios de cocina en IKEA. Solo quería darle a entender que no me creía su numerito. Pero ya os he explicado que era pomposo, e incapaz de no dar mucha importancia a todo lo que hacía. Aunque su público no mostrara el menor interés. Y fue entonces cuando lo dijo. Lo que supuso el principio del horror (altera la voz a un tono más lento y profundo): «Si me conoces bien, Idun Franck, sabrás que nunca hago trampas. Este regalo no es ninguna baratija de IKEA, es el mejor cuchillo del mundo». Me pareció tan… (Pausa). Le contesté: «Te conozco mejor de lo que puedas suponer, Brede. Sé que haces trampas. Una vez hiciste trampas para librarte de una paternidad». Me miró con una sonrisa… (grita) repugnante, y contestó: «Paternidad. ¿No estamos hablando de cuchillos?». Sentí una ira incontrolable. Nunca antes había sentido nada igual, y le dije algo así como: «No recuerdas que eres padre. ¡Resulta que en una ocasión te hicieron saber que habías sido padre! Un niño que ahora es un joven de veintidós años y que se llama Daniel». Y fue entonces cuando ocurrió.

 

H. W.:

¿Ocurrió? ¿Fue entonces cuando le mataste?

 

I. F.:

No. Fue entonces cuando él dijo (vuelve a cambiar la voz): «¿Veintidós? Pues entonces

ya no es un niño, ¡se acabó el asunto!». (Pausa larga).

 

H. W.:

No sé si entiendo…

I.F. (interrumpe en voz muy alta):

¿Entender? ¡Estaba sonriendo! La misma sonrisa. ¡La misma sonrisa repugnante, odiosa

y egoísta! Como si su negación de su propio hijo, de mi Daniel, no tuviera importancia alguna, puesto que Daniel ya era adulto. «Pero si ya no es ningún niño… Cambiemos de tema». Como si toda la infancia de Daniel, su enfermedad, toda su… toda la (grita) existencia de Daniel… fuera algo que pudiera descartarse como… (Llanto intenso, pausa). Fue entonces cuando perdí el control. Fue entonces cuando comprendí que estaba frente a un ser humano malvado. La verdad es que no soy capaz de expresarlo de otra manera. Hasta ese momento me había parecido superficial, sin sustancia, antipático. Pero unos instantes antes de acuchillarle sentí que Brede Ziegler era sencillamente perverso. (Pausa muy larga). Yo… (silencio, voz insegura) creo que fue Elie Wiesel quien dijo que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Así era Brede Ziegler. Todo le daba completamente igual. Daniel tampoco le importaba nada, su propio hijo. Mi Daniel.

(Un minuto de la grabación sin sonido).

 

H. W.:

Solo tengo una pregunta más, de momento. ¿Qué pie calzas?

 

I. F.:

(Apenas audible). Normalmente un treinta y ocho.

 

H. W.:

Gracias, Idun. Interrumpimos la declaración aquí. Son las 17.32.

 

Comentarios de la autora del informe (H.W.):

La acusada pudo reunirse a solas con su defensora en un cuarto adyacente, tanto antes

como después del interrogatorio. La abogada Bodil Bang-Andersen nos informó de que su

clienta accedería a cuatro semanas de prisión provisional con visitas y correspondencia

restringidas. La acusada pide que se informe a su hermana, Thale Åsmundsen, de su

detención. La acusada es llevada a los calabozos a las 18.25. Será trasladada a la cárcel

del Distrito de Oslo tan pronto como se emita la orden judicial de prisión preventiva.