Sin eco
Capítulo 19
19
—Tenemos que denunciarla, de verdad.
Habían enterrado el cadáver del gato con una solemne ceremonia en casa de la
abuela de Thomas. Los restos mortales de Helmer descansaban bajo un cedro
desnudo a diez centímetros escasos de profundidad en la tierra invernal helada.
Thomas había hecho la cruz pintada de rayas rojas y verdes.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? Pues por matar a un gato, ¡claro! —Sonja Gråfjell golpeó
con el periódico sobre sus piernas y continuó—: Esa mujer está como una cabra.
Imagínate matar a… ¡Ha envenenado a Helmer! La próxima vez podría ser…
—Es que no sabemos si Helmer fue envenenado.
Bjørn Berntsen habló en susurros señalando la puerta de la habitación en la que
Thomas debería haber estado durmiendo desde hacía rato. Por los ruidos que hacía
era obvio que ni siquiera se había metido en la cama.
—Claro que lo envenenaron. Thomas vio cómo la señora Helmersen lo llamaba
para darle de comer. ¿Por qué demonios iba a hacerlo? ¡Ella odiaba al gato!
—A lo mejor había descubierto que estaban emparentados —dijo Bjørn Berntsen
sin inmutarse—; casi tienen el mismo nombre.
—No te burles.
Sonja Gråfjell dirigió una mirada escéptica a su copa de vino tinto, como si
sospechara que Tussi Helmersen le hubiera echado algo.
—Hasta ahora solo la había considerado una anciana molesta y excéntrica, ¡pero
incapaz de cometer un asesinato!
—¡Sonja! ¡Estamos hablando de un gato!
—Un ser vivo al que Thomas quería mucho. Estoy tan… cabreada.
Bjørn Berntsen se acercó a su esposa y le besó los cabellos.
—Yo también, cariño. Tienes toda la razón al pensar que la señora Helmersen
probablemente ha envenenado a Helmer, pero no saquemos las cosas de quicio. Se
trata de una anciana loca que estaba harta de que Helmer maullara y se meara en el
descansillo. Y además no podemos demostrar nada. El platito ha desaparecido y
Helmer está muerto y enterrado. Fuiste tú quien insistió en que hiciéramos una
ceremonia.
—Para Thomas era importante —dijo en tono huraño, y se apartó de él—. Si no
quieres venir conmigo iré sola a la policía.
—¿Y qué les dirás? ¿De verdad crees que la policía puede dar prioridad a la
muerte de un gato en una ciudad en la que hay asesinatos, violaciones y…?
—Tienes razón.
Sonja Gråfjell se puso de pie. Thomas había abierto la puerta y tiraba de la parte
de arriba de su pijama.
—No puedo dormir —lloriqueó—. ¿Puedo quedarme levantado un ratito?
—Claro que sí —dijo su madre y le cogió de la mano—, ven, veremos si hay algo
entretenido en la tele.
Cuando la familia Gråfjell Berntsen se despertó el domingo por la mañana nadie
dijo nada de ir a la policía. Se fueron a Bygdøy a recoger un nuevo gatito, como su
madre le había prometido. Era rojo, igualito que Helmer.
—Se llamará Tigretón —dijo Thomas.