Sin eco
Capítulo 3
3
La Editorial era una de las tres grandes. Pero estaba en un edificio anónimo y
encajado en una callejuela de una de las zonas menos acogedoras de la ciudad. Los
despachos eran pequeños e idénticos. No había nada referido a la historia de la
empresa en las paredes, ni muebles oscuros o alfombras mullidas. Los tabiques de
cristal que separaban los cubículos del interminable pasillo estaban cubiertos de
recortes de prensa y carteles que solo se referían a eventos recientes.
La sala de juntas de la sección de literatura estaba en el tercer piso y podría haber
pasado por el comedor de los empleados de una oficina de asuntos sociales. Las
mesas eran de un contrachapado claro de ínfima calidad, las sillas estaban tapizadas
de un naranja característico de los años setenta. Era la editorial más antigua de
Noruega, fundada en 1829, y tenía historia. Una sustanciosa historia literaria. Aun así
los libros que se alineaban sobre las estanterías de IKEA parecían novelas de quiosco.
Había un surtido de las novedades de ese otoño colocadas con la portada a la vista
que parecía que fueran a caerse al suelo de linóleo amarillo en cualquier momento.
Idun Franck miraba con cara inexpresiva la portada de la última novela de
Ambjørsen sobre su personaje, Elling. Lo habían dejado bocabajo y tenía la portada
rota.
—¿Idun?
El director de La Editorial levantó la voz. Los otros cinco empleados reunidos
tenían la mirada neutra vuelta hacia Idun Franck.
—Perdón… —Pasó las páginas de los papeles que tenía delante sin objetivo
alguno y cogió un bolígrafo de la mesa—. La cuestión no es tanto cuánto llevamos
gastado en este proyecto hasta la fecha sino si será publicable. Tendremos que
someterlo a una valoración ética… ¿Podemos publicar un recetario de un cocinero
que ha sido acuchillado hasta la muerte con el instrumento de un carnicero?
Los demás parecieron dudar de si Idun Franck estaba de broma. A uno se le
escapó una risita que ahogó enseguida y se quedó mirando la mesa cada vez más
sonrojado.
—Bueno, la verdad es que no sabemos si fue con un cuchillo de carnicero —
añadió Idun Franck—, pero seguro que lo acuchillaron, al menos eso dice la prensa.
En cualquier caso puede resultar de bastante mal gusto publicar un retrato de la
víctima recién asesinada y su cocina.
—Y no queremos pecar de mal gusto, al fin y al cabo es un libro de cocina —dijo
Frederik Krøger enseñando los dientes.
—Por favor… —murmuró Samir Zeta, un joven de piel oscura que llevaba tres
semanas trabajando como relaciones públicas.
Krøger, un rechoncho director de publicaciones que intentaba tapar su calva con
un peinado digno de admiración, hizo un gesto de disculpa con la mano.
—Si volvemos sobre la idea original está claro que estábamos sobre la pista de
algo. —Esta vez Idun Franck habló por propia iniciativa—. Un paso más en la moda
de los libros de cocina, por decirlo así. Una especie de biografía culinaria, mezcla de
libro de recetas y retrato del cocinero. Dado que hace años que se considera que
Brede Ziegler era el mejor…
—Al menos el más conocido —interrumpió Samir Zeta.
—… el más famoso cocinero noruego, tenía lógica que lo eligiéramos para
nuestro proyecto, y hemos llegado bastante lejos.
—¿Cómo de lejos?
Idun Franck sabía muy bien lo que Frederik Krøger le estaba preguntando. Quería
saber cuánto les había costado hasta entonces, cuánto dinero había derrochado la
editorial en un proyecto que, en el mejor de los casos, habría que parar una buena
temporada.
—Ya tenemos la mayoría de las fotos y las recetas. Falta bastante para completar
la parte relativa a la vida y la personalidad de Brede Ziegler. Él insistió en empezar
con la parte culinaria para luego pasar a los comentarios y anécdotas de su vida
relacionados con cada uno de los platos. Hemos conversado mucho, claro, y tengo…
notas y un par de grabaciones. Pero… tal y como lo veo en estos momentos… ¿Me
pasas el termo?
Intentó servirse café en una taza de los Moomin sin asas. Le tembló el pulso, o tal
vez la jarra fuera demasiado pesada, y derramó café sobre la mesa. Alguien le
alcanzó un folio y cuando lo puso sobre el líquido la mancha marrón se extendió
hasta el borde de la mesa y le cayó encima de los pantalones.
—Vaya… Siempre queda la posibilidad de emplear el material del que
disponemos para elaborar un libro de cocina convencional. Uno de muchos. Las fotos
están bien. Las recetas son espectaculares. Pero ¿era eso lo que pretendíamos? Yo
diría que…
—No —respondió Samir Zeta con demasiada intensidad.
Frederik Krøger se apretó la nariz con el pulgar y el índice y reprimió un hipido.
—Me gustaría que pusieras todo esto sobre el papel, Idun. Cuando yo…
numerado y todo lo demás. Lo tomaremos como punto de partida. ¿De acuerdo?
Nadie esperó a oír la respuesta. Las patas de las sillas se arrastraron sobre el suelo
antes de que todos salieran apresuradamente de la sala de reuniones. Solo quedó Idun,
con la vista clavada en una foto en blanco y negro de la cabeza de un bacalao.
—Creo que ayer te vi en el cine —oyó, y levantó la cabeza.
—¿Qué?
Samir Zeta sonrió y pasó la palma de la mano por el marco de la puerta.
—Tenías mucha prisa. ¿Qué te pareció?
—¿El qué?
—¡La peli! Shakespeare enamorado.
Idun se llevó la taza a los labios y bebió un trago.
—Ah, la peli. Bien.
—Demasiado teatral, para mi gusto. El cine tiene que ser cine, ¿no crees? Aunque
lleven trajes del siglo XVI no hace falta que hablen de ese modo.
Idun Franck dejó la taza de los Moomin sobre la mesa, se puso de pie y se frotó
inútilmente la mancha marrón de la pernera del pantalón. Levantó la vista, esbozó
una sonrisa y recogió fotos y textos sin darse cuenta de que el café derramado había
pegado dos grandes fotos en color de unas cebolletas y un manojo de hinojo.
—La verdad es que me gustó mucho. Era una película cálida, llena de amor y de
color.
—¡Qué romántica! —Samir rio entre dientes—, eres una romántica redomada,
Idun.
—Qué va —dijo Idun cerrando la puerta con calma—, pero, si así fuera, a mi
edad está permitido.