Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 1 de 150

Páginas del PDF

Los aventureros

Epílogo a modo de Prólogo

Fue diez años después de su violenta muerte. Su tiempo terrenal se acabó y el plazo que obtuvo en el último y pequeño cubículo que le sirvió de refugio había expirado. Ahora el proceso se había completado y volvería al polvo y a las cenizas de la madre tierra, de donde había salido.

El sol tropical lanzaba ondas de cálida humedad sobre las cruces pintadas de negro de las encaladas paredes del cementerio, cuando el periodista americano bajó del taxi frente a las oxidadas puertas de hierro. Le dio al chófer un billete de un peso y le volvió la espalda antes de que tuviera tiempo de darle las gracias.

Los pequeños puestos de flores estaban llenos de gente, y mujeres enlutadas, cuyos negros velos parecían escudar su pena lo mismo contra el calor que contra el mundo, compraban pequeños ramos. Los mendigos, niños hambrientos, de grandes ojos negros, sentados formando un deprimente círculo, tendieron sus infantiles y enflaquecidas manos cuando él pasó, suplicándole unas monedas, que les echó con displicencia.

Una vez atravesó la verja reinó el silencio, como si una varita mágica hubiera alejado el mundo exterior. Había un hombre con uniforme sentado a la puerta de una caseta, y se dirigió a él.

—¿Xenos, por favor?

Le pareció ver una vaga expresión de sorpresa en la cara del hombre cuando le respondió:

—Calle seis, apartamiento veinte.

El periodista americano emprendió la marcha sonriendo. Incluso los muertos tenían que sujetarse a la rutina de los vivos. Los espatos se llamaban calles, y apartamientos las construcciones donde reposaban. Entonces se preguntó el motivo de la sorpresa de aquel hombre.

Estaba en el vestíbulo del nuevo hotel, escudriñando los periódicos locales, como hacía siempre que llegaba a una ciudad nueva, mando descubrió la noticia que había estado buscando. Se trataba de una noticia de cuatro pequeñas líneas metidas en las últimas páginas, casi perdidas entre el fárrago de otras noticias más importantes.

Ahora recorría un paseo en el que se sucedían abigarrados mausoleos. Indolentemente fue leyendo los nombres: Ramírez, Santos, Oberón, López… A despecho del calor que quemaba la tierra y le hacía correr el sudor por el cuello, sintió como si le alcanzase el frío del blanco mármol.

Desembocó en un lugar donde la avenida llena de hierbajos era más ancha, y campo abierto por el lado izquierdo. Allí había algunas tumbas en el suelo, pequeñas, descuidadas y olvidadas. Era el cementerio de los pobres, quienes, metidos en míseras cajas de madera, se desintegraban sin que nadie volviese a recordarlos. A la derecha estaban los «apartados», el último cobijo de otros muertos menos miserables.

Eran grandes edificaciones de ladrillos españoles rojos y grises, de unos seis metros de altura y veinticinco o treinta de ancho, divididas en blancos nichos de cemento de unos cinco palmos, muy juntos para que otros muertos pudieran ocupar los huecos disponibles. Cada cinco palmos se podía leer el nombre del inquilino, con una pequeña cruz encima, grabada sobre el mismo cemento, y la fecha de la muerte debajo.

Se fijó en la primera construcción; de una barra saliente de su parte superior colgaba una plaquita de metal en la que leyó: calle 3, apartamiento 1. Le quedaba bastante camino todavía; se aflojó el cuello de la camisa y apretó el paso, pues era ya casi la hora y no quería llegar tarde.

Al principio creyó que se había equivocado. Allí no había nadie, ni siquiera trabajadores. Vio la placa de metal de la sección y miró la hora en su reloj de pulsera. Coincidían. Abrió el periódico para ver si había confundido la fecha, pero tampoco iba equivocado. Entonces dejó escapar un respiro de alivio y encendió un cigarrillo. Estaba en la otra América, y en esta América las horas no se respetan tanto como en su país.

Empezó a pasearse lentamente alrededor de la construcción, leyendo los nombres de los enterrados allí. Al fin descubrió el que estaba buscando, escondido casi en uno de los bloques laterales, en la esquina suroeste de la construcción. Instintivamente tiró el cigarrillo y se quitó el sombrero. Contempló la inscripción:

 

D.A.X.

10 de mayo, 1955.

 

Oyó el traqueteo de unas ruedas sobre el pedregoso camino, detrás de él. Se volvió y vio un carro sin toldo tirado por un burro de andar cansino y orejas gachas, como si protestase por hacerle trabajar a la hora del sol. El carro lo guiaba un individuo cuyo vestido le amarilleaba de viejo, y, sentado a su lado, iba un hombre con traje y sombrero negros y un almidonado cuello blanco que ya casi no era blanco, debido al calor y el polvo. Al carro lo seguía un peón con un pico sobre los hombros.

El carro se detuvo y el hombre del traje negro saltó al suelo. Se sacó una hojita de papel blanco del bolsillo interior de la chaqueta, y, luego de repasarla, empezó a escudriñar los cuadrados de las paredes. Solo cuando se detuvo detrás de él, el periodista se dio cuenta de que iban a abrir la tumba.

El hombre hizo unas indicaciones, y el peón del pico se acercó al cubículo, murmuró algunas palabras en un español suave que casi no se le oyeron, y el otro bajó pesadamente del carro arrastrando una escalerilla hecha de varios maderos unidos con clavos, la apoyó contra la pared, y subió. Una vez arriba, miró de cerca la pared del nicho.

«Dax», dijo con una voz que sonó áspera en el silencioso cementerio.

El director asintió.

«Dax», repitió complacido.

El peón del pico también afirmó. Había satisfacción en su voz.

«Dax», repitió, y escupió en el suelo.

El peón subido en la escala, alargó el brazo pidiendo el pico.

El otro se lo entregó, y con un hábil golpe clavó el pico en el centro mismo del bloque de hormigón, precisamente cuando el sol raía con más vigor. El trabajador lo maldijo y se protegió los ojos con el sombrero; clavó el pico de nuevo, y la piedra se dividió en varios trozos que cayeron al suelo, sobre los guijarros.

El periodista miró al director, el cual estaba mirando a los peones, pero se veía que no le interesaba mucho lo que hacían, y que incluso le fastidiaba. Era lo de tantas otras veces. Se volvió cuando vio que el periodista se le dirigía.

—¿Dónde están los otros? —le preguntó en su vacilante español.

El hombre se encogió de hombros.

—No hay otros.

—Pero en la prensa… —se detuvo, pues casi había agotado sus conocimientos del idioma—. ¿Habla usted inglés?

El director sonrió con orgullo.

—Sí, yess —silbó casi—. A su disposición.

—Vi la noticia en el periódico —explicó el periodista con un suspiro de alivio—. Y pensé que habría alguien más.

—No hay nadie más —respondió el director.

—Entonces, ¿quién puso la nota? Debe de haber alguien. Él era un hombre famoso, muy famoso.

—La puso la oficina. Ya ha pasado tiempo de sobra para que alguien reclame el cuerpo. Hay otros que esperan el sitio suyo. La ciudad de los muertos crece vertiginosamente y está superpoblada; ya lo ve usted.

—Sí, ya lo veo —afirmó el periodista—. ¿No ha venido nadie? Familia o amigos. Él tenía muchos amigos.

Un veló nubló los ojos del hombre.

—Los muertos están solos.

El peón de la escala masculló una exclamación que hizo que los dos hombres lo mirasen. Había roto la pared de cemento y a través de ella se veía la descolorida esquina de un ataúd atacado por las termitas; valiéndose del pico como si fuese una palanca consiguió sacar los trozos de cemento que quedaban en el nicho; le dio la herramienta al peón y quitó los cascotes que quedaban con la mano, luego se introdujo dentro y empezó a tirar cuidadosamente del féretro.

El periodista se dirigió al director.

—¿Qué harán con él ahora?

—Lo quemaremos —le respondió—. No exigirá tiempo, pues ya solo quedan los huesos.

—¿Y después?

El director se encogió de hombros.

—Puesto que nadie ha venido por él, pondremos sus cenizas en el carro, con las otras, y las llevarán al pantano que estamos desecando.

El ataúd estaba sobre el limpio pavimento cercano al bloque y el director lo examinó; limpió con la mano el polvo que cubría la plaquita de metal que había en la tapa y la comparó con lo que decía el papel que llevaba en la mano, diciendo:

—Verificado. —Mirando al periodista, le preguntó—: ¿Desea examinar el interior?

—No.

—¿No le importa, entonces? —preguntó el director—. Cuando no hay familia para pagar, se les permite a los hombres…

—Ya comprendo —respondió rápidamente el periodista.

Se volvió de espaldas y se alejó un poco cuando empezaron a levantar la tapa; sacó un cigarrillo y lo encendió; oyó el murmullo de los otros discutiendo lo que hallaban y cómo había que repartirlo; luego una maldición en voz baja, y después el ruido de la tapa al cerrarla de nuevo.

El director volvió a su lado.

—Esos hombres están disgustados —exclamó—. No había más que unos empastes de oro y este anillo.

El periodista vio en la mano del director un anillo con tierra adherida.

—Yo me quedo con el anillo, y para ellos los empastes. Parece que vale, ¿no? — preguntó mientras con su mugriento pañuelo lo limpió y lo frotó con la palma de la mano.

Era de oro y tenía engastada una piedra carmesí. Lo cogió y leyó su inscripción. Pertenecía al tipo de Harvard y correspondía al año 1939.

—Sí —corroboró—; vale.

—¿Diez dólares americanos? —preguntó el director.

Pasó un momento antes de que el periodista se diera cuenta de que le ofrecía el anillo. Asintió.

—Diez dólares americanos —y sacó el billete de la cartera.

—Gracias —dijo el director.

El periodista se metió el anillo en el bolsillo y miró a los trabajadores, que ya habían cargado el ataúd en el carro.

—Vámonos —dijo el director mirándole a él—; vamos a quemarlo.

Subió al carro y le hizo un ademán señalándole el asiento a su lado.

El sol quemaba más que cuando entró en el cementerio y tenía la camisa completamente empapada, siéndole más difícil la respiración. Siguieron adelante en silencio, y al cabo de transcurridos unos veinte minutos llegaron a la chata construcción gris que era el crematorio.

Sintió un ligero olor a humo al saltar del carro, y siguiendo al director y a los dos empleados cruzó la amplia puerta. Ya dentro, se quedó sorprendido al ver que no tenía techo, que encima no había más que el cielo y el sol; en medio y en círculo había seis hornos de piedra que estaban abiertos, desprendiendo tanto calor que parecía que quisieran incendiar el aire.

Un hombre que llevaba una chaqueta llena de polvo gris y de ceniza se acercó preguntando:

—¿Verificado?

El director le entregó la hojita de papel.

—Verificado —respondió.

—Está bien —dijo el hombre, e hizo un gesto a los empleados para que descargaran el carro, los cuales se dirigieron al horno de piedra que estaba más cerca y metieron el féretro dentro. Después salieron afuera.

El director cogió al periodista del brazo y se acercaron al horno. El ataúd estaba sobre unas barras de acero ennegrecidas por el humo, y debajo había una red que parecía una fina malla de alambre.

—Para las cenizas, ¿no? —preguntó el periodista.

El director asintió.

El hombre de la chaqueta gris los estaba mirando, y el director tiró de la manga del periodista.

—Espera diez pesos por su trabajo; es la costumbre.

El periodista se sacó del bolsillo un billete, dándoselo al hombre, cuya dentadura se destacó en su atezado rostro al darle las gracias y hacer algunos gestos de agradecimiento.

El periodista aceleró el paso hasta que estuvieron un poco más lejos y cerca de una pared. Entonces el hombre de la chaqueta gris empezó a darle a un fuelle. Siguió un ruido sordo dentro del horno y en seguida el ruido se convirtió en un bramido; parecía que dentro de la caja estallase un trueno, pero no se veían llamas por ninguna parte, pareciendo que el ataúd se consumía bajo ondas de aire caliente. Entonces, repentinamente, el hombre hizo funcionar una palanca, y se habría dicho que todas las llamas del infierno se devoraban entre sí.

El periodista sintió la violenta ráfaga de calor en el rostro, pero solo momentáneamente. Las llamas se apagaron y el ataúd pareció desintegrarse en un polvo gris y desaparecer lentamente dentro del horno.

El director le volvió a tirar de la manga.

—Vamos afuera y fumemos un cigarrillo. Antes de terminarlo nos traerá las cenizas.

El cálido sol le dio una grata impresión de frescor después del calor que había pasado allí dentro. Ofreció un cigarrillo al director, y este lo tomó con las corteses maneras de muchos sudamericanos mientras le daba lumbre para encenderlo. Fumaron en silencio.

Había estado en lo cierto. Aún no habían acabado el cigarrillo cuando el hombre llegó con una pequeña urna de cerámica. Miró al director.

—La urna vale cinco pesos —murmuró con aire de excusa.

El periodista se sacó una moneda de cinco pesos del bolsillo; el hombre, después de dar otra vez las gracias, ofreció la urna al director, quien dijo:

—Ahora vamos al carro.

Dieron la vuelta al edificio y se hallaron ante un carrito tirado por un burro de mirada soñolienta, sucio de barro y de estiércol y acribillado el lomo por los tábanos y las moscas que le picaban. El director informó:

—Aquí vaciamos las cenizas.

El periodista echó un vistazo al lugar, y de pronto algo se removió en su interior.

—¿No hay otro sitio?

El otro asintió.

—Hay una granja al otro lado de la carretera y por cinco pesos el propietario le permitirá que las deje allí.

—Pues vamos allá.

Siguió al director hasta el campo del otro lado de la carretera. Era un patatar, y el campesino que apareció como si brotase de la tierra desapareció en cuanto recibió los cinco pesos.

El director le tendió la urna.

—¿Señor?

El periodista meneó la cabeza.

—¿Le conocía usted, señor?

—Sí —respondió—; le conocía.

El director destapó la urna y con un hábil juego de la muñeca arrojó las cenizas al aire. Silenciosamente vieron cómo el viento las esparcía por el campo.

—Esto no está bien —exclamó de repente el periodista—. No está bien.

—¿Por qué, señor?

—Porque era un hombre fuerte —respondió el periodista—. La tierra se estremecía cuando él la pisaba; los hombres le querían y le temían; las mujeres temblaban ante el poder de sus músculos y la gente soñaba en alcanzar sus favores. Y ahora no hay nadie que le recuerde. Tenía usted razón: los muertos están solos.

El director lo cogió de nuevo del brazo y él le miró. Estaba hastiado y cansado, y no deseaba más que volver al bar del hotel y beber algo frío. Hubiera deseado no descubrir la noticia ni haber venido a este rincón tan horrible, azotado por un sol implacable, a este mundo sin memoria.

—No, señor —le dijo el hombre suavemente—. Yo estaba equivocado, pues él no estuvo solo. Usted estaba aquí.