Los aventureros
Capítulo XXII
veintidós
—Iré a París a comprar mi traje de boda —decidió Amparo—. Y desde París, Dax y yo haremos un viaje por toda Europa.
—Tú no irás a ninguna parte —le contestó sin acritud el Presidente—. Te quedarás aquí y te harán el traje en el país, como se lo hicieron a tu madre.
Amparo se acercó a la mesa y le preguntó con tono sarcástico:
—¿Traje? ¿A mi madre? Si tú no te casaste con ella.
—Esto no quiere decir nada. Tu madre nunca habría ido a París para comprarse un vestido.
—¿Y habría podido ir? —replicó Amparo—. Si no querías que se alejara un paso de la puerta por miedo de que te abandonase.
El Presidente se puso en pie.
—Llamarás a una modista y seguirás aquí. Hay mucho que hacer…
—¡Ya he hecho bastante! Quiero ver mundo, y no continuar revoleándome en la mugre junto con los campesinos.
—¡No olvides que debes tu posición a esos campesinos —gruñó su padre—. ¿Quiénes te dieron el nombre de princesa? ¿Quiénes te señalaron modelo de las mujeres de Corteguay? Los campesinos.
—¿Y por eso he de pasarme la vida agradecida a ellos?
—Exacto. No te perteneces a ti misma; perteneces al pueblo.
—Eso es lo mismo que si me hubiesen encarcelado —replicó Amparo, y añadió en el acto—: ¿Pretendes que yo siga aquí mientras mi marido andará correteando por todo el mundo?
—Él tiene su trabajo, lo mismo que tú tienes el tuyo.
Amparo se echó a reír.
—Vamos, papá… Tú no debes estar bien de la cabeza. Sabes de sobra la clase de hombre que es; las mujeres no le dejan en paz ni un momento. En Nueva York estuvimos en una fiesta, y de las doce mujeres presentes, él se había acostado con once.
De pronto, el Presidente sintió curiosidad.
—¿Él te lo dijo?
—No hizo falta. ¿Me crees tan tonta? Según como hable y mire una mujer a un hombre, se puede decir si se ha acostado o no con él.
Su padre se quedó unos segundos pensativo.
—Y la mujer que hacía doce… ¿cómo era?
Amparo lo miro con ironía.
—Vieja, muy vieja…
—Eres tonta, desde luego. El matrimonio con Dax es lo más acertado para ti. El pueblo os adora a los dos.
—No creo que nos convenga demasiado —replicó con agresividad Amparo—. Ni al uno ni al otro. Somos demasiado parecidos, o demasiado inclinados a los placeres físicos.
—¡No hables así! —estalló el Presidente—. No olvides que eres una dama.
Su hija lo miró de hito en hito.
—¿Cómo quieres que lo sea llevando tu sangre? A tu edad, la mayoría de los hombres se contentarían sentándose al calor del hogar con un puro y una copa de coñac. Pero tú no; tú necesitas una mujer distinta cada semana.
—Los hombres somos diferentes.
—¿Estás seguro? —se mofó ella—. ¿Qué te hace creer que yo no me parezco a mi madre? Y sabes tú muy bien como era ella.
El Presidente murmuró después de un silencio:
—Si hubiese vivido, me habría casado con ella.
—No te creo. Si hubiese vivido, habría terminado como las otras. Echada de tu lado.
Su padre reflexionó unos momentos, y decidió:
—He cambiado de opinión. Os casaréis esta semana y no enviaré a Dax a París. Irá a Corea con los batallones que he prometido a las Naciones Unidas.
Amparo se levantó de un salto.
—¿A que lo maten? Dax no es un soldado.
—No correrá ningún peligro —replicó el Presidente—. A los coroneles nunca los matan. Están en la retaguardia, en el cuartel general. Y ya no tendrás que preocuparte. Allí no hay mujeres atractivas.
—Si las hay, las encontrará —y al fijarse en la expresión de su padre, añadió alarmada—: Te gustaría que lo mataran, ¿verdad?
Ha llegado a ser demasiado popular.
El Presidente la miró sin pestañear.
—¿Cómo puedes decir eso? Dax es como mi propio hijo.
—¡Valiente padre! —exclamó Amparo sarcástica—. No te basta casarlo conmigo; no, esto puede que le ganara más popularidad. Así que lo mandas allá para que lo maten.
El Presidente hizo como si no hubiera oído la acusación de su hija, y, mirando el reloj, ordenó:
—Vamos, ya es hora de que te vistas. La ceremonia empezará a las tres en punto.
—Ahora ya somos un gran país, ¿verdad? La gente tiene que ver lo importantes que somos para las Naciones Unidas.
—Y lo somos. El Secretario General no visita particularmente a todos los países admitidos.
—Pero no es el Secretario General el que va a venir, sino su ayudante.
—¿Y qué diferencia hay? Los campesinos no lo saben.
Amparo se levantó.
—Necesito beber; tengo la boca pastosa.
—Es demasiado temprano todavía. Aún no es mediodía.
—Entonces no beberé ron, sino una bebida americana que ellos llaman un martini. En Nueva York ahora es la una.
El Presidente vio que iba hacia la puerta y la llamó:
—Amparo.
—Dime, papá.
Él la miró unos segundos, y luego, paternalmente, le dijo:
—Confía en mí.
Amparo se quedó unos segundos pensativa, y luego respondió con acento de desesperanza:
—¿Cómo puedo confiar en ti si no me atrevo a confiar ni en mí misma?
Un hombre vestido con un raído traje oscuro que mal disimulaba sus huesos, avanzaba incrustado entre la gente, con el rostro caído sobre el pecho y los ojos medio cerrados, cegado por el brillo del sol después de tantos meses vividos en la oscuridad de una celda. Andaba con dificultad, mal curada la pierna que le rompieron un día, y se escondía la mano derecha en el bolsillo para que nadie le viese los dedos, retorcidos y rotos…
Topó contra alguien, y al tratar de disculparse, enseñó sus encías sin los dientes, tal como le dejaron la boca después de algunos culatazos. Y siguió andando. Todavía le costaba creer que estaba libre. Todo había ocurrido inesperadamente. Fue aquella misma mañana, mientras estaba echado sobre los andrajos que eran su lecho. Vio que se abría la pesada puerta de la celda, e instintivamente se encogió como si quisiera reducirse, preguntándose apenado qué era lo que iban a hacer con él.
Un bulto cayó al suelo, detrás de él.
—Ahí tienes tu ropa. Vístete.
No se movió, temiendo una nueva trampa, y el guardia lo golpeó brutalmente.
—¿No me oíste? ¡Vístete!
Gateando se llegó al bulto. Le fue imposible deshacer el nudo del cordel a causa de su maltrecha mano derecha, y el guardia sacó un cuchillo y lo cortó. Temblando, el prisionero cogió los pantalones y los miró. No eran los suyos, pues estaban nuevos cuando se los quitaron, y los que le daban eran sucios y viejos. Miró al guardia con aturdimiento.
—¡Rápido! No voy a estar aquí todo el día.
Se vistió tan aprisa como pudo; luego el guardia lo cogió por el hombro y lo empujó hacia la puerta.
—¡Fuera!
Medio tambaleándose salió al corredor y esperó a que el guardia cerrase la puerta, y lo siguió con paso inseguro. Trató de no pensar en nada hasta que dejaron atrás los sótanos donde tenían lugar los interrogatorios. Solo entonces se preguntó qué le esperaba. Parecía que esta vez no pensaban torturarle. Quizá lo llevaban al paredón. La muerte le parecía preferible a la mazmorra que acababa de dejar.
Pasaron la puerta de hierro del bloque carcelario, y siguiendo un corredor llegaron a la oficina del jefe.
Un corpulento brigada levantó la cabeza cuando entraron.
—¿Es el último? —preguntó.
—Sí.
Miró al prisionero con gesto frío e impasible, y cogiendo una hoja de papel, preguntó:
—¿Eres el prisionero 10.614, de nombre José Móntez?
—Sí, excelencia —contestó con voz apagada.
El brigada le alargó el papel.
—Firma —ordenó.
Intentó coger la pluma, sin que sus dedos pudiesen sujetarla. Miró al sargento con ojos interrogantes.
—Con la izquierda. Haz una cruz.
José trazó una cruz al final del papel, y el sargento, después de asegurarse de que no faltaba ningún requisito, carraspeó y lanzó el siguiente discurso con el tono de quien se lo sabe de carrerilla:
—De acuerdo con los deseos y la magnanimidad del Presidente, te beneficias de la amnistía que para delitos políticos ha decretado con ocasión de nuestra entrada en las Naciones Unidas. Desde ahora estás obligado, según ese documento que acabas de firmar, a una completa lealtad al gobierno, y juras solemnemente, bajo pena de tu vida, que no cometerás más actos contrarios al gobierno.
Terminado el discurso, se dirigió al guardia y le ordenó:
—Acompáñalo a la salida.
José Móntez no se movió, confuso ante lo que acababa de oír, hasta que uno de los guardias le empujó. Entonces empezó a comprender. ¡Le daban la libertad!
—Gracias, excelencia —murmuró mientras las lágrimas le corrían rostro abajo, sin poderlas contener—. Gracias —repitió.
El guardia lo empujó otra vez, y él lo siguió hasta el amplio patio de la prisión, donde cerró los ojos, cegado por el sol, y solo entonces se acordó del sombrero que le habían devuelto y que llevaba en la mano. Rápidamente se lo puso para que le protegiera los ojos.
Atravesaron el patio y se detuvieron frente a la pesada puerta.
—¡Es el último! —gritó el guardia al centinela de la torre.
—Menos mal. ¡Con el trabajo que cuesta abrir y cerrar esta jodida puerta!
Rechinando los goznes, la puesta empezó a abrirse, y José Móntez no se atrevía a salir.
—¡Fuera ya! —le gruñó el guardia empujándolo de nuevo.
Móntez lo miró sin decir nada y el guardia se echó a reír.
—No quiere dejarnos; por lo visto estaba a gusto —le gritó al centinela, el cual también se rio.
—¡Venga! No vamos a pasar todo el día contigo.
Móntez se quedó inmóvil al otro lado de la puerta, viendo cómo se cerraba lenta y ruidosamente.
—Hala ya —le gritó el centinela amenazándole con el fusil.
Móntez volvió la espalda a la cárcel y se metió en la primera calle que le salió al paso, con el temor de que aún le metiesen una bala en la espalda. Durante un rato le pareció que aún oía la risa de los dos guardias. Poco después se detuvo exhausto, jadeante, y se sentó a la sombra de un edificio, sobre las losas frías… Al cabo de un rato se levantó y empezó a andar.
La ciudad tenía aire de fiesta. Por todas partes banderas de Corteguay que ondeaban al viento, al lado de la de las Naciones Unidas, y en cada ventana un retrato del Presidente, sonriendo y con el pecho lleno de condecoraciones. Pero Móntez no veía nada. Se dejaba llevar por la muchedumbre, hasta que se vio en la plaza en cuyo fondo se levantaba el palacio presidencial.
La multitud gritaba a pleno pulmón, y al ver que no podía avanzar más, Móntez levantó la cabeza para ver a qué se debía el griterío. En el acto reconoció a dos de las personas que había en el balcón principal del palacio, y un escalofrío de odio le sacudió, estremeciéndose.
Eran el Presidente, con sus medallas cabrilleando al sol, y, se dijo José Móntez, la perra puta de su hija que con el pelo rubio al viento daba un mentís a su nacimiento. De pie, junto a ella, destacaba un hombre, un negro al que José no conocía, pero a todas luces gringo a juzgar por el corte de su traje. A su lado, incómodo dentro de su recién estrenada guerrera de coronel, se hallaba el engañoso prometido de Amparo.
«Debí matarlos cuando tuve oportunidad de hacerlo», pensó, amargado, José. «Ahora, si tuviese un arma… pero, un arma, ahora, ¿de qué me serviría? ¿Cómo poder empuñar una pistola si apenas puedo sostener una pluma, y mucho menos apretar el gatillo?
Salió de la plaza sorteando a la multitud. Pero sí que algún día los mataría. Aprendería a valerse de la mano izquierda, para escribir y para esgrimir un arma. Pero antes debía irse a su casa, a las montañas, donde podría descansar y fortalecerse. Allí hallaría a amigos y camaradas.
No obstante, un recuerdo que era su tortura lo invadió. Conocerían ya su traición, y sabrían que dio sus nombres cuando le trituraban los dedos. Quiso callar, aguantó hasta que el dolor le obligó a darlos.
Se detuvo temblando y se apoyó en un muro; luego de unos instantes de reflexión sintió como un alivio. Probablemente no se sabría que los delató él. Ahora ya los habrían matado a todos. De haber alguno vivo todavía, a él no le habrían soltado.
Reanudó el paso más sosegado. Sería una suerte que todos hubiesen muerto; nadie sabría nada y él esperaría su oportunidad. Esta vez no fallaría.