Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 25 de 150

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Los aventureros

Libro Segundo. Dinero y Poder

Libro Segundo

DINERO Y PODER

uno

 

Gracias a sus muchos años de práctica, el doctor sacó con la mayor seguridad la jeringuilla hipodérmica. Y dirigiéndose al joven que estaba de pie a los pies de la cama, le dijo con voz cansada, en tono desesperanzado:

—Esto le hará dormir, Dax, y le conservará las fuerzas para la crisis de esta noche.

El muchacho no respondió en seguida. Se acercó a la cabecera de la cama y, con un ademán tan delicado como el de una mano femenina, secó la frente empapada de su padre.

—De todos modos morirá —dijo en voz baja, sin levantar los ojos.

El médico vaciló.

—Eso nunca se sabe. Tu padre ya nos ha sorprendido otras veces. Ahora todo está en las manos de Dios.

Sintió sobre sí los oscuros ojos del muchacho. Eran penetrantes y parecía que leyesen en los suyos.

—En la jungla tenemos un proverbio —dijo—. «Para que un hombre ponga su destino en las manos de Dios, tiene que ser como un árbol. Solo los árboles creen en Dios.»

La voz del muchacho era cálida y al doctor aún le era difícil acostumbrarse a su francés suave, fluido y casi sin acento. Todavía recordaba lo que al chico le costaba defenderse con el idioma cuando lo conoció, siete años atrás.

—¿Y tú no?

—No. He visto demasiadas atrocidades para tener mucha fe.

Dax rodeó la cama para colocarse al lado del doctor, y miró de nuevo a su padre.

Jaime Xenos tenía los ojos cerrados y parecía que descansase, pero una gran palidez se apoderaba de su piel morena y su respiración era difícil y fatigosa.

—Voy a hacer que llamen a un sacerdote para que le administre los últimos sacramentos —propuso el médico—. ¿O prefieres que no lo haga?

Dax se encogió de hombros.

—No se trata de lo que yo prefiera, sino de lo que mi padre crea.

El doctor cerró su maletín y añadió:

—Volveré esta noche, después de cenar.

Echando una última mirada a la cama, Dax acompañó al doctor al vestíbulo.

 

Cuando la puerta del consulado se cerró detrás del médico, Dax se encaminó al despacho, donde estaban Gato Gordo y el secretario y traductor de su padre, Marcel Campion, quienes al verle entrar lo miraron interrogantes. Dax movió afirmativamente la cabeza, y dirigiéndose a la mesa cogió un cigarrillo de una caja y lo encendió.

—Envíe un cable al Presidente —le dijo a Marcel con voz serena—. «Papá muriéndose. Solicito instrucciones.»

El secretario asintió y salió en seguida de la habitación. Poco después se oía perfectamente el tecleo de la máquina de escribir. Gato Gordo rezongó sombríamente:

—¡Por la Virgen…! ¡Acabar en esta maldita tierra fría!

Sin responder, Dax se dirigió a la ventana contemplando el panorama de la calle cercana a Montmartre. Anochecía, y los edificios brillaban bajo una lluvia menuda. Parecía que en París lloviese siempre.

Igual que esta fue la noche que llegaron de Corteguay, siete años atrás. Semejaban un grupo de paletos, con los cuellos del traje inútilmente levantados para protegerse de la lluvia de febrero y con el equipaje que el taxista había amontonado en la acera.

—¡La maldita verja está cerrada! —les gritó Gato Gordo—. En la casa no hay nadie.

—Toca la campana otra vez. Tiene que haber alguien.

Gato tiró del cordón con fuerza, y el tañido de la campana repercutió como si saliese de todas las casas. Pero de allí no salió nadie.

—Puedo abrir la verja.

—Pues ábrela. ¿Qué esperas?

Gato Gordo procedió con una rapidez asombrosa. Sin dar tiempo a que nadie lo viese, ya le humeaba la pistola que empuñaba; el eco del disparo resonó por toda la calle.

—¡Loco! —exclamó mi padre enojado—. Ahora vendrá la policía y todo el mundo se reirá al enterarse de que no podemos entrar en nuestro consulado. ¿Y para qué? Sigue cerrada.

—No está cerrada —aseguró Gato Gordo pegando una patada a la puerta.

Y se abrió en seco, rechinando los goznes oxidados. Mi padre miró un momento a Gato e hizo intención de entrar, pero Gato lo sujetó del brazo.

—Esto me huele mal. Iré yo primero.

—Tonterías. ¿Qué puede pasar?

—Veo muchas cosas raras —contestó Gato receloso—. Ramírez tendría que estar aquí y, sin embargo, la casa está desierta. Puede ser una trampa. Ramírez nos puede haber vendido.

—Repito que son tonterías. Ramírez no es capaz de esto. El Presidente le dio el puesto por recomendación mía.

Acompañado de Gato recorrió el jardín que rodeaba la casa. El césped y los hierbajos demostraban cuánto llevaba abandonado.

Inconscientemente, Dax habló en voz baja:

—¿Creéis que la puerta de la casa también estará cerrada?

—Veremos —respondió Gato.

Se dirigió a un costado de la casa y, deslizándose a lo largo de la pared, llegó a la puerta. Dio la vuelta al tirador con cuidado y cedió la madera; entonces atisbo a través de la oscuridad, sin ver nada. Gato Gordo empujó y empuñando de nuevo la automática, murmuró:

—Que Dios me ampare.

Se metió dentro y se oyeron sus pisadas y casi sus ahogadas maldiciones; hasta que exclamó en voz alta, al mismo tiempo que encendía la luz:

—No hay nadie.

Se quedaron asombrados en el umbral, parpadeando. Parecía que un tornado hubiera pasado por todas las habitaciones. El desorden era general. Había papeles rotos, y restos de sillas apilados en medio de la estancia. Una mesa de la cocina era el único mueble de la casa.

—Aquí han entrado ladrones —convino Gato Gordo.

El padre de Dax le dirigió una mirada. Su rostro tenía una extraña expresión de dolorida sorpresa, como si no acabase de creer en lo que veían sus ojos. Luego dijo con amargura:

—No han sido ladrones; han sido traidores.

Al mismo tiempo, mientras Gato encendía un cigarrillo, mi padre se inclinaba para recoger un papel y lo leía.

—Quizá nos hemos equivocado de casa —dijo Gato como si buscase un consuelo.

El padre de Dax movió la cabeza negativamente.

—No; no nos hemos equivocado.

Les mostró la hoja que acababa de recoger del suelo. Era un trozo de papel con el membrete de Corteguay.

Dax murmuró, mirando a su padre:

—Estoy cansado.

Su padre le pasó el brazo por los hombros, y, después de recorrer con la mirada la habitación, decidió:

—Aquí no podemos quedarnos. Iremos a un hotel. Al venir hacia aquí he visto una casa con el letrero de pensión. Dudo de que podamos comer algo a estas horas, pero descansaremos esta noche.

Una doncella pulcramente uniformada les hizo una reverencia al abrirles la puerta.

—Bon soir, messieurs.

El padre de Dax se limpió los zapatos antes de entrar y, quitándose el sombrero, preguntó cortésmente:

—¿Tendrían tres habitaciones para esta noche?

La doncella les miró desconcertada al ver a Gato Gordo cargado con el equipaje y a Dax a su lado.

—¿Tienen ustedes una cita? —preguntó respetuosamente.

Entonces fue el padre de Dax el que se quedó desconcertado.

—Rendez-vous? ¿Quiere decir una reserva? —preguntó defendiéndose con su mediocre francés—. C’est necessaire?

La doncella también había agotado el inglés con que trató de hacerse entender, y abriendo la puerta de una pequeña salita les dijo:

—Si son tan amables de esperar aquí mientras voy a llamar a madame Blanchette.

—Merci.

Entraron en la salita, amueblada con gusto, y la doncella se fue cerrando la puerta. En el mismo instante, de algún lugar de la casa les llegó una risa de mujer. Recorrieron con los ojos la salita de espera. Una valiosa alfombra, unos sofás y sillas y sillones de calidad; en una chimenea unos leños encendidos, y sobre una mesita una botella de brandy y algunas copas.

—Esto está muy bien —dijo Gato Gordo al fijarse en la mesita—. Excelencia, ¿puedo servirle un brandy?

—No sé si podemos. Ten en cuenta que no sabemos para quién es la botella.

—Para los huéspedes —arguyó Gato Gordo con una lógica irrefutable—. Si no, ¿por qué estaría aquí?

Sirvió una copa al padre de Dax y otra para él, bebiéndosela de un trago.

—¡Qué bueno! —exclamó, sirviéndose otra.

Dax se sentó en una silla delante del fuego y las llamas le alumbraban el rostro. El calor y el cansancio pronto lo adormecieron.

La puerta se abrió y la doncella dejó paso a una dama de mediana edad y de agradable aspecto. Llevaba un impecable traje de terciopelo negro, con una hilera de perlas rosa, y un refulgente solitario en un dedo, como únicos adornos.

El padre de Dax se inclinó.

—Jaime Xenos.

—Monsieur Xenos…

Ella saludó inclinando la cabeza y miró ligeramente a Gato Gordo y a Dax. Si tenía que oponer alguna objeción a Gato por haberse servido brandy, no lo demostró.

—¿Puedo hacer algo por ustedes, caballeros?

—Necesitamos hospedaje para esta noche. Venimos del consulado de Corteguay, al final de esta calle, pero parece que ha sucedido algo allí. No hay nadie.

La voz de la mujer fue extremadamente cortés.

—¿Puedo ver sus pasaportes, monsieur? Nos lo ordena el reglamento.

—Desde luego.

El padre de Dax le entregó los pasaportes. Madame Blanchette los miró y, señalando con la cabeza a Dax, preguntó:

—¿Su hijo?

—Oui. Y mi attaché militaire.

A Gato Gordo le halagó tanto el ascenso que se sirvió un nuevo brandy.

—¿Usted es el nuevo cónsul?

—Oui, madame.

Madame Blanchette le devolvió los pasaportes, vaciló un momento y añadió:

—Si su excelencia quiere excusarme un momento, iré a ver si hay habitaciones disponibles. Es muy tarde y estamos casi llenos.

El cónsul se inclinó de nuevo.

—Merci, madame. Estoy muy agradecido a su gentileza.

Madame Blanchette cerró la puerta y se quedó fuera unos momentos, reflexionando. Después se encogió de hombros y atravesando el vestíbulo entró en otra habitación aún mejor amueblada que la salita.

En el centro de esa habitación había una mesa de juego, y sentados alrededor cinco hombres que jugaban a las cartas, mientras unas cuantas hermosas jóvenes, vestidas a la última moda, seguían el juego, de pie detrás de ellos. Otras dos muchachas estaban sentadas en un sofá cerca del fuego y charlando.

—Banco —dijo uno de los jugadores.

Irritado, el que tallaba tiró las cartas sobre la mesa al mismo tiempo que le preguntaba a madame Blanchette:

—¿Era alguien interesante?

—No sé, barón —le respondió ella—. Se trata del nuevo cónsul de Corteguay.

—¿Qué quiere? ¿Información acerca del paradero del bribón de Ramírez?

—No. Quiere habitaciones para esta noche.

El jugador que primero había hablado soltó una risita.

—Él pobre hombre debió de ver tu rótulo… Ya te dije que esto sucedería tarde o temprano.

—¿Por qué no lo ha despedido? —preguntó el barón.

—No sé… —respondió ella confundida—. Estaba a punto de hacerlo, pero al ver al chiquillo…

—¿Ha traído a su hijo con él? —preguntó, sorprendido, el barón.

—Oui —se volvió hacia la puerta—. Les diré que no puedo proporcionarles nada.

—Un moment —el barón de Coyne se levantó—. Me gustaría verlos.

—¿Qué pasa, barón? —preguntó uno de los jugadores—. ¿No le bastó con desplumar a Ramírez? Le debía más que todos nosotros juntos. Al menos cien mil francos.

—Exacto —corroboró el que tenía la banca—. ¿Usted cree que va a sacar algo al nuevo cónsul? Todos sabemos que Corteguay está en quiebra.

Él barón de Coyne miró a sus compañeros.

—Sois una taifa de cínicos. Solo tengo curiosidad por saber qué clase de hombre nos han enviado esta vez.

—¿Qué diferencia puede haber? Todos son iguales. No quieren más que nuestro dinero.

—¿Quiere que se lo presente, excelencia? —preguntó Madame Blanchette. dos

—No; solo quiero verlos.

La siguió hasta una habitación contigua; ella levantó un tapiz y le señaló un pequeño cristal.

—Puede verlos desde aquí sin que ellos se den cuenta. Al otro lado hay un espejo.

El barón miró por el cristal y lo primero que vio fue al chico dormido en el sofá, notando el cansancio que se le reflejaba en el rostro.

—Tiene casi la misma edad de mi hijo —observó sorprendido—. Su madre habrá muerto, pues si viviese no creo que estuviese aquí ese chico. ¿Se sabe adónde ha ido Ramírez?

Madame Blanchette se encogió de hombros.

—Se dice que huyó a la Riviera italiana, pero nadie lo sabe seguro. La semana pasada vino un camión ya de noche y se llevó todo lo del consulado.

El barón hizo una significativa mueca. Comprendió por qué buscaban alojamiento. O él no conocía a Ramírez o Ramírez no habría dejado ni una silla. Mientras observaba, el hombre alto puso un almohadón bajo la cabeza del chico. En su rostro mate había una clara expresión de nobleza.

El barón dejó caer el tapiz y se dirigió a madame Blanchette. Al pobre forastero le esperaban muchas preocupaciones en cuanto corriese por París la noticia de que había llegado el nuevo cónsul de Corteguay. Todos los acreedores de Ramírez correrían a llamar a su puerta.

—Dele mi suite del tercer piso. No creo que Zizi se oponga a que pase la noche en su habitación.