Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 82 de 150

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Los aventureros

Capítulo XV

quince

 

En una bandeja que había en la mesa del desayuno, encontraron una nota de los Kuppen agradeciendo su hospitalidad y presentando sus excusas por tenerse que ir sin poder despedirse.

Al entrar François con el café, le preguntó:

—¿Se han ido ya?

—Oui. A las siete me encargaron que les pidiese un taxi. Se han ido al Negresco de Niza.

Jeremy alzó la taza con aire pensativo. Le parecía extraño. Si se hubiesen esperado una hora, él los habría llevado en su coche.

—¿Huevos y jamón, monsieur?

—Sí, François.

—Para mí también —dijo Tommy entrando en el comedor Mientras se bebía el café, exclamó—: ¡Oh, mi cabeza!

Jeremy sonrió diciéndole:

—Por lo visto te corriste una juerga anoche. No comprendo por qué Von Kuppen se ha marchado tan temprano.

—¡Pero si él no vino conmigo! —protestó Tommy—. ¿Se han ido?

Su hermano le tendió la nota.

—¿No os marchasteis juntos?

—Sí. Pero en cuanto llegamos a la verja, me dijo que había cambiado de opinión, y al ofrecerme para traerlo, me contestó que prefería pasear un poco. Bajó del coche y yo me fui.

—No le oí volver…

De repente Jeremy se acordó de la sombra de la terraza. ¿Sería Von Kuppen?

—Tienes una expresión rara. ¿Ocurre algo?

Movió la cabeza negativamente. ¿Habría Marlene sospechado que su marido les podía tender una trampa? En ese mismo instante François llegaba con el desayuno, y esto hizo que dejase de pensar en ello. A fin de cuentas, los Von Kuppen se habían ido, y ya no tenía por qué preocuparse. Había tenido suerte.

Por la tarde, cuando llegaron su madre y sus hermanas, se había olvidado ya del asunto. Como siempre, las mujeres trajeron invitados, y uno de ellos era Sergei Nikovitch, que les estaba preparando los trajes de la temporada, y Giselle d’Arcy, la actriz. Llevaban unos años juntos y, según rumores, pensaban casarse. Ángela, la esposa de Jim, y los niños llegaron por la noche.

La casa estaba llena, y era tal el alboroto, que Jeremy se dijo que todos los vecinos ya sabían que los Hadley habían vuelto.

En medio del tumulto familiar y habitual a la hora de la cena, François se acercó a Jeremy y le dijo en voz baja:

—Le llaman al teléfono, monsieur.

Se dirigió al despacho y cogió el teléfono.

—¿Dígame?

—¿Jeremy?

A pesar de que la voz que le hablaba era solo un susurro, la reconoció en seguida.

—¿Marlene?

—¡Necesito verte! —gimió apremiante—. ¡Mi marido me va a matar!

—No seas ridícula.

—¡Te digo la verdad! —le interrumpió con voz desesperada—. No le conoces. No sabes de lo que es capaz. ¡Está loco! Anoche 110 pude bajar a cenar porque me pegó como un salvaje y me llenó de cardenales. Por eso nos hemos ido tan temprano.

Él se quedó callado unos instantes.

—No lo comprendo; no tenía razón alguna para hacerlo si tú no le dijiste nada…

—No le he dicho nada, pero me amenaza con pegarme hasta que le confiese la verdad.

—¿Por qué no huyes?

—No puedo. Cuando me deja sola me sujeta con unas esposas a la cama.

—¿Con esposas? —preguntó Jeremy incrédulo.

—Sí —exclamó ella llorando—. Lo hace desde que nos casamos. Cada vez que sale.

—Entonces, ¿cómo podremos vernos?

—Hacia las once se va al casino. Le oí pidiendo que le reservasen un sitio en la mesa del tout va. Ven a medianoche. Diré al portero que te deje entrar.

—Pero…

—¡Ven! —insistió, añadiendo con voz asustada—: Oigo que se acerca. He de colgar.

Pensativo, Jeremy dejó el teléfono. No le gustaba nada aquello, pero el terror de Marlene le parecía real.

Poco después de medianoche detuvo el coche frente al Negresco, y después de dudar unos instantes, bajó y anduvo desde el hotel al Casino, en el mismo Paseo de los Ingleses; sacó una tarjeta de admisión y entró.

Era a principios de estación y las mesas estaban llenas. Pasó de largo por el trente-quarante y el chemin de fer, dirigiéndose al fondo del salón, donde se hallaba la mesa del tout va del bacará, sin límite las apuestas.

Empinándose para ver por encima de la gente que se agolpaba y miraba alelada a los jugadores que arriesgaban mucho dinero, comprobó que Marlene no le había mentido. Allí estaba Von Kuppen, a la izquierda del que distribuía las cartas y tan concentrado en el juego que ni levantó los ojos cuando le dieron sus dos cartas.

Jeremy volvió al hotel, llamando por el teléfono interior.

—Habitación 406 —le susurró ella.

—Ahora subo.

Se metió en el ascensor y subió al cuarto piso; siguió pasillo adelante hasta la mesita del conserje y le pidió que le abriera la habitación 406.

—Merci —agradeció Jeremy deslizándole una moneda en la mano.

—Merci, monsieur.

Cerró y atravesó un saloncito llamando a la puerta del dormitorio.

—¿Jeremy? —preguntó una voz ahogada desde el otro lado.

—Sí —respondió intentando abrir la puerta. Estaba cerrada.

—Me encerró con llave. Tendrás que recurrir al conserje.

—Sería una estupidez —exclamó empezando a irritarse. Francamente, Von Kuppen debía haber perdido el juicio—. Debe de haber otra llave por aquí.

Encontró una en la puerta de un ropero y como es típico en los hoteles franceses, todas las cerraduras tenían la misma llave.

Abrió y vio a Marlene en la cama con la sábana hasta el cuello y encadenada a uno de los barrotes de la cama. No había mentido.

—Tengo un aspecto terrible —exclamó desesperadamente ella, llorando.

—No llores. Voy a sacarte de aquí.

Examinó las esposas y vio que estaban bien cerradas.

—Necesito encontrar algo con qué abrirlas.

Registró la otra habitación y encontró un punzón para romper hielo detrás del bar.

—Trata de acercarte todo lo que puedas a los pies de la cama. Necesito que la cadena esté floja para que tenga juego.

Después de casi una hora de forcejeo consiguió hacer saltar los seguros de la cerradura. De pronto se abrió de golpe. Jeremy le miró el tobillo. Lo tenía en carne viva y sangraba. La miró asombrado, pues ella no se había quejado una sola vez.

—¿Puedes levantarte?

—Lo intentaré.

Puso los pies en el suelo y todavía cubriéndose con la sábana, le asió una mano. Se levantó y se tambaleó levemente.

—¿Qué tal?

—Saldré de esa. Mis vestidos están allí —indicó señalando al armario.

Cuando él volvió con un vestido y un abrigo, Marlene se apoyaba en un barrote de la cama.

—Mi ropa interior está en el cajón de arriba —y añadió con una triste sonrisa—: Tendrás que ayudarme.

—Será mejor que te sientes. Yo te vestiré.

Marlene dejó caer la sábana y alargó la mano para coger el sostén. Se quedó anonadado al observar su cuerpo. Tenía los pechos llenos de cardenales casi negros, y en el vientre y en la espalda rayas rojas como de zurriagazos. Ella notó su expresión y murmuró:

—No me creíste. Ni nadie.

Se tendió boca abajo y le mostró unos círculos encarnados en las nalgas.

—Son quemaduras de cigarro.

—¿Anoche? —preguntó él, en tono incrédulo.

—Anoche.

—Pero ¿cómo? No oímos nada.

—Me amordazó.

—Levántate —le dijo decidido—. Te voy a sacar de aquí cuanto antes.

De repente sentía que le volvía el odio que les cogió a los alemanes durante la guerra.

Al arrancar el coche y ver que cogía la dirección de la villa, Marlene preguntó:

—¿Adónde vamos?

—A mi casa.

—¡No! —exclamó aterrada—. Será el primer sitio adonde irá.

—Pues, ¿adónde podemos ir? Necesitas asistencia médica.

A cualquier parte menos a tu casa.

—A un hotel tampoco puedo llevarte. Él tiene tu pasaporte.

Miró el reloj y vio que eran las dos y veinte.

—¿Hasta qué hora suele estar en el casino?

—Generalmente hasta que termina el juego.

—Nos quedan unas dos horas. No es mucho.

Siguieron en silencio unos kilómetros, y de golpe Jeremy tuvo una idea. Había leído en alguna parte, probablemente en el Nice Matin, que Dax había alquilado una villa en Saint-Tropez para pasar el verano.

Dejaron Antibes y apretó el acelerador, camino de la costa y rogando con todo el fervor que Dax estuviese en su casa. Hacía ya más de un año que no se veían, desde poco después de divorciarse de Carolina.