Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 9 de 150

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Los aventureros

Capítulo VIII

ocho

 

Las mujeres estaban nerviosas contemplando a los hombres ya vestidos. Hablaron entre sí y luego la mayor de todas, la que me había arañado, se adelantó para decir:

—No iréis a dejarnos solas en la jungla, ¿verdad?

Mientras terminaba de ajustarse el cinturón, Manuel contestó:

—No fuimos nosotros los que os trajimos aquí.

—Pero aquí moriremos —replicó ella—. No tendremos a nadie que nos proteja ni tenemos nada para comer.

Sin contestar, Manuel sacó la pistola y repuso los cartuchos disparados.

La mujer creyó que su silencio le era favorable.

—¿No nos hemos portado bien con vosotros? —preguntó—. Habéis hecho lo que se os ha antojado sin que nos quejáramos.

Manuel le volvió la espalda y se dirigió a nosotros.

—¿Habéis cogido todas las armas?

—Sí —respondió Gato.

—Pues vámonos —ordenó emprendiendo la marcha.

La mujer corrió detrás de él y lo cogió de un brazo.

—¡Bandoleros! —gritó con el rostro desfigurado por la rabia—. Carecéis de sentimientos. Sois animales. ¿Somos acaso un mero vertedero para vuestra simiente? ¡Alguna de nosotras puede haber concebido un hijo vuestro!

Manuel se desasió violentamente y la mujer reculó unos pasos.

—¡Perro! —le insultó—. ¿Quieres que muramos aquí?

Él la miró largamente, hizo un gesto afirmativo y, levantando la mano que empuñaba la pistola, disparó sobre ella.

La bala la lanzó contra un árbol, al pie del cual cayó de rodillas; segundos después se tendió en el suelo, mientras con una mano arañaba la tierra, agitada en mortales convulsiones.

Manuel contempló el humo que salía de la pistola.

—Las otras se han escapado —le advirtió Gato Gordo.

Miré alrededor y solo vi el leve movimiento del follaje, comprendiendo por dónde habían huido.

—¿Vamos tras ellas?

—No —dijo Manuel enfundando el arma—. Ya hemos malgastado demasiado tiempo con estas putas. Tenemos casi un día de viaje para llegar al valle y poder comer; si no nos damos prisa los encontraremos muertos de hambre.

Gato Gordo sonrió.

—Esto será una lección para estas rameras —dijo cuando ya estábamos en marcha—. Creen que se adueñan de un hombre por el simple hecho de haberlo ceñido con sus piernas.

 

No entramos en el valle de Bandaya hasta que amaneció el día siguiente. Bajábamos por la falda de la montaña cuando el sol apareció de repente, disipando las nubes, y el valle se extendió a nuestros pies como una hermosa alfombra verde. Yo me erguí en la silla y traté de localizar mi casa. Habían pasado más de dos años desde que la viera por última vez.

Recordé la tarde en que mi padre se decidió. Había estado hablando con el general, sentados en la galería, y miraba indiferente cómo yo jugaba en el patio con Perro, al que le había enseñado un nuevo truco: yo tiraba tan lejos como podía una caña de azúcar, y el perro corría a buscaría, la mordía porque la encontraba dulce y luego me la traía. Lo reviví todo, sin perder ningún detalle, ninguna palabra. Oigo aún a mi padre.

—¿Dax?

Me quedé con e] brazo en alto y a punto de lanzar la caña.

—Sí, papá.

—Ven.

Tiré la caña lejos, y Perro, creyendo que el juego seguía, la recogió y la mascó, y trató de enredármela entre las piernas para hacerme caer, pero no le hice caso y subí a la galería. Veo aún el desencanto con que me miró. Como no se le permitía subir a la galería, le dije:

—Espérame aquí.

Perro se sentó y se puso la caña entre las patas, como si fuera un hueso, moviendo el rabo.

Llegué al lado de mi padre, en cuyo rostro había unas arrugas que antes no le había visto, y su color, habitualmente atezado, tenía un tinte grisáceo. Me quedé de pie ante él.

—El general me dice que te ha hablado de ir a su casa, en las montañas.

—Sí, papá.

—¿Crees que te gustaría?

—Me dijo que podría tener un burro —respondí—, y cuando sea mayor un caballo para mí.

Mi padre no dijo nada.

—También me dijo que tú te irías con él. ¿Tienes que irte? Preferiría quedarme aquí contigo.

Mi padre y el general se miraron.

—No me gusta dejarte, hijo, pero debo hacerlo.

—¿Por qué?

—Es muy importante —y agregó—: El general y yo hemos hecho un pacto.

Yo apenas comprendía. Mi padre prosiguió:

—El pueblo está oprimido y el hambre y la injusticia son cada vez mayores. Queremos evitar este estado de cosas.

—¿Por qué no traes al pueblo aquí? Hay comida suficiente para todos.

Mi padre y el general se miraron de nuevo. Mi padre me atrajo a su lado y me dijo en tono cariñoso:

—No podemos hacerlo: son demasiados.

Yo conocía a los campesinos del valle, y como no eran muchos, se lo dije a mi padre, quien me miró sonriendo.

—Pero más allá de las colinas hay muchos más.

—¿Cuántos? —pregunté—. ¿Cómo dos veces los de aquí?

Denegó con un movimiento de cabeza.

—Muchos más. Miles y miles. Si vinieran todos aquí no nos quedaría sitio ni para dormir. —¡Oh…!

Intenté imaginarme lo que sería si fueran tantos como decía mi padre, pero un pensamiento más agudo me hizo preguntar:

—¿Te vas con el general porque eres su prisionero?

—No —respondió mi padre—. El general y yo somos amigos y creemos que debemos ayudar al pueblo.

—Entonces, ¿serás un bandolero como él?

—El general no es un bandolero.

—Pero sus hombres sí —repliqué yo.

—Ya no. Los bandoleros han sido admitidos en su ejército. Son guerrilleros.

—El ejército tiene uniformes rojos y azules, y ellos no —argüí—. A mí me parecen bandoleros.

—Algún día tendrán su uniforme —interrumpió el general.

—Ah… —exclamé viendo su rostro impasible—. Entonces será diferente. Entonces ya parecerán un ejército.

Se oyó el ruido de cascos de caballos y miramos hacia la carretera. Era mi abuelo, don Rafael. Yo salté de las rodillas de mi padre y gritando corrí a su encuentro.

—Hola, abuelo; hola…

Usualmente respondía a mis gritos con otro de salutación, pero esta vez no respondió. Cuando desmontó le vi sombrío y los labios apretados endureciéndole el rostro.

Mi padre se levantó mientras mi abuelo subía los escalones.

—Bienvenido, don Rafael.

Este no respondió al saludo y se le quedó mirando con unos ojos fríos como el cristal.

—He venido a buscar a mi nieto —exclamó.

Yo, que estaba a punto de correr hacia él, me detuve al notar el tono de su voz, y les miré a los dos.

Mi padre, cuyo rostro me pareció más gris, adelantó una mano y me atrajo hacia él. Sentí cómo temblaba mientras me apretaba el hombro.

—No creo que el valle sea seguro para mi hijo cuando yo me haya ido.

—Has perdido todos tus derechos sobre él —continuó mi abuelo con la misma voz glacial—. Aliándote con los asesinos de su madre 110 puedes considerarte como su padre. Cuando uno se junta con la chusma… ¡se convierte también en chusma!

Sentí cómo los dedos de mi padre se contraían sobre mi hombro; sin embargo, el tono tranquilo de su voz no cambió.

—Lo ocurrido fue un accidente y los culpables ya pagaron.

El abuelo respondió casi con un aullido:

—¿Acaso pagando me han devuelto a mi hija, a tu esposa? ¿Y a tu hija? Mueren las dos, y al día siguiente conciertas una alianza con sus asesinos. ¿Acaso quieres que tu hijo viva con ellos?

Mi padre no respondió.

—No estarás satisfecho hasta que lo hayas convertido en lo que ellos son. ¡Unos asesinos, terroristas y violadores!

Mi abuelo se dirigió hacia mí, pero mi padre me empujó detrás de él.

—Es mi hijo —continuó con la misma serenidad—. No dejaré que se quede aquí porque les valdría de rehén contra mí si el ejército lo cogía. En las montañas estará a salvo.

—¡Sangre negra! —le escupió mi abuelo—. ¡El hijo de un hijo de esclavos! ¡Lo más bajo de todo! Pensé que eras un hombre cuando permití que te casaras con mi hija. Pero veo que me equivoqué. No hay nivel al que no podáis descender para inclinaros ante vuestros conquistadores. ¡Lo mismo que vuestros antepasados hicieron con sus dueños!

De repente, el general se levantó de la silla.

—¡Ya basta, viejo! —exclamó.

Mi abuelo le dirigió una mirada llena de desprecio.

—¡Bandolero! —le apostrofó, y su término me pareció el mayor de los insultos que yo había oído.

—¡He dicho que basta, viejo! —exclamó rojo de ira—. ¿No es suficiente que os amparemos a vosotros y a vuestras propiedades? ¿O acaso buscas la muerte?

El abuelo le volvió la espalda y se dirigió a mi padre.

—Si quieres a tu hijo, dámelo antes que sea demasiado tarde.

Mi padre negó con un movimiento de cabeza.

—¡Fuera! —ordenó el general—. Váyase antes de que se me agote la paciencia y me olvide de los favores que su yerno obtuvo para usted.

El abuelo se encaró con él.

—No necesito ni sus favores ni su paciencia. He visto a muchos como usted a lo largo de los años. Estoy seguro que viviré lo suficiente para ver su cabeza en la punta de una lanza, lo mismo que he visto otras.

Erguido y con altivez les volvió la espalda. Lo veo aún con su traje blanco como la nieve de los montes. Bajó la escalera, puso el pie en el estribo y ya en la silla hizo caracolear al caballo. Luego dijo:

—El ejército vendrá algún día y entonces veremos lo valientes que sois.

Me miró y dulcificó la voz.

—Adiós, mi niño; lo siento por ti —fueron sus últimas palabras. Un adiós triste.

Espoleó al caballo y reemprendió el camino. Me quedé mirando la nube de polvo que levantaba el animal al galopar por la carretera, hasta que desapareció de mi vista. Me volví hacia mi padre y vi que sus ojos tenían la misma triste expresión que los de mi abuelo. De repente me cogió en brazos y me estrechó contra él.

—¡Hijo mío!, ¡hijo mío! —exclamó—. Dios quiera que lo que he hecho sea lo mejor para ti.

El general dio unas palmadas y en seguida apareció corriendo un hombre. Era alto y el más gordo que había visto en mi vida, pero corría con una agilidad que me recordó a las cabras monteses brincando por las montañas.

—Sí, excelencia.

—Gato Gordo —ordenó el general—, recoge tu impedimenta y llévate a este chico a las montañas. Te encargo de su cuidado y serás responsable de cualquier cosa que le ocurra.

—Sí, excelencia. —El hombre se inclinó y luego, volviéndose, me miró. Preguntó en tono respetuoso—. ¿Estás listo para viajar?

Mi padre miró al general.

—¿Tiene que irse ahora?

El general asintió.

—El peligro aumenta a cada momento que pasa.

Suavemente mi padre me dejó en el suelo.

—Ve adentro y dile a Sara que empaquete toda tu ropa.

—Sí, papá —dije obedientemente, y me dirigí a la puerta.

—Date prisa, niño —añadió Gato Gordo—. Sería mejor que al llegar la noche ya estuviésemos en las montañas.

Yo era demasiado tímido para tener una conversación con él, pero ya de noche, cuando un insecto me despertó, me levanté asustado y me fui a él gimiendo.

—Tengo miedo, Gato Gordo.

Él puso su mano sobre la mía.

—Coge mi mano, pequeño —me dijo en tono tranquilizador—. Y verás cómo llegarás sano y salvo a las montañas.

Reconfortado por su mano cálida, cerré los ojos y me dormí.

Desde todo esto habían pasado más de dos años, y ahora el sol alumbraba el valle, ofreciéndonos una maravillosa perspectiva. Bajando por la ladera sentí una extraña excitación al pensar que después de tanto tiempo volvía a verme otra vez en mi casa. El abuelo recobraría su tranquilidad al no tener que sufrir ninguna angustia por mí.