Los aventureros
Capítulo XVI
dieciséis
Gato Gordo me miró malhumorado al darse cuenta de que iba detrás de él cuando se dirigía al puesto de vigilancia.
—¿Adónde crees que vas? —me preguntó.
—A echar un vistazo —respondí en tono inocente.
—Pues pasa delante y observa. Pero no me vengas detrás cada vez que voy a alguna parte. Algún día me cansaré y te voy a arrear un tortazo que te hará ver las estrellas.
No respondí y él emprendió la marcha de nuevo, monte adelante y pegando patadas a las piedras que encontraba. Le seguí a cierta distancia, pues no quería que me hiciese ver las estrellas. Gato Gordo llevaba toda la semana con el mismo malhumor desde que Manuel se negó a permitirle que fuera a buscar el garañón negro, pretextando que estaban faltos de gente.
Generalmente había diez hombres en el puesto de vigilancia, pero dos habían muerto; a uno lo mató el sargento y al otro el general, antes de que fuésemos a ver si encontrábamos comida. Había bebido y por lo visto quiso violar a una de las mujeres de Diablo Rojo, creo que a la madre de Amparo, pero no estoy seguro. Solo oí un grito y dos tiros, y cuando llegué para ver qué había ocurrido, ya estaba muerto.
Santiago el joven estaba de vigía.
—Ya era hora —rezongó—; estoy muerto de hambre.
—Lo mejor para unas purgaciones —dijo maliciosamente Gato Gordo— es una andorga vacía.
—Pues te conviene atrapar unas buenas —le dijo Santiago—. Si sigues tan gordo ningún caballo te aguantará.
—Bah… —mugió Gato Gordo—. Mi garañón puede conmigo, aunque pesara cinco veces más.
—Yo no creo que hayas tenido nunca un garañón —respondió en tono burlón Santiago mientras se encaminaba hacia el sendero.
—Lo que te pasa es que tienes envidia —le gritó Gato Gordo—. Dax estaba conmigo, y lo vio; ¿verdad, Dax?
—Sí. Yo lo vi.
Pero Santiago ya había desaparecido; y yo me volví hacia Gato, el cual miraba hacia Estanza.
—Es un bonito garañón, ¿eh, Dax? Un caballo magnífico.
Gato Gordo se sentó con la espalda apoyada en una roca y el rifle sobre las rodillas, y mirando hacia el sur.
No le contesté.
—Manuel no tiene idea de lo que es ser dueño de un buen caballo. Claro que como nunca ha tenido ninguno, ¿cómo puede saberlo? ¡Ni que le hubiera pedido prestada su mujer! Por otra parte, creo que ella me lo hubiese agradecido, siendo él como es. Pero, no. «Tienes que quedarte aquí, dice, porque estamos faltos de gente.» —Se encogió de hombros y continuó—: ¿Pues qué habrían hecho si yo no hubiese vuelto? Te lo diré bien claro: tampoco estaría aquí; y esto, que está más claro que el agua, no hay manera de que Manuel lo admita. Además, todos estarían muertos de hambre, comiendo ratas, o estiércol, o piedras.
Yo seguí sin decir nada, pero a Gato Gordo le tenía sin cuidado que hablase o callase.
—Después de todo lo que hice por ellos aún tienen la cara dura de dudar que soy propietario de un magnífico animal.
Puso el rifle en el suelo y encendió un cigarrillo.
—Te digo, chico, que es más de lo que un hombre puede soportar.
Dio una chupada al cigarrillo. Yo eché una última mirada a mi alrededor. No se movía ni una hoja, y la noche llegaría antes de una hora, por lo que, según se me había ordenado, tenía que volver al campamento.
—Buenas noches, Gato —me despedí y empecé a bajar la colina.
A los pocos pasos miré atrás y le vi pensativo mientras el humo del cigarro le salía por la nariz. Seguí andando, y a mitad de camino del campamento oí el grito de un pavo silvestre. Se me hizo la boca agua, pues hacía tiempo que no comía carne de pavo. Estaba harto de todos los días comer buey salado.
—Glu… glu… glu… —dije, tratando de imitar la llamada de los pavos.
Y el pavo respondió con unos gritos guturales, pero esta vez me pareció que lo oía a mi izquierda; seguí buscándolo, dispuesto a no irme sin dar con él, y ya era casi de noche cuando vi que sacaba la cabeza entre las hojas de una mata. No sé quién de los dos se quedó más sorprendido, y durante un momento nos quedamos mirándonos como si viésemos visiones. El pavo levantó la cabeza, creo que para gritarme en son de protesta, pero no le di tiempo. Le arrojé el cuchillo con tan buena puntería que de un solo viaje lo descabecé. Se retorció y aleteó con furia varias veces, salpicándome de sangre la camisa, hasta que se quedó más muerto que un muerto. Era casi noche cerrada cuando me lo cargué al hombro, cogido por las patas y con el cuello caído sobre mi espalda.
Anduve sin prisas, y al entrar en el campamento vi cerca del corral a Manuel.
—¿Qué has estado haciendo? —preguntó malhumorado—. ¿No sabes que hay que volver al oscurecer?
Levanté el pavo tan alto como pude y se lo eché a los pies.
—¡Dax! —exclamó asombrado—, ¿dónde lo encontraste?
—Lo cogí cuando volvía del puesto de vigilancia.
Cogió el pavo y lo sopesó.
—Por lo bajo, quince quilos. ¡Estrella, mira lo que nos ha traído Dax! ¡Mañana tendremos un festín!
Pero no hubo festín, porque aquella noche nos sorprendieron los soldados.
Habrían pasado pocas horas desde que nos acostamos cuando se oyó el primer tiro. Salté de la cama y me calcé, sin tenerme que vestir, pues desde nuestro regreso me acostumbré a acostarme vestido, igual que los demás. Cogí el cuchillo que tenía debajo de la almohada.
Se oyeron unos gritos de mujer dentro de la casa, y en vez de dirigirme a la puerta me fui directo a la ventana y me eché de cabeza al vacío. Caí sobre el alero, rodé por el tejado posterior de la casa y de allí al suelo. Cuando me había alejado unos pasos vi que salían llamas de la casa, y eché a correr, mientras brillaba el chispazo de los fogonazos; llegué a la maleza y me escondí entre unos arbustos; entonces volví a mirar atrás.
En medio del resplandor de las llamas solo veía uniformes azules y rojos. Manuel y Santiago el viejo disparaban sus rifles desde un lado de la casa, y alcanzaron a un soldado que cayó muerto y a otro que se dobló con aullidos de dolor.
Entonces apareció otro por detrás de ellos y arrojó algo al aire, en dirección a Manuel.
—¡Manuel! ¡Cuidado! —le grité.
Pero nadie me oyó. Poco después, Manuel pareció que estallase en mil pedazos, mientras Santiago, al ver que ya no le quedaba una bala en el rifle, lo blandió como un garrote y se enfrentó con dos soldados que se le echaron encima… Desde donde yo estaba oí su alarido cuando una bayoneta le atravesó el cuello y la otra le atravesó los intestinos.
Corrí agachado siguiendo la zanja hasta la parte delantera de la casa, desde donde pude observar, y vi que Amparo corría chillando de terror y sin más ropa que un camisón; pasó cerca de mí, y la agarré por una pierna, haciéndola caer al suelo; entonces me le eché encima, tapándole la boca antes de que pudiera chillar de nuevo. La llevé hasta la zanja.
Sus ojos, dilatados por el terror, me miraban sin reconocerme. Acerqué mi rostro al suyo.
—No hables; soy Dax.
El terror desapareció de su cara y me miró en silencio. Entonces le quité la mano de la boca.
—Estate aquí quieta. Voy a echar otro vistazo.
Levanté cautelosamente la cabeza. A unos cuatro pasos de distancia me miraban los ojos sin vida de Santiago el joven, y cerca de la casa había otros muertos. Los soldados estaban todavía allí. Una mujer corría gritando con la falda encendida y detrás de ella iba Eduardo llorando:
—¡Mamá, mamá!
Se oyó un disparo y ella cayó al suelo, y un nuevo disparo derribó a Eduardo, cayendo encima de su madre; un soldado se acercó a ellos y les clavó la bayoneta con saña varias veces.
De repente alguien salió de la casa corriendo y gritando, esgrimiendo un machete y dirigiéndose al soldado. Era Roberto. El general se hubiera sentido orgulloso de él. Su rostro no reflejaba el más mínimo temor; solo odio.
Cogido por sorpresa, el soldado se volvió rápidamente intentando huir, pero era demasiado tarde. Roberto descargó el machetazo con toda su fuerza, arrancándole un brazo; el soldado cayó aullando al mismo tiempo que se oía un disparo detrás de él, y Roberto dio un trágico bote en el aire, como si lo sostuviesen desde arriba; seguidamente cayó al suelo, como un fardo, cerca de los cuerpos de su hermano y de la mujer.
Ya no se oía más ruido que el de la madera que crujía por el fuego, cuando de repente gritó una mujer. A un costado de la casa vi a tres mujeres rodeadas de soldados. En medio estaba la madre de Amparo, sosteniendo a la de Roberto; la mujer de Manuel tenía el rostro como la piedra, sin expresión alguna.
Entonces apareció un oficial. No le vi el rostro, pero así que empezó a hablar lo reconocí inmediatamente. Por años que viviera nunca olvidaría su voz.
—¿Han muerto todos?
—Sí, coronel —respondió el sargento—. Quedan estas mujeres.
—Haced lo que queráis con ellas, pero recordad que al irnos tienen que estar muertas. He jurado que ningún traidor vivirá.
—Sí, coronel.
El coronel desapareció por la esquina de la casa. Desnudaron inmediatamente a las mujeres y las echaron al suelo, con los miembros esparrancados, mientras todos se colocaban en fila esperando su turno. Percibí un movimiento a mis espaldas. Era Amparo, cuyos ojos inquisitivos se clavaron en mí.
—¿Qué están haciendo? —me preguntó.
Yo sabía lo que hacían: violarlas y matarlas. Como de costumbre. Pero comprendí que no serviría de nada decírselo. ¿Qué podía saber una niña de lo que hacen los hombres cuando guerrean?
La empujé al fondo de la zanja.
—Nada importante —murmuré.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó temblando y presa del miedo de nuevo.
La cogí de una mano y fuimos hasta el puesto de observación, pero cuando llegamos no había nadie. Gato Gordo tampoco estaba. De repente comprendí adonde habría ido: a Estanza, a buscar el garañón negro.
Miré hacia el sur, sin ver nada ni a nadie, pero yo estaba convencido de que si nos dábamos prisa lo alcanzaríamos. La noche iba ya muy avanzada y no tardaría en salir el sol.
Amparo, con solo su camisón, se estremeció al sentir el frío de la madrugada.
—Tengo frío —dijo temblando dentro de su fino camisón.
Gato Gordo me había enseñado lo que tenía que hacer; me quité mi gruesa camisa india y la abrigué. Amparo era tan pequeña que la prenda le llegaba a las pantorrillas. Después la obligué a que se pusiese mis zapatos, pues iba descalza.
—Ahora —le dije dando a mi voz un tono de seguridad— tenemos que andar un poco, y luego descansaremos, cuando salga el sol.