Los aventureros
Capítulo XIV
catorce
Sue Ann estaba triste por ella y por Sergei. Todo había acabado entre los dos, y en ciertos aspectos hacía tiempo. Si al menos no hubiera quedado encinta… o no hubiese tenido tanto miedo a un aborto…, o hubiese vigilado el calendario y hubiera obrado antes…
Sin embargo, todas estas consideraciones resultaban demasiado tardías y carecían de consuelo. Pero lo que más lamentaba era la situación de la niña.
Había deseado amar a la criatura, abrazarla, cuidarla y jugar con ella. Pero cuando la vio con aquella expresión vacía no pudo. Se ponía enferma al contemplar su descolorido rostro. Silenciosamente apartaba a su hija y la enfermera la ponía en la incubadora.
Sue Ann se echó sobre la cama con el rostro bajo la almohada y cerró los ojos. Había pasado mucho tiempo, demasiado, desde que era niña.
Su padre no estaba nunca en casa. Solo le veían para Navidad y en otras escasas ocasiones por tratarse de alguna fiesta. El resto del tiempo estaba absorbido por su trabajo, metido en los almacenes. Su vida se reducía a un rótulo Daley Penny Savers, lo mismo que fue la de su padre.
Su madre, una de las bellezas de Atlanta, se quejaba a menudo de que su hija hubiera heredado la robustez y el aspecto físico de su marido, que era alto y gordo, y nada de la belleza que siempre distinguió a las mujeres de su familia.
A los catorce años era más alta que la mayoría de los chicos de su clase de la escuela superior, y entonces empezó su lucha contra la tendencia a engordar, agravada por un hambre insaciable. Además, con la aparición de la regla se le llenó la cara de un acné típico.
Recordaba las lágrimas que vertió ante el espejo y su repugnancia a mostrarse delante de nadie, y mucho menos ir a la escuela. Pero su madre la obligó y aun ahora le parecía sufrir la humillación de ver cómo los chicos se reían ante su rostro lleno de granos que trataba de disimular con pomadas especiales. Al cabo de un tiempo empezó a odiar a sus condiscípulos por su crueldad, pero también sentía una excitación interior en cuanto se le acercaban o simplemente le hablaban. Incluso entonces, su reacción sexual era tan intensa que por mucho que se esforzara en dominarse no tardaba en sentirse totalmente humedecida, por lo que el temor de que se lo notaran la mantenía en perpetuo terror.
Ya había perdido la noción de cuándo y cómo empezó a masturbarse, pero recordaba muy bien el alivio que ello le proporcionaba así como la dulce laxitud que la invadía después. Fue por aquel tiempo cuando se vio libre de las tensiones o del deseo de atiborrarse de comida. Recordaba cuán agradable era quedarse tranquilamente en cama por la mañana después de haberlo hecho, cerrar los ojos e imaginarse que se había convertido en una belleza. Un día su madre entró en la habitación y la sorprendió.
Sue Ann todavía recordaba la expresión, mezcla de asombro y furia, reflejada en el rostro de su madre al verla a ella desnuda en la cama, las rodillas levantadas y activos los dedos. Sin casi darle tiempo a detenerse, su madre había cerrado la puerta de golpe y la estaba azotando con un cinturón de cuero arrebatado de sobre el tocador.
El primer fustigazo que hirió su carne desnuda le produjo una sensación de intenso y casi placentero dolor. Gritando, se volvió boca abajo tratando de rehuir los furiosos azotes. Percibía el escozor de los verdugones que aparecían en su espalda, nalgas y piernas. Un fuego interior la recorrió y, de repente, se encontró chillando y retorciéndose en la agonía del orgasmo, el primero de verdad que había experimentado en su vida.
A pesar de ello todavía oía a su madre que sin cesar de pegarle con el cinturón gritaba iracunda:
—¡Puerca asquerosa! ¿Es que quieres que tus hijos sean idiotas? ¿Es eso lo que quieres?
Y así una y otra vez hasta que los gritos se fundieron con su dolor y lágrimas. Idiotas, idiotas, idiotas…
La única consecuencia que sacó de aquella experiencia fue cerrar con llave su habitación cuando estaba sola. Nada más se interpuso en su preocupación por su propio cuerpo. Y así siguió hasta que tuvo su primera experiencia sexual con un muchacho, a los dieciséis años. En realidad, de haber dependido de ella, la cosa hubiera sucedido antes; pero al principio no conseguía atraer a los chicos. Y cuando por fin lo logró, encontróse con la fuerte resistencia de ellos a actuar, quizá por temor a la encumbrada posición de la familia de ella o porque aún les quedaban restos de caballerosidad a los muchachos sureños.
Finalmente, la desfloración tuvo lugar en el asiento trasero de un coche descapotable aparcado en una oscura vereda de la localidad, frecuentada por los enamorados, a la salida de un baile en el instituto. Antes de que el muchacho se diera cuenta, o casi, las cosas habían llegado tan lejos que ya no podía rajarse. Sin embargo, en el último momento el chico vaciló aún.
—¿Por qué te paras? —preguntó ella airadamente.
—No sé, Sue Ann. De verdad, ¿crees que debemos seguir?
Ella estalló en un alarde de factibilidad pragmática.
—¿Es que no vas a cansarte nunca de que sea yo quien te trabaje?
Y al final fue casi como si lo hubiera tenido que hacer ella misma, pues le guio para que la penetrara. Sin embargo, cuando él se encontró con la obstrucción del himen se detuvo de nuevo.
—No puedo entrar más —murmuró.
Por entonces ella estaba ya medio enloquecida. La idea de haber estado a punto de conseguirlo para acabar luego en nada la sacaba de quicio. Le clavó las uñas en las nalgas del muchacho.
—¡Empuja más fuerte, maldito!
El muchacho dio una última embestida y el hecho fue consumado. Un momento más tarde, tras el orgasmo, empezó a retirarse.
—¿A dónde te imaginas que vas? —le preguntó ella.
—Estás sangrando. No quiero hacerte daño.
—No me haces daño.
—¿Estás segura?
—Claro que estoy segura. Venga, házmelo otra vez. Date prisa, lo quiero. ¡Házmelo, demonios! ¡Aprisa!
Al cabo de poco tiempo el acné desapareció y ya no tuvo necesidad de cerrar la puerta de su cuarto. Los muchachos se sucedieron sin tregua y por primera vez se abrió ante ella un nuevo y maravilloso mundo. Los correazos y palabras de su madre se le olvidaron o eso creía ella, hasta la noche en que nació la niña.
Recordaba como si se hubiese sumergido a través de una niebla y tratase de emerger de ella y cuando recobró los sentidos se encontró en la sala de partos. Desde la mesa donde estaba tendida vio al médico y a dos enfermeras atareadas en un rincón; vagamente se preguntó qué estarían haciendo, pero al darse cuenta de repente, gritó:
—¡Mi bebé!
Intentó levantarse, pero las ligaduras que la sujetaban a la mesa se lo impidieron.
El médico dijo entonces algo a una de las enfermeras, la cual se le acercó.
—Estese quieta y descanse.
—¿Qué pasa con mi bebé?
—Nada; descanse. Todo va bien.
—¡Doctor! —gritó incorporándose de nuevo, pero la enfermera la obligó a tenderse—. ¿Qué pasa con mi criatura?
Después de un momento el doctor se le acercó preocupado.
—¡Ha muerto! —gritó ella.
—No, la criatura está bien; pero ha surgido un inconveniente.
—¿Cuál?
—Tenía el cordón umbilical enredado en el cuello.
La enfermera que estaba delante de la mesa del fondo se apartó, y Sue Ann vio la carita de la pequeña cubierta con una máscara de oxígeno.
—¿Qué están haciendo?
—Le damos oxígeno. Ahora trate de descansar.
Sue Ann le cogió una mano.
—¿Por qué? —apremió.
—En estos casos el oxígeno es necesario. Ninguna precaución es excesiva.
La asaltó un presentimiento.
—La criatura es deforme, ¿verdad? O es el cerebro lo que… Dígame la verdad, doctor.
El doctor respondió evasivo:
—En estos casos nunca se sabe…
Ella lo miró con ojos desorbitados. El médico podía no estar seguro, pero ella sí. Del fondo de su memoria surgían las palabras de su madre: «¿Quieres que tus hijos sean idiotas?»
Cerró los ojos sintiendo que la invadía un dolor sordo. Como siempre, su madre tenía razón.
—¿Doctor?
—¿Sí?
—Doctor, no quiero tener más hijos. ¿Puede usted…?
El doctor vaciló antes de contestar.
—Puedo, pero ¿no cree que primero sería mejor que hablara con su marido?
—¡No!
—Ha sido un accidente —prosiguió el médico—. Y es muy probable que no vuelva a sucederle. Es un caso entre mil. Tenga en cuenta que si le ligo las trompas, luego ya no se puede deshacer. Entonces… ¿Y si quiere tener otro niño?
—Lo adoptaré. Es la única forma de estar segura de lo que tendré.
El doctor observó su rostro unos segundos y seguidamente hizo una señal a una enfermera, la cual acercó una mascarilla de cloroformo y se la aplicaron sobre la nariz. Aspiró profundamente y sintió que la habitación empezaba a retroceder mientras apretaba con fuerza los párpados para que no saliesen las lágrimas. Después de un agudo dolor se desvaneció con un último pensamiento:
«¿Por qué su madre tendría siempre razón?»