Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 122 de 150

Páginas del PDF

Los aventureros

Capítulo IX

nueve

 

Pasaron dos semanas sin que supiese nada de Beatriz. Varias veces me sorprendí al verme cogiendo el teléfono, pero me contenía al instante. Cuando nos viésemos tendría que ser por su deseo. Pasé varios días y noches muy ocupados, examinando, en el despacho que el Presidente me había destinado en palacio, informe tras informe sobre la situación económica del país, a fin de tener una idea más o menos real.

Una noche en que estaba estudiando el resumen final el Presidente entró, y, mirando por encima de mi hombro, me preguntó:

—¿Qué juicio sacas de eso?

—Si los informes de los economistas son exactos, tenemos aún una posibilidad.

—La tenemos si conseguimos algunas aportaciones. ¿No has sabido nada más de nuestro amigo?

Sabía que se refería a George Baldwin.

—No.

—Me pregunto qué estarán esperando.

—No sé…

—Quizá si fueses a Nueva York sin esperar que ellos te llamen…

—Los americanos son gente muy especial —le observé—. No les gusta que los acosen con peticiones de préstamos si ellos no los han ofrecido antes.

—Pero si no irás a Washington, sino a Nueva York. Tienes perfecto derecho a ir allí, puesto que eres nuestro representante en las Naciones Unidas. Una vez te hayas hecho cargo de la situación, tanteas el otro asunto.

—Es una buena idea.

No pasaba día sin que me diese muestras de su sabiduría política, por lo que en este sentido mi admiración era mayor cada vez. Era viejo pero lejos de ser estúpido.

—Es mejor que estarte aquí sin hacer nada. ¿Cuándo te irás?

—Quizá el martes o miércoles próximos. Hay algunos asuntos que quiero dejar resueltos antes del sábado.

—¿No has sabido nada de esa muchacha?

Hice un gesto negativo con la cabeza y él se encogió de hombros filosóficamente.

—¿Y de su padre tampoco?

—Tampoco.

—No aceptarán —dijo con desdén—. Todos los gusanos temen la luz del día.

No le respondí. No valía la pena decirle que si las anteriores amnistías habían terminado con la muerte de los perdonados, no había razón para que no creyeran que la de ahora era igual que las demás. Me dio unos suaves golpecitos en la espalda y agregó:

—Ya aprenderás. Tenías que haber matado al tío cuando tuviste la ocasión. Es el único lenguaje que entienden.

Dio unos pasos para irse, y cuando estaba cerca de la puerta exclamó:

—Buena suerte con la muchacha.

Salió y cerró la puerta. Hubiera sido inútil decirle que en aquel fin de semana Beatriz no figuraba en mis planes. Tenía otros proyectos y los llevaría a cabo solo.

Pensaba pasar aquellos días en mi hacienda, con el recuerdo de los míos, y quería arreglar yo mismo el pequeño cementerio, lo que me llevaría un par de días de trabajo. Alrededor de las tumbas plantaría flores de las que sabía que le gustaban a mi madre.

 

Oí el motor del coche doblando la curva antes de llegar a lo alto de la colina, y dejando la azada cogí el rifle que tenía siempre a mano por lo que pudiera suceder; me puse al acecho desde un sitio que dominaba todo el patio de mi casa sin que nadie pudiese verme.

Martínez se había ido hacía una hora a su choza y Gato Gordo no regresaría hasta el día siguiente. Como esta vez habíamos llegado solos, lo mandé a la ciudad para que viéndolo a él no creyese nadie que yo estaba fuera. Si se sospechaba que me había ido, pronto se correría la voz y no costaría nada averiguar adónde, y el teniente Giraldo se presentaría inmediatamente ante el miedo de perder su cargo por abandono del deber.

Vi el coche cuando ya vencía las últimas estribaciones y oí sorprendido los dos toques de claxon con que me avisaba Gato Gordo su llegada. Entonces bajé por el atajo y me dirigí a la casa, y quitando los cartuchos del fusil me lo colgué al brazo. Me dolía todo el cuerpo, pues hacía mucho tiempo que no cogía la azada ni ningún apero, pero estaba contento. El pequeño cementerio pronto volvería a parecer el de tantos años atrás.

Me detuve en el porche y esperé que el coche llegase. Tenía que tratarse de algo muy importante para que Gato Gordo viniese un día antes de lo acordado. Entonces vi que otra persona iba a su lado.

Antes que Gato, salió Beatriz del coche, la cual se quedó unos instantes inmóvil y mirándome. Supuse que mi aspecto debía ser lamentable, medio desnudo, sucio y con el fusil en la mano. Sin embargo, antes de que yo dijese nada, ella rompió el silencio.

—No te enfades. He obligado a Gato Gordo a que me trajese.

La sorpresa no me dejaba hablar, y ella prosiguió:

—Leí en los periódicos que te vas a Nueva York el martes, y no he querido que te vayas sin verte antes. Llamé a tu teléfono del hotel y nadie contestó, pero esta mañana he encontrado a Gato Gordo y le he dicho que si no me traía yo vendría sola.

—Podías haber esperado —le dije sin dar un paso—. El lunes volveré a Curatu.

Sus ojos, al mirarme, eran tan verdes como las hojas de la selva.

—Ya lo sé —respondió con voz temblorosa—. Pero he esperado demasiado y ya no podía más.

Entonces me acerqué a ella. Llevaba unos pantalones que la hacían parecer más delgada y una camisa de hombre con las mangas subidas, dándole el aspecto de una muchacha vestida con las ropas de su hermano. Lo único que desmentía esta impresión era la curva de sus senos.

—¿Qué has esperado? —le pregunté.

Ella me respondió en un tono que tenía algo de reto.

—Que me llamases, pero recordé lo que me dijiste: «Solo los niños no saben pensar. Las mujeres y los hombres piensan por sí mismos».

—¿Y qué es lo que piensas?

Se ruborizó intensamente.

—Pienso…

No siguió. Bajó los ojos y se me fue acercando. Ya a dos pasos de mí, murmuró:

—Pienso que me he enamorado de ti.

Y se echó en mis brazos.

 

Encendí el puro mientras la contemplaba acodada en la barandilla de la galería y mirando al espectáculo de la noche estrellada. Se volvió hacia mí diciendo:

—Ahora comprendo por qué amas tanto este sitio. Es tan hermoso que debes de sentirte como si fueras el único habitante sobre la tierra.

Le sonreí y le dije:

—Para mí es más todavía. Es mi casa. Nací en la habitación de ahí arriba, frente a la escalera, y mi padre, mi madre y mi hermana duermen el sueño eterno en esa cálida tierra que hay detrás de la casa. Mis raíces están aquí.

Se sentó a mi lado y me cogió una mano.

—Mi padre conoció al tuyo. Dice que era un gran hombre.

Contemplé cómo la suave brisa nocturna rizaba las altas hierbas de los campos vecinos.

—Mi padre…

Y me callé, sabiéndome incapaz de encontrar palabras para explicar su bondad, la ternura de su corazón y la generosidad con que acogía a su prójimo. Después de mirarla un instante le dije:

—Mi padre fue un verdadero hombre. Para todos encontraba excusas, menos para él.

—Tú eres igual.

Luego de un silencio me levanté rompiendo el encanto.

—Ya es hora de irnos a dormir. Los campesinos tenemos que levantarnos con el alba.

Beatriz se levantó vacilante. Noté su nerviosidad y sonreí. Era todavía más niña de lo que se imaginaba.

—Te he destinado la habitación de mi hermana. Gato Gordo la ha preparado para ti.

 

Estaba yo en mi cama y en medio de la oscuridad llegaban a mí el ruido del agua que vertía en la palangana y su voz suave entonando una canción. Esta vez no era un sueño. Gato Gordo tenía razón. Con su gorjeo, ella animaba la casa. Los fantasmas ya podían yacer tranquilos.

Sonreí y cerré los ojos. No tardé en dormirme. Sin embargo, me desperté poco después con la sensación de que había alguien en mi habitación. Traté de incorporarme y mi mano tropezó con la firme curva de su pecho. A través del fino camisón noté el pezón erecto y reventón.

Con el aliento casi me dijo:

—A mí me previnieron contra ti. ¿Pero nadie te previno contra chicas como yo? No he venido aquí para estar sola…

Su fuego y el mío se fundieron en una misma llama. En su máxima expresión, el amor fue el acontecimiento más feliz de mi vida, el primero para ella y, en cierto modo, también para mí.

Fue la primera vez que una mujer, vencida y triunfante en mis brazos, y estremecida por el dolor y la dicha, me gritó al oído:

—¡Dame un hijo tuyo, amor mío! ¡Lléname de hijos tuyos!