Los aventureros
Capítulo XXI
—Lo siento, pero no puedo hacer nada.
Dax observó al hombrecillo de ojos azules y rostro angelical. Más parecía un apacible tendero que el hombre que sucedió a sir Peter Vorilov. Miró a los dos silenciosos guardaespaldas que, atentos al menor movimiento suyo, permanecían apoyados contra la pared.
Barry Baxter consiguió quedarse con la antigua casa de Vorilov en lo alto de la colina, desde donde dominaba Mónaco, la ciudad, el puerto y el mar. Miró de nuevo al americano.
—Yo también lo siento, mister Baxter. Muchos hombres morirán innecesariamente debido a eso.
—Yo no soy responsable de nada. Solo soy un negociante y opero sobre la base de cash and carry (Pago al contado y transporte a cargo del comprador) Pero lo que se haga con la mercancía ya no es cosa mía.
—Informaré al Presidente de nuestra conversación —dijo Dax levantándose.
Baxter también se levantó.
—Usted comprende mi posición, ¿verdad? Si empezara a seleccionar mis clientes, significaría tomar partido por unos u otros, y eso no me conviene.
Dax se dirigió hacia la puerta, y Baxter, dando la vuelta a la mesa de su despacho, lo acompañó diciéndole:
—Dígnese informar a Su Excelencia de que tenemos una partida de armamento muy apropiado para la lucha de guerrillas, y que las condiciones serían muy ventajosas.
Como por una señal invisible, la puerta se abrió y en el pasillo aparecieron otros dos guardaespaldas.
—Buenos días, mister Baxter —se despidió Dax con fría corrección.
Se detuvo al oír que Baxter, de quien se separaba sin tenderle la mano, le decía algo más.
—Y si hay algún otro asunto en el que yo pueda serle útil, por favor, no dude en llamarme.
La puerta se cerró a sus espaldas, y Dax, pensativo, atravesó el amplio vestíbulo y salió afuera. Ya supuso desde un principio que no conseguiría ninguna ayuda de Baxter. Los envíos de armas tenían que detenerse de algún modo, y lo más práctico hubiera sido hacerlo antes de que entraran en el país, pero precisamente ahí radicaba el problema. El armamento entraba en tal cantidad que no era posible que se llevase en barcas, por lo que los bandoleros tenían que haber encontrado un medio más eficaz.
El chófer se apresuró a abrirle la puerta. Al sentir una ráfaga de aire frío miró al cielo y lo vio cubierto por las espesas nubes que el viento traía de la costa italiana, comprendiendo que con el fin de setiembre empezarían las lluvias y el mal tiempo. Siempre ocurría así en la Riviera.
—¿Vamos al hotel, monsieur? —preguntó el chófer.
—Oui.
El coche se detuvo un momento en espera de que el portero abriera la verja de hierro. El automóvil arrancó suavemente y atravesó el portal. Por encima de su hombro Dax miró distraídamente las blancas columnas de piedra y, súbitamente, se irguió en su asiento. Fue el escudo de armas de Vorilov, todavía cincelado en la piedra, lo que le recordó algo que Sergei le dijera en cierta ocasión, informándole que cuando estuvo de secretario del viejo sir Peter, oyó que Marcelo era su agente en Macao, y que así había ganado el dinero para comprar los buques japoneses.
Se quedó mirando en silencio la casa. Marcelo se quejaba con frecuencia de que sus barcos regresaban a Corteguay en lastre. ¿Habría hallado la manera de aumentar los fletes? Evidentemente no le costaría ningún esfuerzo llevar armas en sus barcos. Prácticamente tenía entrada libre en el puerto, y era la única línea autorizada para entrar en Corteguay. El mismo Presidente era el accionista más importante.
Alrededor de medianoche acabaron de cenar en el casino, y la lluvia seguía batiendo contra los cristales de las ventanas del comedor, que daban sobre el mar.
—Esta noche siento que me ronda la suerte —dijo Sue Ann.
Dax le sonrió.
—Te están esperando.
—Voy un momento al salón de señoras y en seguida vuelvo. Estoy dispuesta a hacer saltar la banca en Montecarlo, Dax se levantó al salir Sue Ann, y al sentarse de nuevo le hizo seña al camarero para que le sirviese otro café. Poco después se le acercó el maitre discretamente.
—¿Monsieur Xenos?
—Oui.
—Lo llaman al teléfono.
Dax fue a la cabina y cogió el teléfono.
—¿Mío?
Oyó una voz delgada y metálica.
—Mister Xenos, soy Barry Baxter.
—Diga, mister Baxter… —la voz de Dax sonó ceremoniosa.
—¿Usted tiene un Ferrari con matrícula de París?
—Sí.
Baxter vaciló unos instantes.
—Ha habido un accidente en la Grande Corniche.
—¿Grave?
—Bastante. Hay dos muertos. Dax se estremeció.
—¿Sabe quiénes son?
—Todavía no. Me acabo de enterar por la radio.
—¿Dónde es? Voy al instante.
—Con esta lluvia no lo encontrará. Será mejor que vaya yo a recogerle.
Dax colgó el teléfono. Los americanos eran gente extraña. Si se trataba de negocios no movían un dedo en favor de uno, pero si el asunto era personal la cosa cambiaba. Volvió a la mesa y le dijo a Sue Ann lo que sucedía.
—Voy contigo —decidió ella.
—No. No quiero llamar demasiado la atención. Tú te vas al casino y yo volveré tan pronto como pueda. —No estaré tranquila.
—Haz lo que te digo. Siempre será mejor que estar despierta en la habitación preguntándote qué habrá ocurrido.
El Rolls-Royce subió la carretera hacia la Grande Corniche. Dax le preguntó a Baxter:
—¿Alguna otra noticia?
—No —respondió Baxter—. Tampoco la habrá. Le dije al chef de pólice que nos dirigíamos hacia allá y suspendió las llamadas por radio.
Dax miró con disimulo a Baxter. Una cosa era evidente: no se trataba de ningún estúpido. Instintivamente hizo lo mismo que habría hecho Dax. El coche siguió subiendo, llegó a la cornisa, cogió hacia Niza y a unos dieciséis kilómetros después de Montecarlo se metió por una carretera de segundo orden que llevaba al mar.
—Esta carretera es un atajo para ir a la Moyenne Corniche —dijo Baxter—. El accidente ha ocurrido en la próxima curva.
Vieron las luces de la policía cuando el coche dejó la última curva, e inmediatamente redujo la marcha, hasta detenerse.
El jefe de policía apareció casi antes de que el chófer abriese la puerta.
—¿Monsieur Baxter? —preguntó respetuosamente.
Baxter hizo un gesto señalando a Dax.
—C’est lui le patron de la Ferrari, monsieur Xenos.
El policía se dirigió a Dax con expresión sombría.
—Lo lamento, pero su coche está totalmente destrozado, monsieur.
—No me preocupa el coche —respondió Dax.
Dax, sin resguardarse de la lluvia, fue al lugar del accidente. Los pocos policías que había lo dejaron pasar, y llegó hasta el Ferrari, estrellado contra un árbol. Dio una vuelta alrededor del coche y vio el trágico cuadro: debajo del volante y con los brazos sobre el asiento, el cuerpo de un joven.
Un policía que se le acercó por detrás le dijo:
—Il est mort.
Dax se inclinó para ver bien la cara del muerto, y no dudó ni un segundo: aquel rostro sin apenas un rasguño pero con los ojos abiertos era el de Kevin. El jefe de policía se había acercado a Dax.
—No parece que haya muerto del accidente —murmuró Dax—. ¿Cómo habrá ocurrido?
—Regardez —le indicó el jefe de policía.
El vientre del muchacho, debajo del volante, era un gran charco de sangre que ya se estaba coagulando. Dax le preguntó al policía.
—¿Pero cómo ha podido suceder? El volante está intacto.
—Se desangró hasta morir —le contestó en un tono frío, sin inflexiones, y añadió —: Venga conmigo.
Dax lo siguió silenciosamente. Cerca del coche yacía otro cuerpo, con el abrigo y el vestido empapados por la lluvia y cuyo rostro lo tapaba un pañuelo. El policía levantó el pañuelo y Dax vio el rostro moreno y congestionado de un hombre.
—No es una muchacha —aclaró el jefe de policía en su tono impersonal. Y añadió—: C’est un travestí de Juan-les-Pins. Tenían que estar locos para intentar una cosa así en esta carretera y lloviendo.
Silenciosamente Dax fue al coche de Baxter, quien al ver su abatimiento sacó una botella de whisky y un vaso.
—Tome un trago. Lo necesita.
Dax cogió el vaso y lo apuró de un golpe. Aspiró profundamente.
—Gracias. El accidente ya es bastante tragedia. Yo le agradecería que no se divulgaran los detalles.
Baxter le dirigió una mirada aguda.
—Con esta lluvia es mejor que nos metamos en el coche. Hablaremos mejor dentro.
El jefe de policía también entró con ellos.
—Las fotografías ya se han tomado. Se trata de una prescripción legal.
—Comprendo —dijo Baxter—, pero ¡qué desgracia que nadie se diera cuenta de que la máquina de retratar estaba averiada!
—Los periodistas harán preguntas —continuó el policía—; y mis hombres no ganan un gran sueldo.
—Comprenderá usted —agregó Dax— que no les dejaremos sin la recompensa que merecen por su cooperación.
El policía meditó unos instantes, y en seguida dijo:
—Haremos como ustedes deseen. Verdaderamente, y como ya han dicho, la tragedia en sí ya es suficiente, para que, además, se permita que trascienda.
Dax recordó en aquel momento al hermano del senador.
—Cuando se fueron de París les acompañaba otro muchacho y una chica.
—Solo estaban esos dos en el coche, monsieur. Mis hombres han buscado por toda esta zona.
—Tengo que localizar al otro chico. Se habrán detenido en algún sitio y estos siguieron solos.
—Los buscaremos, monsieur —prometió el policía, y se dirigió al coche-patrulla, desde donde, después de dar unas instrucciones por radio, volvió a informarles.
—La gendarmería de Antibes me comunica que a las diez de esta noche vieren el coche en la villa de monsieur Hadley y que cuando salió solo iban dos jóvenes.
Dax, quizá por primera vez, agradeció la eficiencia de la policía francesa. Miró a Baxter haciéndole un ruego con los ojos, y aquel lo entendió en el acto.
—Podemos ir en seguida.
—Muchas gracias —y dirigiéndose al policía Dax añadió—: Merci. Le llamaré en cuanto haya hablado con la familia del muchacho, en Estados Unidos.
—Exprese a monsieur Hadley nuestra mayor condolencia.
—Lo haré; gracias.
El coche dio la vuelta y subió por la carretera hasta que llegó a la Grande Corniche, enfilando directamente hacia Niza.
—Parece que deja de llover.
—Sí —respondió mecánicamente Dax.
Así que llegase a la villa llamaría a Sue Ann para que no le esperase, pues lo primero que haría sería tratar de que el hermano del senador fuese en el primer avión que saliese de Niza.
—Es una tragedia terrible —dijo Baxter.
—Sí.
—Siento mucho no haberle acompañado al lugar del accidente, pero nunca he podido resistir el ver la sangre.