Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 22 de 150

Páginas del PDF

Los aventureros

Capítulo XXI

El palacio del Presidente estaba en el centro de la ciudad, ocupando dos manzanas y protegido por una muralla de unos cinco metros de alto que aislaba el edificio de los demás. Tenía dos entradas, una al norte, de cara a la cordillera que casi rodeaba la ciudad, y otra frente al mar. De hecho el palacio era una fortaleza. Durante el día los soldados montaban guardia delante de las puertas de hierro, y sobre el pasillo que remataba la gruesa muralla patrullaban centinelas día y noche.

Debido a un decreto de un antiguo Presidente, a quien le soltaron un tiro desde un edificio cercano cuando salía de su residencia para ir a los despachos, todas las casas de dos manzanas a la redonda fueron derribadas, y así se evitaba que hubiera ventanas indiscretas que fisgasen. Sin embargo, esto no evitó que ese Presidente fuera asesinado. Por liarse con una querida, su mujer, más despechada que ofendida, le disparó un tiro a los pocos meses.

Los soldados que montaban la guardia frente a la puerta que daba al mar saludaron cuando el gran coche negro entró en el patio, y yo los miré con la mayor indiferencia. El coche torció a la derecha y siguió hacia la Residencia, un edificio de piedra blanca, en el extremo sureste. Cuando el coche se detuvo, los soldados ni nos miraron casi, pues mis semanales visitas a Amparo las consideraban como de rutina.

El apartamento de Amparo estaba en el ala derecha del edificio, el de su padre a la izquierda, y entre uno y otro había varias salas de recibo. Me introdujeron en una gran estancia que formaba esquina, y que ella utilizaba como cuarto de estar, y, como de costumbre, tuve que esperar. La «princesa», como llamaban a Amparo, no era nunca puntual. Yo miraba a través de la ventana los campos vecinos cuando llegó seguida de su dueña. La vi llegar hacia mí con un precioso vestido blanco y el rubio cabello suelto sobre la espalda, y con la mano tendida imperiosamente.

Como de costumbre, se la besé.

—Amparo… —dije gravemente.

—Dax —respondió sonriendo—. Has sido muy amable viniendo.

Cada semana nos decíamos lo mismo, y esperamos que la dueña también soltase las palabras de costumbre, y no se hizo esperar.

—Niños, os dejaré para que juguéis.

Amparo no la retuvo, y la dueña salió cerrando la puerta; nosotros nos miramos y nos echamos a reír, y corrimos hacia la ventana, desde donde vimos cómo la dueña salía por la puerta lateral. Allí la estaba esperando Gato Gordo, uniformado, gorra en mano. Entonces los dos se dirigieron apresuradamente al pequeño apartamento que la dueña tenía en el edificio de la servidumbre.

Amparo se moría de risa.

—Toda la semana espera tu visita.

—La mía no —repliqué secamente.

Soltó de nuevo la risa y propuso:

—¿Vamos a verlos?

Hice un signo negativo, pues no me interesaba. Algunas veces íbamos al dormitorio de Amparo y, desde una ventana, a través de una claraboya que daba a la habitación de la dueña, los veíamos en la cama. Pero aquello era pesado, pues siempre hacían lo mismo, y yo no comprendía que Gato Gordo no se cansase, cuando a nosotros solo mirarlo ya nos fatigaba.

—Pues, ¿qué vamos a hacer?

—No sé —respondí, mientras continuaba mirando por la ventana.

—Pues estamos divertidos.

Me volví para mirarla. Tenía nueve años, y cada vez que la veía la encontraba más bonita. Y lo peor era que ella lo sabía. Sin embargo, vivía demasiado sola. No la dejaban salir más allá de la residencia. Ni siquiera para ir a la escuela, pues tenía maestros que se ocupaban de su instrucción.

Le permitían que cada tarde recibiese la visita de amiguitas escogidas, entre las cuales estaban las hijas del señor Moncada, pero como iban a una escuela privada, solo la visitaban una vez a la semana; los hijos de los aristócratas y los de los políticos locales también tenían su turno. Una vez al mes daba una fiesta para todos.

Aparte de esto, el mundo de Amparo se componía exclusivamente de adultos, lo que hacía que a veces pareciese mayor que yo. Estaba mucho más enterada de las cosas que ocurrían en el mundo y salpicaba su conversación con chismes divertidos, y algo maliciosos, sobre la gente.

Fuimos al sofá y nos sentamos.

—¿Qué te dijo monseñor?

Me quedé sorprendido.

—¿Cómo sabías que me llamó?

Ella soltó la risa.

—Por la dueña. Oí cómo decía que si no hubiera sido por tu padre, te habrían expulsado de la escuela.

—Y ella, ¿cómo se enteró?

—Por uno de los ayudantes de papá. Papá siempre pide tus notas.

El Presidente tenía otras muchas cosas más importantes en que pensar. ¿Por qué este interés por mis notas?

—Papá piensa mucho en ti. Dice que si mis hermanos hubieran…

—¿Quién es ese? —pregunté.

Amparo se encogió de hombros.

—Le he visto varias veces. Me parece que es el apoderado de la Cora.

Yo sabía quién era la Cora. Se trataba de la última de una larga serie de otras de su misma especie que habían desfilado por el palacete. Al Presidente le agradaba que le preparasen cosas.

—No creo que siga viniendo aquí mucho tiempo —añadió Amparo.

—¿Por qué?

—Creo que papá ya empieza a estar cansado de la Cora. Esta semana ha estado cenando conmigo casi cada noche —me explicó con un tono de voz levemente malicioso.

Todas las mujeres que en incesante procesión pasaban por el palacete, duraban poco; la que más, seis semanas, y a los pocos días llegaba otra. El general era hombre de gustos muy variados. La Cora era la que había durado más tiempo, casi dos meses.

—¿Cómo es?

—No es nada guapa —respondió Amparo con desdén.

—Yo he oído decir que lo es.

—A mí no me lo parece —insistió Amparo—. Tiene unas tetas grandísimas; hasta aquí.

Y acompañó sus palabras extendiendo los brazos ante ella en círculo.

—A mí me gustan las tetas grandes.

Ella se miró a sí misma. Las suyas solo empezaban a formarse.

—Yo también las tendré grandes —aseguró—. Más grandes que las de ella.

—Estoy seguro —le dije para contentarla.

—¿Te gustaría verla?

—Sí.

Entonces nos dirigimos a la entrada del palacete. El soldado de guardia saludó y nos abrió la puerta. Entramos en la casa y un mayordomo nos recibió. Amparo lo miró de arriba abajo y dijo:

—He venido a ver a la Cora.

El mayordomo se quedó indeciso, viéndose que no sabía qué hacer, pero mi amiguita, habituada a conseguirlo todo, exclamó impaciente:

—¡No estoy acostumbrada a esperar!

El mayordomo se inclinó.

—Perdóneme, princesa. ¿Quieren seguirme?

Nos condujo a las habitaciones destinadas a la amiga del Presidente, situadas en el ala izquierda; se detuvo ante una puerta, detrás de la cual se oía un leve murmullo de voces. El criado llamó con los nudillos.

Las voces cesaron y a los pocos momentos la mujer preguntó:

—¿Quién es?

—La princesa está aquí.

—¿La princesa?

—Sí, señorita. Desea verla.

Se oyó de nuevo un corto murmullo y la puerta se abrió. Una mujer alta, de grandes ojos negros y pelo del mismo color recogido en un moño, apareció en el umbral. Cuando vio a Amparo dio unos pasos atrás.

—Es un honor, princesa.

Amparo se metió en la habitación como si fuera la suya.

—Pensé que sería agradable tomar juntas el té.

La mujer dirigió una rápida mirada al hombre que estaba de pie cerca de la ventana. Este asintió imperceptiblemente. Llevaba una barba a lo Van Dyck y sus ojos negros brillaban en su delgado rostro.

—Será un placer, princesa —sonrió la Cora a la vez que daba unas palmadas. El mayordomo apareció en seguida—. El té, Juan, por favor.

Amparo dijo:

—Me gustaría presentarle a mi amigo don Diógenes Alejandro Xenos.

La Cora hizo un gesto de cortesía y yo me incliné.

—Tengo mucho gusto, señorita.

—¿Puedo presentarles a mi apoderado, el señor Guardas?

El apoderado se inclinó e hizo chocar los talones, como un militar.

—A su servicio.

Seguidamente se dirigió a la Cora.

—Me gustaría que convenciera al señor Presidente para que espere. Le he preparado un entretenimiento especial para esta noche.

—Esperará.

El señor Guardas se dirigió a la puerta excusándose.

—Ahora debo marcharme, pues tengo algunos asuntos urgentes.

Amparo asintió, y él, inclinándose de nuevo, salió. Le contemplé hasta que cerró la puerta, sin poder quitarme la impresión de que aquel individuo era o fue militar. Se le notaba en su porte, en su manera de andar.

La Cora cerró un poco su escotado salto de cama y se tocó el cabello con la mano, diciendo:

—Si hubiese sabido su visita, princesa, me habría puesto un vestido más presentable. Si es tan amable de esperar un momento me cambiaré.

—Desde luego.

No bien hubo desaparecido, Amparo me dijo:

—Tiene las tetas grandes, ¿verdad?

Entonces oí unas voces a través de la abierta ventana. Me asomé, pero no pude ver a nadie; sin embargo, oía algo de una conversación; por lo tanto, aunque no viese a ninguna persona, era evidente que había alguien debajo de la ventana. Una de las voces me pareció muy conocida.

«La bomba hay que ponerla en la mesa, exactamente a medianoche.»

La respuesta del otro fue apagada.

«Así se hará, excelencia.»

«Asegúrese bien, pues un error…»

Hubo un momento de silencio y los dos hombres aparecieron ante mi vista. Eran el mayordomo y el señor Guardas. El primero levantó una mano como despidiéndose y se fue. No era de extrañar que la voz me pareciera conocida, pues la acababa de oír hacía un instante. Busqué a Amparo con la mirada, y vi que estaba contemplándose en el espejo.

—¿Crees que mis tetas serán como las de la Cora?

—Sí —le contesté secamente.

Entonces, a través del espejo, se dio cuenta de mi expresión.

—¿Qué te preocupa?

—Por lo visto esta noche van a tener un entretenimiento por todo lo alto —dije—. Incluso tendrán fuegos artificiales en la mesa.

—¿De dónde has sacado eso?

—¿De dónde? Acabo de oír cómo el apoderado de la Cora le daba instrucciones al mayordomo. Quiere que la bomba esté puesta en la mesa exactamente a medianoche. Me gustaría saber qué clase de diversión van a tener.

La voz de la Cora llegó desde la puerta.

—Es una pequeña fiesta para el Presidente y algunos miembros del gabinete. Celebraremos el tercer aniversario de cuando se erigió en nuestro dirigente y benefactor.

—Ah… Entonces, es para eso lo de la bomba de medianoche.

La Cora soltó la carcajada.

—Lo dice de una manera que parece que se trate de algo trágico. Será una bola de helado.

—Es una excelente idea —dije—. Una bomba de helado.

Mirando a Amparo, la Cora añadió:

—Ya sabe lo que le gusta a su padre el helado.

En aquel momento el mayordomo entró con una bandeja.

—Tendrá usted que perdonarme —dijo Amparo repentinamente—. Ahora me acuerdo de que tengo que volver a la Residencia. ¿Vienes, Dax?

Miré a la Cora confuso y me fui corriendo detrás de Amparo, quien ya estaba fuera de la puerta.

—¿Por qué has hecho eso?

—¡La odio!

Los dos soldados volvieron a escoltarnos cuando nos dirigimos a la Residencia.

—¿Por qué? ¿Qué te ha hecho?

Me miró fríamente.

—Eres como todos los hombres. Solo veis un par de grandes tetas.

—No es verdad.

—¡Sí que lo es! Vi lo embobado que estabas, y sin saber mirar a otra parte.

—¿Y qué querías que hiciera? —pregunté enojado—. No había mucho más para mirar.

Estábamos ya cerca de la Residencia cuando se detuvo exclamando:

—¡A mí nunca me has mirado así!

—Bueno, mujer, ya lo haré —le prometí— cuando crezcas.

—¡Si fueras un caballero lo harías ahora!

La miré y no me pude contener: me eché a reír.

—¿De qué te ríes?

—De que no hay nada que mirar.

Vi que levantaba la mano para soltarme un bofetón, pero se la sujeté en el aire.

—¿Por qué quieres pegarme?

Sus ojos relampagueaban de ira.

—¡Te odio! —se soltó violentamente de mí y me dijo con desprecio—: ¡No quiero verte más!

Me encogí de hombros y empecé a andar hacia la salida.

—¡Dax!

—¿Qué?

—No me has besado la mano para despedirte —dijo tendiéndome la suya.