Los aventureros
Capítulo XII
doce
—¡Mi primo! —se lamentó el Presidente—. Sangre de mi sangre.
Le miré a través de la mesa del despacho. A pesar del brazal negro que llevaba, nada, ni en su tono ni en su aspecto, demostraba el menor sentimiento por lo sucedido.
—Tenías razón —continuó—; las armas vienen por barco. Nunca lo hubiera creído. Puse a mi primo al frente del puerto. Si no puedo confiar en un familiar, ¿en quién, entonces?
No había necesidad de responder. Sabíamos que el Presidente no confiaba más que en sí mismo.
—La dirección del puerto la llevará Hoyos, pasando desde hoy a la jurisdicción del ejército.
—¿Y los empleados de la aduana?
—Están en la cárcel. Iban de acuerdo con él.
—¿Lo comprobó?
—Hallamos las armas —replicó—. ¿Qué más pruebas quieres? Para desembarcar esas armas todos ellos tenían que saberlo.
—¿Y el capitán? ¿Qué se hará con él?
—Lo hemos soltado. ¿Qué otra cosa podía hacerse? Si él protesta ante la embajada americana se nos esfuman las posibilidades de obtener el préstamo de veinte millones de dólares.
Otra vez la razón de Estado. No podíamos permitirnos ninguna clase de jaleo. Desde la ventana me quedé mirando al puerto. El barco todavía estaba allí, pero zarparía con la marea de la tarde. Si solo se hubiera tratado de los barcos de Campion, con cerrarle la entrada al puerto estaba todo solucionado, pero enarbolaba nuestra bandera. ¿Y cómo negar la entrada a nuestros propios barcos? El contrabando de armas seguiría. Teníamos que encontrar otro medio para impedir que entraran.
El Presidente se me acercó diciéndome:
—Las cosas no son nunca sencillas. Cuando yo era joven creía que siempre sabría el cómo y el porqué de todo. Pero cuando vine a palacio vi que las cosas no eran tan fáciles. Asuntos que parecen de poca importancia pueden llegar a tener proporciones incalculables y estás siempre sometido a toda clase de presiones. Haz esto, haz lo otro, y las palabras que un día dijiste en un momento de ignorancia, se vuelven contra ti. Nadie sabe lo solitario y lo precario que es el sillón del poder, y lo poco que sabe el que se sienta en él.
—Cuando vaya a Nueva York hablaré con Campion. Quizá él consiga impedir los envíos de armas por medio de sus barcos.
—Hazlo, pero no creo que te sirva de nada. ¿Cómo puede verificar todos los cargamentos? Tendría que inspeccionar personalmente cada bodega y cada caja. Y si lo hiciera, ¿cuánto tiempo crees que iría adelante con sus negocios?
—De todos modos, hablaré con él.
—Empiezo a creer que no hay más que un camino para solucionar este estado de cosas: ponerme a la cabeza del ejército, y barrer a toda esa chusma de las montañas. No dejar ni la simiente de uno.
—No será una solución —repuse—. Tendría que matar también a las mujeres y a los niños, y no puede hacerlo. Incluso si no hubiera otro remedio, y el mundo entero se lo reprocharía horrorizado.
—Lo sé. Los americanos nos denunciarían como una dictadura y los soviets clamarían que somos una prolongación del imperialismo americano.
El Presidente respiró hondamente, y luego de un silencio prosiguió:
—No es fácil. Estoy sentado aquí con las manos atadas, mientras aumenta la cantidad de muertos y de agitadores. No puedo hacer más que defenderme, sin atacar nunca. Esta es una guerra sin solución.
—La amnistía…
—¿La amnistía? —me replicó mirándome—. ¡La amnistía es un fracaso! Ningún bandolero ni ningún revolucionario se ha presentado. ¡Ni uno! Nunca la aceptarán. Convéncete.
—Solo hace dos semanas que se promulgó —objeté—. Todavía están deliberando.
El Presidente se dirigió a su mesa, diciéndome secamente:
—Si persistes en hacerte ilusiones, allá tú. Yo prefiero atenerme a la realidad —se sentó pesadamente y continuó—: Tú fíjate en ese inmundo gusano al que le otorgaste la libertad. ¿Has oído hablar más de él? ¿O de su hermano, aquel cobarde traidor? ¿Y qué me dices de su hija?
No le contesté. Yo no podía decirle al Presidente que no habría descubierto lo de las armas si no hubiese sido por Beatriz. Para mí eso era prueba de que la amnistía sería por lo menos debatida y sopesada. Me detuve ante su escritorio.
—¿No pensará en suspender la amnistía?
—No tengo ninguna necesidad —respondió desdeñosamente—. No hay necesidad de anular una oferta que se ha hecho en público cuando particularmente uno sabe que nunca la aceptarán. Pero esta vez la responsabilidad del fracaso caerá sobre ellos.
Cambió de tema bruscamente y me preguntó:
—¿Qué piensas hacer con esa muchacha?
—No he pensado nada todavía.
—Pues será mejor que lo pienses pronto. Desde que la conoces me parece que has cambiado.
—¿Qué quiere decir?
—Que hace casi un mes que estás en Corteguay, y no has dado el más leve motivo de escándalo. ¡Todavía no ha venido a quejarse ningún padre ni ningún marido ofendidos!
Como de costumbre las cortinas estaban corridas cuando entré en la habitación.
—Amparo, me voy mañana. He venido a decirte adiós.
Me miró con expresión ausente y oí su voz como si llegara de muy lejos.
—Has sido muy amable, pero no tenías que haberte molestado.
—He venido para preguntarte si puedo hacer algo por ti.
—¿Por mí? —preguntó sorprendida—. ¿Por qué tendrías tú que hacer algo por mí?
—Por muchas razones, algunas de las cuales las sabes. Y principalmente porque no me gusta verte así.
Amparo me miró fijamente; sin embargo, su expresión era de indiferencia, como si hablásemos de una tercera persona.
—¿Te refieres a las drogas?
—Sí. Sabes que hay sitios en los que te podrías curar.
—¿Y por qué he de renunciar a la única paz que he conocido, Dax?
—Pero no es una paz real, Amparo, y lo sabes. Es solo ilusoria.
Amparo me miró de nuevo con una extraña calma.
—¿Qué quieres, que vuelva a la vida de antes? Torturándome yo misma, viviendo en continuo sobresalto, medio loca y ambicionando cosas que sabía que nunca conseguiría. No, gracias. No importa que solo sea una ilusión. Déjame que la conserve, Dax.
—Pero así no vives más que media vida.
—Media vida es mejor que la muerte.
Cogió un pliego de papel de su mesa y me preguntó:
—¿Sabes qué digo en este papel?
—No.
—He querido escribir una carta de condolencia a la familia de mi primo, expresándoles mi sentimiento por lo sucedido, y cómo lamento que tuviera que morir a causa de la ambición de mi padre.
La voz de Amparo tenía un acento imperceptiblemente histérico.
—¿Sabes cuántas veces he tenido que escribir a la familia de los hombres que mi padre ha matado? No puedo decírtelo porque he perdido la cuenta.
—Fue un accidente. No puedes culpar a tu padre.
—No fue un accidente. El único accidente fue el que tú te enterases de algo que no debías haber sabido. Desde aquel momento mi primo estaba condenado. Anoche fui a su casa. Su viuda ya viste de luto y sus hijos todavía no acaban de comprender que su padre se ha ido para siempre. No me atreví a entrar, sabiendo lo que sé. Regresé y desde entonces intento escribir esta carta.
Furiosa estrujó el papel y lo echó a la papelera; luego encendió un cigarrillo temblándole la mano. Poco después me dijo fríamente:
—¿Cómo puedes ser tan estúpido, Dax? La solución está en tus manos. Mátale, Dax, y todo se arreglará. Estoy por creer que él mismo lo espera y que el día que lo hagas te dará las gracias.
Aquella tarde fui a casa de Beatriz y la criada me dijo que se había ido con su tío, no sabía dónde, y que no le habían dicho cuándo volverían.
Fue a la mañana del día siguiente, al ir a despedirme del Presidente, cuando me enteré de que Beatriz y su tío habían salido el día anterior en el avión de Miami.