Los aventureros
Capítulo XXII
veintidós
Sentí que una mano ruda me sacudía el hombro. Di la vuelta y me tapé con las sábanas. Yo no quería ir al colegio, y estaba dispuesto a decir que no me encontraba bien.
—Despierta, Dax —era la voz de Gato Gordo, seca y apremiante.
Aún adormilado, la identifiqué en el acto. Era la misma que había oído en la jungla y en las montañas cuando amenazaba peligro. Me senté en la cama, totalmente despierto. Miré hacia la ventana y vi que aún era de noche.
—¿Qué pasa?
El rostro de Gato Gordo estaba tenso.
—Tu padre quiere verte en seguida.
—¿Ahora?
—Inmediatamente.
Salté de la cama y empecé a vestirme. Al mirar el reloj vi que eran las dos. Un frío presentimiento que me hizo estremecer se apoderó de mí mientras me abrochaba la camisa: «¡Lo han herido! ¡Se está muriendo!»
Gato Gordo, grave y silencioso, me tendió la chaqueta. Le miré fijamente.
—¡La bomba!
La sorpresa más profunda se retrató en su rostro, pero antes de que pudiera hablar estallé de nuevo:
—¡La bomba de helado! ¡Asesinato!
Se santiguó en el acto.
—¿Lo sabías?
Le apreté la mano con fuerza.
—¿Está vivo? ¡Dímelo!
—Está vivo. Pero debemos apresurarnos.
El chófer ya estaba sentado al volante con el motor en marcha cuando bajamos. Subimos al coche en silencio y rápidamente nos dirigimos al palacio presidencial. Los guardias de la puerta nos dejaron pasar sin pedirnos que nos identificáramos.
Salté del coche antes de que Gato Gordo tuviera tiempo de levantarse. El vestíbulo estaba atestado de hombres, y en un rincón, sentado en una silla y desnudo hasta la cintura, estaba el Presidente, mientras un médico le vendaba la parte superior del torso. Blanco y desencajado el rostro, me miró al verme entrar.
—¿Dónde está mi padre?
Hizo un gesto señalando las habitaciones de la Cora, a las que fui corriendo. La primera habitación era la salita donde Amparo y yo habíamos estado aquella mañana, pero ahora la veía llena de polvo y de cascotes y con la pared del fondo reventada. Pasé al comedor, donde todo estaba destrozado, y los grandes ventanales de estilo francés no eran más que unos enormes boquetes por los que se veía la noche. Las mesas y las sillas, reducidas a fragmentos, aparecían por todas partes. Había dos cuerpos inmóviles en un rincón, en los que apenas me fijé. Luego llegué a una pequeña antesala, en cuya puerta cerrada había dos soldados montando la guardia; al verme, uno de ellos abrió la puerta.
Me quedé petrificado en el umbral. Dentro de la habitación había dos sacerdotes, y uno de ellos, a la vacilante luz de una vela puesta sobre un altar portátil y que alumbraba un Cristo colgado de la pared, acercaba un crucifijo al rostro de mi padre, mientras el otro rezaba de rodillas al pie del altar. Al otro lado de la cama vi al médico con una jeringuilla hipodérmica en la mano.
Temblando y flaqueándome las piernas entré en la habitación, teniendo que apoyarme en una silla.
—¡Papá!
Me acerqué a la cama llorando. Tenía el rostro gris como la ceniza y frío cuando me incliné para besarlo. No se movió.
Miré al doctor con ojos desorbitados.
—¡Está muerto…!
El médico negó con la cabeza.
—¡No me mienta! —grité—. ¡Está muerto!
Pasé las manos por debajo de sus hombros, intentando levantarlo. Mi padre gruñó levemente, y yo lo solté, como si hubiera tocado un hierro candente.
—¿Dónde está su brazo? —pregunté al doctor.
El rostro del médico fue inexpresivo al responder:
—La explosión se lo arrancó de cuajo.
Me pareció ver una luz sobre mí y levanté la cabeza. El dosel de la cama tenía un espejo que reflejaba lo que ocurría en la habitación, dando un aspecto fantasmagórico a nuestras figuras. Lentamente recorrí la estancia con los ojos. Había terciopelo rojo y dorados; de las paredes colgaban cuadros de hombres y mujeres desnudos y en los rincones había estatuas de parejas en actitudes obscenas.
Mi padre gimió de nuevo. Tenía la frente llena de sudor. El doctor se inclinó sobre él y se la secó mientras yo me levantaba despacio.
—¡Sáquenlo de aquí! —exclamé.
—Imposible —objetó el médico—. Sería muy peligroso moverlo.
—¡No me importa! —estallé—. ¡Sáquenlo de aquí! ¡No quiero que mi padre muera en una habitación de prostitutas!
El sacerdote me puso una mano en el hombro.
—Hijo mío…
Me solté de él bruscamente.
—¡Quiero que lo saquen de aquí! ¡La cama de una ramera no es lugar adecuado para que muera un hombre!
El doctor iba a hablar cuando le obligó a callar una voz que procedía de la puerta.
Era el Presidente, todavía con el torso desnudo y envuelto en el blanco vendaje.
—Ahora es él quien ha de cuidar a su padre —dijo—. Haga lo que le ordene el chico.
—Pero… —trató de protestar el médico.
—Cójanlo con la cama y lo llevan a mi habitación, en la Residencia.
El tono del Presidente era rotundo e imperioso. Hizo un gesto a los soldados que estaban detrás de él señalándoles la cama, pero antes lo abrigaron y lo aseguraron en el lecho para que no se cayera. Trajeron varias mantas y lo sacaron del edificio, atravesaron el jardín y lo llevaron a la Residencia. Gato Gordo y yo seguíamos en silencio, y una vez quedó instalado en la habitación del Presidente, le dije al sacerdote que había venido con nosotros:
—Ahora voy a rezar, padre.
Una hora más tarde, cuando la débil luz de la mañana entró en la habitación, el general abrió la puerta. Se detuvo unos instantes mirándome, y luego se acercó a la cama junto a la cual seguía callado. Su rostro parecía inexpresivo.
—Vamos, soldadito; es hora de desayunar.
Me negué con un movimiento de cabeza.
—Puedes dejarlo. Vivirá.
Le miré a los ojos.
—A ti no te mentiría —dijo con seguridad—. Vivirá.
Lo creí. Me puso un brazo en los hombros y nos dirigimos a la puerta, desde donde me volví para mirar de nuevo a mi padre. Parecía descansar, y su respiración levantaba con intervalos regulares el blanco cubrecama.
Descendimos a la planta baja, y el vaho de comida caliente hizo que de repente me acosase el hambre. Nos sentamos a la mesa del comedor y un criado me trajo un plato de huevos con jamón que devoré en segundos, mientras el presidente, sentado a la cabecera de la mesa, se contentó con una taza de café. La camisa le salía fuera de los pantalones, por lo que no se le notaba dónde tenía el vendaje, pero vi que movía el brazo con cuidado cuando levantaba la taza.
—¿Te encuentras mejor? —me preguntó cuándo aparté el plato.
Le dije que sí. Otro criado me trajo café con leche. Estaba caliente y era bueno. Luego le pregunté al general:
—¿Qué le sucedió a la Cora?
Los ojos del presidente llamearon.
—¡La puta…! ¡Se escapó!
—¿Cómo?
—Salió de la habitación cuando entraron el helado. Dijo que quería tomar un poco el aire, pero subió a un coche negro que le tenía preparado un individuo que lleva barba. Su mayordomo conducía —bebió un sorbo y añadió—: Pero la cazaremos, y entonces…
—¿Los guardias no detuvieron el coche?
—No, y ya han pagado su negligencia.
—La bomba estaba en el helado, ¿verdad?
La sorpresa se retrató en su rostro.
—¿Cómo lo sabías?
Le conté la conversación que había oído el día anterior debajo de la ventana de la Cora. No dijo nada mientras duró mi relato y al terminarlo, alguien llamó a la puerta. Hizo una señal con la cabeza y un criado la abrió.
Un capitán del ejército entró y saludó. El Presidente devolvió el saludo maquinalmente.
—Hemos descubierto a la Cora y al mayordomo, Excelencia.
—Muy bien —exclamó el Presidente levantándose—. Seré yo mismo quien decidirá el castigo que les espera.
—Ya están muertos, Excelencia.
—¡Dije que los quería vivos! —gritó rabioso.
—Ya estaban muertos cuando los hallamos, Excelencia. Estaban dentro del mismo coche negro en que se escaparon. Les habían pegado un tiro y degollado.
—¿Dónde los encontraron?
—En la calle de Paredos, Excelencia.
Yo conocía la calle. Era la que daba a los muelles.
—¿En qué trozo de la calle?
—Cerca de la bahía.
—¿Y el hombre de la barba?
—Ni rastro de él. Registramos toda la zona, incluso los muelles.
El Presidente no dijo nada durante unos instantes; seguidamente hizo un signo de asentimiento.
—Gracias, capitán —y me dijo una vez salió el oficial—. Ya es hora de que descanses. He ordenado que te preparen una de las habitaciones de los huéspedes. Vivirás con nosotros hasta que tu padre esté totalmente restablecido.
Dormí mal; a una pesadilla seguía otra. Soñé que estaba en el patio de la hacienda de mi abuelo, con el sol ardiendo sobre mi cabeza, y una voz que me pareció familiar me decía: «Hay una bala en la pistola. ¡Tú le matarás!».
Di un salto en la cama y me quedé sentado y con los ojos muy abiertos. De repente comprendí dónde había oído aquella voz. El apoderado de la Cora, el señor Guardas, no era otro ¡que el coronel Gutiérrez!
Me vestí con la mayor rapidez. No sabía cómo, pero esta vez lo encontraría. Esta vez no escaparía. Estaba dispuesto a matarlo.