Los aventureros
Capítulo XVII
diecisiete
No habíamos recorrido ni una cuarta parte del camino montaña abajo cuando oí algo lejos aún de nosotros unas voces masculinas. Cogiendo a Amparo del brazo nos metimos en un matorral, escondiéndonos donde vi que la maleza era más espesa.
Se oyeron recias pisadas de botas, y aparecieron cuatro soldados casi frente a nosotros, empuñando cada uno su rifle, dispuestos a disparar.
—¡Uff! —exclamó uno de ellos, echándose en el suelo y a dos pasos de donde estábamos—. Ya tengo bastante. No puedo más.
Los otros siguieron en pie.
—Sentaos —les dijo—; estáis tan cansados como yo.
—El coronel ordenó que rastreáramos el camino hasta abajo —le advirtió uno de ellos.
—¿Es que está el coronel con nosotros? El descansa, se emborracha, y nosotros nos rompemos la crisma en estas malditas montañas. ¡Al cuerno el coronel!
Otro se echó a su lado.
—Solo un momento. ¿Quién va a enterarse?
Los demás se sentaron en el suelo, y uno preguntó mientras se apoyaba en el tronco de un árbol:
—¿A cuál poseísteis?
El primero que había hablado se incorporó apoyándose en un codo.
—Yo jodí con todas. Así que había descargado en una, corría ponerme en otra cola.
El segundo hizo un gesto con la cabeza.
—No es extraño que estés para el arrastre.
—¿Cuál fue la tuya?
—La histérica. No sé por qué hacía tantos aspavientos. Tenía un coño como para darle gusto a un garañón. ¡Ni siquiera noté los bordes!
—Sí, tienes razón. No valía nada —convino otro de los soldados.
—La mejor era la rubia. Se notaba que estaba acostumbrada al asunto. En el momento en que uno se la metía, ella presionaba hacia abajo, comprimiendo, y… ¡paf!… uno ya estaba. Si no hubiera habido tantos esperando, os aseguro que me apunto de nuevo; y esta vez ella no me habría despachado tan fácilmente. Bueno, tengo una sed que me muero. Estoy escurrido.
Cogió su cantimplora, la alzó y el agua le fue cayendo por las comisuras de la boca.
—Yo también tengo sed —murmuró Amparo.
—¡Chist!
Se movió restregándose el rostro.
—Hay mosquitos.
Entonces los sentí en mi espalda. Estuve tan absorto con lo que decían los soldados que ni me había dado cuenta. Con mucho cuidado para no mover la maleza, le levanté el camisón por debajo de mi camisa, y le cubrí con él la cabeza.
—Échate y no te muevas —le recomendé—. Ahora ya no te pueden picar.
Entonces fui yo, desnudo hasta la cintura, el atacado. Se posaban constantemente sobre mí, con pocos segundos de intervalo; sin embargo, tenía que resistir hasta que los soldados se fueran.
En aquel momento se levantó uno de ellos.
—Me parece que haríamos mejor en espabilarnos.
—¿Por qué? —preguntó el primero que se había echado—. No hay nadie por estos alrededores.
—Pero el coronel ordenó que inspeccionásemos todo el monte.
El otro soltó la carcajada.
—Eso significa que hemos de bajar y volver a subir. Podemos quedarnos aquí hasta el mediodía, y entonces iremos a dar el informe. ¿Quién se va a enterar?
—No sé.
—De acuerdo. Ve si quieres; te esperaremos hasta que vuelvas.
El que estaba de pie contempló a los otros, y al ver que no tenían intención de marcharse con él, se dejó caer de nuevo en el suelo, exclamando:
—Tienes razón. ¿Quién se va a enterar?
Amparo seguía con la cabeza cubierta con el camisón, y su respiración era tranquila y regular. Levanté una esquina de la ropa y vi que se había dormido.
Uno de los soldados dormía con los brazos tendidos y roncaba con la boca abierta. Los demás buscaban dónde echarse, y algunos ya empezaban a cerrar los ojos.
Lo mejor sería que yo pudiera descansar también, me dije, pero no me atrevía, y luché por mantener los ojos abiertos, lo que me fue muy difícil con el sol, pues poco a poco calentaba más. La espalda me ardía a causa de las picaduras de los mosquitos.
A pesar de mis esfuerzos, al cabo de unos momentos empecé a dar cabezadas y también me quedé dormido. Sin embargo, me desperté al oír un ruido.
Esta vez los soldados estaban de pie. Se dirigieron al otro lado del camino para hacer sus necesidades. Momentos después uno de ellos advertía a los otros:
—Es muy tarde; tenemos que irnos.
Los estuve contemplando hasta que desaparecieron por el otro lado del cerro, y cuando ya no les oí, sacudí ligeramente a Amparo, que continuaba dormida.
Esta levantó la cabeza y se bajó el camisón. Vi que aún tenía los ojos hinchados de sueño.
—Tengo hambre —musitó mientras se los frotaba.
—Pronto comeremos.
—Vamos a casa. Mamá me prometió que para cenar nos comeríamos el pavo que mataste ayer.
—No podemos. Los soldados todavía están allí.
Fue como si la despertara en seco el recuerdo de la pesadilla de la noche anterior, y estalló en sollozos.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! —gritó.
—¡Cállate! —le ordené con aspereza.
—¿Veré a mamá después?
—Naturalmente.
¿Cómo podía yo decirle que ya no vería más a su madre?
—¿Cómo conseguiste escapar de la casa? —le pregunté.
—Cuando los soldados cogieron a mamá, yo estaba escondida debajo de la cama, y cuando ellos salieron, salté por la ventana y me puse a correr… Y corrí, corrí, corrí…
—Fuiste muy inteligente.
Los ojos le brillaron.
—¿Tú crees?
Lo que más le gustaba a Amparo era que la halagasen; nunca la cansaban los elogios.
—Soy inteligente, ¿verdad?
—Mucho.
Sonrió un instante, y luego miró hacia el camino.
—¿Se han ido?
—Sí, se han ido —respondí levantándome—. Y ya es hora de que también nos vayamos nosotros.
—¿Adónde?
Reflexioné unos instantes. Ahora ya no podíamos alcanzar a Gato Gordo, pero yo sabía dónde encontrarlo: en Estanza.
—A Estanza.
—¿A Estanza? —preguntó—. ¿Dónde está eso?
—Lejos de aquí. Tendremos que andar bastante.
—Me gusta andar.
—Pero habrá que ir con mucho cuidado. No podemos dejar que nadie nos vea. Si oímos a alguien tendremos que escondernos.
—Claro, por los soldados —adivinó ella.
—Aunque no sean ellos, tendremos que escondernos igualmente, pues podrían decirles que nos han visto.
—No haré ruido —prometió—. Tengo hambre y sed.
—No muy lejos hay un arroyo.
—También quiero hacer pipí.
Para esto no había por qué esperar.
—Ahí, en una mata —le indiqué.
Amparo fue hasta las matas y se agachó levantándose con cuidado la ropa.
—¡No puedo hacerlo si tú estás mirando! —exclamó.
Me volví sonriendo. «Las chicas son muy raras, pensé. ¿Qué tiene que ver que la mire o no?»
Llegamos al arroyo al cabo de una media hora. Y recordando la advertencia de Gato Gordo de no beber demasiado de una vez, bebimos primero unos sorbos, y luego otros. Al darme el sol de lleno en las picaduras de los mosquitos me aumentó el escozor. Me rasqué desesperado, y al ver que no se me calmaba me eché agua con las manos.
Amparo me estaba contemplando y dijo:
—Tienes la espalda llena de picadas. Mamá siempre me ponía hojas de laurel para curar las picaduras de los mosquitos.
—¿Y dónde encontrarlas?
—Allí hay un laurel —me indicó señalando cerca.
Fui al árbol, cogí un puñado de hojas e intenté ponérmelas en la espalda, pero se cayeron. Amparo hizo una mueca de exasperación.
—Eres muy torpe. Déjame a mí.
Cogió las hojas y las puso en remojo unos instantes.
—Vuélvete —me ordenó.
Me puse de espaldas y sentí cómo el agua de las hojas me bajaba a la cintura. Amparo tenía razón; al cabo de unos momentos desapareció el escozor. Mientras estaba sentado contemplando el arroyo, vi como si un cuchillo rasgase el agua, y me di cuenta de que era un pez.
Me acordé de que Santiago el joven acostumbraba pescar con una flecha. Miré alrededor en busca de una rama delgada y, cuando la encontré, le quité las hojas y con el cuchillo le saqué punta, muy fina. Entonces me puse de rodillas en la orilla, con la rama como si fuese una lanza.
Los peces volvieron, traté de alcanzarlos, pero huyeron rápidos, y lo único que conseguí fue casi caerme en el arroyo. Al tercer intento había adquirido ya una cierta destreza. Los peces, al dispersarse, salían huyendo en todas direcciones, y el truco consistía en adivinar cuál de ellos vendría en mi dirección. Decidí que sería el que cerraba el grupo. Dejé que en el primer intento pasaran de largo porque me figuré que la víctima escogida no se acercaría lo bastante; pero, al segundo, se puso a tiro. Me abalancé y sentí cómo la tosca lanza se hundía en el pez. Le había acertado.
Me volví jubiloso, mostrando el pez clavado en la punta de la rama.
—¡Ya tenemos comida!
Vi una expresión de disgusto en el rostro de Amparo.
—¿Crudo? —preguntó—. ¿Y cómo lo coceremos?
Sentí que se me iba la alegría. Di unos pasos y con cara mustia me senté en una roca, de la que tuve que levantarme en el acto y pegando un chillido. Debido al sol, la roca ardía como un horno. Y entonces me di un manotazo en la frente, diciéndome que si la piedra estaba caliente como para quemarme las nalgas, también lo estaría para cocer el pez.