Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 149 de 150

Páginas del PDF

Los aventureros

Capítulo XXXVI

treinta y seis

 

Cogí la maleta de Beatriz y cerrando la puerta de su casa subimos al jeep. Los demás ya estaban en el aeropuerto.

—Te prometí que te irías en el primer avión —le dije cuando me senté a su lado —. Y yo tengo palabra. Pero desearía que recapacitaras. Dentro de unos días los aviones comerciales prestarán de nuevo servicio.

—No —me interrumpió sin mirarme—. Mi decisión es firme.

—Tienes una cabeza dura y obstinada.

Me miró, pero no dijo nada, y el resto del camino lo hicimos sin hablarnos. Solo al acercarnos al aeropuerto me dijo:

—Dax, no comprendes. Estoy…

—¿Que no comprendo qué?

—Nada. Solo que no puedo seguir aquí. Hay demasiados recuerdos.

—Está bien. No tienes por qué darme explicaciones. Solo prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Que cuando llegues a Estados Unidos irás a buscar a mi amigo Jeremy Hadley para que te lleve al Ministerio de Asuntos Exteriores. Ellos te dirán la verdad de la muerte de tu padre.

No me contestó, y cuando poco después habló había un temblor de lágrimas en su voz.

—Lo haré.

 

En el último momento se agregó un pasajero más: Hoyos.

Se dirigió a mí mientras los otros subían.

—He hablado con el Presidente y le gustaría que le acompañase si hay sitio en el avión. Ya soy demasiado viejo para seguir nuevos caminos. No hay sitio para mí en Corteguay.

—Acompáñele.

—Gracias, excelencia.

Y se apresuró a subir con los demás.

El Presidente y Amparo fueron los primeros en entrar. Al Presidente no pude verle el rostro, pues se había subido el cuello del capote y trataba de pasar inadvertido. Pero en el último momento se volvió y miró atrás. Parecía como si buscase algo o alguien, pero finalmente entró en el aparato.

Después subió Hoyos y detrás de Hoyos, Beatriz, quien antes de llegar a la escalerilla se me acercó y poniéndose de puntillas me besó una mejilla murmurando:

—Gracias, Dax.

Me quedé contemplándola cuando subía al avión, sintiendo que una dulce sensación quedaba conmigo. Estaba seguro de que cuando pocos días después fuera a Nueva York a buscarla, todo cambiaría entre ella y yo.

La puerta se cerró y Giraldo encendió los motores. El teniente sacó la cabeza por la ventanilla y me hizo un ademán de despedida, al que correspondí con otro.

—¡Recuerde volver cuando los haya dejado en Panamá! —grité, intentando dominar el ruido de los motores.

Asintió sonriendo y cerró la ventanilla. El avión empezó a deslizarse por la pista; después, a una señal de la torre de control, reanudó la marcha… Minutos más tarde era ya una luz verde y roja fugaz bajo las estrellas. Entonces me volví hacia los otros.

Vázquez expresó el sentir de todos.

—Una vez cada cincuenta o cien años surge un hombre como el Presidente. Un hombre cuya capacidad para el bien y para el mal es tan vasta que sobrepasa la comprensión de los hombres normales. Él era uno de esos y no se le olvidará nunca. Por lo bueno que ha hecho y por lo malo. Pero lo trágico es que con un poco de esfuerzo por su parte, toda su actuación hubiera podido ser magnífica. Roguemos a Dios para que libre a Corteguay de esos hombres.

 

Eran más de las cuatro de la madrugada cuando aún seguíamos en mi despacho. Casi todo estaba arreglado. El cese del fuego era ya efectivo y la noticia de una total amnistía recorría todo el país.

—Caballeros —dije—, es el deber de esta junta elegir un Presidente provisional hasta que se celebren las elecciones. Yo solo votaré en caso de empate entre los cuatro votos de ustedes.

Tulia se levantó.

—Me tomo la libertad de hablar en nombre de todos los comandantes que están en el campo de batalla. El acuerdo a que hemos llegados ellos y nosotros es que la persona más indicada para llenar las funciones presidenciales hasta las elecciones es usted.

—Me siento muy honrado, caballeros, pero mi respuesta es la misma de esta mañana. No. El honor que se me hace es muy grande y la tentación mucho más, pero ya basta con esta costumbre de nuestro país de alcanzar el poder por tales medios. No permitamos que se diga que actuamos por motivos personales, sino por el bien supremo de nuestro pueblo. Además, yo no pertenezco en realidad a Corteguay. He vivido demasiado tiempo en el extranjero y sé muy poco de las necesidades del país. Lo que se necesita es un hombre que las conozca, desde las del campesino a las del ciudadano, y sobre todo que ame a su patria. Entre ustedes hay hombres valiosos. Elijan a uno y yo me consideraré honrado estando a sus órdenes.

Tulia miró a los demás y dijo:

—En previsión de su negativa, hemos hecho una segunda elección.

Vázquez se levantó de un salto exclamando en tono de reproche.

—Se olvidaron de consultar conmigo, caballeros.

Todos se echaron a reír, y Tulia, inclinándose ante Vázquez, repuso:

—¿Quiere aceptar nuestras disculpas, señor Presidente?

 

Pasillo adelante, nos detuvimos frente al despacho del Presidente, cuya presencia aún parecía temerse a través de la puerta. Supuse que con el tiempo nos habituaríamos a no verle allí.

Al abrir una puerta le dije a Vázquez:

—Desde mañana, este será su despacho, señor Presidente.

Vázquez miró unos instantes adentro y repuso:

—Mañana será el mío, pero esta noche es su despacho. Sin usted, nunca habría sido posible que llegara un mañana.

Me empujó suavemente hacia la puerta y añadió:

—Volveré mañana. Buenas noches, señor Presidente.

Uno a uno me desearon las buenas noches y desaparecieron por la puerta del otro extremo del corredor, donde había dos soldados de guardia. Al quedar solo me volví para ver si estaba cerca Gato Gordo; callado y pegado a la pared, me seguía con la mirada.

—¿Vamos dentro?

—No —me contestó, negando a la vez con la cabeza—. Tengo un presentimiento.

—¡Tú y tus presentimientos!

Entré en el despacho riéndome.

Llegué a la mesa y me arrellané en el sillón presidencial. Observando la talla, la holgura y la calidad de aquel sillón comprendí que el hombre que se sentase en él sintiera la sensación de poderío. Del bolsillo me saqué el revólver del desaparecido Presidente y se lo tiré a Gato Gordo.

Lo cogió al vuelo y me preguntó:

—¿De dónde lo has sacado?

—El Presidente trató de matarme, pero le falló el tiro.

—En el mismo día te has escapado dos veces de la muerte; a la tercera va la vencida. Créeme, Dax; vámonos de aquí.

Riendo le contesté:

—Nos iremos después de tomar una taza de café. Hay una cocinilla aquí al lado. Anda, haz café para los dos.

Gato Gordo se quedó indeciso.

—No me gusta dejarte solo.

—¿Qué quieres que me ocurra mientras preparas el café? Mira, ya casi es de día.

Gato no se movió. Entonces me levanté y cogí un machete que estaba en la panoplia que había detrás de la mesa.

—Además, tengo esto.

Gato Gordo bajó la cabeza y sin decir nada se fue a la cocina. En seguida oí un ruido de platos y el del agua saliendo del grifo. Me levanté y recorrí el amplio despacho. Estaba lleno de recuerdos del ex Presidente: retratos, condecoraciones, obsequios, diplomas, copas… todas grabadas con su nombre.

La tenue claridad matinal entraba en el despacho, y asomándome a la ventana me quedé mirando la ciudad, cuyas luces se iban apagando y a la cual pronto envolvería el sol que nos llegaba desde las montañas del este. Abrí el balcón y bajé al jardín para respirar el aire fresco de la mañana.

La brisa era suave y me acerqué a la verja para ver cómo nacía el sol. En el mismo instante oí un ligero ruido a mi espalda, pero antes de que pudiera volverme un brazo fuerte como el acero me cogió por detrás, atenazándome el cuello al mismo tiempo que una voz, casi con el aliento, me decía al oído:

—Ni una palabra, o eres hombre muerto.

Intenté desprenderme pero el brazo era como un cinturón de hierro.

—¿Dónde está el Presidente?

Aflojó ligeramente la presión para que pudiera responder.

—Se ha ido. Está en el exilio.

El brazo acentuó la presión.

—¡Mientes!

—No importa —repuso una voz distinta—; también este nos vale.

El que acababa de hablar se clavó delante de mí, y vi un rostro terriblemente feo, repulsivo. Una cicatriz que le llegaba a la boca y le levantaba el labio superior, hacía que su expresión fuese una mueca permanente que remataba una negra dentadura de acero; los dedos de su mano derecha los tenía rotos y del antebrazo izquierdo le colgaba un mosquetón.

—¿No me conoces? —me preguntó.

Hice un movimiento negativo.

—¿Te acuerdas de un niño que vio cómo convencías a su padre para qué bajara de las montañas, porque no le ocurriría nada, pero que lo asesinaron?

Se echó a reír cuando vio el asombro con que le miré.

—Sí. Soy el Cóndor. No he olvidado tu rostro, ni tú has olvidado el mío.

No contesté, ni habría podido si hubiese querido hacerlo. El brazo que me atenazaba apenas me dejaba respirar.

—Suéltalo.

Me dejó de mala gana y de un zarpazo me tiró contra la pared. No llegué a perder el equilibrio, y miré a mis enemigos. No eran más que dos, el Cóndor y otro, mayor que él, chaparro y armado hasta los dientes.

—¿Qué sientes al verte atrapado como atrapaste a mi padre? —dijo el Cóndor.

Le miré sin contestarle.

—Juré que esta vez no volvería a las montañas sin cazar siquiera a uno de los asesinos de mi padre.

Seguí callado mientras iba midiendo la distancia que nos separaba, viendo que eran unos tres o cuatro pasos. El Cóndor adivinó mi intención y gritó de pronto:

—¡Asesino! ¡Muere!

Di un brinco en el mismo instante en que vi brillándole el arma en la mano, y simultáneamente oí el disparo. Creí que había errado, pero al verme en el suelo y a sus pies comprendí que estaba herido. Lo que no comprendía era que no sintiese ningún dolor.

Siempre había pensado que me dolería.

El Cóndor me miraba sonriendo, y me apuntó otra vez, cuando vi que una lengua de acero, brillante como un espejo, llegaba hasta él, segándole de un tajo el brazo que me apuntaba. El Cóndor lanzó un rugido de dolor y del antebrazo le salió un chorro de sangre… De nuevo brilló aquella luz y el Cóndor enmudeció.

Cerca, pasando sobre mi cabeza, oí varios disparos, seis, ocho quizá. Conseguí mirar hacia atrás y vi la feroz expresión de Gato Gordo, blandiendo rabioso el machete como si fuese el de un leñador y descargándolo sobre el Cóndor.

El otro bandolero intentó sacarse el revólver del cinturón, pero el terror le llegaba a los dedos, y al ver que no le obedecían, echó a correr, gritando, buscando la salida… No había dado cuatro pasos cuando Gato Gordo le arrojó el machete como una jabalina; se le clavó en la espalda, en la misma columna vertebral, y cayó exánime sobre unas matas. Todavía en el suelo, vi que Gato Gordo se me acercaba, pero al llegar a unos pasos de mí se detuvo, vaciló y se desplomó.

—¡Gato Gordo…!

Mi voz era tan débil que creí que no me oía. Sin embargo, levantó la cabeza y me miró, y arrastrándose consiguió llegar hasta mí, dejando en el suelo un reguero de sangre que le salía de la boca y de una brecha que tenía en el cuello.

No podía creer lo que veía. ¡No! ¡No podía ser! ¡Gato Gordo se estaba muriendo…! Gato Gordo era indestructible.

—Gato Gordo, lo siento… —No pude articular nada más.

El rostro de Gato Gordo y el mío casi se tocaban, y él y yo estábamos tendidos sobre la tierra, sobre la madre tierra, y mirándonos a los ojos.

Una especie de frío polar me invadía.

—Tengo frío, Gato Gordo —le dije en un leve murmullo.

Ya desde niño amaba el calor y huía del frío. Adoraba el sol.

Sin embargo, el sol que desde las cumbres montañosas amarilleaba sobre el llano no me trajo calor alguno y solo conseguía que me doliesen los ojos y que fuesen más agudos mis escalofríos.

—Gato Gordo, tengo miedo —murmuré.

Intenté volver la cabeza para librarme de aquel sol que me deslumbraba y poder ver el rostro de Gato Gordo.

Mi amigo, mi grande y fraterno amigo, me miró larga y desmayadamente, y vi el amor más infinito que pueden expresar ojos humanos. De amigo, de padre, de hijo… Alargó la mano y me cogió la mía, como si quisiera abrigarla. Apreté sus dedos, trémulos los míos…

—No tengas miedo, niño —dijo con voz ronca a la vez que dulce—. Te llevaré conmigo, y te dejaré seguro en las montañas.