Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 52 de 150

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Los aventureros

Capítulo V

cinco

 

Una tarde, varias semanas después, estaba sentado en el patio y contemplando los montes cuando Gato Gordo salió de la casa y se sentó a su lado.

—¿No es igual ahora?

Dax cogió un puro habano y lo encendió antes de responder.

—No.

—Las cosas nunca son iguales —razonó Gato Gordo—; pero eso ya lo sabías.

—Sí, ya lo sabía.

En la voz de Gato Gordo había ira.

—Yo creí que el Presidente…

—¿Qué?

—Encontraría algo para ti —gruñó rabioso.

Dax se sonrió.

—¿Algo como qué? —Viendo que Gato no le contestaba, agregó—: El Presidente tiene otras cosas en que pensar.

Gato Gordo se calló, mirando hacia las montañas, y al cabo de un momento dijo:

—Llegan unos jinetes… Son soldados.

Dax se levantó y se fue a la barandilla. No oía ni veía nada.

—¿Cómo lo sabes?

—Solo los caballos de los soldados llegan al paso. ¿Esperas a alguien?

Dax negó con la cabeza. Ahora ya oía las pisadas de los caballos, y vio que Gato Gordo sacaba el revólver.

—Creo que dijiste que son soldados.

—Son soldados, pero la vida se conserva si uno no se fía ni de su sombra.

Siguieron en el mismo sitio hasta que vieron los uniformes azules y rojos.

—Llegarán sudorosos y muertos de sed. Voy a prepararles unos refrescos —dijo Gato Gordo.

Dax vio que los soldados se acercaban. Era una escuadra de unos catorce hombres montando los nerviosos caballos de la región que oportunamente requisaba el ejército. Al frente iba un capitán y a su lado un oficial joven y delgado, cuyo grado no podía precisar por carecer de galones su uniforme. Al llegar a la puerta de la cerca, el capitán levantó una roano y el grupo se detuvo.

Los dos oficiales enfilaron el camino que conducía a la casa y fue entonces cuando Dax reconoció al más joven. Pese a lo estilizado de su figura, lo ajustado de su uniforme parecía acentuar aún más las femeninas redondeces. Ella volvió la cabeza y sonriéndole echó a correr súbitamente hacia él.

Dax se apresuró a descender los escalones para ir a su encuentro. Parándose de golpe, ella levantó la cabeza y le miró. Era como si ella hubiera vuelto a la niñez y de repente se diera cuenta de lo mucho que había crecido su hermano mayor.

—¿Dax? —inquirió roncamente, casi jadeante.

—¡Amparo!

Ella se le acercó con ojos brillantes y sin acertar a decir nada. Fue él quien rompió el silencio.

—Quítate el sombrero.

—¿Para qué?

—Porque no sé qué he de hacer, si besarte o saludarte a lo militar.

Con una sonrisa feliz, ella se quitó el sombrero y lo arrojó al suelo mientras se le echaba encima y le abrazaba y él acariciaba su largo pelo rubio caído sobre los hombros.

—¡Dax, Dax…! ¡Si me cuesta creerlo! ¡Eres tan… tan buen mozo!

Al abrazarla Dax advirtió el calor de su cuerpo.

—También tú has crecido un poco, Princesa.

Ella le miró.

—¿Cómo pudiste irte sin verme antes?

—Estabas en Panamá y nadie sabía cuándo volverías.

—Papá lo sabía.

El rostro de Dax se ensombreció.

—Solo vi al Presidente una vez, y me pareció que estaba muy ocupado.

—Papá siempre está ocupado.

Dax oyó que alguien se aclaraba la garganta detrás de ellos. Confusa, Amparo se volvió.

—Capitán de Ortega, el señor Xenos.

El capitán saludó y estrechó la mano de Dax.

—Excelencia…

—Capitán de Ortega, bienvenido a mi casa. Se oyeron unos pasos en la galería y Amparo exclamó:

—¡Gato Gordo! No has cambiado nada.

 

Amparo llevaba un precioso vestido blanco y en el cuello y en las orejas cabrilleaba un juego de diamantes y esmeraldas que hacían resaltar la cálida suavidad de su bronceada piel.

Dax le dijo sonriendo:

—Eres el primer huésped que tengo desde que volví. Supongo que te quedarás algunos días Tenemos mucho que hablar.

—Ya me gustaría… —contestó Amparo, mirando insegura al capitán de Ortega.

—Prometí a su padre que volveríamos mañana —dijo el capitán.

—Lo siento, pero es verdad —se disculpó Amparo.

Dax clavó los ojos en Ortega, viéndolo impasible. Miró a Amparo y dijo:

—Ven, vamos a tomar una copa en la galería.

—Si me lo permite, excelencia —dijo el capitán—, iré a dar órdenes a mis hombres, y luego me retiraré. Debemos ponernos pronto en camino.

—Desde luego, capitán.

Al irse este, se quedaron callados unos instantes. Dax sacó uno de sus delgados cigarros negros.

—¿Puedo fumar también?

—Perdóname —se excusó, y encendió uno para ella.

—¿Y bien? —preguntó Amparo.

—Después de tanto tiempo han cambiado muchas cosas.

—Diez años no son tanto tiempo —contestó ella mirándole con sus grandes y azules ojos—. Yo no he cambiado, ¿verdad? ¿Y tú?

—Sí, has cambiado y yo también. Todo ha cambiado.

—Pero hay cosas que nunca cambian.

Estaban sentados contemplando la noche. Las estrellas centelleaban salpicando el cielo y en el campamento de los soldados los fuegos parecían luciérnagas.

—¿Siempre viajas con esa escolta?

—Sí.

—¿Por qué? —preguntó sorprendido.

—Papá lo quiere. Ve peligros por todas partes. Ladrones, bandoleros…

Dax preguntó con ironía:

—¿Todavía?

—Algunos que aún se resisten a mi padre. Siempre hay quien no quiere ver el lado bueno.

Dándose cuenta de lo que él sentía, añadió:

—Estás decepcionado, ¿verdad? Esperabas ver más cosas cambiadas.

—En ciertos aspectos, sí.

—No es tan fácil —replicó ella vivamente—. Y te comprendo, porque a mí me pasó lo mismo cuando después de cinco años volví de la universidad de México. Pero cuando ya llevaba tiempo aquí empecé a comprender.

—¿Sí?

—Sí. Tú has estado fuera del país más tiempo que yo, y has olvidado lo que es nuestra gente. La mayoría se opone a los cambios. Y se resisten a hacer el menor esfuerzo. Incluso mandar a sus hijos a la escuela les representa un trabajo.

—Quizá se deba a que no hay sitio para ellos en los colegios, y solo pueden ir los hijos de los influyentes.

—Al principio no era así; después dejaron de asistir. La mayor preocupación de papá es prepararse para la guerra.

Dax la miró interrogante.

—Tú has estado en el extranjero, y sabes que tenemos muy cerca la guerra.

—¿Pero qué tenemos que ver nosotros con la guerra? Corteguay será neutral.

—En cierto modo, no. El Presidente dice que será una magnífica oportunidad para el país. Alguien tendrá que exportar artículos comestibles a los países beligerantes.

—La guerra no solo necesita plátanos y café.

—Ya lo sabe. Hace más de tres años firmó un acuerdo con unos ganaderos muy importantes de Argentina, otorgándoles concesiones especiales para que abriesen negocios aquí. De este modo el próximo año tendremos más de medio millón de kilos de carne de buey para la exportación.

Dax, que conocía la índole especial de las concesiones del Presidente, se preguntó qué cantidad se había embolsado.

—¿Y cuánta de esa comida se ha reservado para los campesinos?

—Has estado fuera demasiado tiempo —replicó Amparo—. ¿Olvidas que los campesinos no comen carne de buey? Prefieren lo que siempre han comido: verduras, aves, cerdo…

—Será porque el buey ha sido siempre demasiado caro.

—Papá tiene razón —exclamó Amparo con enojo—. Eres lo mismo que tu padre.

Dax la miró sorprendido.

—¿El Presidente ha dicho eso?

Al afirmar ella, Dax se sonrió.

—Esto es lo más agradable que he oído en mucho tiempo.

Con un impulso afectuoso, Amparo le puso una mano en el brazo.

—Dax, Dax… No quisiera que nos peleáramos.

—Ni yo; te lo aseguro.

—¿Qué proyectos tienes? No puedes quedarte aquí sin hacer nada.

Dax dio unas chupadas al cigarro y miró pensativo hacia el camino, viendo las hogueras de los soldados.

—Lo he pensado muchas veces •—dijo—, pero estuve varias semanas en Curatu y nadie me ofreció nada. Entonces me vine a casa.

—El Presidente está muy dolido porque no hablaste con él antes de dejar la ciudad.

—¿Cómo podía hacerlo? Cuando intenté verle estaba ocupado.

—¿Cómo iba a suponer que te querías ir?

—¿Habría cambiado algo? ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Menear el rabo y esperar que me echasen un hueso?

—Ven conmigo a Curatu y habla con él.

—¿Te ha enviado?

—No; ha sido idea mía. Está muy dolido contigo, y anhela verte, aun cuando jamás lo admitiría.

Dax reflexionó un momento y decidió:

—No. Me quedo aquí. Cuando tu padre me necesite, ya ordenará que me llamen.

Pasaron nueve meses antes de que el Presidente lo llamase. Cuando Dax entró en su despacho lo abrazó efusivamente y se comportó como si solo hiciese unos días que se hubiesen separado.

—La mayor ambición de tu padre —le dijo— fue que el país estuviera unido y regido por un gobierno que representara por igual a todos los ciudadanos. También es la mía. Y casi lo he conseguido, pero en la provincia de Asiento, el Cóndor sigue todavía con su sedición. Él conocía a tu padre y le quería, y si tú consiguieras llegar hasta él con una propuesta de amnistía, estoy seguro de que te escucharía. Podrías ofrecerle un puesto en el gobierno, sin que deba temer ninguna represalia.