Los aventureros
Capítulo XII
doce
Irma Andersen daba una fiesta. Le gustaban con pasión, y no solo las fiestas en sí, sino todo lo que las acompañaba: las luces, los ruidos, la excitación, los perfumes… Gente regiamente vestida, viviendo existencias exóticas y superiores a los sueños más ambiciosos de cuando vivía en un cuartucho de la delicatessen de Akron, Ohio, donde se crio, y en la que solo comía salchichas de hígado, ensalada de patatas y pan de maíz. Desde entonces había odiado estas comidas y nunca las permitió en su mesa. En vez de salchichas de hígado se hacía servir paté de foie gras, y en lugar de ensalada de patatas, aguacates cortados en rodajas finas con salsa mahonesa.
Miró alrededor satisfecha. Era una excelente fiesta. Todo lo que se necesitaba para que una reunión tuviera éxito era mezclar un número adecuado de dos clases de gente: los que hablan y los que escuchan. Con la condición de que los primeros fueran ligeramente más numerosos que los segundos, debido a que el ruido significa vitalidad, y una fiesta silenciosa es una fiesta muerta.
Antaño, Irma solía tener pesadillas en que se veía dando una fiesta en la que todo el mundo se mantenía silencioso. La sola idea le quitaba el sueño. Pero eso pertenecía al pasado. Ahora el éxito era seguro. Además, ahora existía otra razón para disfrutar organizándolas. Para ella representaban la más segura fuente de información. En los pocos minutos desde que había empezado ya llevaba cogidas al vuelo varias cosas sabrosas.
Lo de Carolina Xenos y James Hadley, por ejemplo, era extraño y, sin embargo, excitante. Por una parte, el financiero, con suficiente edad para ser el padre de ella, y por otra, el marido de Carolina, del que se decía que era uno de los donjuanes de más éxito internacional. ¿Qué le dijo una vez Sue Ann Daley refiriéndose a él? «Cuando estás con. Dax, tienes la impresión de que tu compañero es una escopeta de repetición.»
Esto era lo que la fascinaba de esta gente, que parecían tenerlo todo para ser felices y, sin embargo, no lo eran y buscaban siempre otra cosa. Aparentemente Carolina también deseaba algo más, y esto se le notaba en su expresión cuando miraba a James Hadley.
Hizo una nota para recordar que le quería preguntar a Sergei lo que sabía de ellos. Después de todo, él y Dax habían sido amigos un tiempo, y seguramente estaría enterado. Lamentablemente no podría meter un asunto de ese tipo en su columna, pues todos eran amigos suyos y no quería hacer nada que les pudiese desagradar ni perjudicar.
A su manera, Irma los quería, a pesar de sus mezquindades y sus actitudes amorales. Ellos nunca habían sabido lo que era comer ensalada de patatas y pan de maíz. En verdad, eran «gente hermosa», y contemplándolos uno a uno, se sintió hermosa también.
Era casi medianoche cuando abandonaron la fiesta y en el vestíbulo esperaron que el portero avisase a su chófer. Mientras, Carolina dijo:
—Me alegro por Sergei.
—¿Crees que tendrá éxito? —preguntó Hadley—. ¿No será la ilusión de todas las inauguraciones?
—No. Algunos de los modelos que ha presentado tienen calidad, y los hay extraordinarios. Mañana necesitará a la policía para poner orden de tanta gente como querrá conseguir un sitio. Habrá cola en la calle.
—¿Entonces, tiene porvenir?
—Aunque yo no conociese a Sergei —dijo Carolina—, no vacilaría en vestirme en su casa.
El coche llegó y el portero les abrió la portezuela. Hadley le deslizó un billete de cinco francos y entró en el coche al mismo tiempo que Carolina le pedía que ordenase al chófer que la dejase en casa de su padre.
Hadley se sorprendió, pero avisó al chófer por el tubo acústico y preguntó:
—¿No sería mejor que fueses mañana?
—No; le dije a papá que iría después de cenar.
—¿Hablaste con él?
—Esta tarde.
—¿Cómo es? No le conozco y le tengo un gran respeto.
Carolina le dirigió una mirada penetrante.
—Ni yo lo sé. Para nosotros ha sido siempre un misterio, como lo debes ser tú para tus hijos.
—¿Dijo por qué quería verte?
De nuevo aquella curiosa mirada de Carolina.
—Es mi padre. Hace una semana que estoy en París y no le había telefoneado; me llamó él.
—Pero te habrá dicho algo.
—No le ha hecho falta. Ya sé lo que quiere.
—¿Lo sabes?
Hadley se arrepintió de haber hecho su pregunta. Los ojos de ella le contestaban: «Lo mismo que querrías tú si tu hija tuviera una aventura con él: saber lo que ella se proponía hacer.»
Él miró por la ventanilla unos instantes y luego preguntó:
—¿Y tú sabes ya lo que le vas a decir?
Carolina afirmó con voz segura:
—Sí.
Hadley estuvo a punto de preguntarle qué le diría, pero se contuvo presintiendo cuál sería su respuesta.
Al bajar del coche le preguntó:
—¿Te mando el coche después?
—No. Nos veremos mañana a la hora de comer.
Se acercó a él y le besó la mejilla.
—Bon soir, mon cher.
Hadley advirtió que aquel beso sellaba su separación y quiso decir algo galante y afectuoso, pero las palabras no le salieron, y, con una aguda sensación de vacío, vio a Carolina subiendo las escaleras de la casa de su padre.
El barón, que la aguardaba en la biblioteca, se levantó al verla. Tenía el rostro surcado de arrugas y más canas. Una cariñosa sonrisa se dibujó en su semblante en cuanto la vio.
—¡Papá! —exclamó con los ojos llenos de lágrimas y echándose en sus brazos—. ¡Papá!
—Caroline, ma petite, mon bebé!
Mientras la tenía aún entre sus brazos le secaba las lágrimas con la mano.
—No llores. Todo se arreglará.
—¡He sido tan loca! —sollozó con el rostro sobre su pecho—. ¡He cometido tantos errores!
—No has sido loca ni has cometido errores. El único error tuyo ha sido ser joven y mujer.
—¿Qué tengo que hacer ahora? —preguntó Carolina.
—Ya lo sabes. Pero dime, hija mía, lo tuyo con Hadley, ¿ha terminado?
Carolina afirmó.
—Entonces, no hay problema. ¿Lo que te preocupa es Dax?
—Sí.
El barón sacó del bar una botella de jerez y le llenó una copa.
—Bebe un poco; te sentará bien.
Carolina se fue recobrando, y él aguardó a que terminara de beberse el jerez antes de proseguir.
—¿Qué piensas hacer con Dax?
—Divorciarme de él. No he sido leal con Dax. Lo sé ahora. Le hice esperar todos estos años tratando de ser lo que nunca seré. Pero no sé cómo decírselo.
—Dile la verdad. Igual que me la has dicho a mí. Estoy seguro de que te comprenderá.
—¿Cómo va a poder comprenderme cuando no me he comprendido yo? trece
—Dax siempre comprende.
El tono con que lo dijo intrigó a Carolina.
—¿Por qué lo dices?
—Dax llegó a París hace unos días.
—¿Está en París? —exclamó sorprendida Carolina—. Pero si no he tenido ni una noticia de él, ni le he visto en ninguno de los sitios donde habitualmente se reúne la gente…
—Precisamente por eso te digo que Dax es comprensivo en extremo. No ha salido ningún día del consulado, y por una sola razón: para evitarte cualquier situación embarazosa.
Cogiéndole una mano añadió:
—Esta es la causa indirecta de que yo te llamase.
Carolina estaba confusa.
—Mañana se va en avión a Corteguay, y yo pensé que lo mejor era que tuvieseis una franca explicación antes de que él se vaya. Está esperando en el salón.
Dax la acogió con una sonrisa cordial.
—Dax, me he portado como una chiquilla. Nunca he sido una esposa para ti.
—Siéntate —le dijo Dax, asiéndole la mano.
—No sé qué decir. Solo que lo lamento.
—No te disculpes. No he sido tan buen marido como para que te creas en la obligación de disculparte.
Carolina le miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Entonces, ¿qué se dice en un momento como este?
Dax le tendió su pañuelo, y cuando ella se hubo secado las lágrimas, le contestó:
—Digamos que fuimos dos buenos amigos, que a causa de ciertas circunstancias se casaron, y cuando su vida conyugal fracasó, descubrieron que su antigua amistad era verdadera, porque renació más firme que antes.
—¿De verdad, Dax?
—¿Lo dudas?
Carolina sintió que se libraba de un peso en el corazón, y sonrió por primera vez.
—Eres un hombre extraño, Dax. Mucha gente cree que te conoce y no es verdad. Solo ven la parte que les interesa ver, ahora me doy cuenta de que yo fui tan estúpida como los demás. Yo también no vi más que aquello que quise ver.
Dax la miró sonriendo.
—¿Y qué es lo que ves ahora?
Carolina le cogió la mano y le dijo estrechándosela:
—Un hombre noble y un verdadero amigo.