Los aventureros
Capítulo V
cinco
Un Citroën negro paró en un extremo del campo de polo y Jaime Xenos bajó del auto. Miró hacia el centro del campo, a los grupos de jinetes y de caballos y entornó los párpados.
—¿Y Dax?
—Está con los que llevan la gorra rojiblanca —respondió Gato Gordo—. Véalo, allí está.
Un caballo salió a galope de entre los jugadores; el delgado jinete guiaba la bola con seguros toques de mallo, y sin perderla un momento, a través del campo. Un jinete adversario corrió hacia él en diagonal, y Dax, con un giro rápido de su montura, envió la bola a un compañero, el cual se la devolvió en el momento en que Dax se acercaba a los palos de gol y con un golpe experto marcaba el tanto, sin dar tiempo a que ningún jugador contrario reaccionase.
—¿Monsieur Xenos?
El cónsul se volvió. Era la voz de un hombrecito de aspecto tosco y que olía a establo.
—Oui?
—Soy el entrenador Fernando Arnouil. Me honro mucho en conocerle.
Jaime Xenos hizo un gesto con la cabeza.
—Me honro yo.
—Me alegro de que haya venido, excelencia. ¿Ha visto a su hijo?
—Acabo de llegar, y le confieso que no conozco el juego.
—Es natural —contestó el entrenador en tono sentencioso—. Es una pena que en pocos años haya perdido popularidad.
El hombre señaló al coche.
—Creo que el éxito de ese vehículo tiene una gran parte de culpa. Los jóvenes ya no quieren aprender a cabalgar, y por eso cuando aparece un joven como su hijo hay que aprovechar sus condiciones.
—¿Es buen jugador?
Arnouil afirmó con entusiasmo.
—Verle a él es ver otra vez a las viejas glorias. Ha nacido para este deporte. Cualquiera diría que nació con el pie en el estribo.
—Me gusta oírlo —dijo el padre de Dax.
En el campo estaban jugando otro período y su hijo, a la cabeza de los jinetes y guiando, el caballo con las rodillas, luchaba para retener la bola.
—Hace siempre lo que debe —dijo con entusiasmo el entrenador—. Observe cómo pasa la bola al compañero del otro extremo:
Dax se inclinó a un lado de la silla y de un certero disparo envió la bola por entre las patas de su propio caballo. El otro la cogió rápidamente empujándola a través del campo, mientras Dax desviaba a un jugador enemigo manteniéndose pegado a él.
—¡Magnífico! —exclamó el entrenador. Seguidamente preguntó al cónsul:
—¿Seguro que se está usted preguntando por qué le hice venir?
—¿Por qué?
—El año que viene su hijo tendrá dieciséis años, y podrán elegirle para competiciones interescolares.
—Bien.
—Pero para poder tomar parte en esas competiciones debe tener sus propios caballos. Es la regla de rigor.
—¿Y si no los tiene? —preguntó el cónsul.
El entrenador hizo un encogimiento de hombros típicamente francés.
—No podrá jugar, y no le valdrá lo bien que juega.
Jaime Xenos tendió la vista por el campo de juego.
—¿Cuántos necesita?
—Como mínimo, dos. Aunque tres, incluso cuatro, son preferibles. Uno para cada período del partido.
El cónsul seguía sin mirar al entrenador.
—¿Y cuánto valen estos caballos?
—Treinta o cuarenta mil francos.
—Ya… —dijo Jaime Xenos pensativo.
El entrenador le miró de soslayo.
—Si tiene dificultades para conseguir esos caballos —dijo diplomáticamente—, quizá yo podría encontrar algún patrocinador que le proporcionara algunos.
Xenos sabía perfectamente lo que el entrenador quería decir, y, forzando una sonrisa, respondió:
—Si usted cree que vale la pena, mi hijo tendrá sus propios caballos.
—Me complace mucho que opine así, excelencia. No se arrepentirá. Muy pronto su hijo será uno de los mejores jugadores de nuestro tiempo.
Se estrecharon las manos al despedirse; y luego el cónsul miró con disimulo al hombre bajito y patiestevado que se alejaba. Sabía lo que Gato Gordo estaba pensando, pero no dijo nada hasta que entró en el coche con aire fatigado y Gato se sentó al volante.
—Bien, ¿tú qué crees?
Gato Gordo se encogió de hombros.
—Es solo un juego.
Pero el padre de Dax movió la cabeza demostrando su desacuerdo.
—Es más que eso. Es un juego solo para quienes se lo pueden permitir.
—Pues más vale dejarlo.
—No podemos.
—Tampoco podemos pagarlo —replicó Gato Gordo—. Hay otras necesidades más urgentes.
—Es la manera de que Dax llegue a ser como el símbolo de nuestro país. Francia puede ayudarnos.
—Entonces dígale al Presidente que le envíe los ciento sesenta mil francos para los caballos.
El cónsul se quedó mirándole, y de repente sonrió.
—Gato, eres un genio.
Gato Gordo, que no sabía qué quería decir con lo de genio, miró al cónsul por el retrovisor con expresión interrogante.
—Nada de dinero —dijo Xenos—. ¡Caballos! Aquellos pintos de tanto nervio y con patas que parecen de cabras montesas, serían ideales para este juego. Estoy seguro de que el Presidente los mandará de buen grado.
El entrenador detuvo a Dax cuando le vio salir de los vestuarios, después del partido.
—Acabo de hablar con tu padre —le dijo—. Y me ha asegurado que el próximo año tendrás tus propios caballos.
—¿Él lo ha dicho?
Los ojos de Dax miraron ilusionados el campo.
—¿Está aquí?
—Allá, cerca de la puerta.
Pero Dax ya había visto el coche y corría hacia él. Su padre saltó a tierra y lo abrazó.
—¿Por qué no me dijiste que ibas a venir? —le preguntó Dax.
El cónsul sonrió viendo cómo su hijo estaba creciendo. Un año más y ya lo podría mirar cara a cara. Ahora solo le llegaba al hombro.
—Porque no estaba seguro de que pudiera hacerlo —respondió.
—Estoy contento de que hayas venido.
Era la primera vez que su padre iba al colegio.
—¿Hay algún sitio para ir a tomar el té?
—En el centro hay una pátisserie.
Entraron en el coche.
—El entrenador me ha dicho que tú le has asegurado que el próximo año tendré caballos propios.
—Sí.
—¿Pero de dónde vamos a sacar el dinero? —preguntó Dax—. No podemos permitirnos este gasto.
El cónsul sonrió.
—El Presidente nos los enviará.
Dax lo miró en silencio.
—¿Pasa algo, hijo?
Había tal expresión de desasosiego en los ojos de su padre que Dax no se atrevió a decirle que los buenos caballos de polo necesitaban años de entrenamiento. En vez de eso le cogió la mano y se la estrechó, diciéndole:
—No, papá; es maravilloso.
—No seas tonto —protestó Sergei—. Ven a pasar el verano con nosotros a Cannes. El padre de Roberto tiene una villa y una lancha.
—No. Tengo mucho trabajo con los caballos, si quiero que estén algo preparados cuando empiece la temporada.
—Vas a perder el tiempo —le dijo su amigo con acento de seguridad—. Nunca lograrás que esas cabras montesas se conviertan en caballos de polo.
—El entrenador dice que puede probarse.
—No sé por qué tu padre no ha comprado unos caballos normales. Todo el mundo sabe que vosotros, los sudamericanos, estáis forrados de dinero.
Dax se sonrió interiormente. Si Sergei supiera la verdad…
—Sería muy importante para mi país si lo lográsemos. Mi padre dice que quizás así los europeos se convencerían de que podemos hacer otras cosas además de cultivar café y plátanos.
Sergei se levantó.
—Voy a la ciudad. Hay una camarera nueva en la pátisserie. ¿Vienes?
Dax hizo un gesto negativo. Tenía otras cosas mejores que hacer con cinco francos.
—No; tengo muy cerca los exámenes.
Sergei salió y él se quedó pensativo en su pupitre. Hacía tres años que estaba en Francia, y de repente sintióse invadido por el desasosiego, y levantándose se asomó a la ventana, contemplando los cuidados prados y los jardines.
Con imprevista nostalgia empezó a pensar en las montañas bravías de su país. Aquí todo estaba demasiado ordenado y cuidado. No se conocía la aventura de descubrir un nuevo paisaje o un nuevo sendero.
Toda la civilización parecía igual. Incluso su padre, que estaba preparado para seguir y observar sus reglas, no había conseguido nunca identificarse con ellas. Cada nueva repulsa y cada nuevo desengaño le hacían retraerse más. La traición de Ramírez solo fue el principio.
Hubo otros incidentes más sutiles y destructivos. Gomo las promesas hechas para apoyar la independencia de Corteguay por potencias que, como Inglaterra y América, solo buscaban la dominación económica del país. En su rostro aparecieron arrugas que Dax no le había visto nunca; arrugas de duda e incertidumbre que señalaban el principio de su decadencia. Tres años seguidos de desengaños eran muchos para que no los acusase.
Dax sabía todo lo que sentía su padre, y a veces estuvo tentado de gritarle que aquella tierra no era para ellos, que debían volver a casa, a sus campos y a sus montañas, al mundo que ellos comprendían. Pero siempre ahogaba su impulso. Sabía que su padre no lo escucharía. La determinación de cumplir con su deber y la esperanza de llevar a cabo finalmente su misión con éxito eran demasiado fuertes en él.
Oyó un suave golpe en la puerta.
—Entre.
La puerta se abrió y en el umbral apareció el barón de Coyne. Nunca se habían visto.
—Soy el padre de Roberto. Tú debes de ser Dax.
—En efecto, señor.
—¿Dónde está Roberto?
—Ha salido hace un rato, señor. No puede tardar.
—¿Puedo sentarme?
Y sin esperar la respuesta, se arrellanó en un sillón. Recorrió con la mirada la salita.
—No han cambiado mucho las cosas desde que yo estuve aquí.
—Supongo que no, señor.
—Y yo supongo que raramente las cosas cambian tanto como nosotros queremos.
—No lo sé, señor —respondió Dax, no muy seguro de lo que el barón quería significar—. Creo que depende de lo que queremos ver cambiado.
—Roberto me dijo que pasarías el verano con nosotros.
—Siento no poderlo hacer, señor. Pero de todos modos le agradezco la gentileza de haberme invitado.
—¿Por qué no puedes venir?
Dax respondió sabiendo lo endeble de su argumento.
—He de entrenar unos caballos de Corteguay para el polo.
El barón asistió con aire solemne.
—Muy encomiable. Me interesará saber los resultados que logres. Si tienes éxito acreditarás el valor de tu país y demostrarás a Francia que Corteguay puede hacer algo más que cultivar café y plátanos.
Dax lo miró con asombro, pues eran casi las mismas palabras que un día dijo su padre. Si un hombre, como el padre de Roberto, opinaba así, quizá no estuvieran las cosas tan mal como parecían. Entonces, aún había esperanzas para la misión de su padre.