Los aventureros
Capítulo XII
doce
Sir Robert contempló las fotografías que había en la mesa de su despacho sin que moviera un músculo de su rostro impasible.
—¿Ya sabes que podrías ir a la cárcel?
Dax no se inmutó ni contestó. Sabía que sir Robert no pensaba lo que decía; era solo un bluff. Siguió un silencio profundo, solo turbado por el ruido del tráfico comercial del barrio donde estaba situado el edificio bancario de sir Robert.
Sergei había empleado casi las mismas palabras cuando Dax le propuso la idea en el hotel de Brighton, pero este último se había reído.
—¿Por qué? ¿Crees que a sir Robert le gustaría la publicidad? No olvides que sus hijas están de por medio.
—Al menos procura que no se vea mi cara —dijo Sergei.
—No es tu rostro el que necesito —respondió Dax al mismo tiempo que pagaba la merienda—. Vamos; todavía tenemos que comprar la cámara y la película.
—Será mejor que compres también lo que necesitamos para revelar. No se pueden llevar clichés como estos a una tienda. Y las chicas, ¿colaborarán?
—En cuanto hayan bebido lo suyo, colaborarán —respondió Dax.
Y estuvo en lo cierto.
Sir Robert apartó las fotografías a un lado de la mesa.
—¿Cuánto quieres por todo esto?
—Nada —contestó Dax—. Son suyas.
El banquero lo contempló unos momentos.
—¿Los negativos, entonces?
—Hay cuatro barcos en Macao que se le prometieron a mi padre hace dos años. Cuando lleguen a Corteguay, usted tendrá los negativos.
—Esto es imposible. Yo no controlo esos barcos.
—Ramírez dice que sí.
Sir Robert lo miró sorprendido.
—¿Conque fue eso lo que pasó con la carta?
Dax no respondió.
—¿Así entiendes el honor? —preguntó con acritud sir Robert—. ¿Traicionando la hospitalidad de la casa que te acoge?
Dax se revolvió con rabia.
—Usted no es nadie para acusarme cuando su concepción del honor se limita a calcular cuánto ganará con su traición.
Esta vez fue sir Robert quien se quedó callado. Luego dijo, mirando aquella serie de fotografías:
—Yo hago lo que creo mejor para Inglaterra.
Dax se levantó.
—Por su propia conveniencia, sir Robert, y por la mía, prefiero creer que esta es la razón antes que creer que obró por ambición personal.
Se dirigió hacia la puerta. La voz de sir Robert lo detuvo.
—Necesito tiempo para considerarlo.
—No hay prisa, sir Robert. Me vuelvo hoy a París. Si al terminar la próxima semana no he recibido una respuesta favorable, le enseñaré la carta de Ramírez al barón y a mi padre, y los duplicados de estas fotografías se distribuirán por toda Europa.
Sir Robert miró a Dax sin reprimir la ira que le consumía.
—¿Y si hago lo que dices? ¿No esperarás que te lo comunique directamente?
—No hará falta, sir Robert. Me enteraré por mi padre.
—¿Y Ramírez? ¿No quieres que haga algo con él?
Una luz amarillenta se quedó fija en las negras pupilas de Dax, y el aristócrata se estremeció ante el salvajismo que en el acto percibió en la voz del muchacho.
—No, sir Robert. Para ese tengo mis propios planes.
Al otro día el desayuno de sir Robert se enfriaba mientras él leía los titulares de un periódico.
ANTIGUO DIPLOMÁTICO Y SU AYUDANTE SON ASESINADOS EN LA
RIVIERA ITALIANA
Empezaron a temblarle las manos al recordar la expresión primitiva con que le miró Dax, y se estremeció al pensar en lo que había insistido para que viviese con ellos durante la temporada que tenía que pasar en Sandhurst. Tenía ya la certidumbre de que era un salvaje; su educación y modales eran el ropaje con que encubría la selva que llevaba dentro. Nunca podría predecirse lo que un animal como aquel era capaz de realizar. Cabía la posibilidad de que los hubiese asesinado a todos mientras dormían.
Parecía extraño lo cerca que estaba todo. No hacía mucho tiempo que solo le preocupaban los números y las anotaciones del balance del banco, y ahora eran seres humanos, él y sus hijas, la vida y la muerte.
¿Sus hijas? El terror le invadió al imaginar que aquel bárbaro las había poseído. ¿Cómo pudieron comportarse de aquella forma? Siempre habían sido unos modelos de hijas y nunca le causaron la menor preocupación. ¡Tan distinguidas y tan señoritas! No se veía con valor para hablarles de aquellas fotografías, ni siquiera para iniciar un reproche.
De golpe la ira se apoderó de él, al ver claramente lo que había sucedido. Fue una demencia dudar de ellas. Todo el mundo sabía que los aborígenes de la jungla poseen el secreto de misteriosas pócimas que la moderna ciencia no ha descubierto todavía. trece
Entonces, era evidente que Dax las había obligado a tomar cualquier afrodisíaco, probablemente valiéndose de una inofensiva taza de té.
Había resuelto que lo más conveniente sería alejarlas de allí, cuando entró su esposa en la habitación para desayunar.
—¿Cómo estás, querido? —le preguntó mientras ponía mermelada en una tostada.
—Las chicas van a ir a casa de tu primo, al Canadá —contestó bruscamente.
Ella lo miró sorprendida, olvidándose de la tostada.
—Pensando que ya os habíais puesto de acuerdo en que Chamberlain no permitiría que estallase la guerra, creí que no era necesario mandarlas allí.
—¡Todavía no es primer ministro! Las chicas se irán, y no quiero discutir más este asunto.
Sir Robert salió furioso de la habitación, dejando a su esposa con una expresión de desconcierto. Mientras bajaba las escaleras para tomar el coche que lo llevaría al despacho, decidió que lo único que le quedaba por hacer para solucionar el asunto definitivamente, era mandar los cuatro barcos a Corteguay.
El ruido del redoble de los tambores se extendió por los muelles cuando Dax caminaba detrás del ataúd cubierto por una bandera, y veía cómo los hombres vestidos con los nuevos uniformes de la flamante marina mercante de Corteguay se quedaban en posición de firmes y cogían el féretro de manos de los soldados franceses de la guardia que le rendía honores.
Los marinos subieron lentamente al barco, y Dax los siguió, moviéndose incómodo dentro de su flamante chaqué, llevando con indolencia el sombrero de copa en la mano. Cerró los ojos mientras los marinos inclinaban el ataúd al introducirlo por la estrecha puerta del camarote.
Pensó que era una ironía que su padre no pudiera saber nunca que volvía a la patria en un barco que llevaba su nombre. Fue lo primero que Dax vio cuando el cortejo se paró al costado del muelle: JAIME XENOS. La pintura estaba todavía fresca y la blanca capa no había podido tapar del todo su antiguo nombre: Shoshika Maru. Era el primer viaje entre Francia y Corteguay que la recién creada marina mercante efectuaba.
Todavía recordaba el día en que, sentado en el despacho de su padre, Marcelo trajo el cable de Inglaterra. Su padre sonrió mientras levantaba los ojos del papel.
—¡Nuestro amigo sir Robert nos ha conseguido los barcos!
Dax sonrió al ver la felicidad retratada en su rostro.
—Quizá cuando llegue la hora podremos volver a casa en un barco nuestro —dijo aquel día.
La hora había llegado, pero de una forma totalmente inesperada. Su padre volvía a la patria, pero él no. El telegrama del Presidente era muy explícito:
«Mi más sentida condolencia por la muerte de tu padre, que era un verdadero patriota. Desde ahora quedas nombrado cónsul hasta que recibas nuevas instrucciones.»
Vio cómo ataban el ataúd para asegurarlo contra los bandazos de la nave, y cómo los marineros pasaban uno a uno saludando ante el féretro. Después quedó solo con Gato Gordo en el camarote.
Se volvió hacia su amigo, quien murmuró:
—Esperaré fuera.
Dax contempló el ataúd todavía cubierto con la bandera azul y verde y el águila de Cortés bordada en medio, de quien había tomado el nombre su país. Paso a paso se le acercó y religiosamente puso una mano sobre la bandera.
—Adiós, padre —dijo casi con el aliento—. Me pregunto si alguna vez comprendiste lo mucho que te quería.