Los aventureros
Capítulo VIII
Sentado en la galería y con su habitual cigarro en la boca, Dax vio que Amparo salía de la casa.
—¿Dormiste bien?
Amparo abarcó de una mirada el maravilloso paisaje que se abría ante ellos.
—Muy bien. Es todo tan tranquilo aquí… Los montes parece que te inviten a soñar.
Él la miró satisfecho. En los dos días que llevaban allí habían desaparecido los círculos azules que le rodeaban los ojos y volvía a tener color en las mejillas y ya no ofrecía aquel aspecto de cansancio y de angustia.
—Ya te dije que sería estupendo.
—Si pudiera quedarme aquí… —suspiró.
Dax no respondió. Ella se sentó a su lado, y Gato Gordo salió de la casa y les acercó una mesita, trayendo luego una bandeja con el servicio de café. Amparo se sirvió.
—¿Quieres?
—No, gracias. Lo tomé ya.
Ella se bebió una taza; el café era fuerte y se sintió más despejada.
—Tenemos que hablar.
—¿Sí?
—Debe parecerte raro que habiendo estando tanto tiempo lejos de tu tierra, vuelvas a casa y te encuentres inmediatamente prometido.
Esperó, pero al ver que él no respondía, continuó:
—En cambio para mí no lo ha sido. Siempre he sabido que me casaría cuando mi padre lo dispusiera, no cuando a mí me pareciese.
—¿Y nunca protestaste?
—No. Me inculcaron desde pequeña el sentido del deber. Lo único que me habría gustado era que te hubiesen dado más tiempo. Quizás entonces nos hubiéramos inclinado espontáneamente el uno al otro. Como cuando éramos niños.
—Quizá habría sido mejor. Si…
—¿Lo crees como dices?
—No sé… —confesó Dax—. Pero en realidad no me sorprendí mucho cuando tu padre me planteó la alternativa.
Sonrió, añadiendo:
—Lo siento; no soy muy romántico.
—Ninguno de los dos lo es —dijo Amparo tímidamente—; pero me complace que seas tú.
Por primera vez él la tocó y la besó. A pesar de lo que Dax olía a tabaco, Amparo no vio en él al hombre ya hecho, sino un alma joven y limpia, y lo miró con una honda tristeza, llenándosele los ojos de lágrimas, sin poderlo evitar.
—¿Qué te pasa?
Agitó la cabeza violentamente, y, sin poder contener los sollozos, se fue corriendo a la casa.
Minutos después reapareció y se disculpó.
—Lo siento, Dax.
—No te preocupes.
—Será mejor que me lleves a casa.
Dax la miró con gesto interrogante.
—No debía haber venido. La gente hablará.
—¿Qué importan las razones? —exclamó en un arranque de genio—. ¡Quiero ir a casa! ¿Me llevas o me voy sola?
—Te llevo.
Ya de camino le habló solo una vez.
—Tarde o temprano me tendrás que decir lo que te preocupa, pero me da el corazón que cuanto antes te decidas será mejor para ambos.
Ella le miró de soslayo, preguntándose qué era lo que él sabía o suponía. Pero Dax no demostraba inquietud alguna, y ella todavía no se veía con ánimo de decirle la verdad.
La pequeña población de Asiento estaba en plena fiesta. Las calles aparecían engalanadas con la bandera verde y azul de Corteguay, y los balcones y las ventanas estaban adornados con colgaduras que daban un aspecto multicolor a la polvorienta calle principal. Por todas partes se veían retratos del Presidente.
Dax, desde el balcón de un pequeño hotel, contemplaba la muchedumbre que se apretujaba esperando la llegada del Presidente. Reinaba una excitada tensión, y entre la gente iban y venían vendedores ambulantes y chiquillos que corrían haciendo ondear banderitas. De repente se oyó el roncar de la muchedumbre en la parte alta de la calle, y doblando la esquina apareció la cabalgata presidencial.
En cabeza iba una compañía de jinetes de cuatro en fondo, montando caballos alazanes. Cabalgaban en perfecto orden, con los vivos colores de sus uniformes brillando al sol, y detrás de ellos aparecía el primer automóvil. El asiento delantero lo ocupaban dos soldados, uno de ellos conduciendo, y en el de atrás, entre dos militares de alta graduación, el Presidente, quien como siempre, para hacerse destacar, llevaba un sencillo uniforme caqui y sin condecoración alguna. La multitud empezó a gritar:
—¡Viva el Presidente! ¡Viva!
El Presidente retribuyó a las gentes con una sonrisa de satisfacción; sacándose el quepis, correspondió a los saludos. Este gesto provocó nuevas muestras de entusiasmo.
Detrás de él seguía un segundo coche en el que, igual que en el primero, iban dos soldados delante y dos oficiales detrás, pero en medio de ellos brillaba la rubia cabellera de Amparo, la cual, juvenil y radiante, sonreía a la multitud. Esta vez los gritos fueron auténticamente cariñosos.
—¡Viva la princesa! ¡Viva la rubia!
Dax le dijo a Gato Gordo.
—¡Qué recibimiento!
Con los párpados entornados por el sol, Gato contestó:
—No me gusta. Hay demasiados soldados.
—No esperarías que el Presidente viniera solo.
—No; pero no tenía necesidad de traerse a todo el jodido ejército.
Los automóviles se detuvieron en la plaza y el alcalde bajó presuroso la escalera del ayuntamiento para dar la bienvenida, en tanto la caballería formaba un perfecto cuadro en torno de los coches, y el Presidente, descendiendo con lentitud del suyo, se dirigió a dar la mano a Amparo para que se apease. Se acercaron al ayuntamiento, donde el alcalde, clavado en el umbral, les dijo en voz alta para que le oyese todo el mundo:
—Es con nuestros sentimientos más hondos de fidelidad y devoción que la orgullosa ciudad de Asiento da la bienvenida a nuestro Presidente y a su encantadora hija.
Dax le dijo a Gato Gordo:
—Vamos, entremos a tomar algo.
Se fueron al bar y pidieron cerveza fría.
—No creo que venga —dijo Gato Gordo de prontos—. El Cóndor no es tonto. A estas horas ya sabe cuántos soldados se ha traído el Presidente.
—El viejo bandolero es hombre de palabra. Vendrá —contestó Dax—. Parece como si no quisieras que viniera.
Gato Gordo miró por encima de la mesa a Dax; con expresión sombría le contestó:
—Si es listo, no vendrá. Acuérdate de lo que te digo: si viene habrá derramamiento de sangre.
Oyeron unas pisadas detrás de ellos y se volvieron. Era el cabo Ortiz, el soldado que los encontró en la montaña, quien los saludó cuadrándose.
—¿Señor Xenos?
—Sí, Ortiz.
—Su Excelencia desea que se reúna con él y la princesa en el jardín del alcalde.
Dax se bebió de un trago el resto de la cerveza, y mirando a Gato Gordo le preguntó:
—¿Vienes?
Gato hizo un gesto negativo.
—Con tu permiso, prefiero quedarme aquí. Se está mejor.
Dax miró el reloj, y le dijo a Amparo, la cual estaba a su lado, sentados los dos a la larga mesa que prepararon en los jardines del alcalde.
—Casi es la hora.
—¿Ya son las cuatro?
Los demás comensales empezaron a levantarse, y al cabo de unos momentos lo hizo el Presidente, saliendo todos a la galería que daba a la plaza.
El Presidente hizo una seña a Amparo para que se pusiera a su lado, diciéndole al mismo tiempo a Dax:
—Tú también, hijo mío.
Dax se puso al otro lado de Amparo. Miró al otro lado de la plaza. Los soldados habían formado una doble hilera, dejando en medio un pasillo. Detrás de ellos la multitud enmudeció en segundos. Dax vio que Gato Gordo salía del hotel. La voz estridente de un chiquillo gritó:
—¡Ya vienen! ¡Ya vienen!
Todo el mundo miró con expectación hacia la plaza, pero Dax observó de reojo el rostro del Presidente. Estaba tranquilo, sin expresión alguna que lo alterase. Entonces, lo mismo que todos, fijó su atención en la parte alta de la calle, por donde tenía que aparecer el Cóndor.
Y apareció en seguida. Montado en un caballo bayo, avanzaba sereno, sin mirar a ninguna parte, con el ancho sombrero echado hacia delante, cuya ala le ocultaba medio rostro. Detrás de él seguían los otros. Dax vio que uno de ellos era su hijo; el muchacho avanzaba altivo y miraba alrededor con curiosidad.
No se oyó ni un murmullo cuando el viejo llegó al final del pasillo formado por los soldados. Levantó una mano y la columna que le seguía se detuvo. Se quitó el sombrero y el espeso y largo pelo negro casi le rozaba los hombros. En el acto, y recia la voz, se dirigió al Presidente.
—He venido, excelencia, en respuesta a su requerimiento. Acepto la amnistía y desde ahora la paz reinará entre nosotros.
El Presidente se quedó mirándolo unos instantes, y bajó rápidamente los escalones. Rígido el Cóndor desmontó mientras detrás de él, los soldados adoptaron la posición de firmes.
—En nombre de nuestro amado país te doy la más fervorosa bienvenida. Demasiado tiempo nuestra casa ha estado dividida.
Avanzó unos pasos y el viejo y él se fundieron en un estrecho abrazo.
Un cálido rumor de aprobación salió de la multitud. El acto que se acababa de desarrollar daba fin al reinado del terror y de las no ches sin sueño. Se terminaba el peligro de que bandoleros y soldados convirtiesen a su querida ciudad en un campo de batalla.
Dax miró por encima de las cabezas de la multitud, y vio a los bandoleros de pie al lado de sus caballos. A quien no vio por ninguna parte fue a Gato Gordo. Probablemente estaría dentro del bar, decepcionado porque sus predicciones habían resultado una fantasía.
El Presidente llevaba del brazo al Cóndor hacia la escalera, y posó complacido con él para las consabidas fotografías. Mirando de refilón a Amparo, Dax le dijo:
—Tu padre estará orgulloso. Es maravilloso lo que ha hecho.
Una extraña expresión cruzó por el rostro de ella, pero antes de que pudiera preguntarle el motivo, sintió que le tocaban en el hombro, y al volverse vio al Cóndor.
—He mantenido mi palabra —le dijo sonriendo—. He traído a mi hijo, y de aquí en adelante lo pongo bajo tu protección. ¿Procurarás que vaya a la escuela como me prometiste?
—Te doy mi palabra.
El viejo indicó al chico se pusiese al lado de Dax.
—Irás con el señor Xenos y le obedecerás en todo como si fuera yo.
El chico inclinó la cabeza.
—Procura ser bueno, y algún día volverás a las montañas con conocimientos que harán de ti un hombre libre.
Alargó la mano y acarició con ternura la mejilla de su hijo, añadiendo:
—No hagas nada de que yo tenga que avergonzarme.
Empujó al muchacho hacia Dax y dijo:
—Se llama José, y puedes azotarlo si no hace lo que le ordenes.
El Presidente se acercó al Cóndor.
—Ven a la casa y tomarás un vaso de vino. Tenemos mucho de qué charlar.
El Cóndor se echó a reír.
—Vino y charla. ¡Los años no te han cambiado, Diablo Rojo!