Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 76 de 150

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Los aventureros

Capítulo IX

nueve

 

Poco después de las siete de la mañana, con una vieja camisa y un par de deslucidos pantalones tejanos, Dax bajó de su habitación, pasó por el comedor y entró en la cocina. Ninguno de los huéspedes había bajado todavía. Gato Gordo apareció en el umbral, y le dijo a Dax, sin acabar de comerse el bocado que tenía en la boca:

—Entra; esta cocinera sabe su oficio.

Halagada, la mejicana sonrió.

—Luego —dijo Dax—. Pensaba probar antes algunos de los famosos caballos de aquí.

—Ha estado bueno el desayuno. Mil gracias —le dijo Gato a la cocinera.

—De nada.

Gato Gordo siguió a Dax, preguntándole:

—¿A qué hora se come aquí? Con una cocinera como esa no se puede llegar tarde.

—A las doce.

—Bueno, no me retrasaré.

Salieron de la cocina cuando ya el sol se empezaba a notar. Gato Gordo, viendo lo claro que se presentaba el día, dijo:

—Hoy hará calor.

Dax siguió andando hasta los establos, detrás de la cocina. En el potrero había una hermosa yegua sin domar a la que tres mozos trataban de ensillar desde fuera de la valla, pero cada vez que sentía una mano en el lomo huía resoplando y coceando.

—Es muy nerviosa esa yegua, ¿no? —dijo Gato Gordo.

Los mozos se miraron y no le contestaron, y uno de ellos si guio intentando detener a la yegua.

—¿Por qué no le tapan los ojos?

Les miraron sin hacerles caso.

 

—Podemos coger algún caballo y salir a dar una vuelta, ¿verdad? —propuso Dax, Uno de los mozos se fijó en la vieja camisa y en los pantalones de Dax y respondió desdeñoso:

—Mister Horgan no permite que los criados mejicanos ensillen ningún caballo.

Gato Gordo miró rápidamente a Dax, el cual, conteniéndose, preguntó, señalando a la yegua:

—¿Ni ese?

Los tres mozos se miraron riéndose entre sí, y uno de ellos contestó:

—Si consigues ensillarlo… sí.

—Gracias —dijo amablemente Dax. Apoyó las maños en la barra y saltó por encima de ella.

Gato Gordo intentó pasar por entre los barrotes, pero su gordura se lo impidió, y al apartarse de la valla vio la mueca burlona de ellos. Irritado, trató de subir encaramándose, y al poner el pie en el barrote de abajo, este se rompió debido a su peso. Las carcajadas se oyeron desde la cocina.

—Será mejor que entre por la tranquera, ¿no? —dijo con una plácida sonrisa.

La abrió en el acto diciendo:

—Esas vallas las harían para que pudieran saltarlas los niños, ¿no?

—No son para hombres tan rechonchos, mex —le contestó el más joven.

—No soy mejicano, señor —le replicó Gato Gordo en tono grave—. Soy de Corteguay.

—Es lo mismo —le contestó otro—. Todos ellos países pringosos.

Gato Gordo se volvió hacia él. En sus ojos brillaba una lucecita peligrosa. Dax le ordenó secamente:

—Coge la silla, Gato Gordo.

Gato la cogió sin contestar y Dax fue acercándose a la yegua. El mozo que había dado la silla a Gato Gordo cogió un lazo y empezó a enrollarlo con la mayor cachaza. Dax cogió un cabo del ronzal que colgaba del cuello de la yegua y les dijo a los mozos:

—Sepárense de la valla. Están poniendo nervioso a ese animal.

Le obedecieron, y Dax empezó a hablar en español a la yegua, sin levantar la voz, casi arrullándola.

—¡Qué bonita yegua eres…!

«Yeguas y mujeres…, son lo mismo. A todas les gusta que las mimen.» Y siguió hablándole como si fuese una niña, hasta que la yegua se apaciguó y se dejó acariciar la cabeza sin rechazarle. Dax hizo una seña a Gato Gordo, y antes de que la yegua pudiera reaccionar ya estaba ensillada y cinchada y con Dax encima.

Se quedó un segundo quieta al sentir su peso, y de repente corveteó, dando unos pasos, tratando de desmontar al jinete. Dax resistió, sin dejar de hablarle en el mismo tono. La yegua recorrió el potrero corcoveando, se detuvo en seco y empezó a caracolear, y al ver que no lograba librarse empezó a recular violentamente, empinándose una que otra vez, piafando y relinchando… Finalmente se detuvo, temblándole las patas y jadeando. Dax le acarició la crin, hablándole en voz baja, suavemente…, y la sacó del potrero.

Luego la paró delante de los mozos y, saltando ágilmente a tierra, les dijo:

—No la teman ya; es como una oveja.

Le miraron con despecho.

—¿Nos estás llamando cobardes? —le preguntó hostilmente el que había enrollado el lazo.

Dax le miró con desdén y sin responderle le volvió la espalda para ocuparse de nuevo del animal. En el acto la cuerda corrediza silbó en el aire y le rodeó los hombros, apartándole bruscamente de la yegua. El violento tirón casi le hizo perder pie, pero afirmándose como pudo logró recuperar el equilibrio.

El del lazo, mientras, sonreía.

—¿Sigues diciendo que yo y mis amigos somos cobardes?

Dax vio que Gato Gordo se adelantaba, y con un ademán lo detuvo. El mozo del lazo, creyendo que el ademán de Dax se debía al miedo tiró nuevamente de la cuerda. Dax dio un traspiés, cayó de rodillas y fue a dar de bruces en tierra.

En aquel momento llegaron Marcelo y Horgan, con los otros invitados, y Marcelo, al ver lo que sucedía, y recordando con angustia lo que ocurrió en Ventimiglia, exclamó:

—Detenga a sus hombres, mister Horgan. No saben con quién juegan.

Horgan rio entre dientes. Era corpulento y tenía un sentido del humor muy tejano.

—No se preocupe. Mis muchachos saben defenderse. Se están divirtiendo. Les gusta hacer rabiar a los bisoños.

Marcelo miró a su anfitrión. Horgan contemplaba sonriente lo que ocurría en el local. Resignado a lo peor, Marcelo se encogió de hombros.

Gato Gordo se hallaba apoyado contra la valla, y los mozos rodeaban ahora a Dax, que seguía en el suelo. El tipo del lazo le miró y tiró bruscamente de la cuerda. La sonrisa burlona que animaba su rostro se convirtió en una mueca de sorpresa cuando vio que la cuerda se le escapaba de las manos al tiempo que lanzaba un rugido de dolor. Dax, de un certero golpe en la rodilla con el canto de la mano se la había fracturado. Todavía no había dado con sus huesos en el suelo, cuando ya Dax, levantándose, tenía al otro fuera de combate de un golpe propinado con el brazo rígido en la caja torácica. A pesar de hallarse a unos seis metros de distancia, Horgan y sus acompañantes oyeron el crujido de las costillas al romperse. Dax empezaba a erguirse en el momento que el tercer bravucón se situaba a sus espaldas. No pasó de ahí, pues Gato Gordo lo había agarrotado con parte de la cuerda y estaba zarandeándolo con el mismo entusiasmo que un terrier a una rata.

—¡Gato Gordo! Basta ya —ordenó Dax, tajante.

Gato se detuve a regañadientes.

—En mi país, señores —les espetó Gato Gordo con desprecio—, hasta los niños saben defenderse mejor. En la jungla no sobrevivirían ni un día.

Dax, observando el nervioso jadeo de la yegua y sus continuos relinchos, le dijo a Gato:

—Abrévala; tiene sed.

Gato Gordo obedeció, y siguió con la misma dócil expresión cuando vio a Horgan y a sus acompañantes entrando en el potrero.

—Buenos días, señores —saludó cortésmente.

Marcelo entró en la habitación con un fajo de papeles bajo el brazo.

—Espero que no les habré hecho esperar mucho, caballeros.

—No, mister Campion —dijo Horgan cerrando la puerta—. Si está preparado podemos empezar ahora.

Marcelo asintió observando el aspecto de cada uno. Allí estaban Dax, Rainey, Horgan y sus dos socios, Davis y Landing, ambos poseedores de pozos de petróleo muy conocidos. Cada rostro era inexpresivo; sin embargo, sabía cada uno la posición del otro, y esperaban que Marcelo expusiera la suya. Marcelo aspiró profundamente.

—Les voy a hablar francamente, señores. Sé que ustedes se estarán preguntando cómo me pude enterar de que efectuaban investigaciones petrolíferas, y eso posiblemente les ha inducido a sospechar que puede haber una fuga era la organización. Desechen sus temores porque no hay nada de esto. Lo que ocurre es que el barco que alquilaron es mío.

Horgan miró a sus socios.

—¡Caray!

—¿Es que no pensó nadie en asegurarse de quién era el propietario del barco?

Marcelo sonrió.

—No hubieran logrado nada. El barco está inscrito a nombre de su capitán. Al día siguiente de enterarme de que ustedes buscaban petróleo me puse en comunicación con mister Rainey, y al mismo tiempo encargué a mis abogados en el Instituto de Mineralogía de Washington que se enteraran de qué países de América del Sur tienen concedidas licencias para la explotación del petróleo submarino. Al cabo de pocos días supe que las concesiones estaban en poder de las compañías más importantes, las cuales controlan hombres como Huny, Richardson, Getty y Murchinson. También me enteré de que estos individuos obran independientemente y que no forman parte del sindicato de ustedes.

Encendió un cigarrillo y añadió:

—Mis abogados me informaron de que el único país que no ha hecho ninguna concesión en este sentido es Corteguay; mister Rainey me confirmó que sus investigadores encontraron trazas de petróleo en aquel sector, y mi departamento de tráfico proporcionó un informe de sus futuras necesidades navieras. Fue entonces cuando mister Rainey se puso en contacto con ustedes informándoles de mi propuesta.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Marcelo cuando terminó diciendo:

—Ahora, señores, ya lo saben todo.

Horgan calló un momento, miró a sus asociados y repuso:

—Gracias, mister Campion. Yo también hablaré con franqueza. No veo con exactitud lo que usted desea. Porque, ¿quién nos impide que negociemos con Corteguay sin su intervención?

Marcelo echó una mirada a Dax y respondió:

—Nadie. Todo el mundo puede negociar con el país. Pero una cosa es un trato sobre las bases que yo propongo y la otra competir en mercado abierto.

—¿Sugiere que nos resultará más barato negociar con usted?

Dax intervino:

—Creo que debo responder yo. Ustedes pagarán lo mismo, quizás un poco más; pero obtendrán la concesión.

Horgan sonrió diciendo:

—Entonces, no veo las ventajas. Usted y mister Campion han olvidado que es muy probable que no haya petróleo, y no solo resultará inútil la concesión, sino que quedaremos ligados por un contrato naviero a favor de mister Campion.

—Pero de todos modos usted necesita petroleros, Horgan —replicó Marcelo—, y yo le llevaré la carga por un cuatro por cierto menos que las otras compañías.

—Quizá —admitió Horgan—, pero si no podemos arreglarlo directamente con Corteguay, presiento que nos conviene más confiar en el mercado libre. Hemos de tomar nuestras precauciones.

Dax miró a Marcelo a través de la mesa, y aunque vio que estaba impasible, él, que lo conocía bien, se dio cuenta de lo pálido que se había puesto. Entonces se levantó, aburrido por los manejos y el tira y afloja de aquellos hombres tan poderosos y seguros de sí mismos.

—No es necesario que tome ninguna precaución, mister Horgan.

El tejano lo miró asombrado.

—¿Qué quiere decir, mister Xenos?

—Que nunca obtendrá la concesión en el mercado libre.

Horgan se levantó de un salto.

—¿He de entender que usted, señor, lo va a impedir?

—De ninguna manera —y sonriendo fríamente, sin vacilar, añadió—: Una vez hayamos regresado a nuestro país, yo no puedo evitar que mi amigo hable. ¿Y de veras cree usted que cuando Gato Gordo cuente la historia de la agresión de que fuimos objeto por parte de su gente, insultándonos y atacándonos, sin que usted les llamara al orden, mi gobierno estará dispuesto a concertar con usted acuerdo alguno?

—Pero solo estaban bromeando —protestó Horgan.

—¿Sí, eh?

Horgan se sentó, miró con pesimismo a sus socios, y luego a Dax. Poco después le dijo a Marcelo.

—Está bien, mister Campion. Trato hecho.

Marcelo clavó los ojos en Dax, quien le miró con maliciosa expresión. Entonces comprendió que había sido una maniobra para defenderle, y desviando la mirada para que no advirtiesen su satisfacción, murmuró:

—Gracias, caballeros.

Y así empezaron las Líneas Campion, que en menos de diez años se convertirían en la flota privada más importante del mundo.