Los aventureros
Capítulo IX
nueve
Descendíamos por el camino que rodeaba la montaña cuando Manuel levantó una mano. Nos detuvimos, y él, apeándose del caballo, se tendió en el suelo, pegando el oído en la dura tierra. Escuchó unos momentos y levantó la cabeza.
—Gato Gordo, ven y escucha.
Gato escuchó y casi inmediatamente se levantaron y montaron en los caballos.
—Hemos de salir de la carretera y escondernos —ordenó Manuel—. Se oye el galopar de muchos caballos.
Gato tendió la vista alrededor.
—Parece que la montaña está libre.
—Entonces retrocedamos —decidió Manuel, a la vez que hacía volver la grupa al caballo.
Yo había jugado muchas veces en aquellos lugares, y dije:
—Más adelante, pasada la primera curva, hay un bosquecillo, y muy cerca encontraremos una cueva donde podemos escondernos.
—¿Cabrán los caballos?
—Papá decía que allí podría esconderse un ejército.
—Apresuraos, pues —ordenó Manuel—. Nosotros seguiremos.
Pegamos unos espolazos y en seguida llegamos al bosque que les había anunciado, y poco después estábamos en la boca de la cueva.
—Aquí es —dije.
Manuel bajó rápidamente del caballo.
—¡Tú y Roberto meted los caballos en la cueva! —ordenó—. Los otros venid conmigo; vamos a borrar las huellas que hemos dejado.
En un instante todos descabalgamos y nosotros entramos con los animales en la cueva. Primero se agitaron y empezaron a retroceder ante la oscuridad, pero los tranquilizamos en un momento. Roberto les trabó las patas con una cuerda que ató a una roca, y después salimos de la cueva.
Gato Gordo y Santiago barrían con ramas las huellas que dejamos antes de llegar al bosque, y Manuel y Santiago, el joven, montaban una de las ametralladoras en el trípode; luego la cogieron entre los dos y la emplazaron en la boca de la cueva. Cuando los otros borraron totalmente las huellas, vinieron para ver la ametralladora, y quedaron satisfechos. Gato Gordo se colocó detrás y comprobó el punto de mira, haciendo un ademán de aprobación.
Manuel se dirigió a Santiago, el joven, indicándole un árbol cercano:
—Súbete a ese árbol y cúbrenos con el rifle si hay jaleo.
Casi antes de acabar la frase, Santiago ya estaba arriba; las ramas se movieron unos instantes y después lo taparon.
—Vosotros, a la cueva —nos ordenó.
Antes de que pudiéramos protestar, Gato Gordo levantó una mano; nos quedamos quietos escuchando, pues el ruido de cascos se oía claramente.
—Son más de veinte —calculó, y al mismo tiempo nos hizo un ademán para que nos echásemos al suelo.
Andando a gatas, Manuel fue hasta el extremo del bosquecillo, y levantó la cabeza para ver bien la carretera. Yo también intenté ver algo, pero la curva del cerro me escondía el camino.
El ruido de los cascos crecía y la cabeza de Manuel desapareció. Siguieron oyéndose cada vez más cerca, pasaron por delante de nosotros como una tromba y se perdieron en seguida, lejos.
Manuel volvió corriendo.
—Caballería —informó—. ¡Un escuadrón entero! Conté treinta y cuatro.
Gato Gordo lanzó un silbido.
—¿Qué estarán haciendo aquí? No se tenía noticia de que hubiese militares en Bandaya.
Manuel se encogió de hombros.
—Pero están aquí.
El distante sonido de una corneta llegó hasta nosotros, luego reinó el silencio. Manuel continuó escuchando un momento más, luego se sentó detrás de la ametralladora, liando un cigarrillo y con semblante pensativo.
—¡Eh, Joven! —llamó en voz baja pero penetrante—. ¿Ves algo?
—Nada. La carretera está libre.
—¡La carretera no, idiota! ¡El valle!
Al cabo de unos momentos se le oyó de nuevo.
—Se ve humo, pero está demasiado lejos para poder decir qué es lo que se está quemando.
—¿Se ve algo más?
—No. ¿Puedo bajar ya?
—¡Quédate ahí!
—Me duelen los cojones de estar a horcajadas en la rama.
Gato Gordo soltó la risa.
—No es por la rama por lo que te duelen —se dirigió a Manuel—. ¿Tú qué opinas?
—No sé —respondió Manuel pensativo—. Podría ser un grupo montado de paso por el valle.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Gordo—. ¿Nos vamos a casa?
—Las armas son un flaco sustituto de la comida.
—Pero si hay soldados en el valle…
Manuel lo interrumpió.
—No sabemos que los haya. Los únicos que hemos visto se marchaban.
Gordo se quedó callado; Santiago, el viejo, se sentó enfrente y los tres dejaron de hablar, mirándose unos a otros.
Una presión en los riñones me hacía sentir incómodo.
—Tengo que mear —dije.
Me encaminé a un árbol. Un instante después se me unió Roberto. Allí, de pie, mirábamos los dos amarillentos chorros describiendo un arco, dorado al ser iluminado por el sol. Contemplé el suyo rebosando satisfacción. Roberto podía aventajarme en edad, pero yo lanzaba el chorro a mayor distancia. Él parecía no darse cuenta y estaba a punto de llamar su atención sobre ello cuando el chorro llegó a su fin. Me abroché la bragueta y retorné a la boca de la cueva.
Los tres hombres todavía estaban alrededor de la ametralladora sin decir una palabra. Manuel apagó el cigarrillo y se guardó la colilla en un bolsillo del pantalón.
—Solo hay una manera de saberlo. Uno de nosotros tiene que ir al valle.
—Si hay mis militares, será peligroso.
—Será más peligroso si volvemos sin comida, o con la seguridad de que nos ha sido imposible encontrar nada —replicó Manuel.
—Tienes razón —convino Gato Gordo—. No les gustará.
—En absoluto —añadió Santiago el viejo—. Deben de estar hambrientos.
Los otros dos lo miraron con sorpresa, pues era muy raro que el indio dijera unas cuantas palabras seguidas.
Manuel se encaró con Gato Gordo.
—Irás tú.
—¿Yo? —exclamó Gato—. ¿Por qué yo?
—Tú estuviste en el valle otra vez. Ninguno de nosotros lo conocemos, y por lo tanto es natural que vayas tú.
—Pero no estuve más que un día —protestó Gato, y señalándome, agregó—: El general me mandó que no me separase de este muchacho.
Manuel me miró.
—¿Recuerdas el valle?
—Sí.
—¿Cuánto hay de aquí a tu hacienda?
—Hora y media a caballo.
—¿Y a pie? —preguntó—. Un caballo llamaría demasiado la atención.
—Quizá tres, o más.
Manuel decidió:
—Te llevarás al chico. Te puede servir de guía.
Gato Gordo rezongó.
—Si por lo menos fuésemos con los caballos. Tú sabes de sobra lo que me cuesta andar. Además, sospecho que es muy peligroso. Nos matarán.
Manuel se levantó.
—Entonces no necesitarás los caballos —y añadió con rudeza—: ¡Venga ya!
Gato Gordo se levantó y cogió el rifle.
—¡Déjalo! —ordenó ásperamente Manuel—. Escóndete la pistola debajo de la camisa. Si te encuentras con alguien en la carretera, no serás más que un pobre campesino y su hijo que van a Bandaya. Si te ven con un rifle lo primero que harán será matarte, y luego te preguntarán.
Gato Gordo no parecía muy convencido.
—¿Hasta cuándo nos esperaréis?
Vi cómo Manuel calculaba mirando al sol; después respondió:
—Ahora casi son las ocho. Si el chico está en lo cierto, llegaréis a la hacienda alrededor del mediodía. Si al caer la noche no estáis de vuelta, nos iremos.
Gato lo miró sin una queja. Cada uno sabía lo que pensaba el otro. Si la situación hubiera sido al revés, Manuel habría reaccionado igual. Entonces se dirigió a mí.
—Vamos, chico. Por lo visto también he de devolverte a casa.
—¡Tengo los cojones partidos! —gimió Santiago, el joven, desde la copa del árbol.
Gato Gordo miró hacia arriba, sonriendo perversamente.
—Pobrecito… ¿Quizá te sentirías mejor si vinieras con nosotros a dar un paseíto?
El sol se hallaba en el cénit cuando, escondidos en el campo de caña, contemplamos asombrados el espectáculo que más allá del camino aparecía ante nuestros ojos. Habían incendiado el granero y la colina, y no quedaba más que unos maderos achicharrados y ardientes que me quemaban la cara.
Sintiendo un nudo que me apretaba el pecho, me levanté, pero Gato Gordo me sujetó y me obligó a tenderme en el suelo.
—¡Quieto! Puede haber todavía alguien rondando por ahí.
Lo miré como si nunca le hubiese visto.
—Quisieron quemar mi casa.
Él no respondió. Sus ojos inspeccionaban el camino.
—Por eso tu padre te mandó a las montañas —me dijo secamente.
—Si lo sabía, debió permitir que me quedase, y yo no les hubiera dejado quemar nada.
—Lo habrían quemado igual, y contigo dentro —me respondió muy convencido.
Poco después se levantó.
—Vamos, quizás encontremos algo.
Le seguí, y a medio camino entre la carretera y la casa encontramos un cadáver tendido boca abajo, Gordo le dio la vuelta con el pie y exclamó en tono desdeñoso:
—Un campesino.
Lo reconocí en seguida: era el viejo Sordes, quien nos arreglaba el jardín y las flores de alrededor de la casa. Así se lo expliqué a Gato.
—Más vale así. —Y añadió rotundo tras escupir en el suelo—: De cualquier modo se habría quedado sin empleo.
Seguimos hacia la casa y al llegar vimos que la galería se había derrumbado al interior de la bodega.
Al contemplar el destrozo sentí que el corazón me latía con violencia.
Contemplamos unos momentos el espectáculo. Gato Gordo empujó una madera con el pie, la cual fue a parar al fondo de la bodega y casi inmediatamente surgió una llamarada. Luego nos dirigimos a la parte trasera de la casa.
—Quizá haya alguien en la bodega —le dije a Gato.
—Si ha quedado alguno estará bien cocido…
Hasta que llegamos al patio que separaba la casa del granero no vimos a las dos mujeres. Estaban atadas con fuertes sogas al tronco de un árbol, mirándonos con sus ojos sin vida. Aterrado reconocí a una de ellas: era Sara, la cocinera. A la otra no la había visto en mi vida.
Ambas estaban desnudas y tenían el cuerpo lleno de cortes con la sangre coagulada, a la que acudían las hormigas.
—Esta es Sara —dije—, la que me hizo la maleta.
Gordo la miró.
—¿La india?
Cerré los ojos y recordé su diligencia preparándome el desayuno la última mañana que estuve en mi casa.
—¿Por qué no se contentaron con violarla y matarla luego? ¿Qué necesidad tenían de torturarla? —pregunté con amargura.
—¡Soldados! —rugió Gato Gordo—. Son peores que nosotros.
—¿Por qué? —repetí.
—Creerían que podía descubrirles algo —dijo mientras cogía el camino del campo de caña—. Vámonos; aquí ya no hay nada que hacer. Tenemos que regresar.
Habíamos llegado casi al camino cuando me detuvo bruscamente.
—Tú te llamas Juan —me dijo rápidamente al oído—. ¡No digas nada!; déjame hablar a mí.
No supe a qué se refería hasta que aparecieron ante nosotros seis soldados con uniformes rojos y azules y cuyas pistolas nos apuntaban al pecho.