Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 45 de 150

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Los aventureros

Capítulo XXI

 

La voz de ella era cálida, apasionada.

—Querido… Nadie, nadie en toda mi vida, se me come como tú.

Dax se apoyó sobre un codo y contempló a Sue Ann, que con los ojos medio cerrados y el pelo extendido sobre la almohada respiraba profundamente.

—No te creo.

Sus ojos, de un intenso azul, lo miraron fijamente.

—Lo digo en serio, Dax. Todos los otros se portan como si me estuvieran haciendo un favor; no como tú.

Él sonrió y extendió el brazo para coger un cigarrillo.

—Entonces son unos estúpidos.

Ella le detuvo la mano y la guio hasta su pecho.

Suspiró quedamente y cerró los ojos.

—Y cuando estás dentro de mí —añadió susurrante—, chico, me parece que más que vivir me esté muriendo, Dax se echó a reír al tiempo que, poniéndola de espaldas a él, el cuerpo medio doblado, la penetraba. Ella se estremeció.

—¡Oh, Dios! —gritó—. ¿Es que no te tomas nunca un respiro?

—Solo cuando tú estés saciada.

—¡Nunca estoy saciada! —gritó. Un frenético estremecimiento le recorrió el cuerpo—. ¡Me estoy corriendo otra vez! —chilló, delirante, intentando apartarse de él.

Dax se lo impidió sujetándola por los hombros. Momentos después, aunque su delirio se había aquietado, todavía continuaba temblando y retorciéndose.

—¡No pares! Quiero correrme mil veces.

—Descuida, no pararé.

Sue Ann apoyó la cabeza en el hombro de él y volvió el rostro para mirarle. Tenía nuevamente los ojos entornados, y su voz sonó muy queda.

—¡No me extraña que no quieran que jodamos con negros!

Dax había vivido el tiempo suficiente en Estados Unidos para comprender a qué se refería. Tuvo que dominarse para no soltarle una bofetada.

—¡Coño asqueroso!

Cerrados los ojos completamente, ella se apretó contra Dax.

—Está bien, querido —susurró—. Cómeme, hazme daño, dime obscenidades, jódeme. ¡Es todo cuanto deseo!

Un rato después, él encendió un cigarrillo y Sue Ann se lo quitó de la boca. Lo chupó con avidez y expelió lentamente el humo por la nariz.

—Me alegro de que tengas este apartamento. Carolina no nos deja ni a sol ni a sombra.

Dax cogió otro cigarrillo y lo encendió sin responder.

—¿Qué tal es Carolina?

Dax la miró fijamente.

—¿Por qué no la pruebas y lo sabrás?

—¿No me lo quieres decir?

—¿Te gustaría que yo hablara de ti?

—¿Por qué no? —replicó ella—. Yo hablo de ti.

Él soltó la risa diciéndole:

—Estás loca.

—Dicen que las francesas son muy apasionadas.

—No mienten.

—¿Tanto como yo?

—No; ninguna como tú.

Ella sonrió.

—Me gusta. Desde que era una chiquilla no podía pensar en otra cosa. No podía esperar. Solía excitarme pensando en ello.

—No has cambiado mucho.

—Tú eres un verdadero hombre —afirmó ella mientras una sombra cruzaba por su mirada—. Y lo que siento es que voy a echarte de menos.

Dax la miró sorprendido.

—¿Echarme de menos? ¿Por qué?

—Mamá quiere que vaya a un colegio de Suiza. Papá objetó que pronto empezaría la guerra, pero mamá insistió en que debía ir y que estaré de vuelta antes de que estalle.

—¿Cuándo te vas?

—Mañana.

—¿Tan pronto? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—¿Habrían cambiado las cosas?

—No, pero…

La muchacha miró el reloj y aplastó el cigarrillo en un cenicero en la mesita de noche. Después, de pie ante el espejo, mientras se pintaba los labios, preguntó sonriendo:

—¿Me echarás de menos?

—Un poco —respondió él—. No hay muchas como tú.

Se acercó a la cama y le besó.

—Ha sido agradable, ¿no?

Él asintió a la vez que preguntaba:

—¿Dónde has dicho que te vas? A Suiza, ¿verdad?

—Sí.

—Tengo un amigo allí. Sergei Nikovitch. Mira a ver si lo encuentras. El conde Nikovitch.

Sue Ann abrió los ojos de par en par.

—¿Es de verdad un conde?

—Sí, es un conde verdadero. Un ruso blanco. Los comunistas expulsaron a toda su familia.

—Lo buscaré —dijo ella con decisión.

Seguidamente preguntó Ann:

—¿Tiene buen aspecto?

—Mucho. Es más alto que yo. Mide un metro ochenta y siete. Su padre era un oficial cosaco.

Así que la puerta se cerró detrás de ella, Dax se recostó en la cama sonriendo. Sue Ann no era la clase de muchacha que permanecía mucho tiempo sola. Si alguien era capaz de alcanzar un completo éxito con ella, era Sergei.

El teléfono que había sobre la mesita empezó a sonar, y en seguida oyó que Gato Gordo respondía desde la habitación vecina, y apenas encendió un cigarrillo cuando Gato apareció en la puerta.

—Cada vez que la rubia está aquí, la francesa telefonea —le dijo.

—¿Carolina?

—¿Es que no estás bien? ¿Qué otra francesa conoces aquí? Esta que acaba de salir te entontece. Menos mal que se va.

—Estabas escuchando a través de la puerta.

—¿Qué otra cosa puedo hacer en un sitio tan aburrido? —replicó Gato Gordo—. ¿Quieres hablar con ella?

—O.K. —condescendió Dax descolgando el teléfono—. ¿Eres tú?

—En dos horas te he llamado tres veces —respondió Carolina en voz enojada—. Pero ese estúpido de ayudante tuyo me dijo cada vez que dormías.

—Es verdad.

—¿Durmiendo por la tarde?

—Ya sabes que a los sudamericanos nos gustan las siestas largas… Además, ¿qué otra cosa voy a hacer?

—Roberto tiene clases todo el día y me ha encargado que te pregunte si quieres venir con nosotros al fin de semana de los Hadley.

—Desde luego.

—Entonces, mañana por la mañana te recogeremos a las nueve. Dax preguntó, para mortificarla un poco: —¿Vendrá Sue Ann con nosotros?

—No —respondió secamente, y le preguntó íntimamente satisfecha—. ¿No estás enterado? Se va.

—¿Se va? —fingiéndose sorprendido, preguntó—. ¿Y adónde?

—A Europa —respondió Carolina, y añadió sarcástica—: Sus padres han decidido que ya es hora de que la eduquen.

Dax sonreía al colgar el teléfono.

—¡Dax! ¡Dax!

Oyó cómo le llamaban, y volviéndose nadó lentamente hacia la playa. Una lancha llena de chicos y chicas salía del pequeño muelle en el mismo instante que él llegaba, y el oleaje hizo que no alcanzara el asidero. Le tendieron una mano y subió, viendo que era la de James, el mayor de los Hadley.

—Gracias —dijo, y mirando la lancha agregó—: A tu hermano menor parece que le falta tiempo.

—Él es así —contestó Jim—. Ahora está muy ocupado jugando a capitán de barco. Es el primer año que papá le ha permitido tener una lancha suya.

Y mirando cómo la lancha desaparecía hacia dentro del mar, añadió suavizando el tono:

—Ya sabes que solo tiene diecisiete años. Ven a la caseta y tomaremos una cerveza.

—Buena idea.

Estaban a la sombra bebiendo, cuando Jim le preguntó, mirándole con los ojos entornados a causa del sol:

—¿Te gusta estar aquí?

—Mucho. Fuiste muy amable invitándome.

—No me refiero a Hyannis Port —aclaró Jim—, sino a todo en general. Estados Unidos, Boston, Harvard…

Dax vio que James le preguntaba con el mayor interés.

—No lo sé aún —respondió con franqueza—. No llevo aquí el tiempo suficiente para poder dar una opinión. Ya sabes que no hace más que seis semanas que llegué.

—Ya lo sé —dijo James, y añadió con una sonrisa que diluía la malicia que encerraban sus palabras—: Y habiendo estado viendo a Sue Ann, no creo que te haya quedado mucho tiempo para nada más.

Dax se sorprendió. No sabía que su relación con la joven había trascendido.

—¿La conoces?

—Sí. Fui con ella cuando vino por primera vez el año pasado. Resistí casi un mes, pero fue demasiado para mí.

Se echaron a reír y quedó roto el hielo entre los dos. Poniéndose serio de nuevo, dijo:

—Aquí se ha hablado mucho de ti.

—Yo también tengo referencias de ti.

Jim hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Te refieres a mi padre, no a mí.

Dax no contestó.

—Mi padre tenía mucha curiosidad por conocerte. Te admiraba pensando la carga tan terrible que se te echó encima cuando murió tu padre.

—Bah, nada importante. No hice más que sostener la situación hasta que encontraron al hombre adecuado.

—Dice que alguien que puede desenvolverse en una situación como la tuya durante seis meses y sin cometer ningún error, es un fenómeno.

—Dale las gracias a tu padre de mi parte, pero es muy fácil no cometer errores cuando hay poco que hacer. Y con solo cuatro barcos entre Corteguay y el resto del mundo, es muy poca la actividad comercial.

Jim lo miró de reojo.

—¿Crees que mi padre no hizo bien cuando quitó la línea marítima de transportes? —preguntó con brusquedad.

—Tú has citado las palabras de tu padre. De modo que yo citaré las del mío. El boicot contra Corteguay no solo fue una medida de represalia económica, sino una crueldad que condenó a todo un país al hambre.

Jim Hadley calló durante un momento.

—A ti no te gusta mi padre, ¿verdad?

Dax lo miró fijamente. Lo que observaba era algo típico. Todos los norteamericanos estaban cortados por el mismo patrón. Retorcían todas las cosas y las convertían en seguida en cuestión personal. Si uno aprobaba sus actos, daban por descontado que le eran simpáticos, y, si no los aprobabas, asumían también automáticamente lo contrario.

—Te contesto lo mismo que antes. No lo sé. Nunca he visto a tu padre.

—¡Vaya!… Eres brutalmente honrado.

Dax esbozó una sonrisa.

—Como decía mi padre: «Nunca digas una mentira si la verdad te vale lo mismo» —dijo Dax.

Jim se quedó desconcertado y al cabo de unos instantes sonrió a su vez.

—¿Empiezo a preguntarme si es prudente ofrecerte otra cerveza?

—Prueba, a ver.