Los aventureros
Capítulo XV
quince
Sonó un disparo, y antes de que se apagase el eco yo ya estaba echado en el fondo del carro. Sonó otro y Gato Gordo tuvo que tenderse cuan largo era en la cuneta del camino. Al cabo de un momento se levantó chorreando agua y barro, y levantando el puño hacia la montaña rugió con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Santiago! ¡Ciego idiota! ¡Cachorro de hiena! ¡Saliste ya del vientre de tu madre rebuznando como el asno que eres! ¿No puedes ver que soy yo, tu camarada?
Otra bala levantó el polvo a tres pies de Gato Gordo, y este se metió de nuevo en la zanja, pero esta vez no se levantó, y siguió aullando.
—¡Cabrón! ¡Indio de mierda! ¡Soy yo, Gato Gordo!
—¿Gato Gordo? —La voz del viejo Santiago resonó por la ladera.
—Sí, Gato Gordo, ¡maldito gusano ciego! ¡Gato Gordo!
Los matorros cercanos se movieron y Santiago apareció a unos pasos de la cuenta, viendo quién era el que estaba dentro.
—¡Gato Gordo! —exclamó—. ¿Por qué no dijiste que eras tú?
Gato salió más empapado aún que la vez anterior. El agua le caía por el rostro y él no hacía más que escupirla, sin que la ira le dejase hablar.
—¿Pero de verdad eres tú, Gato Gordo?
Santiago tiró el rifle y abrazó a su amigo.
—¡Estás vivo!
—Sí, estoy vivo —gritó Gato Gordo intentando escapar del abrazo del indio—. Pero no gracias a ti.
—Creíamos que estarías muerto —continuó Santiago sin salir de su admiración. Dio unos pasos atrás y lo contempló—. Estás sano y salvo, sin una señal.
Gato Gordo se miró y vio que la camisa y los pantalones nuevos que el señor Moncada le había regalado estaban llenos de barro.
—¡Ni una señal! —rugió levantando y lanzando el puño.
El golpe llegó al rostro del indio y lo tiró por los suelos, y desde el suelo miró a Gato Gordo con una expresión de tristeza, desconocida en él, extraña en su impasible rostro.
—Gato Gordo —dijo desconcertado—, ¿por qué estás enojado conmigo? ¿Qué te he hecho?
—¿Que qué me has hecho? —rugió Gato Gordo—. Mira mi camisa nueva. Mira mis pantalones. Eso es lo que has hecho.
Quiso propinarle un puntapié al indio, pero Santiago dio una vuelta sobre sí mismo y salió del camino rápidamente. Gato Gordo levantó el pie y perdió el equilibrio, yendo a parar de nuevo, pero esta vez de espaldas, dentro de la zanja. Sin levantarse, empezó a soltar todos los tacos de su repertorio.
Oí ruido entre los arbustos y de pronto salió Manuel, el cual miró tranquilamente al indio en el suelo, y a Gato Gordo dentro de la zanja, y preguntó fríamente:
—Cuando hayáis acabado con vuestros juegos de críos, ¿me diréis lo que traéis en el carro?
Solo hacía doce días que habíamos abandonado las montañas camino de Bandaya, y, sin embargo, a mí me parecía que había transcurrido un año. Entramos en el campamento y todos se arremolinaron alrededor de nosotros, aclamándonos como héroes. A duras penas pudieron dominar su impaciencia hasta que las mujeres abrieron el primer barril, cogiendo la carne y corriendo a cocinarla.
Durante el tiempo que estuvimos fuera vivieron de raíces y alguna vez comieron alguna pieza de caza, si bien pocas, pues la montaña estaba agostada por la sequía.
En el pequeño campamento que Diablo Rojo tenía como cuartel general y escondite, había ocho hombres, cuatro mujeres y cuatro chiquillos. Tres de las mujeres y tres niños pertenecían al general, y la cuarta y un pequeño a Manuel.
Cada uno de los tres hijos del general eran de diferente madre.
Roberto, el mayor, mi compañero, era moreno, con evidentes rasgos indios, ya que su madre era pariente lejana de los Santiago.
Eduardo, el segundo, era el que se parecía más al general, aunque sus vulgares facciones también evidenciaban la mezcla de su sangre.
Solo Amparo, la niña y la menor, era de piel blanca y pelo rubio.
Tenía el cuerpo delgado y pequeño y sus ojos eran brillantes y vivarachos, acusando siempre una especie de inquietud interior. Sin iluda era la favorita de su padre, lo mismo que lo era la madre, la cual era delgada y rubia, a diferencia de las otras dos mujeres, morenas y más bien gordinflonas. Las otras dos estaban muy celosas de ella, pero evitaban demostrarlo. Procedía de algún lugar de la costa, donde se decía que el general la había encontrado en un burdel, aunque ella insistía en que era hija de un hidalgo español empobrecido y de una alemana refugiada. De cualquier modo se daba aires de gran dama, y las otras tenían que cocinar y servirle de criadas.
Cuando el general estaba fuera, pasaba la mayor parte del tiempo jugando con Amparo, vistiéndola y desvistiéndola como a una muñeca. Y esto, agravado con el trato deferente del general y de cada miembro del campamento, bastó para estropear a la niña.
Tenía siete años y ya era muy autoritaria y en seguida se revolvía si no podía hacer su voluntad, pero como la mayoría de las veces lo conseguía, lo más corriente era verla contenta y risueña, que era lo que todo el mundo deseaba.
Cuando salté del carro Amparo estaba de pie detrás de él, vestida con un precioso traje blanco.
—Me dijeron que habías muerto —dijo con un tono de voz en el que había cierto desencanto.
—Pues ya ves que no lo estoy —le contesté.
—Hasta te recé una novena, y mamá me prometió hacer decir una misa por ti cuando volviésemos a la iglesia.
La contemplé con detenimiento. Habíamos crecido juntos, y en aquel momento me dio la impresión de que ella seguía siendo una niña.
—Lo siento —me disculpé—; si lo hubiese sabido habría dejado que me matasen.
Una repentina sonrisa iluminó su rostro.
—¿De veras, Dax? ¿Lo habrías hecho por mí?
—Ya lo creo —respondí, riendo.
Me echó los brazos al cuello y me besó en la mejilla.
—¡Oh, Dax! —exclamó—. Eres mi verdadero favorito. Me alegro de que no te mataran; de veras.
La empujé con suavidad mientras ella me miraba con ojos tiernos.
—Ya me he decidido.
—¿A qué? —pregunté.
—A casarme contigo cuando sea mayor —y se separó de mí diciendo—: Voy a decírselo a mamá.
La vi entrar en la casa y me sonreí. Antes de mi partida cogió una rabieta porque dijo que se casaría con Manuel, y su madre le replicó que Manuel ya tenía una mujer, por lo que era imposible, y unas semanas antes tuvo el mismo capricho por un joven mensajero, un enviado del general que nos trajo las últimas novedades.
Empecé a desenganchar los caballos mientras al otro lado oía a Gato Gordo explicando las virtudes del garañón negro. De pronto me di cuenta de la presencia de Roberto y Eduardo. Me fui hacia ellos.
—Hola.
Eduardo respondió inmediatamente al saludo; tenía unos meses menos que yo, pero era más bajo y muy delgado. Roberto se limitó a mirarme fríamente. Le vi muy pálido y tenía los ojos amarillentos pareciendo que estuviese enfermo.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
Eduardo respondió antes de que su hermano abriese la boca:
—Tiene una blenorrea.
—¿Una blenorrea? ¿Qué es eso?
Roberto siguió sin decir nada, y Eduardo se encogió de hombros.
—No sé. Los dos Santiago y Manuel también la cogieron. La mujer de este está rabiosa con él.
—¡Eduardo! —llamó su madre desde la casa.
—¡Voy!
Acabé de desenganchar los caballos en silencio. Roberto seguía de pie a mi lado, mirándome y sin decir nada. Le eché una de las riendas, diciendo:
—Ayúdame a llevarlos al establo.
Cogió la brida y los llevamos a la cuadra. Así que abrí la puerta y los entramos, empezaron a agitarse, yéndose al otro extremo del establo, apartados de los otros caballos, pues estos los miraron de refilón, hostilmente.
—Míralos —exclamé—, parece que no quieren saber nada unos de otros y mañana serán amigos. Los caballos son como las personas.
—Los caballos no cogen la blenorrea —dijo al fin Roberto.
—¿No? ¿Cómo la cogiste tú?
—Aquellas putas. Todos la cogimos. La mujer de Manuel está furiosa con él.
—¿Es malo? —pregunté.
—No mucho. Solo duele a ratos, cuando orinas.
—¿Y qué tiene eso que ver?
—¡Eres muy estúpido! Ahí es donde tienes el mal, en tu polla. Tú también la cogerás algún día. Manuel dice que uno no es hombre hasta que la ha padecido.
—He estado con una mujer.
—¿Sí? —me preguntó incrédulo.
—Marta, la hija del señor Moncada, el que nos dio comida. Estuvimos en el granero.
—¿La entraste?
No estaba muy seguro de comprender el exacto sentido de su pregunta.
—Creo que sí. En todo caso, no me hubiese dado cuenta. Estaba demasiado ocupado. Todavía estaría dándole si Gato Gordo no me arranca de allá.
Me miró fijamente.
—¿Cuántos años tenía?
—Catorce.
Roberto hizo un gesto desdeñoso.
—¡Solo es una chiquilla!
—¿Crees que habré cogido una blenorrea?
Negó con la cabeza.
—No, se necesita una mujer para infectarte. ¿También la tiene Gato Gordo?
—No lo sé. No me ha dicho nada.
—A lo mejor fue afortunado y no la atrapó.
Salió afuera y yo le seguí. No le acababa de comprender. Si uno no era un hombre hasta que la tenía, ¿cómo podía considerarse afortunado si no la atrapaba?