Los aventureros
Capítulo IX
nueve
—Tardaremos toda la noche en llegar a Curatu —advirtió Dax—. Pero como de aquí a mi casa solo hay unas horas, podríamos pasar la noche allí, y por la mañana seguiremos hacia la ciudad.
Amparo asintió, y con una mirada le consultó a su padre.
—Buena idea —afirmó él—; allí estarás más cómoda; yo ya te veré mañana en Curatu.
—Entonces —dijo Dax—, voy a buscar a Gato Gordo.
Pero no lo halló en ningún sitio. El camarero del bar del hotel lo había visto salir con un soldado poco después de la llegada del Cóndor, pero el soldado había vuelto y estaba sentado a una mesa de un rincón con la cabeza caída sobre los brazos, sumido en los vapores del vino. Dax lo sacudió, y al levantar el rostro vio que era Ortiz. Consiguió despabilarlo, y con lengua estropajosa informó que había estado con Gato en una cantina donde encontraron a varias mujeres, pero Gato desapareció al poco rato.
Dax se encogió de hombros, pensando que Gato Gordo estaría divirtiéndose con alguna mujer y no volvería a casa hasta el otro día. Sonriendo se dijo que había cosas que no cambiaban.
Amparo ya lo esperaba en uno de los coches. Dos soldados ocupaban los asientos delanteros.
—El coche no puede subir por la montaña. Solo hay camino de carro, y si lo cogemos solo podremos llegar a la mitad del camino de Curatu, pero no habrá manera de seguir adelante.
Amparo vaciló mientras Dax la miraba sonriendo.
—Has cambiado, Amparo. Me acuerdo de cuando no podías esperar a que te ensillaran el caballo.
Amparo bajó del coche medio indignada.
—Dadme un caballo. Voy a cambiarme de ropa.
Dax se fue al establo y cogió el caballo de Gato Gordo, y el suyo propio, diciéndose que seguramente Gato pondría el grito en el cielo, pero la culpa era de él.
Llevó los animales a la plaza, y a pesar de que ya anochecía vio que el hijo del Cóndor lo estaba esperando, teniendo de las riendas a su caballo.
Casi lo había olvidado.
—¿Nos vamos, señor? —preguntó humildemente el chico.
—Sí.
Llegaron hasta la puerta de la casa del alcalde y Dax le preguntó:
—¿No quieres despedirte de tu padre?
En los negros ojos del muchacho no había expresión alguna.
—Ya le he dicho adiós.
Una claridad de luna llena les permitiría seguir el camino como si fuera de día. Cabalgaban en fila india, primero Dax, después Amparo y el chico detrás de ella. Cuando llegaron a la cresta de la montaña se detuvieron unos segundos para ver el pueblo, cuyas luces parpadeaban allá abajo, oyéndose aún el eco de cantos e instrumentos.
Dax dijo riéndose:
—No dormirán mucho esta noche en Asiento.
—No, creo que no.
Hacia el norte de la población vio algunas hogueras.
—¿Qué son aquellos fuegos?
Amparo no contestó.
—Son las hogueras del campamento de los soldados —dijo José.
—¿Cómo lo sabes?
—Las vimos cuando veníamos. Por eso mi padre envió a la mayor parte de sus hombres a las montañas de nuevo.
Dax miró al muchacho y luego a Amparo.
—¿Por qué?
Ella hizo un gesto evasivo.
—Mi padre nunca va a ningún sitio sin su escolta personal.
—Creía que le escoltaron hasta la ciudad.
—Mi padre dijo que eran los guerrilleros de Gutiérrez.
Dax iba a decir algo, pero Amparo exclamó de repente:
—Estoy cansada. ¿Es que nos vamos a estar aquí toda la noche hablando?
Y picó de espuela avanzando por el camino de la hacienda.
Dax miró por última vez hacia Asiento y luego se volvió hacia José. Este le contemplaba impasible.
—Vamos —ordenó Dax.
José no dijo una palabra en todo el camino, y alrededor de medianoche llegaron a la hacienda de Dax.
Dax acompañó a Amparo a su habitación, y viendo su palidez y su gesto de fatiga se apiadó de ella, diciéndose que ser la hija del Presidente no debía de ser muy fácil.
A José le destinó la habitación que él tuvo de chico, y después se sentó en la sala para fumar uno de sus eternos cigarros. Había muchas cosas que Amparo tenía que confiarle y preguntas a las que le tenía que responder, pero como por la mañana tendrían tiempo para hablar… Sin embargo, se equivocaba.
Llevaba durmiendo unas horas cuando lo despertaron unos cascos de caballo. Se removió enojado en la cama pensando que Gato Gordo hacía un ruido innecesario. Saltó de la cama y se asomó a la ventana, viendo que dos jinetes entraban en el patio. En el acto reconoció la corpulenta figura de Gato, pero no logró adivinar quién era el otro; sin embargo, notó que estaba exageradamente inclinado sobre la silla, agarrándose al arzón para no caer.
Rápidamente se puso los pantalones y bajó corriendo la escalera, llegando en el momento que Gato Gordo ayudaba al otro jinete a bajar del caballo. Dax reconoció asombrado al Cóndor, pálido y con manchas de sangre coagulada.
—Ayúdame a entrarlo —pidió roncamente Gato Gordo ceñudo—. Los soldados no pueden andar muy lejos.
Dax pasó un brazo por debajo del Cóndor, sorprendiéndole lo poco que pesaba.
—¿Qué pasó?
—Ya te dije que había demasiados soldados —replicó Gato Gordo—. En las afueras de Asiento había muchos más.
El viejo tosió y echó una bocanada de sangre mientras lo acomodaban en un banco debajo de la escalera. Los criados de la hacienda empezaban a despertarse, y una mujer salió de la cocina.
—Trae agua y toallas —ordenó Dax. Y dirigiéndose a Gato Gordo añadió—: Que uno de los hombres vaya por un médico.
Gato Gordo salió corriendo afuera.
El Cóndor, luego de un quejido, intentó hablar, pero Dax, secándole el rostro con una toalla, le aconsejó:
—No hables. Ya hemos enviado por un médico.
El Cóndor hizo una mueca.
—¿Para qué? —dijo con voz ahogada—. Soy hombre muerto.
—No morirás.
—Ya te dije que Gutiérrez nos mataría.
—No fue Gutiérrez.
—Fue Gutiérrez —aseguró Gato Gordo desde la puerta—. Fuimos unos estúpidos no queriendo creer al Cóndor. Gutiérrez es ahora el jefe de la policía secreta del Presidente.
Dax lo miró asombrado. Oyeron pasos en la escalera y levantando el rostro Dax vio que Amparo bajaba, blanca y desencajada. Le pareció ver a José detrás de ella, pero este desapareció en el acto.
—Tendieron una emboscada cuando los bandoleros salían del pueblo camino de las montañas.
Dax miró fijamente a Amparo.
—¡Tú lo sabías!
Amparo no contestó, y se acercó al viejo.
—¿Está muerto? —preguntó.
Cóndor tenía abierta la boca y sus ojos miraban sin ver.
—Sí, está muerto.
Llegó un grito desde lo alto de la escalera, y Dax tuvo el tiempo justo para ver que el hijo del Cóndor se lanzaba cuchillo en mano contra Amparo. Instantáneamente, de un empujón, la arrojó a ella contra una silla y de un zarpazo se libró del chico, el cual cayó de rodillas, a unos pasos de Gato Gordo y cerca de su cuchillo. Y desde el suelo, con los ojos anegados en lágrimas, José gritó:
—¡Usted mintió! ¡Sabía lo que preparaban!
—No lo sabía —protestó Dax, tratando de ayudarle a levantarse—. ¡Créeme; no lo sabía!
—¡No me toque! —rugió el muchacho, apartándole de sí—. ¡Embustero! ¡Traidor!
Corrió hacia la puerta, gritándole:
—¡Algún día lo mataré a usted!
Poco después oyeron el galope de un caballo que se alejaba.
—Vuelve a las montañas —dijo Gato Gordo, disponiéndose a seguirle.
—Déjalo ir —respondió Dax.
Y se dirigió hacia Amparo, quien aún seguía en el suelo.
—Ven, Amparo. Deja que te levante.
—¡No me muevas! —exclamó ella bruscamente—. ¿No ves que estoy sangrando?
La miró asombrado, viendo que tenía sangre en la bata y en el camisón.
—¿Qué es esto?
Ella lo miró con ira y tristeza.
—¡Qué tonto eres! ¿No ves que estoy abortando?
Dax se irguió abrumado, sintiendo como si una mano de hierro le estrujase los sesos. ¡Qué idiota les habría parecido a todos! Con sus conocimientos, su experiencia y todo lo que había aprendido en el extranjero, lo manejaron como a un niño. No había nadie que no le hubiera mentido o hubiese dejado de servirse de él; incluso Amparo.
En el acto oyó el ruido de muchos cascos, y segundos después el recio pisar de botas militares. En un momento la casa se llenó de uniformes rojos y azules. Seguidamente, Gutiérrez, con un uniforme de botonadura plateada, se abrió paso entre los soldados. Sus fríos ojos se posaron sobre el Cóndor, y luego miró a Amparo, la cual le observaba desde el suelo. En el acto comprendió que el bandolero estaba muerto, y preguntó:
—¿Dónde está el chico?
—Se ha ido.
Gutiérrez clavó los ojos en Dax.
—No le creo —exclamó.
Al ver a Gato Gordo ordenó:
—Detengan a este hombre.
—¡No!
El grito de Dax detuvo a los soldados.
Los ojos de Gutiérrez se iluminaron.
—El Presidente se disgustará, señor. Este hombre quiso ayudar al bandolero para que escapase.
—¡Y a mí qué me importa que el Presidente se disguste o no!
Una fría sonrisa apareció en los labios de Gutiérrez.
—Esas palabras demuestran que es usted un traidor.
Y sacando el revólver exclamó, apuntando a Dax:
—Detengan a los dos.
Los soldados dieron unos pasos hacia Dax, pero antes de que llegaran a él, Dax había recogido del suelo el cuchillo del hijo del Cóndor, dispuesto a defenderse.
Gutiérrez, que se había arrimado a la pared, levantó lentamente el revólver mientras decía brillándole los ojos:
—Hace mucho tiempo que esperaba este momento.
—Yo también.
El brazo de Dax se movió con la rapidez de un destello, y a la expresión sonriente de Gutiérrez sucedió una de sorpresa cuando en el centro de su garganta apareció de repente el mango del cuchillo. El revólver se le escapó de los dedos al tratar de alcanzar el cuchillo… Antes de tocar el mango caía muerto.
Los soldados se echaron sobre Dax, quien luchó violentamente para soltarse, sin conseguirlo.
—¡Soltadle!
La voz del Presidente, de pie en el umbral, fue seca y dura.
Avanzó rápido, y, sin mirar a los hombres que yacían en el suelo, se arrodilló junto a su hija. Murmuraron algo los dos, sin que Dax recogiese una palabra, y acto seguido se levantó con lentitud.
—Hiciste bien, hijo mío —dijo poniendo una mano en el hombro de Dax—. ¡Yo mismo venía a matar a Gutiérrez por haber violado la amnistía!