Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 19 de 150

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Los aventureros

Capítulo XVIII

dieciocho

 

El pez, que tuve que arrancar de la roca con el cuchillo, estalla bueno, pero quedó un poco crudo. Tuve que pescar dos más antes no se nos pasó el hambre. Nos fue muy bien habernos hinchado de pescado, porque los dos días siguientes no comimos más que nueces y bayas. A la tercera mañana hallamos un mango, y comimos tantos mangos que todo el día tuvimos retortijones, hasta casi no poder andar.

Al llegar la noche Amparo empezó a llorar.

—¡Quiero ir a casa!

La miré en silencio, sin saber qué decirle. Entonces me dije que lo peor para un hombre era enfrentarse con las lágrimas de una mujer. Su rostro, tan bonito normalmente, aparecía estirado y ojeroso debido a los estragos producidos por la diarrea.

—Me duele la tripita —gimió.

A mí también me dolía, y me prometí que la próxima vez iría con tiento al comer mangos.

—Duerme; mañana te encontrarás mejor.

Pegó una rabiosa patada en el suelo.

—¡No quiero! ¡Estoy harta de dormir en el suelo, helándome y picándome los insectos! Quiero ir a casa y dormir en mi cama.

—No podemos.

—¡Quiero ir!

Y diciendo esto empezó a patalear. Yo sabía lo que aquello significaba. Iba a obsequiarme con una de sus famosas rabietas, y no viéndome capaz de aguantarla, me levanté y le di una bofetada. Se quedó petrificada por la sorpresa, y en seguida se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Me has pegado!

—Y volveré a hacerlo si no te callas —exclamé rudamente.

—¡Te odio!

No respondí.

—Te lo digo de verdad. Y ya no pienso casarme contigo.

Sin hacerle caso me tendí en la hierba y cerré los ojos. Durante unos momentos hubo silencio, y luego sentí que se arrimaba a mí. Se quejó lastimeramente:

—Tengo frío, Dax.

Tenía los labios blancos, y comprendí que en un sitio tan llano, barrido por los vientos que bajaban de las montañas, no íbamos a poder dormir. Había que buscar un sitio más abrigado.

—Levántate —le dije, ayudándola a ponerse de pie.

—Pero está oscuro y estoy cansada. No puedo dar un paso más.

—Tienes que hacerlo —insistí—. Vamos a buscar un sitio más caliente para dormir.

Nos pusimos a andar. Miré al cielo, y no me gustó el aspecto que presentaba; un espesor de nubes bajas y amenazadoras ocultaba la luna y las estrellas. Una ráfaga de viento frío nos dio de lleno, lo que confirmó mi impresión de que no tardaría en llover.

Recordé que por la mañana había visto a lo lejos un bosquecillo.

Si no hubiéramos tenido que detenernos por culpa del atracón de mangos, ya estaríamos allí. Traté de localizarlo en medio de la oscuridad, pero me fue imposible. Lo único que podíamos hacer era seguir andando y llegar cuanto antes al bosque.

De repente el cielo se abrió, y empezó a caer una sábana de agua entre violentas ráfagas de viento. Empapados los dos, empujé a Amparo para que corriera. Los pantalones se me pegaban a las piernas, y la tierra se convertía rápidamente en un fango caliente.

Amparo lloraba. Se había caído de rodillas y yo la levanté bruscamente, obligándola a correr de nuevo. Por fin llegamos, nos metimos en el bosquecillo y nos detuvimos debajo del árbol más grande. El suelo estaba casi seco, pues la lluvia apenas había podido atravesar el espeso ramaje. Poco a poco fuimos recobrando el aliento.

Me di cuenta de que los ojos de Amparo brillaban intensamente, y temí que hubiera cogido un resfriado.

—Dax, oigo voces —susurró.

La atraje hacia mí para calentarla con mi propio cuerpo.

—Oigo voces —insistió con voz débil.

Le toqué la frente y noté que estaba caliente, como con fiebre.

—Ahora descansaremos.

Me empujó enfadada.

—No. Escucha.

Más por complacerla que por otra cosa, escuché. Primero no oí nada, pero luego me llegó un suave murmullo de voces que parecían venir de detrás de nosotros.

—Espérame aquí —le dije al oído.

Amparo asintió, y me alejé a gatas. Habría andado quizás unos cien pasos cuando los avisté. Había tres carros fuera del camino, bajo los árboles, y en uno de los carros tres hombres que jugaban a las cartas. Otros tres estaban echados en los otros carros. Todos vestían el uniforme azul y rojo del ejército, y tenían los rifles alineados junto al primer carro.

Preguntándome si habría algunos más, trepé a un árbol y desde arriba observé con el mayor sigilo. Dos carros estaban vacíos, y en el otro había algunas mantas. Estaba pensando si podría coger una cuando recordé la fiebre de Amparo, Ella era una responsabilidad mía, lo mismo que yo lo había sido de Gato Gordo. No tenía más remedio que actuar. Me deslicé dentro del carro de cola y con el mayor cuidado cogí una manta y la enrollé, miré alrededor para ver si había algo más que pudiera aprovechar, y vi una caja de cerillas, que me eché al bolsillo, y una bolsa de pescado seco en un rincón, que también me llevé…

Me costó unos minutos orientarme en el bosque, pero una vez lo conseguí, llegué pronto al lado de Amparo; estaba muy quieta y echada en el suelo. Salí del matorral.

—¿Dax? —susurró, castañeteándole los dientes.

—Sí; rápido, quítate la ropa.

Tendí la manta y la envolví en ella. Seguidamente cogí el cuchillo y corté un trozo de pescado y se lo di.

—Toma, come.

Me obedeció; me eché a su lado y corté otro trozo para mí. Tenía sabor a tierra y estaba salado, pero me reconfortó. Los estremecimientos de Amparo empezaron a disminuir; y al cabo de unos momentos se quedó dormida. Recordé sonriendo cómo la había irritado. Para ser una niña, Amparo no estaba tan mal. Un pájaro cantor posado en un árbol vecino me despertó. Abrí los ojos y miré al cielo. Por entre el espesor de las hojas se divisaba nítido y azul. Contemplé a Amparo, que dormía enrollada en la manta.

Me levanté y busqué su ropa, que estaba amontonada a unos pasos. La cogí y la tendí en una mata para que se secara, y al volverme vi que Amparo estaba sentada. Llevándome un dedo a los labios le indiqué silencio.

Corté otro trozo de pescado y se lo di, diciéndole:

—Espérame aquí; vuelvo en seguida.

Llegué pronto al árbol de antes. Los soldados se habían ido y el rescoldo de la hoguera todavía humeaba. Le eché unas cuantas ramas para que no se apagase y volví a buscar a Amparo. El calor del fuego nos reconfortó después del frío de la noche. Miré al sol para calcular la hora y me pareció que debían de ser las nueve. Enrollé la manta, me la eché al hombro y emprendimos la marcha.

Tres veces durante la mañana tuvimos que escondernos. La primera, porque pasaron varios hombres a pie; la segunda, un hombre en un carro, y la tercera, un hombre y una mujer también en un carro. Viendo tantos carros, me figuré que nos acercábamos a un pueblo.

Luego de una curva del camino, apareció el pueblo, y de muchas de las chimeneas salía humo. Nos apartamos del camino.

—Vamos a rodear el pueblo.

Ella asintió con un gesto y atravesamos los campos. Nos vimos obligados a dar una vuelta muy larga, y cuando las casas quedaron ya detrás de nosotros, casi era de noche.

—Tengo hambre —se quejó Amparo—. El pescado seco no me llena.

—Esta noche conseguiremos algo mejor.

Pensaba robar un par de gallinas en cuanto encontrase un lugar apropiado para pasar la noche. El único inconveniente era que Amparo no quería quedarse sola. Era noche cerrada cuando llegamos a una casa de campo en cuya parte trasera había los gallineros. Esperamos hasta que calculé que la gente se habría dormido.

—Espérame aquí; no te muevas —le recomendé a Amparo.

Sin esperar su respuesta me alejé silenciosamente con el cuchillo en la mano; levanté con cuidado la aldabilla y entré en el gallinero, En el acto las gallinas armaron una batahola que podía oírse en un kilómetro a la redonda. Cogí una gallina que corría hacia mí y le clavé una cuchillada; quise alcanzar otra pero se me escapó, y entonces cacé una pollita que corría asustada y le corté la cabeza… Me metí el cuchillo en la camisa y con las dos gallinas cogidas por el cuello atravesé los campos hasta donde me aguardaba Amparo, justo en el momento que el granjero salía de la casa con un rifle y con el camisón revoloteándole. Vio el gallinero abierto, corrió a cerrarlo y vino hasta el límite del campo por donde me había escapado.

—¿Qué pasa? —preguntó una voz de mujer.

—¡La maldita comadreja que ha vuelto a entrar en el gallinero! Alguna noche la cazaré.

Se quedó unos instantes vigilando, y luego, irritado, regresó al gallinero y tras abrir la puerta entró en el corral.

Toqué el brazo de Amparo y le hice señal de alejarnos. Teníamos que darnos prisa, pues en cuanto el granjero encontrase las dos cabezas de gallina sabría que no había sido una comadreja. Corrimos como el viento hacia nuestro escondrijo; ya no nos sentíamos cansados; Amparo incluso reía al ver cómo los piojos de las gallinas, colgadas de un trípode sobre el fuego, trataban de salvarse de la quema.