Los aventureros
Capítulo XIII
trece
Me senté en el asiento trasero del carro, de espaldas a las niñas, y Gato Gordo se acomodó en el pescante con el señor Moncada. Diego, que cabalgaba a un lado del carro, llevaba el rifle atravesado en la silla, al alcance de la mano. El señor Moncada era un granjero que llevaba a sus hijas a casa después de haber hecho una visita a sus abuelos.
Cansado como estaba, me apoyé en la barandilla del carro para no caerme si me dormía, pues era muy tarde y estaba oscureciendo. Seguramente nos detendríamos pronto, pues de noche los caminos eran peligrosos.
—Hay una arboleda cerca de la próxima curva —hizo saber Diego—; podernos pasar la noche allí.
El carro dejó la carretera y se detuvo en medio del campo. Gato Gordo saltó casi antes de que parase y me hizo bajar corriendo.
—Rápido —me ordenó—; ve a buscar leña para encender fuego; pronto, antes de que las, señoritas se enfríen.
Le miré sorprendido, pues Gato Gordo nunca se preocupaba por nadie, sino por él.
—¡Muévete! —me apremió.
Mientras buscaba troncos vi que Gato ayudaba a las dos niñas a bajar del carro. Cuando volví con un montón de ramas, los caballos estaban sueltos, los habían abrevado y pastaban la hierba tierna.
—¿Dónde quieren que ponga esto? —pregunté.
El señor Moncada me indicó con un gesto un sitio cerca de él.
Dejaba la leña allí cuando Gato Gordo me interrumpió.
—Creo que estamos demasiado cerca de la carretera, señor. Se nos puede ver, y esto traería invitados indeseables.
El señor Moncada miró vacilante a Diego, y este asintió, mientras Gato llegaba al otro extremo del campo y decía:
—Creo que aquí sería mejor.
Cuando volví con la segunda brazada, el fuego ya estaba encendido. Miré a Gato Gordo con mal humor, pues me vencía el cansancio.
—Trae más —me ordenó. Él cortó unos troncos e hizo un trípode; cuando volví con más ramas había sobre el fuego un perol del que salía un delicioso olor a guisado de buey.
—¿Hay suficiente?
Gato Gordo levantó la cabeza, enrojecido el rostro por las llamas y respondió:
—Por ahora sí. Un poco más abajo hay un arroyo; pide un cubo y trae agua.
Me dirigí al carro, y Vera, la menor de las niñas, seguía con sus risitas en cuanto me veía. Yo estaba furioso.
—¿Qué quieres? —me preguntó Marta, la mayor.
—Un cubo para agua.
Vera seguía riéndose, y me le encaré con rabia.
—¿Se puede saber por qué te estás riendo siempre?
Las risitas fueron ahora francas carcajadas, hasta el punto de saltársele las lágrimas.
—¿Qué es lo que te divierte tanto? —pregunté, ya irritado con las estúpidas niñas.
—Tu aspecto era tan divertido…
Me quedé desconcertado.
—Ahora no —aclaró rápidamente—, sino antes, cuando estabas en el agua. Estás tan flaco…
Le hice una mueca.
—Mejor es flaco que no gorda como tú.
—Aquí está el cubo —interrumpió Marta, y me pareció que estaba enojada.
Cogí el cacharro diciéndole:
—Gracias.
—No hay de qué —respondió ella cortésmente.
Vera soltó otra de sus risitas…
—¿Qué le pasa? —pregunté.
—Que no es más que una niña —dijo Marta encogiéndose de hombros—. Tiene doce años y nunca había visto un chico desnudo.
—¡Tú tampoco! —exclamó Vera.
—Pero yo tengo catorce años y no me porto como una niña.
Diego apareció detrás de mí.
—¿Ya tienes el cubo? —preguntó, receloso.
—Sí, señor.
—Entonces, ¿qué esperas? Ve a buscar agua como te ordenó tu padre.
Me alejé en silencio, pero alcancé a oír lo que les preguntaba:
—¿Qué os decía?
—Nada —respondió Marta.
—Bien, pero no os quedéis a su lado.
La distancia no me permitió oír nada más. Cuando llegué a los árboles cercanos al arroyo, vi a Gato Gordo que me aguardaba.
—Hay que darse prisa. Cuanto antes coman, antes dormirán.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunté.
—Robar los caballos. Así llegaremos a casa en dos días. Me gusta el semental negro.
—No será fácil —le advertí—. Ese Diego no nos quita ojo de encima.
Gato Gordo sonrió.
—Lo mataré.
Se oyó un ruido en el matorral, y apenas Gato Gordo se había puesto en pie cuando apareció Diego con su rifle. ¿Nunca lo abandonaba?
Gato se secó las manos en los pantalones.
—Acabo de lavarme las manos.
Me despertó un ruido. Envuelto en la manta que el señor Moncada me había prestado, busqué a Gato Gordo, y le oí que roncaba. Miré hacia donde estaba Diego y me quedé sorprendido al ver que solo estaba la manta. Entonces miré hacia el carro donde dormían el señor Moncada y sus hijas. No se oía nada y me quedé quieto, pensando que Diego quizá se habría levantado para hacer alguna necesidad, y en el momento, el relincho de un caballo me llamó la atención; miré hacia el carro y vi que Diego andaba acurrucado, el rifle amartillado y presto a disparar.
—¡Psst!
Gato Gordo se despertó con la misma agilidad del felino cuyo nombre tenía. Le hice un ademán, indicándole lo que temía. Gato se arrastró hasta mí.
—Los va a matar —susurré.
Gato Gordo no se movió.
—Déjalo —murmuró—; esto nos salva del peligro.
Diego llegó arrastrándose al carro; se levantó, apuntó… y se oyó un alarido rasgando la noche. Disparó contra el señor Moncada, el cual se arrojó al suelo, donde Diego quiso golpearlo con la culata del rifle, pero el otro lo agarró y los dos rodaron por el suelo. Entonces Gato Gordo corrió hacia ellos.
—¡El rifle! —me gritó—. ¡Coge el rifle!
Se detuvo frente a los dos hombres enzarzados. La luna me dejó ver cómo Gato sacaba el cuchillo y daba vueltas alrededor de ellos esperando el instante oportuno. De pronto bajó el brazo. Sonó un grito, y Diego se levantó intentando agarrar a Gato por la garganta. Este reculó y esperó la embestida… y de nuevo le clavó la hoja. Diego se dobló como una navaja a la vez que Gato, con un rodillazo en la barriga, lo proyectaba a distancia.
Gato Gordo esperó con el cuchillo preparado, mientras el señor Moncada, de espaldas a él, se levantaba. Cuando Gato Gordo iba a asestarle una puñalada, el granjero se volvió, empuñando el rifle. Gato bajó el brazo.
—¿Está usted bien, señor? —preguntó con fingido interés.
El señor Moncada miró con ojos muy abiertos a Gato, y luego a Diego.
—¡Un bandolero! —exclamó—. ¡Intentó matarme!
—Afortunadamente, yo estaba despierto, señor.
—He contraído una gran deuda con usted, amigo. Me ha salvado la vida.
Confundido, Gato Gordo bajó la vista; por una vez no supo qué decir. Sin embargo, pronto se recobró.
—No fue nada, señor, comparado con sus amabilidades.
Se acercó a Diego y le dio la vuelta con el pie.
—¿Dónde contrató a este hombre?
—En Bandaya —dijo el señor Moncada—. Nos dijeron que los bandoleros andaban por la montaña, y que con las niñas el camino era muy inseguro. El coronel Gutiérrez nos lo recomendó. El ejército lo tuvo empleado como explorador.
—No era más que un bandolero —afirmó Gato—. Les habría matado y robado los caballos. Seguramente quería el garañón negro.
—¿Él garañón? —preguntó el señor Moncada asombrado—. No es mío; era de él.
Gato Gordo abrió los ojos de par en par.
—¿Ah, sí?
El señor Moncada asintió.
—Según la ley, le pertenece a usted.
Gato Gordo me miró sonriendo. Por primera vez la ley se ponía de su parte, pues era cierto que todo lo que había pertenecido a un bandolero pasaba automáticamente a poder de su matador.
—¿Estás bien, papá? —preguntó una atemorizada voz desde el carro.
Yo me había olvidado de las niñas, y dirigí la mirada hacia allí, viendo que Marta asomaba cautelosamente la cabeza.
—Estamos salvados —dijo con gravedad su padre—. ¡Gracias a Dios nos hemos librado de la muerte! Este buen hombre, con riesgo de su propia vida, nos ha librado del asesino.
Poco después las niñas saltaban del carro y se lanzaron al cuello de su padre, besándole y chillando de felicidad. Luego el señor Moncada se dirigió a nosotros con rostro radiante.
—Fue una suerte que los encontrásemos esta tarde. Ahora comprendo por qué Diego no quería que vinieran con nosotros.
—La suerte ha sido para todos, señor —respondió Gato Gordo, y dirigiéndose a mí me ordenó en el tono de quien ya es propietario—: ¡Ve a ver si nuestro caballo está bien atado!