Los aventureros
Capítulo VIII
ocho
Era un hombre al que yo había visto acompañando a Beatriz en el aeropuerto de Miami y que después se marchó. Pero ahora no se le veía vestido con la pulcritud de aquel día. Cuando entró en la habitación escoltado por dos soldados, su aspecto era lastimoso, con los ojos negros por los golpes recibidos y con sangre seca en las mejillas y en la boca.
—¿Lo conoces? —me preguntó el Presidente mirándome como si me atravesase —. ¿Le has visto antes?
El sujeto levantó la cabeza y me miró aterrado.
—No; es la primera vez que veo a ese hombre.
Debía evitar que se envolviese a Beatriz en el asunto.
—Pues yo te diré quién es —repuso el Presidente—. Es el tío de esa muchacha, el hermano de Guayanos.
De pronto me sublevó la estupidez de todo el asunto y me encaré con el individuo, preguntándole:
—¡Loco! —le espeté—. ¿Por qué?
Me miró sin contestarme.
—Aunque hubiese logrado matarme, ¿qué habría conseguido? ¿Y no pensó que podía alcanzar a Beatriz?
Casi imperceptiblemente varió su expresión y me dijo en voz baja y con agotamiento:
—Lo pensé en el último segundo, y por eso está usted vivo. Desvié la pistola cuando disparé.
El Presidente se echó a reír.
—¿No vas a creer esa patraña?
Al ver que no respondía, añadió:
—Probablemente la muchacha estaba de acuerdo con él. Por eso nos cuenta esa historia.
—¡No! ¡Beatriz no sabía nada! Ni siquiera estaba enterada de mi vuelta a Corteguay.
—¡Cállese! —rugió el Presidente.
Y acercándose lo ^abofeteó rabioso, haciéndolo tambalear. De nuevo lo abofeteó.
—¡Las armas! —le gritó—. ¿Dónde las desembarcarán?
—No sé nada de armas.
—¡Mientes!
Esta vez el Presidente le dio una patada en el bajo vientre, y el tío de Beatriz cayó de rodillas al suelo, encogido y profiriendo gemidos de dolor.
—No sé nada —repitió—. Si lo supiera ¿no cree que ya me lo habría hecho confesar la policía antes que usted?
El Presidente lo miró con desprecio, diciéndome:
—Son gusanos como ese los que creen que tienen fuerzas para gobernar.
No le contesté y el Presidente llegó a su mesa y llamó por un botón del interfono.
—Dígales a Hoyos y a Prieto que vengan —y volviéndose a mí agregó—: Si no hubiera sido por ellos, este reptil se nos escapa. Le siguieron desde el momento que pisó tierra.
Entraron Hoyos y Prieto, cuadrándose ante el Presidente con el impasible rostro de siempre.
—¿Qué más han descubierto?
—Nada, Excelencia —respondió Hoyos—. No había armas en el bote. Vino solo.
—Y ese tipejo, ¿llegó a hablar con la hija de Guayanos?
—No, Excelencia. Ella ya había salido de su casa cuando él llegó. Entonces se escondió entre los arbustos y esperó.
—¿Y por qué no lo cogieron entonces? —pregunté yo.
—Porque supusimos que quería entregarle a su sobrina alguna instrucción referente a las armas. No creímos que tratase de matarle a usted.
Miré al tío de Beatriz. Estaba pálido y contraído por el dolor.
—¿Por qué quiso matarme?
Me miró fijamente y me contestó:
—Mi sobrina es una buena muchacha y yo sabía lo que usted esperaba hacer con ella.
—¿No fue, entonces, una conspiración política?
—No. La advertí antes del peligro que corría su reputación. Es la única hija de mi hermano. Pero aparentemente no me hizo caso.
—¡Esto es una estupidez! —gruñó el Presidente—. Por última vez: ¿dónde desembarcarán las armas?
—Ya dije que no sé nada de armas.
—¡Mientes!
Al Presidente le estallaba la ira cuando preguntó:
—¿Por qué volviste si no por las armas?
El tío de Beatriz lo miró tristemente.
—¿Adónde iba a ir? Corteguay es mi país.
El Presidente desvió la mirada y le ordenó a Hoyos:
—Llévaselo a Escobar. Ya sabe lo que hay que hacer con él.
—Sí, Excelencia.
Hoyos cogió del brazo al tío de Beatriz para sacarlo del despacho.
—¡No! —grité.
Yo sabía lo qué significaba llevar a nadie a Escobar. Le entregaban los hombres condenados a muerte. Todos me miraron perplejos al oírme, y con más estupor que ninguno, el Presidente.
—¡Suéltelo!
—¿Soltarlo? Este hombre intentó matarte —me replicó el Presidente.
—Suéltelo —repetí.
—¡Estás loco! —gritó el Presidente—. Lo intentará otra vez. Conozco la casta. Has estado demasiado tiempo en el extranjero, has olvidado cómo son aquí las cosas.
Le miré acordándome de sus palabras cuando quise clavar un cuchillo en la garganta de otro asesino: «No hay necesidad de matar, hijo mío. Ya no estás en la jungla».
—¿Qué, entonces? ¿Hemos vuelto a la jungla? —le pregunté.
Por su expresión vi que no sabía a qué me refería.
—Ayer me nombró Presidente del Tribunal de Acción Política, y me entregó plenos poderes.
Inclinó la cabeza ante mis palabras.
—Entonces, la responsabilidad es mía. Tengo algo más importante para el prisionero que hacerle morir —y dirigiéndome a él agregué—: Le daré un mensaje para su hermano.
El hombre me miró con gesto de sospecha.
—En la prensa de hoy leerán que se ha concedido una completa amnistía a todos los presos y a los exiliados políticos. Y la nación sabrá que estoy al frente del Tribunal. Invito a todos los que no estén de acuerdo con el gobierno actual a solventar las diferencias en unas elecciones libres. Dígale a su hermano que esta regla vale tanto para él como para todos los ciudadanos de Corteguay.
El tío de Beatriz me miró con expresión burlona.
—¿Otra trampa? No hemos olvidado lo que fueron las amnistías anteriores.
—Entonces será una buena trampa, porque usted va a salir de este despacho totalmente libre.
Nos miró nerviosamente a unos y a otros, sin llegar a creer lo que acababa de oír.
Entonces, sin refrenar su disgusto, habló el Presidente.
—Echa al gusano fuera, y roguemos que agradezca nuestra justicia.
Hoyos preguntó sorprendido:
—¿Hemos de dejar que se vaya? ¿Y así?
—Ya ha oído a su excelencia —respondió el Presidente—. El prisionero queda libre.
Hoyos se volvió sin hablar y empujó al tío de Beatriz para que fuese delante, siguiéndolos Prieto. Durante el silencio que siguió, el Presidente y yo nos quedamos mirándonos. Después sonrió, y al cabo de unos segundos reía ruidosamente.
—¿De qué se ríe usted?
—Hasta ahora, estaba casi seguro de que la habías conseguido, pero ya veo que no has tenido más éxito que los otros que la han asediado. Magnífico.
—¿Qué es lo que le parece magnífico?
—El plan que tienes. Es tan astuto que hasta yo me felicitaría si lo hubiese proyectado. Me descubro ante ti, Dax.
—¿Por qué? —le pregunté esperando que me dijese en qué veía la astucia.
—Libertando al tío te ganas la confianza de la sobrina, y ganando su confianza ganas la persona. Son dos tiros a la vez. Se te entregará ella, y ella te entregará a su padre.
Me miró ladinamente y añadió:
—¿Has conocido a ninguna mujer que sepa callar cuando se la está jodiendo?