Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 119 de 150

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Los aventureros

Capítulo VI

seis

 

—Voy a dar una cena con una pequeña fiesta —me dijo el Presidente—. Puedes invitar a quien a ti te sea agradable.

—Se lo diré a Amparo —repuse como era mi deber.

—No. Amparo no ha de asistir.

Me guardé muy bien de preguntar el motivo.

—Invita a la hija de Guayanos, si quieres —propuso inesperadamente.

—La hija del doctor… Pensé que…

Pero el Presidente me interrumpió.

—Yo no lucho con criaturas. Es con su padre con quien tengo mis cuestiones.

No le contesté viendo que aquello era muy extraño. Comprendí que lo que él quería era que Beatriz asistiese a la fiesta.

—Me han dicho que la ves con frecuencia. ¿Es cierto?

—Sí.

—Entonces, tráela —me dijo en el mismo tono con que emitía una orden.

 

—¿Qué tal estoy? —me preguntó Beatriz un poco nerviosa cuando Gato Gordo enfilaba el recinto del palacio.

Yo la miré sonriendo.

—Serás la más hermosa de la fiesta.

Después de abrir un soldado bajé yo y le di el brazo a Beatriz, sin disimular lo que me enorgullecía llevarla. El vestido que lucía tenía la gracia de hacer que resaltase, sobria y severamente, la belleza de su cuerpo.

Le di ánimos con una sonrisa y entramos en el salón cuando el mayordomo nos anunció. Todos los invitados se callaron al aparecer nosotros y nos miraron con la misma curiosidad con que yo miré al Presidente cuando me insistió en que invitase a la fiesta a la hija de su mayor enemigo.

Con un sencillo uniforme azul y sin ninguna condecoración, el Presidente se acercó con una viva mirada y el paso ágil hasta donde estábamos, se inclinó delante de Beatriz y le besó la mano.

—De niña —dijo sonriendo— ya prometías ser la encantadora mujercita que eres.

—Gracias, Excelencia.

En aquel momento la orquesta empezó a tocar, y el Presidente dijo:

—Muy a tiempo —y me preguntó con una cortesía muy de su época—: ¿Me permites que baile con ella?

Me incliné y él la escoltó hasta la pista de baile.

Mientras bailaban un vals lento me fui al bar.

—Un whisky con soda.

—¿Qué es eso, Dax?

Me volví y vi que el que me hablaba era George Baldwin.

—Me cuesta creerlo. El viejo bailando con la hija del más encarnizado de sus enemigos.

Yo me encogí de hombros.

—La enemistad es con su padre, no con ella.

—Eso me suena a una cita aprendida —repuso, agudo.

Alcé el vaso.

—Lo es.

—¿Qué hay detrás de eso?

—No lo sé —repuse francamente—. Tal vez quiera demostrar que no es un monstruo como dicen.

—Bah… Tiene que ser algo más que eso. ¿Cuándo le importó un bledo lo que pudiese pensar la gente?

Se oyó una risa en la escalinata y todos miramos hacia allá. Amparo, luciendo un vestido blanco nos miraba a todos con cierta inseguridad. Un joven oficial, un capitán a juzgar por su uniforme, se le acercó intentando sujetarla por el brazo. Amparo, con expresión de enojo, lo apartó a un lado.

La orquesta dejó de tocar. Pero Amparo, con voz segura, dirigió la palabra a los músicos:

—Sigan, sigan tocando.

Bajó la escalera con paso indeciso y agregó:

—Nada, que he decidido estar en la fiesta.

El Presidente no ocultó la ira que le invadía. Beatriz estaba pálida y asustada. Yo quería ir a su lado, pero me abstuve. Me acerqué a Amparo, y cogiéndole la mano, se la besé.

—Amparo, no sabes cómo me alegra verte de nuevo.

—Dax —me contestó con voz insegura.

Me miró y vi que tenía las pupilas oscuras y dilatadas.

—Dax…

Le ofrecí el brazo y me la llevé a la pista, sujetándola para que no tropezara. Sus movimientos eran rígidos y torpes. Apoyó que no tropezara. Sus movimientos eran rígidos y torpes. Apoyó la cabeza en mi pecho y cerró los ojos.

—Dax, tengo miedo —murmuró, estremeciéndose.

—Tranquilízate; nada te ha de ocurrir.

—No debí venir. Él me ordenó que no bajase.

—Pero ya estás aquí y todo irá bien; ya lo verás.

La música terminó y la saqué de la pista.

—Espérame aquí que voy a buscar unas copas.

Amparo me cogió el brazo suplicándome casi histéricamente:

—¡No. Dax! ¡Por Dios, no me dejes!

Le seguí la mirada. El Presidente, impasible, y sin dejar el brazo de Beatriz, venía hacia nosotros.

—Papá… —le dijo como si le suplicase.

El Presidente no le contestó y le besó una mejilla.

—Quería venir, papá —murmuró Amparo con la misma voz de súplica.

Su padre la miró largamente, y asintió con la cabeza. Luego, dirigiéndose a Beatriz y a mí, nos dijo:

—Me permitiréis, ¿verdad?

Beatriz y yo le hicimos una inclinación de cabeza, y él añadió en tono imperioso:

—Ven, Amparo.

Dio media vuelta y se alejó. Amparo lo seguía como si careciese de voluntad. Inesperadamente, El Presidente retrocedió hacia Beatriz.

—Me olvidaba de darle las gracias por el placer de bailar con usted, señorita.

Beatriz hizo una reverencia.

Seguidamente cogió a su hija de un brazo y se la llevó a un rincón, y los invitados que estaban cerca se apartaron discretamente para que pudieran hablar.

Beatriz, todavía pálida, y mirándome, dijo con una nota de compasión en la voz:

—Amparo está enferma.

—Sí…

Viendo al padre y a la hija, pensé que ya sabía yo qué enfermedad era la de Amparo. La había observado en otros que desesperadamente querían escapar de la realidad, y Amparo era ya una víctima de la heroína.

Entonces comprendí por qué su habitación estaba sumida en la penumbra el día que fui a verla. Era para que yo no viese en sus brazos las señales de los pinchazos.

Después de un diálogo reposado, Amparo pareció más tranquila y cuando fuimos al comedor iba cogida al brazo de su padre, quien la colocó en un extremo de la mesa, en el lugar que ocupa la dueña de la casa; poco después parecía la Amparo de siempre. Su largo pelo rubio y el vestido de mangas largas subrayaban su belleza salvaje.

Mientras tomábamos el café, el Presidente se levantó y carraspeó. Todos los ojos se dirigieron al hombre que desde la cabecera de la mesa nos miraba benignamente.

—Supongo que se estarán preguntando por qué he dado esta cena cuando hacía tanto tiempo que no ofrecía fiesta alguna. Ha sido en honor de un grande y viejo amigo, hijo de un también antiguo amigo y patriota. Tengo el inmenso placer de anunciarles el nombramiento de ministro de Asuntos Exteriores y delegado de Corteguay en las Naciones Unidas, del señor Diógenes Alejandro Xenos.

Sentí la cálida presión de la mano de Beatriz en mi brazo mientras los comensales aplaudían mirándome sonrientes. Permanecí sentado pues el Presidente hizo un ademán como pidiendo silencio.

—El escoger al mismo hombre para llenar estas dos importantes misiones, les dará una idea de la absoluta confianza que tengo en él y del respeto que me merecen las Naciones Unidas.

Se repitieron los aplausos y el Presidente repitió su ademán.

—En estos agitados momentos que atraviesa Corteguay y sufre el mundo, es absolutamente preciso que demostremos nuestro sincero deseo de paz y de unidad dentro de nuestras fronteras. Y en apoyo de lo que acabo de decir, hago el siguiente ofrecimiento a todos aquellos que se oponen a nuestra política: una total amnistía política, sin restricciones. Yo invito a mis adversarios a que vuelvan al país con la más absoluta confianza y que a su tiempo participen en unas elecciones libres que se celebrarán dentro de poco. Por esta razón, renuncio a mi cargo de Juez Supremo del Tribunal de Acción Política y traspaso mis poderes a su excelencia el señor Xenos.

Más aplausos. Desde un extremo de la mesa, George Baldwin me miró con escepticismo. Comprendí que pensaba que yo estaba enterado del plan del Presidente. Al terminar los aplausos, el Presidente continuó:

—Repito mi invitación…

Y mirando hacia donde estábamos Beatriz y yo, dio a entender que el discurso iba dirigido particularmente a Beatriz Guayanos.

—Digo que repito mi ofrecimiento a todos los que dividen al país con discursos o con armas, desde fuera o desde dentro, para que regresen con entera confianza. Si no se fían de mí, sé que confiarán en el señor Xenos. Trabajemos unidos todos los patriotas y labraremos un futuro glorioso para nuestra amada patria.

Se sentó y estalló una ovación inacabable, que poco a poco se me fue dirigiendo a mí. El Presidente sonreía bondadosamente y me hizo una seña; al levantarme se cortaron en seco los aplausos. Contemplé los rostros vueltos hacia mí, y me di cuenta de que tenía que escoger mis palabras, pues al día siguiente las leerían o las escucharían en todo el mundo.

Empecé a hablar con lentitud, meditando cada frase.

—Poca cosa puedo decir si no expresar humildemente mi gratitud por el inmerecido honor que el Presidente me otorga con tanta generosidad.

Se oyeron cuatro aplausos pero se cortaron en seguida.

—Sin embargo, hay algo que me interesa añadir. Todos ustedes han sido testigos de una promesa.

Hice una pausa y miré a cada uno de los comensales. Al detenerme ante el Presidente reinaba un respetuoso silencio. A pesar de que el rostro del Presidente era como una máscara impasible, le brillaban los ojos y en el frunce de sus labios había un amago de ironía. Le miré fijamente y terminé con estas pocas palabras:

—¡Y haré cuanto esté en mis manos para que la promesa se cumpla!

Me senté, y los invitados se quedaron tan sorprendidos que nadie se atrevió a aplaudir hasta que el Presidente les dio la pauta. La orquesta empezó a tocar en el salón vecino, y el Presidente se levantó yendo hacia allá, siguiéndole todos los invitados.

Allí me rodearon algunos para darme la enhorabuena, y George Baldwin se quedó conmigo, preguntándome cuando estuvimos solos:

—¿Ha hablado en serio el viejo?

—Ya lo has oído.

—Te he oído a ti. Tú has hablado en serio.

Le miré sin contestarle.

—Si el Presidente no ha hablado en serio, no doy ni dos centavos por tu vida.

Seguí mirándole sin decirle nada.

—¡El viejo hijo de puta! —añadió Baldwin casi admirándolo—. Lo ha conseguido otra vez. Hasta esta noche no habría dado un céntimo por las probabilidades de Corteguay de alcanzar un préstamo de Estados Unidos, pero ahora estoy seguro de que Washington considerará el asunto desde un nuevo punto de vista.