Los aventureros
Capítulo XXI
veintiuno
Nos costó tres días encontrar la casa. Tres días recorriendo a pie y en coche calles, plazas, avenidas, callejas… Como todas las ciudades, Zurich había cambiado mucho y por doquier se sucedían nuevos edificios. Y fue por casualidad como la encontramos. Ya era casi de noche y el frío apretaba, Vi que estaba agotada y le dije al taxista que nos llevase al hotel lo más rápidamente posible. Yo también estaba rendido.
Aquello era como si buscásemos una sombra. Me recosté en el asiento y cerré los ojos durante unos minutos. Pero de pronto sentí que Marlene me apretaba el brazo.
—¡Aquí! —exclamó excitada—. ¡Es esta calle! ¡Estoy segura!
Di unos golpes en el cristal del chófer para que se detuviese. Marlene miraba atentamente por la ventanilla del coche, y yo le pregunté:
—¿Estás segura?
—No sé… —dijo ahora, como si dudase—. Me parece que sí.
El cansancio me desapareció como por ensalmo.
—Asegurémonos, Marlene —abrí la puerta y le dije—: Vamos a echar un vistazo.
Le pedí al chófer que nos esperase, y cogiendo a Marlene del brazo recorrimos toda la calle.
Eran la mayoría de sus viviendas como antiguas casas venidas a menos, y casi todas dedicadas a pensiones para turistas.
—¿No es esta? —le pregunté a Marlene.
Su voz me demostró la excitación que refrenaba.
—Casi no me atrevo a decirlo, pero podría ser. Recuerdo que la casa estaba más adentro de la acera que las demás. Fíjate. ¿No ves allá abajo una casa que queda más atrás que las otras?
Fuimos rápidamente y en seguida estuvimos frente a la puerta de la casa que me indicaba. No había duda. Era aquella. De piedra gris y con alerillos sobre las ventanas, como si fuesen tricornios.
—Vamos.
La cogí del brazo y nos dirigimos calle arriba hasta la entrada. Toqué la campanilla y en el acto una vieja sirvienta con cofia y delantal abrió la puerta.
—Ja?
—¿Herr Braunschweiger?
—¿De parte de quién? —nos preguntó desconfiando.
Marlene contestó con el instintivo tono de mando peculiar en las clases altas alemanas al dirigirse a sus sirvientes.
—Frau Marlene Von Kuppen.
Su nombre produjo un efecto inmediato. La mujer casi se postró con movimientos apresurados, y nos entró en una pequeña salita, y después de pedirnos mil perdones por la molestia de hacernos esperar salió precipitadamente a buscar al dueño de la casa.
Retrocedí hasta el rincón más oscuro de la estancia al oír unas fuertes pisadas cerca de la puerta. En seguida apareció Braunschweiger, un hombre bastante corpulento y que rozaría la sesentena.
—Frau Von Kuppen —saludó haciendo chocar los talones e inclinándose para besar la mano de Marlene—, es un placer verla de nuevo. Me siento muy honrado que todavía me recuerde.
—Herr Braunschweiger…
Su fatua sonrisa se esfumó al darse cuenta de que no estaba sola Marlene.
—Herr Braunschweiger, permítame que le presente a su excelencia el Embajador de Corteguay en las Naciones Unidas.
—Excelencia… —exclamó chocando los talones de nuevo e inclinándose.
—Herr Braunschweiger…
Desconcertado, miró a Marlene, diciendo:
—No comprendo. ¿A qué se debe su visita?
—Su excelencia el embajador se lo explicará mejor que yo —respondió ella poniendo mucho énfasis en lo de embajador.
Evidentemente, al hombre le impresionaban los títulos.
—Herr Braunschweiger —le dije—, son asuntos muy importantes los que deseo exponerle, pero de pie… y aquí…
El tono de superioridad que empleé surtió su efecto.
—¡Oh, no, excelencia! Por favor, suban a mi despacho.
Seguimos a Braunschweiger al piso superior y entramos en el despacho. Era una estancia recargada en exceso de muebles de la vieja escuela teutónica y con un pequeño hogar en un rincón. Nos señaló los sillones que había delante de su mesa y él se sentó detrás, preguntando en un tono casi servil:
—¿En qué puedo serles útil?
En un tono que él seguramente no esperaba le abordé:
—Deseo saber quién paga las armas que la fábrica Von Kuppen de la Alemania Oriental envía a mi país.
Braunschweiger miró a Marlene y contestó dirigiéndose a mí.
—Tiene que haber alguna equivocación —murmuró—. Según mis informes esa fábrica no hace más que material agrícola. Además, actualmente no sé nada de sus actividades. Hace años que me retiré de la empresa Von Kuppen.
—¿Cuántos años, Herr Braunschweiger? ¿Antes de la guerra? ¿Después?
—No veo que eso sea de su incumbencia, señor —respondió con sequedad, levantándose en el acto y diciendo—: No estoy dispuesto a continuar esta conversación.
Yo seguí sentado y repliqué dando a mi voz el mayor tono de amenaza posible:
—En las Naciones Unidas tengo acceso a determinadas fuentes de información que no siempre llegan al público, incluso a ciertos gobiernos, Herr Braunschweiger. Sé todo lo de su antigua vinculación con la empresa Von Kuppen, y no ignoro sus actuales actividades.
Encendí un cigarrillo, y mientras expelía el humo seguí mirándole agresivamente.
—Ni yo ni mi gobierno estamos interesados en resucitar historias pasadas, ni ocasionar ningún perjuicio a todos los que estuvieron interesados en la empresa Von Kuppen. En particular si colaboran con nosotros.
Por suerte, Braunschweiger mordió el anzuelo.
—Debe comprender —repuso— que aunque antiguo director de la fábrica no soy responsable de la política que haya seguido, pues me ocupaba de la producción.
—Pero usted pertenecía al partido nazi —dije con la mayor suavidad.
Fue un tiro a ciegas pero acerté, porque cargos como el suyo no acostumbraban a desempeñarlos individuos que no perteneciesen al partido.
—Y su importante posición le permitía saber el desuno de los productos que se fabricaban —añadí.
El hombre palideció. Sabía muy bien, lo mismo que yo, que hacia el final de la guerra la fábrica Von Kuppen suministró más del noventa por ciento del gas empleado en Dachau y Auschwitz.
—Yo no sabía nada —tartamudeó—. Yo solo era un empleado que obedecía órdenes.
—Es una excusa razonable, pero es la misma a que recurrieron los acusados nazis en el juicio de Nuremberg.
—Yo soy ciudadano suizo —declaró Braunschweiger ásperamente—, y estoy protegido por la constitución de este país.
—¿Y cuánto tiempo cree que estará protegido por la constitución cuando se enteren de que se vendió a los nazis?
—¡Pero a los que colaboraron con los aliados no les han hecho nada!
—Exacto —admití—. Supongo, sin embargo, que usted ya sabe que cometió un error muy grave: se puso de parte de los que perdieron la guerra.
El hombre estaba nervioso en extremo. Se quitó las gafas y se las puso de nuevo, balbuceando:
—Es imposible. Aunque quisiera darle esa información, no podría. No tengo de dónde sacaría.
—¡Qué lástima, Herr Braunschweiger! —dije, poniéndome en pie—. ¿Se da cuenta de que podemos obligarle a declarar ante un tribunal?
Y dirigiéndome a Marlene añadí:
—Vámonos, Frau Von Kuppen. No tiene objeto permanecer más tiempo aquí.
—¡Un momento, excelencia!
Me volví hacia él.
—Si yo pudiera proporcionarle esa información, todo lo otro sería… —y se interrumpió.
—Será olvidado —le aseguré—. Nadie sabrá nada…
Afirmación un poco temeraria, pues no era difícil que alguna otra persona interesada llegase a las mismas deducciones mías.
Herr Braunschweiger se quitó las gafas otra vez y las limpió nerviosamente con el pañuelo.
—No será fácil. Necesitaré unos días.
—Hoy es martes —le dije—. Yo dejé instrucciones para que se presentase el informe el viernes por la mañana, a menos que dé una contraorden.
—Tendrá la información que desea el jueves por la noche a más tardar.
—Me tiene en el Grand Hotel —y dirigiéndome a Marlene añadí—: ¿Vamos, Frau Von Kuppen?
Herr Braunschweiger seguía en posición de saludo cuando cerramos la puerta.
El jueves por la mañana, Marlene echó un vistazo por encima de mi hombro al informe que Herr Braunschweiger había enviado por un mensajero, y al ver mi expresión, me preguntó desconcertada:
—¿Qué significa?
—Significa que nos volvemos a París —respondí, ceñudo.
Si todo era como parecía, ni Roberto podría negarse a darme la información que le pedía.